Del Sermón de san Paciano, obispo, Sobre el bautismo
Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seamos también imagen del
hombre celestial; porque el primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el
segundo es del cielo. Obrando así, amadísimos, ya no moriremos más. Porque,
aunque este nuestro. cuerpo se deshaga, viviremos en Cristo, como afirma él
mismo: Quien a mí se una con viva fe, aunque muera, vivirá.
Tenemos la certeza, basada en el testimonio del Señor, de que Abraham, Isaac y
Jacob y todos los santos de Dios están vivos, ya que, refiriéndose a ellos, dice
el Señor. No es, pues, Dios de muertos, sino de vivos; en efecto, para él todos
están vivos. Y el Apóstol dice de sí mismo: Para mí la vida es Cristo, y la
muerte una ganancia; ansío partir para estar con Cristo. Y también: Mientras
vivimos estamos desterrados lejos del Señor; caminamos sin verlo, guiados por la
fe. Tal es nuestra fe, hermanos muy amados. Por lo demás, si nuestra esperanza
en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desdichados. La vida
puramente natural, como vosotros mismos podéis comprobar, nos es común, aunque
no igual en duración, con la de los animales, bestias y aves. Pero lo específico
del hombre, lo que nos ha dado Cristo por el Espíritu, es la vida eterna, a
condición de que ya no pequemos más. Pues así como la muerte viene por el
pecado, así también nos libramos de ella por la práctica de la virtud; la vida,
por tanto, se pierde con las malas acciones, se conserva con una vida virtuosa.
El sueldo del pecado es la muerte; pero el don de Dios es la vida eterna en
unión con Cristo Jesús, Señor nuestro.
Él es, ciertamente, quien nos ha redimido, perdonándonos por pura gracia todos
nuestros pecados -como dice el Apóstol- y borrando la nota desfavorable de
nuestra deuda escrita sobre el rollo de los preceptos; él la arrancó de en medio
y la clavó en la cruz. Con esto Dios despojó a los principados y potestades, y
los expuso a la vista de todos, incorporándolos al cortejo triunfal de Cristo.
Él liberta a los cautivos y rompe nuestras cadenas, como había predicho el
salmista: El Señor hace justicia a los oprimidos, el Señor liberta a los
cautivos, el Señor abre los ojos al ciego. Y también: Rompiste mis cadenas, te
ofreceré un sacrificio de alabanza. Esta liberación tuvo lugar cuando, por el
sacramento del bautismo, nos reunimos bajo el estandarte del Señor, quedando así
liberados por la sangre y el nombre de Cristo.
Así pues, amadísimos hermanos, de una vez para siempre somos purificados, somos
libertados, somos recibidos en el reino inmortal; de una vez para siempre,
dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado.
Mantened con firmeza lo que habéis recibido, conservadlo con alegría, no pequéis
más. Conservaos así puros e inmaculados para el día del Señor.
sábado, 13 de agosto de 2022
Qué Dios hay como Tú?
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.