jueves, 24 de julio de 2025

Consagrados a la Cruz

De una antigua homilía del siglo IV

Los cristianos perfectos, considerados dignos de escalar los últimos peldaños de la perfección y de convertirse en familiares del rey, han sido consagrados de por vida a la cruz de Cristo. Y así como en tiempos de los profetas la unción era un rito enormemente apreciado, ordenado a consagrar los reyes y los profetas, así también ahora los espirituales, ungidos con la unción celeste, se convierten en cristianos por la gracia, para que también ellos sean los reyes y los profetas de los misterios celestiales. Estos son precisamente los hijos, los señores, los dioses, los vencidos, los cautivos, los desgraciados, los crucificados y consagrados.
Pues si la unción hecha con óleo extraído de una planta concreta y de un árbol visible tenía tal virtud que, los ungidos con él, recibían una dignidad irrecusable -estaba, en efecto, establecido que así fueran constituidos los mismos reyes-, y si el mismo David, apenas ungido con este óleo, fue objeto inmediato de persecuciones y sufrimientos, y siete años más tarde comenzó a reinar: ¿cuánto más quienes han sido ungidos, según la mente y el hombre interior, con el óleo espiritual y celeste, aceite de santificación y de júbilo, recibirán el sello de aquel rey incorruptible y las arras de la eterna fortaleza, esto es, del Espíritu Santo y defensor?
Estos, ungidos con el ungüento extraído del árbol de la vida de Jesucristo y de la planta celestial, son considerados idóneos para alcanzar la cima de la perfección, me refiero a la cima del reino y de la adopción, como secretarios que son del reino celestial y, gozando de la confianza del Omnipotente, entran en su palacio, donde están los ángeles y los espíritus de los santos, y los que todavía viven en este mundo. Pues si bien todavía no poseen en plenitud la heredad que les está preparada en el siglo futuro, sin embargo y en función de las arras que ya han recibido, están segurísimos, cual si ya hubieran sido coronados y poseyeran las llaves del reino; ni siquiera se asombran, como de una cosa insólita y nueva, de ser invitados a reinar con Cristo, ¡tanta es la confianza que les insufla el Espíritu! ¿Por qué? Pues porque, cuando aún vivían en la carne, estaban ya poseídos por aquella suavidad y dulzura, por aquella eficacia que es propia del Espíritu.
Así que a los cristianos llamados a reinar en el siglo futuro, nada nuevo o inesperado puede ocurrirles, ya que previamente han conocido los misterios de la gracia: en efecto, debido a que el hombre traspasó los límites del mandato, el diablo cubrió toda el alma con su caliginoso velo; pero intervino después la gracia, que apartó totalmente aquel velo, de suerte que el alma, restituida a la pureza original y al estado de su propia naturaleza, es decir, de naturaleza pura e irreprensible, pudiera contemplar perpetua, puramente y con ojos incontaminados la gloria de la verdadera luz, el verdadero Sol de justicia, resplandeciente con un especial esplendor en lo más íntimo del corazón.
Pues así como en la consumación del firmamento, destinado a perecer, los justos situados ya en el reino, vivirán de la luz y de la gloria, contemplando únicamente de qué forma Cristo está eternamente glorioso sentado a la derecha del Padre, del mismo modo, los que son arrancados de este mundo y llevados cautivos a la morada eterna contemplan cuanto allí hay de hermoso y digno de admiración. Y nosotros, que todavía permanecemos en la tierra, somos ciudadanos del cielo, viviendo en el siglo futuro y morando allí según la mente y el hombre interior.

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