miércoles, 13 de julio de 2022

No lo se

Hablando Dios por medio de Isaías, le decía al hombre que se vanagloria de sí mismo:
"¿Se enorgullece el hacha contra quien corta con ella?
¿Se gloria la sierra contra quien la mueve?
¡Como si el bastón moviera a quien lo sostiene, o la vara sostuviera a quien no es de madera!"
Ese hombre a quien Dios le ha dado la inteligencia, el espíritu, y todos los dones que tiene y que usa para su propio cometido, es el que, cuando se desvía del camino e "intenta matar a Dios", se transforma a sí mismo en Dios y se cree dios y señor de la historia y de su propio mundo. Es la espina (como dice san Pablo) del pecado original que sigue derramando su veneno en el interior del hombre para que, dándole la espalda a su creador, se eriga a sí mismo como creador del mundo y señor de la historia. Pero ¿a dónde lleva este hombre del siglo XXI al mundo? ¿Lo lleva a su plenitud? ¿Lo hace al mismo hombre más digno de sí mismo o se va quitando dignidad con tantas ideologías vacías de su propia esencia y dignidad? ¿Para darle protagonismo a unos le quita dignidad a otros y así cree que está construyendo un mundo nuevo y más digno?
Por eso, Jesús, alabando al Padre decía:
"Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien".
Porque, como bien dice san Pablo (también): "la sabiduría de este mundo es necedad para Dios", y así lo vemos, los sabios de este mundo nos van llevando a la destrucción (como decía algún filósofo moderno) a que el hombre sea lobo del hombre, y así nos vamos "comiendo" unos a otros por alcanzar un orgullo que, cada día, nos hace menos orgullosos de ser quienes somos.
Así, la infancia espiritual que Jesús nos propone con su Evangelio es la que nos lleva a la verdadera dignidad y plenitud de nuestro ser, no sólo hombres, sino, más aun, hijos de Dios.

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