Del tratado sobre la verdadera fe a Pedro de san Fulgencio de Ruspe, obispo
En los sacrificios de víctimas carnales que la Santa Trinidad, que es el mismo Dios del antiguo y del nuevo Testamento, había exigido que le fueran ofrecidos por nuestros padres, se significaba ya el don gratísimo de aquel sacrificio con el que el Hijo único de Dios había de inmolarse a sí mismo misericordiosamente por nosotros.
Pues, según la doctrina apostólica, se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor. Él fue quien como Dios verdadero y verdadero sumo sacerdote que era, penetró una sola vez en el santuario, no con la sangre de los toros y los machos cabríos, sino con la suya propia. Esto era precisamente lo que significaba aquel sumo sacerdote que entraba cada año con la sangre en el Santo de los Santos.
Él es quien en sí mismo poseía todo lo que era necesario para que se efectuara nuestra redención, es decir, él mismo fue el sacerdote y el sacrificio; él mismo, Dios y el templo: el sacerdote por cuyo medio nos reconciliamos, el sacrificio que nos reconcilia, el templo en el que nos reconciliamos, el Dios con quien nos hemos reconciliado.
Como sacerdote, sacrificio y templo, actuó solo, porque aunque era Dios quien realizaba estas cosas, no obstante las realizaba en su forma de siervo; en cambio, en lo que realizó como Dios, en la forma de Dios, lo realizó conjuntamente con el Padre y el Espíritu Santo.
Ten, pues, por absolutamente seguro y no dudes en modo alguno, que el mismo Dios unigénito, Verbo hecho carne, se ofreció por nosotros a Dios en olor de suavidad como sacrificio y hostia; el mismo en cuyo honor, en unidad con el Padre y el Espíritu Santo, los patriarcas, profetas y sacerdotes ofrecían en tiempos del antiguo Testamento sacrificios de animales; y a quien ahora, o sea, en el tiempo del Testamento nuevo, en unidad con el Padre y el Espíritu Santo, con quienes comparte la misma y única divinidad, la santa Iglesia católica no deja nunca de ofrecer por todo el universo de la tierra el sacrificio del pan y del vino, con fe y caridad.
Así, pues, en aquellas víctimas carnales se significaba la carne y la sangre de Cristo; la carne, que él mismo, sin pecado como se hallaba, había de ofrecer por nuestros pecados, y la sangre que había de derramar en remisión de nuestros pecados; en cambio, en este sacrificio se trata de la acción de gracias y del memorial de la carne que él mismo ofreció por nosotros, y de la sangre, que, siendo como era Dios, derramó por nosotros. Sobre esto afirma el bienaventurado Pablo en los Hechos de los apóstoles: Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el Espíritu Santo os ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre.
Por tanto, aquellos sacrificios eran figura y signo de lo que se nos daría en el futuro; en este sacrificio, en cambio, se nos muestra de modo evidente lo que ya nos ha sido dado.
En aquellos sacrificios se anunciaba de antemano al Hijo de Dios, que había de morir a manos de los impíos; en éste se le anuncia ya muerto por ellos, como atestigua el Apóstol al decir: Cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; y añade: Cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo.
lunes, 31 de marzo de 2025
Se ofreció por nosotros
domingo, 30 de marzo de 2025
Arrepentirnos
"Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos".
Además de mostrarnos Jesús, o de hacernos descubrir la misericordia del Padre, también quiere que descubramos el valor del arrepentimiento, y, antes que eso, el valor de reconocer nuestros errores y pecados.
Para que lo entendamos, el Catecismo de la Iglesia nos dice que:
1849 El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido definido como “una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna” (San Agustín, Contra Faustum manichaeum, 22, 27; San Tomás de Aquino, Summa theologiae, 1-2, q. 71, a. 6) )
1850 El pecado es una ofensa a Dios: “Contra ti, contra ti sólo pequé, cometí la maldad que aborreces” (Sal 51, 6). El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse “como dioses”, pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal (Gn 3, 5). El pecado es así “amor de sí hasta el desprecio de Dios” (San Agustín, De civitate Dei, 14, 28). Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación (cf Flp 2, 6-9).
Así que no sólo es decir o mirar los 10 mandamientos por arriba y descubrir que “no he matado ni robado”, sino que debemos buscar más adentro y mirar bien nuestra conducta hacia nosotros, el prójimo y Dios, pues en el cómo nos relacionamos en esos tres sentidos encontraremos nuestros errores y pecados, sabiendo que todo es siempre y cuando lo haya hecho con conciencia de ir en contra de la voluntad de Dios y del amor.
En estos en los que nos preparamos para la Pascua debemos adentrarnos en nosotros mismos para preparar nuestro corazón, para purificarlo y dejarlo vacío de todo mal y así poder recibir todas las Gracias que el Señor quiera regalarnos con su Muerte y Resurrección.
No dejemos pasar el tiempo, pues es un tiempo muy propicio para hacer una buena confesión sacramental e individual, para sentir que el Señor perdona y abraza al hijo que vuelve, sinceramente, arrepentido a su lado.
sábado, 29 de marzo de 2025
Soy el mejor...
Las palabras de Jesús, como siempre, no se pueden desperdiciar, pero hoy más que nunca porque, creo, que nos dan a muchos en el ojo, y si no nos pega nos pasa muy cerca. Si realmente somos sinceros con nosotros mismos nos pegarán fuerte y, espero, que nos hagan recapacitar:
"En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: "¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo".
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador"
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
Creernos mejores que los otros, quizás no lo digamos así, pero sí es cierto que, muchas veces despreciamos a los demás, no a todo el mundo, pues, seguramente necesitemos de alguien y a alguien amemos más que a otros. Pero, también es cierto que muchos de los que nos creemos "muy cristianos" somos los que más despreciamos a la gente.
Y lo digo en carne propia y con todas las letras: hay gente que se cree "muy cristiana" y pasa al lado tuyo y te da vuelta la cara, no te saluda, se hacen los muy dañados o interesantes, y así hay tantos que porque este dijo tal cosa o porque aquél tal otra, pasan de largo de las personas y andan por el mundo como si fueran los perfectos de la creación.
Cuando reconocemos nuestro error y cuando nos descubrimos pecadores como tantos, no podemos o no deberíamos despreciar a nadie, ni tampoco creernos los que más vivimos, sobre todo el evangelio.
La humildad no es decir que soy un gran pecador o que no sirvo para nada, sino reconocer que en mi pequeñez Dios me está dando su Gracia para crecer, pero no lo hago solo sino que lo hago en comunidad, junto a mis hermanos a quienes debo respetar y amar como Jesús me lo pide, aunque no sean de mi agrado porque "si saludas a los que te saludan ¿qué merito tenéis? eso también lo hacen publicanos" y "si amáis a los que os aman ¿qué mérito tenéis? eso también lo hacen los pecadores". Y si buscáis en el Evangelio veréis qué es lo que nos pide Jesús.
viernes, 28 de marzo de 2025
La eficacia de la oración
De las homilías de Sah Juan Crisóstomo, obispo, sobre la segunda carta a los Corintios
Muchísimas veces, cuando Dios contempla a una muchedumbre que ora en unión de corazones y con idénticas aspiraciones, podríamos decir que se conmueve hasta la ternura. Hagamos, pues, todo lo posible para estar concordes en la plegaria, orando unos por otros, como los corintios rezaban por los apóstoles. De esta forma, cumplimos el mandato y nos estimulamos a la caridad. Y al decir caridad, pretendo expresar con este vocablo el conjunto de todos los bienes; debemos aprender, además, a dar gracias con un más intenso fervor.
Pues los que dan gracias a Dios por los favores que los otros reciben, lo hacen con mayor interés cuando se trata de sí mismos. Es lo que hacía David, cuando decía: Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre; es lo que el Apóstol recomienda en diversas ocasiones; es lo que nosotros hemos de hacer, proclamando a todos los beneficios de Dios, para asociarlos a todos a nuestro cántico de alabanza.
Pues si cuando recibimos un favor de los hombres y lo celebramos, disponemos su ánimo a ser más solícitos para merecer nuestro agradecimiento, con mayor razón nos granjearemos una mayor benevolencia del Señor cada vez que pregonamos sus beneficios. Y si, cuando hemos conseguido de los hombres algún beneficio, invitamos también a otros a unirse a nuestra acción de gracias, hemos de esforzarnos con mucho mayor ahínco por convocar a muchos que nos ayuden a dar gracias a Dios. Y si esto hacía Pablo, tan digno de confianza, con más razón habremos de hacerlo nosotros también.
Roguemos una y otra vez a personas santas que quieran unirse a nuestra acción de gracias, y hagamos nosotros recíprocamente lo mismo. Esta es una de las misiones típicas del sacerdote, por tratarse del más importante bien común. Disponiéndonos para la oración, lo primero que hemos de hacer es dar gracias por todo el mundo y por los bienes que todos hemos recibido. Pues si bien los beneficios de Dios son comunes, sin embargo tú has conseguido la salvación personal precisamente en comunidad. Por lo cual, debes por tu salvación personal elevar una común acción de gracias, como es justo que por la salvación comunitaria ofrezcas a Dios una alabanza personal. En efecto, el sol no sale únicamente para ti, sino para todos en general; y sin embargo, en parte lo tienes todo: pues un astro tan grande fue creado para común utilidad de todos los mortales juntos. De lo cual se sigue, que debes dar a Dios tantas acciones de gracias, como todos los demás juntos; y es justo que tú des gracias tanto por los beneficios comunes, como por la virtud de los otros.
Muchas veces somos colmados de beneficios a causa de los otros. Pues si se hubieran encontrado en Sodoma al menos diez justos, los sodomitas no habrían incurrido en las calamidades que tuvieron que soportar. Por tanto, con gran libertad y confianza, demos gracias a Dios en representación también de los demás: se trata de una antigua costumbre, establecida en la Iglesia desde sus orígenes. He aquí por qué Pablo da gracias por los romanos, por los corintios y por toda la humanidad.
jueves, 27 de marzo de 2025
Pontífice misericordioso
De las homilías pascuales de san Cirilo de Alejandría, obispo
Cristo se hizo por nosotros pontífice misericordioso siguiendo poco más o menos el siguiente proceso. La ley promulgada a los israelitas mediante el ministerio de los ángeles, disponía que quienes hubieran incurrido en alguna falta debían satisfacer la pena correspondiente y esto inmediatamente. Lo atestigua el sapientísimo Pablo cuando escribe: Al que viola la ley de Moisés lo ejecutan sin compasión, basándose en dos o tres testigos. Por eso, los que según lo prescrito por la ley, ejercían el ministerio sacerdotal, no ponían ningún interés ni se preocupaban de usar de misericordia con los que habían delinquido por negligencia. En cambio, Cristo se hizo pontífice misericordioso. Y no sólo no exigió de los hombres pena alguna en reparación de los pecados, sino que los justificó a todos por la gracia y la misericordia. Nos hizo además adoradores en espíritu y puso ante nuestros ojos clara y abiertamente la verdad, es decir, aquel módulo de vida honesta, que encontramos meridianamente explanado en el sublime mensaje evangélico.
Y no mostró la verdad condenando las prescripciones mosaicas y subvirtiendo las antiguas tradiciones, sino más bien disipando las sombras de la letra de la ley y conmutando el contenido de las figuras en una adoración y en un culto en espíritu y en verdad. Por eso declaraba expresamente: No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
Por tanto, quien da el paso de las figuras a la realidad, no anula las figuras, sino que las perfecciona. Pasa como con los pintores, quienes al aplicar la variada gama de colores al bosquejo inicial, no lo anulan, sino que lo hacen resaltar con mayor nitidez: algo parecido hizo Cristo perfilando aquellas rudas figuras hasta transmitirles la sutileza de la verdad. Pero Israel no comprendió este misterio, a pesar de que la ley y los profetas lo habían preanunciado de diversas maneras, y no obstante que las innumerables acciones de Cristo, nuestro Salvador, les hubieran podido inducir a creer que, aunque manifestándose como hombre según una singular decisión de la Providencia en favor nuestro, él seguía siendo lo que siempre fue, es decir, Dios.
Por esta razón, realizó cosas que exceden las posibilidades humanas e hizo milagros que sólo Dios puede hacer: resucitó de los sepulcros a muertos que ya olían mal y que presentaban señales de descomposición, dio luz a los ciegos, increpó con autoridad a los espíritus inmundos cual creador de todo; con un simple gesto curó a los leprosos, realizando además, otras muchas maravillas imposibles de enumerar y que superan nuestra capacidad admirativa. Por eso decía: Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras.
miércoles, 26 de marzo de 2025
Los mandamientos no pasarán
No son pocas las veces que escuchamos (y que vemos y conocemos) cristianos católicos que se preguntan: ¿por qué tengo que cumplir con los mandamientos? Los mandamientos de Dios ya no sirven para esta época. Y, en algunos casos, para muchos, directamente los modifican a su antojo y gusto.
Y, sin embargo Jesús nos dijo:
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos».
Nuestra vida cristiana, si es que hemos elegido este camino de vida, está basada en los mandamientos y en los consejos de Jesús en el Evangelio, por eso cuando cambiamos, modificamos o directamente no cumplimos con alguno de ellos no estamos en Cristo, es decir no estamos en plena o en ninguna comunión con Cristo. No es que sea una ocurrencia de los curas o del Papa, sino que es, como decimos habitualmente, Palabra de Dios.
Pero, claro, como nos hemos olvidado que Jesús nos dijo: "estáis en el mundo pero no sois del mundo", vamos viviendo de acuerdo al mundo y no de acuerdo a Dios, nos dejamos llevar por las ideologías de moda y nos alejamos de la vida del Espíritu, pero, igualmente decimos que somos muy cristianos o muy católicos, pero seguir los mandatos de Cristo ni de cerca.
Es verdad aquello que algunos dicen que los cristianos no son cristianos, y los católicos son menos cristianos, porque, en realidad, no siguen la Vida de Cristo, y tampoco les interesa conocerlo y estar unidos a Él, porque no podemos hacer esto o lo otro como lo hacen los que no son de Cristo.
Así, día a día, vamos transformando el Evangelio y los mandamientos a gusto del espíritu del mundo quitándole la fuerza salvadora que tiene Su Palabra y Su Vida, y, sobre todo, no recibimos la Gracia santificadora y salvadora que Él nos ofrece cuando vivimos unidos a Él.
martes, 25 de marzo de 2025
Fieles como María
"El ángel, entrando en su presencia, dijo:
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».
Así comenzó el mejor día, no sólo para María, sino para toda la creación, un día que llenó de Gracia a María para que pudiera dar la mejor de las respuestas al Ángel que le traía un mensaje de Dios.
"María contestó:
«He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra».
Y así terminó el mejor de los diálogos de la historia de la Humanidad, un diálogo que partió en dos la historia haciendo que, a partir de ese momento, todo se cubriera el Espíritu que venía a traer la mejor de las noticias: Dios se encarnaba en María para encarnarse en nuestra historia.
El Sí de María permite que Dios se haga Hombre y que la historia de la humanidad comience a ser Historia de Salvación, pues el Hijo que de Ella naciera venía a salvar al Hombre del pecado original y a darnos una vida nueva por su entrega en obediencia a la Voluntad de Dios.
A veces, cuando hablamos de que debemos buscar la Voluntad de Dios para nuestra vida, pensamos que es difícil, no sólo discernirla, sino vivirla. En cambio, en María vemos cómo Ella pudo hacerse tan pequeña que todo se hizo posible gracias a su disponibilidad a Dios.
Nosotros, como Ella, también estamos llenos de Gracia pues el Espíritu Santo vive en nosotros desde el día de nuestro bautismo, y tenemos la posibilidad de renovar siempre esa Gracia gracias al Sacramento de la Reconciliación, gracias a la Eucaristía. Todo ello para que, como dice san Pablo de sí mismo, que podamos seguir con el Plan de Salvación que comenzó Jesús con su vida y su entrega en la Cruz y su Resurrección.
Por eso, hoy es un día para renovar nuestra Fidelidad a la Vida que, gracias al Sí de María, Jesús nos dio por su obediencia al Padre hasta la muerte y muerte en Cruz. No dudemos de que, con la Gracia de Dios, podremos entregarnos fielmente a la Voluntad de Dios para vivir de acuerdo a Su Voluntad y no a la nuestra, para hacer que el Plan de Dios para nuestra vida se realice y alcancemos así lo que Dios ha tenido pensado para nosotros desde la creación del mundo: ser santos e irreprochables en su presencia por el Amor.
lunes, 24 de marzo de 2025
Un Buen Abogado
Del Comentario sobre los salmos de San Juan Fisher, mártir.
Cristo Jesús es nuestro sumo sacerdote, y su precioso cuerpo, que inmoló en el ara de la Cruz por la salvación de todos los hombres, es nuestro sacrificio. La sangre que se derramó para nuestra redención no fue la de los terneros y los machos cabríos (como en la ley antigua), sino la del inocentísimo cordero Cristo Jesús, nuestro salvador.
El templo en el que nuestro sumo sacerdote ofrecía el sacrificio no era de mano de hombres, sino que había sido levantado por el solo poder de Dios: pues derramó su sangre a la vista del mundo: un templo ciertamente edificado por la sola mano de Dios.
Y este templo tiene dos partes: una es la tierra, que ahora nosotros habitamos; la otra sigue siéndonos aún desconocida a nosotros mortales.
Así, primero, ofreció su sacrificio aquí en la tierra, cuando sufrió la más acerba muerte. Luego, cuando revestido de la nueva vestidura de la inmortalidad, entró por su propia sangre en el Santo de los Santos, o sea, en el cielo; allí donde presentó ante el trono del Padre celestial aquella sangre de inmenso valor que había derramado una vez para siempre en favor de todos los hombres pecadores.
Este sacrificio resultó tan grato y aceptable a Dios, que así que lo hubo visto, compadecido inmediatamente de nosotros, no pudo menos que otorgar su perdón a todos los verdaderos penitentes.
Es además perenne: de forma que no sólo cada año (como entre los judíos se hacía), sino también cada día, y hasta cada hora y cada instante, sigue ofreciéndose para nuestro consuelo, para que no dejemos de tener la ayuda más imprescindible.
Por lo que el Apóstol añade: consiguiendo la liberación eterna.
De este santo sacrificio, santo y definitivo, se hacen partícipes todos aquellos que llegaron a tener verdadera contrición y aceptaron la penitencia por sus crímenes, que con firmeza decidieron no repetir en adelante sus maldades, sino que perseveran con constancia en el inicial propósito de las virtudes. Sobre lo que San Juan se expresa en estos términos: Hijitos míos, os escribo todo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre, a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados; no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.
domingo, 23 de marzo de 2025
Tiempo de conversión
"Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a perjudicar el terreno?". Pero el viñador contestó: "Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar"».
La liturgia de la Iglesia es cíclica y así, cada año, se repiten los ciclos y las lecturas, haciéndonos pensar en que siempre tenemos una oportunidad para volver a replantearnos nuestro estilo de vida, nuestra manera de vivir nuestra fe.
Como en la parábola el viñador nos vuelve a “sacudir” y a “fertilizar” con su Palabra, con su Gracia para que podamos descubrir nuestros errores y pecados, para poder alcanzar la conversión y la santidad.
Escuchar Su Palabra y alimentarnos con la Eucaristía son los “fertilizantes” que el Señor nos brinda, cada día, para que nos ilumine y fortalezca para no desfallecer en el camino de la conversión, y saber que, siempre, tendremos la oportunidad y la necesidad de convertirnos, que siempre habrá cosas que se nos vayan “pegando” del mundo y nos quiten la fuerza de la Gracia, y, sobre todo, no nos dejen dar un buen testimonio de hijos de Dios, de discípulos de Cristo, de cristianos.
No es que el Señor quiera, constantemente, hacernos ver nuestro pecado y errores, lo que quiere es que no nos sintamos tan perfectos que nos gane la soberbia como para sentirnos jueces y verdugos de nuestros hermanos, sino que, desde un corazón arrepentido y misericordioso, ayudemos a los demás a encontrar, como nosotros lo hemos encontrado el camino de la conversión y la santidad.
En estos días en que, en muchas parroquias, se están preparando los Pasos de Semana Santa y ensayando para poder procesionar con ellos, busquemos el tiempo para meditar en lo que vamos a vivir, que no sea un simple acto externo de fe, sino que nos lleve a descubrir lo que el Señor, nuestro Dios, nuestro Hermano Jesús, vivió y aceptó por amor a nosotros y por obediencia de amor a Su Padre: Su Pasión, Su Muerte y Su Resurrección para que nosotros, aún en pecado, podamos gozar de los Dones de Vida.
Por eso, aprovechemos, siempre, la oportunidad de mirarnos frente al Señor y descubrir qué es lo que aún no hemos entregado para que Él se manifieste en nuestra vida, y así, muchos puedan ver en nuestro caminar la vida de Jesús, y descubrir en nuestra vida la alegría de vivir el Evangelio de Jesús, libres de toda corrupción del mundo, discerniendo y aceptando la Voluntad de Dios así como lo hizo Jesús.
sábado, 22 de marzo de 2025
Qué nos dice el Espíritu?
La Parábola del hijo pródigo siempre nos llega en los momentos en los que tenemos que mirar hacia adentro y descubrir cómo hemos actuado: con nuestros padres, con nuestros hermanos, con nuestros bienes. A veces sólo nos quedamos con las actitudes de los tres y nos gusta, más o menos, reflexionar sobre la misericordia del padre, que es, también y fundamentalmente, a lo que se refiere Jesús. Pero también nos toca mirarnos en todas las direcciones de nuestra vida porque todo hace de nosotros quienes somos.
Esto me viene porque no sólo he mirado a los personajes de la parábola sino al por qué Jesús ha dicho esta parábola, y la ha dicho para mostrarles a los fariseos cómo era su conducta o reacción frente al hecho de que Jesús se juntaba con los pecadores y publicanos, gente que, para ellos, era dejada de lado y con la que no podían reunirse o estar cerca por miedo al "contagio" de vida de pecado.
Claro es que una mala formación en nuestra espiritualidad nos lleva querer estar "un escalón" más arriba de los demás, por eso nos permitimos, muchas veces, juzgar y condenar, discriminar y hablar de más de los demás, poner "carteles" que no ayudan a las buenas relaciones y, sobre todo, que dividen en la familia y en la sociedad.
Pero también es el uso de nuestros bienes los que nos llevan, otras veces, a la diferenciación con los demás; y, por eso, va creciendo, cada vez más, la ridiculización de aquellos que no usan las mejores marcas o que no tienen los mejores coches o las mejores casas, y, en otro aspecto nos llevan a tener que gastar mucho y a empeñarnos por tener lo mejor, por hacer la mejor fiesta o tener la mejor ropa o peinado. Todo ellos nos lleva a un materialismo desmedido que nos separa de mucha gente y, en más de un caso, nos divide en la familia y sociedad.
Y ¿hacia adónde apunta Jesús con esta Párabola? Primeramente a la misericordia del Padre que es lo principal en nuestra vida, pero es una misericordia que también tenemos que vivir, porque, muchas veces, lo que más nos gusta es la justicia divina y de eso sí que sabemos porque nos gusta mucho juzgar y condenar, pero no aceptar y recibir a aquellos que se han convertido y que piden perdón, porque, en otros casos, tampoco nos gusta pedir perdón.
Pero, creo, que si le pedimos al Espíritu Santo que nos ayude nos iluminará mejor y nos dirá, si abrimos el corazón sinceramente, en qué cosas, todavía, falta que nos miremos y que descubramos que no estamos actuando bien.
viernes, 21 de marzo de 2025
La piedra angular
"Y Jesús les dice:
«¿No habéis leído nunca en la Escritura:
"La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente?".
Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».
Junto con esta parábola de la Viña o los viñadores asesinos, tenemos que leer la lectura del Génesis que nos habla de los celos de los hermanos de José (no es el padre de Jesús)
La primera del Génesis nos habla de los celos de los hermanos mayores por el hermano menor y motivados por la envidia decidieron matarlo, pero, gracias a la intervención de Rubén y Judá sólo lo vendieron a los ismaelitas.
El Evangelio nos habla del apetito de poder y que ese apetito llevó a matar a los enviados del dueño de la viña para poder quedarse con todo sin tener que pagar nada de lo que habían acordado.
Para las dos lecturas, aunque la historia de José no se terminó en ese primer texto y habría que seguir leyendo, le cabe la reflexión de Jesús: "la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular", porque nunca sabemos qué es lo que Dios quiere con todo lo que vivimos, pero seguro que siempre nos dará una pista para saberlo. Pero, sobre todo, porque muchas veces cegados por el pecado dejamos de aprovechar lo que tenemos y destruimos lo que el Señor nos ha dado o confiado.
Cuando, como dice una voz popular, perdemos lo que tenemos recién ahí nos damos cuenta que no lo hemos aprovechado. Y esto pasa con las personas que tenemos a nuestro lado, con los bienes, y con todo lo que el Señor nos ha dado.
Por es necesario no dejarnos llevar ni por los celos, ni por la envidia, ni por el apetito de poder, y seguir intentando, todos los días, discernir la Voluntad de Dios para saber por dónde caminar y cómo aprovechar lo que Él siempre nos da.
jueves, 20 de marzo de 2025
Ama al Señor y sigue sus caminos
De los sermones de Juan Mediocre de Nápoles
El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Dichoso el que así hablaba, porque sabía cómo y de dónde procedía su luz y quién era el que lo iluminaba. El veía la luz, no esta que muere al atardecer, sino aquella otra que no vieron ojos humanos. Las almas iluminadas por esta luz no caen en el pecado, no tropiezan en el mal.
Decía el Señor: Caminad mientras tenéis luz. Con estas palabras, se refería a aquella luz que es él mismo, ya que dice: Yo he venido al mundo como luz, para que los que ven no vean y los ciegos reciban la luz. El Señor, por tanto, es nuestra luz, él es el sol de justicia que irradia sobre su Iglesia católica, extendida por doquier. A él se refería proféticamente el salmista, cuando decía: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?
El hombre interior, así iluminado, no vacila, sigue recto su camino, todo lo soporta. El que contempla de lejos su patria definitiva aguanta en las adversidades, no se entristece por las cosas temporales, sino que halla en Dios su fuerza; humilla su corazón y es constante, y su humildad lo hace paciente. Esta luz verdadera que viniendo a este mundo alumbra a todo hombre, el Hijo, revelándose a sí mismo, la da a los que lo temen, la infunde a quien quiere y cuando quiere.
El que vivía en tiniebla y en sombra de muerte, en la tiniebla del mal y en la sombra del pecado, cuando nace en él la luz, se espanta de sí mismo y sale de su estado, se arrepiente, se avergüenza de sus faltas y dice: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Grande es, hermanos, la salvación que se nos ofrece. Ella no teme la enfermedad, no se asusta del cansancio, no tiene en cuenta el sufrimiento. Por esto, debemos exclamar, plenamente convencidos, no sólo con la boca, sino también con el corazón: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Si es él quien ilumina y quien salva, ¿a quién temeré? Vengan las tinieblas del engaño: el Señor es mi luz. Podrán venir pero sin ningún resultado, pues, aunque ataquen nuestro corazón, no lo vencerán. Venga la ceguera de los malos deseos: el Señor es mi luz. El es, por tanto, nuestra fuerza, el que se da a nosotros, y nosotros a él. Acudid al médico mientras podéis, no sea que después queráis y no podáis.
martes, 18 de marzo de 2025
La reconciliación
"Aunque vuestros pecados sean como escarlata, quedarán blancos como nieve; aunque sean rojos como la púrpura, quedarán como lana".
A veces tenemos miedo o vergüenza de reconocer nuestros pecados frente a Dios, pero es el mejor camino para encontrar la liberación de todo lo que nos ata y nos quita la paz. El Sacramento de la Reconciliación o confesión que nos dejó el Señor como regalo, es el mejor camino para reconciliarnos con Dios, con nosotros mismos y con nuestros hermanos.
Claro que, también es cierto, hoy en día no sabemos hacer nuestros exámenes de conciencia porque nos quedamos solamente en la letra de los 10 mandamientos, o sólo ponemos la mirada en uno o dos de ellos, y no nos damos cuenta que hay mucho más en juego si nos examinamos a la luz del espíritu de los mandamientos.
Cuando realmente sentimos el dolor de nuestros pecados porque no hemos sido fieles a la Voluntad de Dios, porque nos hemos desviado radicalmente de Su Camino, entonces es cuando sentiremos y experimentaremos la alegría de la reconciliación. Pero si nos quedamos en la superficie de nuestra experiencia de pecado entonces la confesión será un mero trámite para "quedar bien", pero no será la experiencia de una reconciliación verdadera.
No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños.
¿Por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?
Lo que el Señor nos reprocha es que a pesar de lo que intentamos vivir nuestro corazón sigue dañado por el pecado, por el dolor de no haber sabido reconciliarnos, por el dolor de no vivir en el Espíritu. Por eso necesitamos la Gracia de la reconciliación, pero antes necesitamos la Luz del Espíritu para poder mirar con claridad y con honestidad decir, como el hijo pródigo de la parábola: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco ser llamado hijo tuyo".
sábado, 15 de marzo de 2025
La Ley del Nuevo Pueblo
En el Antiguo Testamento, cuando el Pueblo de Israel eligió seguir a Dios, Dios le dijo por medio de Moisés:
"Hoy has elegido al Señor para que él sea tu Dios y tú vayas por sus caminos, observes sus mandatos, preceptos y decretos, y escuches su voz. Y el Señor te ha elegido para que seas su propio pueblo, como te prometió, y observes todos sus preceptos".
Los 10 Mandamientos fueron el principio de vida para el Pueblo que estaba naciendo, pero nunca fueron derogados, ni por los Profetas, ni por Jesús. Jesús lo que hizo no fue derogar los Mandamientos sino darles plenitud:
"No he venido a abolir la Ley y los Profetas, sino a darle plenitud".
"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habéis oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo" y aborrecerás a tu enemigo”.
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».
Y así con todos los mandamientos, porque no quería que fuéramos igual que los fariseos, sino que entendiéramos que lo que Dios quería era que buscáramos el Espíritu de la Ley, y ese espíritu está en el Amor.
Por eso, en la Última Cena, nos dio una Nueva Ley:
"Amaos unos a otros como YO os he amado". Pues en el amor está la plenitud de la Ley, pues solo la letra de la Ley trae la muerte y pecado, como dice san Pablo.
Así no debemos quedarnos en cumplir con la letra de los 10 mandamientos, sino en vivir los 10 mandamientos de acuerdo a la plenitud de la que Jesús habló en el Evangelio, pues los cristianos somos ciudadanos del Nuevo Pueblo de Dios que Jesús fundó y selló la Nueva Alianza con su propia sangre derramada en la Cruz.
jueves, 13 de marzo de 2025
Cristo intercede por nosotros
De las cartas de san Fulgencio de Ruspe, obispo
Fijaos que en la conclusión de las oraciones decimos: «Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo»; en cambio, nunca decimos: «Por el Espíritu Santo». Esta práctica universal de la Iglesia tiene su explicación en aquel misterio según el cual, el mediador entre Dios y los hombres es el hombre Cristo Jesús, sacerdote eterno según el rito de Melquisedec, que entró una vez para siempre con su propia sangre en el santuario, pero no en un santuario construido por hombres, imagen del auténtico, sino en el mismo cielo, donde está a la derecha de Dios e intercede por nosotros.
Teniendo ante sus ojos este oficio sacerdotal de Cristo, dice el Apóstol: Por su medio, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que profesan su nombre. Por él, pues, ofrecemos el sacrificio de nuestra alabanza y oración, ya que por su muerte fuimos reconciliados cuando éramos todavía enemigos. Por él, que se dignó hacerse sacrificio por nosotros, puede nuestro sacrificio ser agradable en la presencia de Dios. Por esto, nos exhorta san Pedro: También vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo. Por este motivo, decimos a Dios Padre: «Por nuestro Señor Jesucristo».
Al referirnos al sacerdocio de Cristo, necesariamente hacemos alusión al misterio de su encarnación, en el cual el Hijo de Dios, a pesar de su condición divina, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, según la cual se rebajó hasta someterse incluso a la muerte; es decir, fue hecho un poco inferior a los ángeles, conservando no obstante su divinidad igual al Padre. El Hijo fue hecho un poco inferior a los ángeles en cuanto que, permaneciendo igual al Padre, se dignó hacerse como un hombre cualquiera. Se abajó cuando se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo. Más aún, el abajarse de Cristo es el total anonadamiento, que no otra cosa fue el tomar la condición de esclavo.
Cristo, por tanto, permaneciendo en su condición divina, en su condición de Hijo único de Dios, según la cual le ofrecemos el sacrificio igual que al Padre, al tomar la condición de esclavo, fue constituido sacerdote, para que, por medio de él, pudiéramos ofrecer la hostia viva, santa, grata a Dios. Nosotros no hubiéramos podido ofrecer nuestro sacrificio a Dios si Cristo no se hubiese hecho sacrificio por nosotros: en él nuestra propia raza humana es un verdadero y saludable sacrificio. En efecto, cuando precisamos que nuestras oraciones son ofrecidas por nuestro Señor, sacerdote eterno, reconocemos en él la verdadera carne de nuestra misma raza, de conformidad con lo que dice el Apóstol: Todo sumo sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Pero, al decir: «tu Hijo», añadimos: «que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo», para recordar, con esta adición, la unidad de naturaleza que tienen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y significar, de este modo, que el mismo Cristo, que por nosotros ha asumido el oficio de sacerdote, es por naturaleza igual al Padre y al Espíritu Santo.
miércoles, 12 de marzo de 2025
El mensaje de Jonás
«Dentro de cuarenta días Nínive será arrasada».
Los ninivitas creyeron en Dios; proclamaron el ayuno y se vistieron con rudo sayal, desde el más importante al menor".
El mensaje de Jonás a los ninivitas hablaba del castigo de Dios hacia el pecado del pueblo, por eso, escuchando la voz del Señor a través de Jonás, el pueblo entero se puso en marcha y lograron, por medio del ayuno y la conversión, agradar al Señor que perdonó su pecado y no los castigó como lo había anunciado.
Ese es el sentido del tiempo de cuaresma: descubrir en nuestra vida de qué cosas tenemos que convertirnos. Es cierto que Dios ya no castiga como nos lo recuerda el Antiguo Testamento, sino que somos nosotros los que, simplemente, no recibimos la Gracia de la conversión, la Gracia sanadora sino que seguimos instalados en nuestros pecados y resistimos a los llamados del Señor para cambiar nuestra conducta y aceptar el Camino que Dios nos está mostrando.
Así le decía Jesús a su gente, y, también, nos lo vuelve a repetir a nosotros en este tiempo:
«Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Pues como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación".
Está claro que, muchas veces, no sabemos de qué tenemos que arrepentirnos, qué tenemos que cambiar en nuestra vida, pero es, seguramente, porque no nos analizamos convenientemente, con la ayuda del Espíritu Santo, con el Evangelio. Nos hemos acostumbrados a hacer un examen de conciencia sólo con 10 mandamientos (y, a veces, de aquella manera) que, por lo menos, es algo. Pero debemos mirarnos a la Luz del Evangelio, con las recomendaciones de Jesús, y, sobre todo, con la Ley nueva del Amor.
La Ley nueva del Amor y la vida de Jesús son nuestros parámetros para descubrir qué cosas hay en mi vida que, todavía, no se asemejan a Jesús y pedir la ayuda del Espíritu para poder encontrar el camino de la conversión.
martes, 11 de marzo de 2025
Ser parte del Plan de Dios
"Esto dice el Señor:
«Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mi vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo».
En el Plan de Salvación de Dios cada uno tiene su misión, cada uno es parte de ese Plan de Salvación, pero no todos somos conscientes de lo que tenemos que hacer o de lo que valemos dentro de ese Plan del Señor. Y esto ¿qué implica? Que cuando no tomamos conciencia de lo que debemos hacer, Dios busca a otro para que lo haga y nos quedamos sin la Gracia que Dios tenía pensada para mí.
Así sucedió con Judas Iscariote: había sido elegido para formar parte del Grupo de los 12 y comenzar a dar vida al Nuevo Pueblo de Dios, pero tomó otro camino. Por eso, los 11 tuvieron que elegir a otro para que ocupara su lugar.
Claro es que, muchas veces, aunque somos conscientes de que formamos parte del Plan de Dios, vivimos encerrados en nuestros criterios y dejamos de lado la Voluntad de Dios, nos convertimos en misioneros del espíritu del mundo, y, aunque creemos que somos discípulos de Jesús, y así nos hacemos llamar, no sembramos la Palabra de Dios, sino que vamos esparciendo semilla de discordia, de mentiras, de divisiones, de mundaneidad, etc.
Ser conscientes de que somos parte del Plan de Dios para la salvación de mi alma y del mundo nos hace estar siempre disponibles para vivir de acuerdo a Su Voluntad, por eso, para seguir siendo discípulo de Cristo, es decir cristianos, tenemos que dejar de pensar en nosotros mismos, dejar de adecuarnos al espíritu del mundo, y desde la oración, la reflexión de la Palabra y los Sacramentos, pedir la fuerza para discernir y aceptar la Voluntad del Padre para mi vida.
Además, eso es lo nos enseñó Jesús a pedir y lo hacemos cada día: "venga a nosotros Tu Reino, hágase Tu Voluntad así en la tierra como en el cielo", y además nos lo dijo: "buscad primero el Reino de Dios y su justicia, lo demás vendrá por añadidura". No dejemos que el pecado que habita en nosotros nos desvíe del Camino que nos pide el Señor vivir, pues ese es el Camino que nos conduce a la Vida Verdadera.
lunes, 10 de marzo de 2025
El vínculo con el Amor
De la Carta a los Corintios de san Clemente I, papa
El que posee el amor de Cristo que cumpla sus mandamientos. ¿Quién será capaz de explicar debidamente el vinculo que el amor divino establece? ¿Quién podrá dar cuenta de la grandeza de su hermosura? El amor nos eleva hasta unas alturas inefables. El amor nos une a Dios, el amor cubre la multitud de los pecados, el amor lo aguanta todo, lo soporta todo con paciencia; nada sórdido ni altanero hay en él; el amor no admite divisiones, no promueve discordias, sino que lo hace todo en la concordia; en el amor hallan su perfección todos los elegidos de Dios, y sin él nada es grato a Dios. En el amor nos acogió el Señor: por su amor hacia nosotros, nuestro Señor Jesucristo, cumpliendo la voluntad del Padre, dio su sangre por nosotros, su carne por nuestra carne, su vida por nuestras vidas.
Ya veis, amados hermanos, cuán grande y admirable es el amor y cómo es inenarrable su perfección. Nadie es capaz de practicarlo adecuadamente, si Dios no le otorga este don. Oremos, por tanto, e imploremos la misericordia divina, para que sepamos practicar sin tacha el amor, libres de toda parcialidad humana. Todas las generaciones anteriores, desde Adán hasta nuestros días, han pasado; pero los que por gracia de Dios han sido perfectos en el amor obtienen el lugar destinado a los justos y se manifestarán el día de la visita del reino de Cristo. Porque está escrito: Anda, pueblo mío, entra en los aposentos y cierra la puerta por dentro; escóndete un breve instante mientras pasa la cólera; y me acordaré del día bueno y os haré salir de vuestros sepulcros.
Dichosos nosotros, amados hermanos, si cumplimos los mandatos del Señor en la concordia del amor, porque este amor nos obtendrá el perdón de los pecados. Está escrito: Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito y en cuyo espíritu no hay falsedad. Esta proclamación de felicidad atañe a los que, por Jesucristo nuestro Señor, han sido elegidos por Dios, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
domingo, 9 de marzo de 2025
La mayor tentación
Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me ha sido dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo». Respondiendo Jesús, le dijo: «Está escrito: "Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto"».
Una de las tentaciones más comunes (y en la que casi todos caemos) es la del apetito de poder. Desde que el hombre existe y cayó en el pecado original, el apetito de poder fue metiéndose muy dentro del hombre, haciendo de éste un títere de los poderes terrenales, sean cuales sean.
Si lo miramos bien ya desde pequeños tenemos ese apetito de poder, pues queremos tener lo que otros tienen y por eso nace la envidia, una envidia que, en muchos casos, se vuelve peligrosa porque nos lleva a tomar muy malas decisiones, hasta robar desde chuches, lápices, muñecos y tantas otras cosas que vamos queriendo, siendo ya mayores.
En la familia hay que ver quién tiene más poder sobre los hijos, o ver los hijos si pueden vencer a sus padres, ya sea con caprichos, berrinches, o chantajes con notas, regalos, etc.
Y no hablemos de las comunidades parroquiales o de trabajo, donde queremos tener poder sobre los demás, sobre lo que digo que me pertenece, o sobre lo que regalo a otros: “no quiero que este florero lo quiten porque lo ha regalado mi abuela”, “no quiero que este mantel lo toquen porque lo he regalado yo”, “no quiero que me quiten el banco que me siento cada día”, “esto es de mi YO”…
Y no nos damos cuenta de que, poco a poco, somos títeres de un poder que no existe y que, sobre todo, nos lleva por mal camino, sobre todo cuando lo que Jesús nos ha pedido es “morir a nuestro YO” y entender el camino de dejar a Dios llevar las riendas de nuestra vida.
Por eso, Jesús le responde a satanás: “al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”, sin embargo, hoy en día, a lo que le damos culto es a nuestro YO que nadie lo toque, que nadie me diga esto o lo otro, y, sobre todo que nadie toque mis derechos, pues tengo derecho a todo lo que se me ocurra.
Por eso, en esta semana vamos a ir descubriendo en cuántas tentaciones vamos cayendo por no aceptar la muerte del Yo, por depender de mis criterios, de mis gustos, de mis apetencias, y no dejar que sea la Voluntad de Dios la que guíe mis pasos, la que guíe mi vida.
Así podremos aprovechar el tiempo de cuaresma porque dejamos que la Luz del Espíritu nos haga ver aquello que no queremos ver, y que nos parece común, pues todos lo viven igual, sin embargo, como hijo de Dios lo tengo que vivir de un modo diferente.
sábado, 8 de marzo de 2025
Quién neceista al Señor?
«¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?».
Siempre hay alguien que está curoseando la vida de los demás, no para ayudar a vivir, sino para poner palos en las ruedas y hacer que la vida de los demás sea imposible. Así era la reacción de los fariseos ante la vida de Jesús: no buscan aprender de sus Palabras, sino que buscaban cómo poder atacarlo por lo que hacía o decía.
Por eso la responde:
"Jesús les respondió:
«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan».
Y así nos pasa muchas veces. Hay quienes dicen: "no voy a la iglesia por que va menganito y fulanita, que son de lo peor", a lo que hay que responderle: "pues bien, vé tú así haces una iglesia mejor", pero no, no van porque ya se les ve en la lengua que al juzgar y condenar son peor que los demás.
Por suerte, los que nos hemos encontrado realmente con el Señor sabemos que Él es nuestra salvación y que, a pesar de nuestro pecado, Él sigue dándonos esperanza de santidad. Necesitamos, constantemente de Su Gracia para seguir en el camino de la conversión, en el camino de sanar nuestra alma y corazón para que, cada día que pasamos junto a Él, podamos ser mejores.
Sabemos, como dice san Pablo, cada uno, de la lucha que tenemos en nuestro interior, de lo que nos duele ser como somos y de que no podemos, en muchos casos, cambiar ciertas cosas de nuestro temperamento, de nuestro pasado, pero confiamos que la Gracia del Señor nos ayude a mejorar, a sanar, a convertirnos en lo que realmente el Padre quiere que seamos: verdaderas imágenes de su Hijo, es decir, que seamos santos cristianos. Por eso, necesitamos, cada día del encuentro con el Señor, ya sea espiritualmente, como presencialmente.
viernes, 7 de marzo de 2025
Caminos de penitencia
De la Homilía sobre el diablo tentador de san Juan Crisóstomo
¿Queréis que os recuerde los diversos caminos de penitencia? Hay ciertamente muchos, distintos y diferentes, y todos ellos conducen al cielo.
El primer camino de penitencia consiste en la acusación de los pecados: Confiesa primero tus pecados, y serás justificado. Por eso dice el salmista: Propuse: «Confesaré al Señor mi culpa», y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. Condena, pues, tú mismo, aquello en lo que pecaste, y esta confesión te obtendrá el perdón ante el Señor, pues, quien condena aquello en lo que faltó, con más dificultad volverá a cometerlo; haz que tu conciencia esté siempre despierta y sea como tu acusador doméstico, y así no tendrás quien te acuse ante el tribunal de Dios.
Éste es un primer y óptimo camino de penitencia; hay también otro, no inferior al primero, que consiste en perdonar las ofensas que hemos recibido de nuestros enemigos, de tal forma que, poniendo a raya nuestra ira, olvidemos las faltas de nuestros hermanos; obrando así, obtendremos que Dios perdone aquellas deudas que ante él hemos contraído; he aquí, pues, un segundo modo de expiar nuestras culpas. Porque si perdonáis a los demás sus culpas - dice el Señor-, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros.
¿Quieres conocer un tercer camino de penitencia? Lo tienes en la oración ferviente y continuada, que brota de lo íntimo del corazón.
Si deseas que te hable aún de un cuarto camino, te diré que lo tienes en la limosna: ella posee una grande y extraordinaria virtualidad.
También, si eres humilde y obras con modestia, en este proceder encontrarás, no menos que en cuanto hemos dicho hasta aquí, un modo de destruir el pecado: De ello tienes un ejemplo en aquel publicano, que, si bien no pudo recordar ante Dios su buena conducta, en lugar de buenas obras presentó su humildad y se vio descargado del gran peso de sus muchos pecados.
Te he recordado, pues, cinco caminos de penitencia: primero, la acusación de los pecados; segundo, el perdonar las ofensas de nuestro prójimo; tercero, la oración; cuarto, la limosna; y quinto, la humildad.
No te quedes, por tanto, ocioso, antes procura caminar cada día por la senda de estos caminos: ello, en efecto, resulta fácil, y no te puedes excusar aduciendo tu pobreza, pues, aunque vivieres en gran penuria, podrías deponer tu ira y mostrarte humilde, podrías orar asiduamente y confesar tus pecados; la pobreza no es obstáculo para dedicarte a estas prácticas. Pero, ¿qué estoy diciendo? La pobreza no impide de ninguna manera el andar por aquel camino de penitencia que consiste en seguir el mandato del Señor, distribuyendo los propios bienes -hablo de la limosna-, pues esto lo realizó incluso aquella viuda pobre que dio sus dos pequeñas monedas.
Ya que has aprendido con estas palabras a sanar tus heridas, decídete a usar de estas medicinas, y así, recuperada ya tu salud, podrás acercarte confiado a la mesa santa y salir con gran gloria al encuentro del Señor, rey de la gloria, y alcanzar los bienes eternos por la gracia, la misericordia y la benignidad de nuestro Señor Jesucristo.
jueves, 6 de marzo de 2025
Por qué ayunamos?
Discursos de San Juan Crisóstomo, obispo
¿Por qué ayunamos durante estos cuarenta días? En el pasado, muchos se acercaban a los sagrados misterios temerariamente y sin ninguna preparación, especialmente en estos días en que Cristo se entregó a sí mismo. Por ese motivo, los Padres, conscientes del daño que podía derivarse de ese acercarse irresponsablemente a los misterios, juzgaron oportuno prescribir cuarenta días de ayuno, de oraciones, de escucha de la palabra de Dios y de reuniones, para que todos, diligentemente purificados por la plegaria, la limosna, el ayuno, las vigilias, las lágrimas, la confesión y las demás obras, podamos acercarnos a los sagrados misterios con la conciencia limpia, según nuestra capacidad receptiva. La experiencia nos dice que, con esta unánime decisión, aseguraron, incluso para los tiempos venideros, algo grande y excelente, consiguiendo hacernos llegar a la habitual observancia del ayuno.
De hecho, aunque durante todo el año, nosotros no nos cansamos de predicar y proclamar el ayuno, nadie presta atención a nuestras palabras. En cambio, al solo anuncio de la Cuaresma, aunque nadie estimule, aunque nadie exhorte, hasta el más negligente se reanima y acoge las exhortaciones y las incitaciones que nos hace el mismo tiempo cuaresmal.
Por tanto, si alguno te pregunta por qué ayunas, no digas que es por la Pascua, ni siquiera por la cruz. En efecto, no ayunamos ni por la Pascua ni por la cruz, sino a causa de nuestros pecados, pues vamos a acercarnos a los sagrados misterios. Además, la Pascua no es motivo de ayuno o de luto, sino de alegría y de gozo.
Finalmente, la cruz tomó sobre sí el pecado, fue expiación por todo el mundo y reconciliación de un odio inveterado, abrió las puertas del cielo, devolvió a la amistad a los que antes eran enemigos, nos hizo subir al cielo, colocó a nuestra naturaleza a la derecha del trono, y nos concedió otros innumerables bienes.
Así que no debemos llorar y afligirnos por todas estas cosas, sino gozarnos y alegrarnos. El mismo san Pablo dice: Dios me libre de gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Y de nuevo: La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.
En el mismo sentido se expresa claramente san Juan: Tanto amó Dios al mundo. ¿Cómo le amó? Dejando perder todas las demás cosas, levantó una cruz. Después de haber dicho: Tanto amó Dios al mundo, añadió: que entregó a su Hijo único para que lo crucificaran, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Luego si la cruz es motivo de amor y de glorificación, no digamos que nos afligimos por ella. Nunca jamás lloremos por la cruz, sino por nuestros pecados. Por eso ayunamos.
miércoles, 5 de marzo de 2025
Usar el espejo de Dios
Miércoles de cenizas - comienzo del Tiempo de Cuaresma, por eso la primera lectura nos da una pista de cómo comenzar a pensarnos y a reflexionar sobre nosotros mismos:
"Ahora - oráculo del Señor convertíos a mí de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto; rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos; y convertíos al Señor vuestro Dios, un Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en amor que se arrepiente del castigo".
A veces creemos que nuestro corazón no se ha apartado del Señor, seguimos pensando que lo que estamos viviendo y cómo lo estamos haciendo está todo bien, pero, si nos analizamos a fondo y vamos al fondo del corazón veremos que no siempre nos hemos puesto a la Luz del Espíritu Santo para vivir de acuerdo con la Voluntad de Dios.
Cuando nos examinamos lo hacemos a la luz de los 10 mandamientos, y, muchos decimos: no mato, no robo, no he deseado la mujer ni el marido de mi prójimo, entonces, está todo bien... aunque la lengua se nos vaya larga muchas veces, pero eso no es tanto problema... Eso es una primera valoración de nuestra vida cristiana, pero nos falta, aún, profundizar más.
Sí, hemos de profundizar más porque no sólo son los 10 mandamientos los que tengo que mirar, sino, también, el mandamiento del amor, y para ello tenemos la carta de san Pablo a los Corintios, sí aquella del amor es paciente, comprensivo, etc. etc.
Pero... también, hay algo que no miramos tampoco: ¿he discernido cuál es la Voluntad de Dios para mi día a día? ¿ He intentado vivir la voluntad de Dios aquí en la tierra como en el cielo? ¿He reflexionado la Voluntad de Dios desde Su Palabra? ¿He aceptado la Voluntad de Dios? ¿Me he rebelado contra la Voluntad de Dios? Porque de eso también se trata mi vida cristiana: ser como Cristo, y Cristo vivía buscando y haciendo la Voluntad del Padre, por eso nos enseñó a decir: hágase Tu Voluntad en la tierra como en el Cielo.
Y, por último, creería que, también, en estos tiempo que vivimos debemos pensar: he escandalizado a mis hermanos con mis palabras, obras y hasta con mis omisiones? Porque, como dice el Señor: "más le valdría atarse una piedra de molino al cuello y tirarse al mar, que escandalizar a uno de estos mis hermanos". A veces creyendo que hacemos bien las cosas escandalizamos, y otras veces, no nos mojamos y nuestras omisiones escandalizan a los demás.
Por todo ello, en este tiempo de cuaresma aprovechemos el silencio y la reflexión para pensarnos, y, por eso, pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a mirarnos en el espejo de Dios y no en el espejo del mundo.
martes, 4 de marzo de 2025
Confesiones
De las Confesiones de San Agustín, obispo y doctor De la Iglesia
Conózcate a ti, Conocedor mío, conózcate a ti como tú me conoces. Fuerza de mi alma, entra en ella y ajústala a ti, para que la tengas y poseas sin mancha ni arruga.
Ésta es mi esperanza, por eso hablo; y en esta esperanza me gozo cuando rectamente me gozo. Las demás cosas de esta vida tanto menos se han de llorar cuanto más se las llora, y tanto más se han de deplorar cuanto menos se las deplora. He aquí que amaste la verdad, porque el que realiza la verdad se acerca a la luz. Yo quiero obrar según ella, delante de ti por esta mi confesión, y delante de muchos testigos por éste mi escrito.
Y ciertamente, Señor, a cuyos ojos está siempre desnudo el abismo de la conciencia humana, ¿qué podría haber oculto en mí, aunque yo no te lo quisiera confesar? Lo que haría sería esconderte a ti de mí, no a mí de ti. Pero ahora, que mi gemido es un testimonio de que tengo desagrado de mí, tú brillas y me llenas de contento, y eres amado y deseado por mí, hasta el punto de llegar a avergonzarme y desecharme a mí mismo y de elegirte sólo a ti, de manera que en adelante no podré ya complacerme si no es en ti, ni podré serte grato si no es por ti.
Comoquiera, pues, que yo sea, Señor, manifiesto estoy ante ti. También he dicho ya el fruto que produce en mí esta confesión, porque no la hago con palabras y voces de carne, sino con palabras del alma y clamor de la mente, que son las que tus oídos conocen. Porque, cuando soy malo, confesarte a ti no es otra cosa que tomar disgusto de mí; y, cuando soy bueno, confesarte a ti no es otra cosa que no atribuirme eso a mí, porque tú, Señor, bendices al justo; pero antes de ello haces justo al impío. Así, pues, mi confesión en tu presencia, Dios mío, es a la vez callada y clamorosa: callada en cuanto que se hace sin ruido de palabras, pero clamorosa en cuanto al clamor con que clama el afecto.
Tú eres, Señor, el que me juzgas; porque, aunque ninguno de los hombres conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él, con todo, hay algo en el hombre que ignora aun el mismo espíritu que habita dentro de él; pero tú, Señor, conoces todas sus cosas, porque tú lo has hecho. También yo, aunque en tu presencia me desprecie y me tenga por tierra y ceniza, sé algo de ti que ignoro de mí.
Ciertamente ahora te vemos confusamente en un espejo, aún no cara a cara; y así, mientras peregrino fuera de ti, me siento más presente a mí mismo que a ti; y sé que no puedo de ningún modo violar el misterio que te envuelve; en cambio, ignoro a qué tentaciones podré yo resistir y a cuáles no podré, estando solamente mi esperanza en que eres fiel y no permitirás que seamos tentados más de lo que podamos soportar, antes con la tentación das también el éxito, para que podamos resistir.
Confiese, pues, yo lo que sé de mí; confiese también lo que de mí ignoro; porque lo que sé de mí lo sé porque tú me iluminas, y lo que de mí ignoro no lo sabré hasta tanto que mis tinieblas se conviertan en mediodía ante tu presencia.
lunes, 3 de marzo de 2025
Resucitar con Cristo
Del Comentario a la carta a los Romanos de Orígenes, presbítero
Lo que se colige de las palabras del Apóstol a través de un conocimiento más elevado, es esto: que así como ningún vivo puede ser enterrado con un muerto, así ninguno que todavía vive para el pecado puede ser sepultado, en el bautismo, con Cristo que murió al pecado. Por eso, los que se preparan para el bautismo, deben procurar morir antes al pecado, para poder así ser sepultados con Cristo por el bautismo, de modo que también ellos puedan decir: Continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.
Cómo la vida de Jesucristo pueda manifestarse en nuestra carne, nos lo aclara Pablo cuando dice: Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Es lo mismo que el apóstol Juan escribe en su carta, diciendo: Todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios. Naturalmente que no es quien se limita a pronunciar estas sílabas con sus labios y a hacer pública confesión el que dará muestras de ser conducido por el Espíritu de Dios, sino el que de tal manera ha conformado su vida y ha dado en la práctica tales frutos, que manifiesta con la misma santidad de sus acciones y sentimientos que Cristo ha venido en carne y que él está muerto al pecado y vive para Dios.
Veamos nuevamente qué es lo que dice: Para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Si hemos sido sepultados con Cristo, tal como arriba dijimos, esto es, en cuanto que hemos muerto al pecado, es lógico que al resucitar Cristo de entre los muertos, resucitemos también nosotros con él; y al subir él a los cielos subamos también nosotros con él; y al sentarse él a la derecha del Padre, sabemos que también nosotros nos sentaremos con él en los cielos, según lo que el Apóstol dice en otro lugar: Nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él. Resucitó Cristo por la gloria del Padre; y si nosotros estamos muertos al pecado, hemos sido sepultados con Cristo, y todo el que viere nuestras buenas obras da gloria a nuestro Padre que está en el cielo, con razón se dirá de nosotros que hemos resucitado con Cristo, para que andemos en una vida nueva.
Andemos en una vida nueva, mostrándonos al que nos resucitó con Cristo, nuevos cada día y como quien dice más hermosos, reflejando en Cristo, como en un espejo, el esplendor de nuestro rostro, y proyectando en él la gloria del Señor, nos vayamos transformando en su imagen, como Cristo, resucitado de entre los muertos, subió de la humildad de nuestra tierra a la gloria de la majestad paterna.
domingo, 2 de marzo de 2025
Cómo nos alimentamos
"Pues no hay árbol sano que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos".
Los frutos y la floración de una planta, también, depende de la tierra en donde fue plantada o de la tierra fertilizada, de dónde absorbe el agua que la nutre. Así pasa con nuestra vida espiritual: hemos sido plantados en la Roca firme que es Cristo y somos regados por su Gracia, pero sólo si nos unimos constantemente a Él. Porque todo depende de nuestra constancia y disponibilidad en escuchar Su Palabra y recibir sus Gracias, y, sobre todo, en alimentarnos con Su Propia Vida en la Eucaristía.
"El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa del corazón habla la boca".
Decía alguien hace mucho tiempo que la procesión más larga y difícil en la vida del creyente es la que va de la cabeza al corazón, pues puede haber mucho conocimiento en la cabeza, se pueden haber hecho muchos cursos y estudiado mucha teología, pero si todo eso no baja al corazón, nuestros labios hablarán palabras vacías, y nuestra vida no estará iluminada por el Espíritu.
Muchos nos gloriamos de saber mucho, pero, como los fariseos de la época de Jesús, no vivimos mucho de lo que predicamos, sino que sólo hablamos de lo que sabemos, pero nuestro corazón está lejos del Señor.