"Puestos en camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén.
Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron:
«Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?».
Él se volvió y los regañó. Y se encaminaron hacia otra aldea".
Los hijos del trueno como les llamaban a Juan y Santiago no tenían ese mote porque eran tranquilos, sino que les "salían", muchas veces, esos arranques, como el de este evangelio: ¿quieres que hagamos caer fuego del cielo que acabe con ellos? Arranques que, muchas veces, también nos dan a nosotros: ganas de que alguien desaparezca de nuestra vista para siempre porque nos ha hecho daño, porque esto o por lo otro.
Pero Jesús no les permite hacer eso, los calma y sigue de largo, como si no le importara que no los recibieran en ese pueblo, una actitud que también nos pide a nosotros que la vivamos: dejar pasar las cosas que no nos hacen bien, o dejar pasar a las personas que no nos quieren a su lado, pues hay algo más por delante y no debemos dejar que nuestra ira o dolor nos detenga en el camino.
Aunque lo que le esperaba a Jesús por delante no era lo más agradable porque subía a Jerusalén para ser condenado, pero tenía que seguir caminando, no tenía que detenerse ni siquiera para vengarse de un pueblo que no lo quería porque era judío.
En cambio, Zacarías, hablando de parte de Dios nos dice:
«Esto dice el Señor del universo: En aquellos días, diez hombres de lenguas distintas de entre las naciones se agarrarán al manto de un judío diciendo: “Queremos ir con vosotros, pues hemos oído que Dios está con vosotros”».
¡Qué hermoso sería que nos sucediera a nosotros! Que aquellos que no conocen a Dios siguieran nuestros pasos para poder conocerlo, porque en nuestra vida diaria han reconocido a Dios, han reconocido que somos de Dios y que vivimos según Dios y, por eso, quieren seguirnos para saber cómo es vivir en Dios.
Por eso no debemos dejar que las cosas del mundo o nuestra ira o defectos personales o el pecado mismo no permita a los demás ver el rostro de Dios en nuestras vidas.
martes, 30 de septiembre de 2025
Dejar ver a Dios
lunes, 29 de septiembre de 2025
La función de los ángeles
De la Homilía de San Gregorio Magno, papa
Hay que saber que el nombre de «ángel» designa la función, no el ser del que lo lleva. En efecto, aquellos santos espíritus de la patria celestial son siempre espíritus, pero no siempre pueden ser llamados ángeles, ya que solamente lo son cuando ejercen su oficio de mensajeros. Los que transmiten mensajes de menor importancia se llaman ángeles, los que anuncian cosas de gran trascendencia se llaman arcángeles.
Por esto, a la Virgen María no le fue enviado un ángel cualquiera, sino el arcángel Gabriel, ya que un mensaje de tal trascendencia requería que fuese transmitido por un ángel de la máxima categoría.
Por la misma razón, se les atribuyen también nombres personales, que designan cuál es su actuación propia. Porque en aquella ciudad santa, allí donde la visión del Dios omnipotente da un conocimiento perfecto de todo, no son necesarios estos nombres propios para conocer a las personas, pero sí lo son para nosotros, ya que a través de estos nombres conocemos cuál es la misión específica para la cual nos son enviados. Y, así, Miguel significa: «¿Quién como Dios?», Gabriel significa: «Fortaleza de Dios» y Rafael significa: «Medicina de Dios».
Por esto, cuando se trata de alguna misión que requiera un poder especial, es enviado Miguel, dando a entender por su actuación y por su nombre que nadie puede hacer lo que sólo Dios puede hacer. De ahí que aquel antiguo enemigo, que por su soberbia pretendió igualarse a Dios, diciendo: Escalaré los cielos, por encima de los astros divinos levantaré mi trono, me igualaré al Altísimo, nos es mostrado luchando contra el arcángel Miguel, cuando, al fin del mundo, será desposeído de su poder y destinado al extremo suplicio, como nos lo presenta Juan: Se trabó una batalla con el arcángel Miguel.
A María le fue enviado Gabriel, cuyo nombre significa «Fortaleza de Dios», porque venía a anunciar a aquel que, a pesar de su apariencia humilde, había de reducir a los Principados y Potestades. Era, pues, natural que aquel que es la fortaleza de Dios anunciara la venida del que es el Señor de los ejércitos y héroe en las batallas.
Rafael significa, como dijimos: «Medicina de Dios»; este nombre le viene del hecho de haber curado a Tobías, cuando, tocándole los ojos con sus manos, lo libró de las tinieblas de su ceguera. Si, pues, había sido enviado a curar, con razón es llamado «Medicina de Dios».
domingo, 28 de septiembre de 2025
Nuestras riquezas
Realmente hay muchas cosas que se pueden "sacar" de este relato de Jesús a los fariseos acerca del Rico y el pobre Lázaro, pero no sólo hablando de las riquezas materiales de las que muestra el rico, porque eso ya nos lo dijo con aquella frase de tener a dos señores: a Dios y al dinero ¿a quién sirves?
Sabemos que vivimos en un sociedad muy materialista y que, muchos, lamentablemente, viven para trabajar y acumular bienes, quizás no riquezas, pero sí se van acumulando bienes que nunca se van a utilizar. Y, por otro lado, están aquellos que viven para "mostrarse" con esto y con aquello, lo que habla de una falsa riqueza que hace que también vivan aparentando riquezas que los llevan a vivir fuera de la realidad, y no muestran su propia realidad sino que viven de la apariencia social y así, en realidad, se muestran con una pobreza absoluta en su vida y, quizás, en sus cabezas y corazones.
Pero hablemos de la riqueza de nuestros corazones. Sí, los que estamos viviendo en Dios, los que hemos comenzado un camino de conversión y encuentro con el Señor, vamos llenando nuestros corazones de sus valores, de su Gracias y, por eso, vamos acumulando riquezas que no las roe la polilla sino que son dones que el Señor da a aquellos que se encuentran con Él.
Somos ricos porque hemos comprendido cuál es el Camino que nos da Vida, cuáles son los bienes que nos hacen falta para seguir combatiendo el combate de la fe, nos hemos encontrado y buscamos al Señor en la Eucaristía y, quizás, en el sacramento de la reconciliación.
Por otro lado el Señor en este caminar nos ha regalado con muchos hermanos que nos acompañan y que nos enseñan, que nos ayudan a seguir caminando y nos consuelan con sus palabras, que nos muestran el error cuando hace falta y nos corrigen fraternalmente en el amor.
Todas esas cosas son nuestras riquezas, y tantas otras más que no nos damos cuenta, muchas veces, que el Señor nos regala.
Pero ¿qué hacemos con todo eso? ¿Lo guardamos en nuestra vida y no lo compartimos? ¿Ayudamos a otros que están "metidos" en la pobreza del mundo para que encuentren el camino? ¿Nos damos cuenta que vamos acumulando riquezas y que no compartimos el gozo de sabernos hijos de Dios? ¿Hemos compartido con otros la alegría de recibir a Jesús en la Eucaristía?
También existe otra posibilidad en nuestras vidas: no saber escuchar a Dios que nos está hablando constantemente y no podemos, o no sabemos, o no queremos escucharlo. Y aunque nuestros hermanos nos van diciendo esto y aquello, o Dios nos va poniendo señales en el camino, siempre nos falta algo para decir: Sí, esto es Voluntad de Dios y tengo que hacerlo.
¡Déjate de tonterías que ya Dios te ha hablado claramente! Decídete a decirle que Sí al Señor y a dar todo lo que has recibido, para que cuando llegue el día, puedas decir como Santa Teresita de Lisieux: "en el atardecer de la vida me presentaré ante Ti con las manos vacías", porque todo lo que me has dado lo he dado en camino, y no me he quedado con nada para mí, porque así es el Amor de Dios para mí y ese amor es el que tengo que saber entregar a los demás.
sábado, 27 de septiembre de 2025
Preferir el servicio a los pobres
De las cartas de San Vicente de Paúl, presbítero
Nosotros no debemos estimar a los pobres por su apariencia externa o su modo de vestir, ni tampoco por sus cualidades personales, ya que, con frecuencia, son rudos e incultos. Por el contrario, si consideráis a los pobres a la luz de la fe, os daréis cuenta de que representan el papel del Hijo de Dios, ya que él quiso también ser pobre. Y así, aun cuando en su pasión perdió casi la apariencia humana, haciéndose necio para los gentiles y escándalo para los judíos, sin embargo, se presentó a éstos como evangelizador de los pobres: Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres. También nosotros debemos estar imbuidos de estos sentimientos e imitar lo que Cristo hizo, cuidando de los pobres, consolándolos, ayudándolos y apoyándolos.
Cristo, en efecto, quiso nacer pobre, llamó junto a sí a unos discípulos pobres, se hizo él mismo servidor de los pobres, y de tal modo se identificó con ellos, que dijo que consideraría como hecho a él mismo todo el bien o el mal que se hiciera a los pobres. Porque Dios ama a los pobres y, por lo mismo, ama también a los que aman a los pobres ya que, cuando alguien tiene un afecto especial a una persona, extiende este afecto a los que dan a aquella persona muestras de amistad o de servicio. Por esto, nosotros tenemos la esperanza de que Dios nos ame, en atención a los pobres. Por esto, al visitarlos, esforcémonos en cuidar del pobre y desvalido, compartiendo sus sentimientos, de manera que podamos decir como el Apóstol: Me he hecho todo a todos. Por lo cual, todo nuestro esfuerzo ha de tender a que, conmovidos por las inquietudes y miserias del prójimo, roguemos a Dios que infunda en nosotros sentimientos de misericordia y compasión, de manera que nuestros corazones estén siempre llenos de estos sentimientos.
El servicio a los pobres ha de ser preferido a todo, y hay que prestarlo sin demora. Por esto, si en el momento de la oración hay que llevar a algún pobre un medicamento o un auxilio cualquiera, id a él con el ánimo bien tranquilo y haced lo que convenga, ofreciéndolo a Dios como una prolongación de la oración. Y no tengáis ningún escrúpulo ni remordimiento de conciencia si, por prestar algún servicio a los pobres, habéis dejado la oración; salir de la presencia de Dios por alguna de las causas enumeradas no es ningún desprecio a Dios, ya que es por él por quien lo hacemos.
Así pues, si dejáis la oración para acudir con presteza en ayuda de algún pobre, recordad que aquel servicio lo prestáis al mismo Dios. La caridad, en efecto, es la máxima norma, a la que todo debe tender: ella es una ilustre señora, y hay que cumplir lo que ordena. Renovemos, pues, nuestro espíritu de servicio a los pobres, principalmente para con los abandonados y desamparados, ya que ellos nos han sido dados para que los sirvamos como a señores.
viernes, 26 de septiembre de 2025
Esperamos el juicio futuro
Del Comentario de San Cirilo de Alejandría, obispo sobre el libro del profeta Isaías
Mirad, yo coloco en Sión una piedra probada, angular, preciosa, de cimiento: «quien se apoya no vacila». Así pues, llama piedra probada, elegida y preciosa a nuestro Señor Jesucristo, que sobresale por la prestancia y la gloria de la divinidad. El es la base, la esperanza, el apoyo y el cimiento inconmovible de Sión, es decir, de la Iglesia, como es fácil de comprender. Y lo explica diciendo que ha sido puesto como fundamento por el Padre.
Dice que es la piedra angular, pues ensambla, en la unidad de una sola fe, a dos pueblos, israelita y pagano, con una unión espiritual. En todo edificio, el ángulo se forma por la concurrencia de dos muros contiguos, que se fusionan en uno solo. Y quien se apoya en él —dice— no vacila. Fíjate de qué modo conforte y distienda en cierto sentido el ánimo de los creyentes y abra a los afligidos de par en par las puertas de la libertad de la vida evangélica. Que es como si dijera: ¡Oh afligidos!, mirad que coloco en Sión como cimiento una piedra escogida. Y ¿cuál es su utilidad? Quién se apoya en ella no vacila. Con estas palabras quiere inducirnos a sustraer el cuello del pesado yugo de la ley, y a apartarnos de la sombra ya inútil e ineficaz, abrazando más bien la gracia por medio de la fe y consiguiendo en Cristo la justificación, que nada tiene de onerosa. Pondré —dice— mi juicio en la esperanza, y mi misericordia en la balanza. Pues, como el mismo Salvador dice: El Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo el juicio de todos, para que todos honren al Hijo como honran al Padre.
Comprendiendo esto, escribe san Pablo en su carta: Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho en esta vida. Esperamos, pues, el juicio futuro e indudablemente una misericordia proporcional a las obras que cada uno haya hecho con recta intención. Lo cual significa —según creo— que la misericordia depende de quien nos juzga según la balanza, es decir, en razón de lo bueno y lo justo, en relación a las obras realizadas rectamente.
jueves, 25 de septiembre de 2025
El que persevera hasta el final se salvará
De los sermones de San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia
Todas las aflicciones y tribulaciones que nos sobrevienen pueden servirnos de advertencia y corrección a la vez. Pues nuestras mismas sagradas Escrituras no nos garantizan la paz, la seguridad y el descanso. Al contrario, el Evangelio nos habla de tribulaciones, apuros y escándalos; pero el que persevere hasta el final se salvará. Pues, ¿qué bienes ha tenido esta nuestra vida, ya desde el primer hombre, que nos mereció la muerte y la maldición, de la que sólo Cristo, nuestro Señor, pudo librarnos?
No protestéis, pues, queridos hermanos, como protestaron algunos de ellos - son palabras del Apóstol-, y perecieron víctimas de las serpientes. ¿O es que ahora tenemos que sufrir desgracias tan extraordinarias que no las han sufrido, ni parecidas, nuestros antepasados? ¿O no nos damos cuenta, al sufrirlas, de que se diferencian muy poco de las suyas? Es verdad que encuentras hombres que protestan de los tiempos actuales y dicen que fueron mejores los de nuestros antepasados; pero esos mismos, si se les pudiera situar en los tiempos que añoran, también entonces protestarían. En realidad juzgas que esos tiempos pasados son buenos, porque no son los tuyos.
Una vez que has sido rescatado de la maldición, y has creído en Cristo, y estás empapado en las sagradas Escrituras, o por lo menos tienes algún conocimiento de ellas, creo que no tienes motivo para decir que fueron buenos los tiempos de Adán. También tus padres tuvieron que sufrir las consecuencias de Adán. Porque Adán es aquel a quien se dijo: Con sudor de tu frente comerás el pan, y labrarás la tierra, de donde te sacaron; brotará para ti cardos y espinas. Éste es el merecido castigo que el justo juicio de Dios le fulminó. ¿Por qué, pues, has de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor que los actuales? Desde el primer Adán hasta el Adán de hoy, ésta es la perspectiva humana: trabajo y sudor, espinas y cardos. ¿Se ha desencadenado sobre nosotros algún diluvio? ¿Hemos tenido aquellos difíciles tiempos de hambre y de guerras? Precisamente nos los refiere la historia para que nos abstengamos de protestar contra Dios en los tiempos actuales.
¡Qué tiempos tan terribles fueron aquéllos! ¿No nos hace temblar el solo hecho de escucharlos o leerlos? Así es que tenemos más motivos para alegrarnos de vivir en este tiempo que para quejarnos de él.
miércoles, 24 de septiembre de 2025
Salir a anunciar
"En aquel tiempo, habiendo convocado Jesús a los Doce, les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades.
Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos, diciéndoles:
«No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengáis dos túnicas cada uno".
La misión de los Doce fue, realmente, una gran misión pues no sólo era una misión hacia afuera, sino también hacia adentro de los apóstoles. Es decir, ellos tenían que salir a predicar el Evangelio pero, también, y, primeramente, tenían que confiar en Quien les daba ese mandato, en Quien les pedía que hicieran algo que no estaban acostumbrados a hacer, sobre todo a hablar con la gente y anunciar algo que ellos, quizás, todavía no llegaban a comprender.
Además, les pedía a los apóstoles la confianza no sólo en Él sino en la Providencia del Padre, por eso el salir al mundo sin llevar nada consigo, solamente la confianza en que el Padre se encargaría de todo lo que necesitaran.
Y así, desde nuestro bautismo, el Señor nos pide a nosotros que, también como lo apóstoles, anunciemos el Reino de los Cielos en la Tierra confiando en su Providencia que nunca nos abandonará, pues sabemos en Quién hemos puesto nuestra confianza y esperanza.
También les advirtió de algo que siempre ha pasado y seguirá pasando:
"Y si algunos no os reciben, al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de vuestros pies, como testimonio contra ellos».
No todos tendrán el corazón abierto y dispuesto a creer en lo que anunciemos, porque la Verdad del Reino no es una verdad que podamos ver o tocar, sino que es una Verdad que se muestra con nuestra propia vida. Por eso, al anunciar el Reino tenemos que saber que no sólo lo anunciamos de palabra, sino que será nuestra vida el reflejo o no de esas palabras, y, será sobre todo lo que hará evidente que el Reino ya está en nosotros, y eso se verá por los frutos del Espíritu en nuestras vidas.
Así la confianza en la Providencia y la Fidelidad a la Palabra de Dios nos darán la fuerza para vivir y para predicar como lo hicieron los apóstoles.
"Se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes".