San Cirilo de Alejandría, sobre el evangelio de san Juan.
El Señor, para convencernos de que es necesario que nos adhiramos a él por el amor, ponderó cuán grandes bienes se derivan de nuestra unión con él, comparándose a sí mismo con la vid y afirmando que los que están unidos a él e injertados en su persona, vienen a ser como sus sarmientos y, al participar del Espíritu Santo, comparten su misma naturaleza (pues el Espíritu de Cristo nos une con él).
La adhesión de quienes se vinculan a la vid consiste en una adhesión de voluntad y de deseo; en cambio, la unión del Señor con nosotros es una unión de amor y de inhabitación. Nosotros, en efecto, partimos de un buen deseo y nos adherimos a Cristo por la fe; así llegamos a participar de su propia naturaleza y alcanzamos la dignidad de hijos adoptivos, pues, como lo afirmaba San Pablo, el que se une al Señor es un espíritu con él.
De la misma forma que en un lugar de la Escritura se dice de Cristo que es cimiento y fundamento (pues nosotros, se afirma, estamos edificados sobre él y, como piedras vivas y espirituales entramos en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, cosa que no sería posible si Cristo no fuera fundamento), así, de manera semejante, Cristo se llama a sí mismo vid, como si fuera la madre y nodriza de los sarmientos que proceden de él.
En él y por él hemos sido regenerados en el Espíritu para producir fruto de vida, no de aquella vida caduca y antigua, sino de la vida nueva que se funda en su amor. Y esta vida la conservaremos si perseveramos unidos a él y como injertados en su persona; si seguimos fielmente los mandamientos que nos dio y procuramos conservar los grandes bienes que nos confió, esforzándonos por no contristar, ni en lo más mínimo, al Espíritu que habita en nosotros, pues, por medio de él, Dios mismo tiene su morada en nuestro interior.
De qué modo nosotros estamos en Cristo y Cristo en nosotros nos lo pone en claro el evangelista Juan al decir: En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu.
Pues, así como la raíz hace llegar su propia savia a los sarmientos, del mismo modo el Verbo unigénito de Dios Padre comunica a los santos una especie de parentesco consigo mismo y con el Padre, al darles parte en su propia naturaleza, y otorga su Espíritu a los que están unidos con él por la fe: así les comunica una santidad inmensa, los nutre en la piedad y los lleva al conocimiento de la verdad y a la práctica de la virtud.
martes, 30 de abril de 2024
Yo soy la Vid
lunes, 29 de abril de 2024
Gusté y vi
Del Diálogo de santa Catalina de Siena, virgen, Sobre la divina providencia
¡Oh Divinidad eterna, oh eterna Trinidad, que por la unión con tu divina naturaleza hiciste de tan gran precio la sangre de tu Hijo unigénito! Tú, Trinidad eterna, eres como un mar profundo, en el que cuanto más busco más encuentro, y cuanto más encuentro más te busco. Tú sacias el alma de una manera en cierto modo insaciable, ya que siempre queda con hambre y apetito, deseando con avidez que tu luz nos haga ver la luz, que eres tú misma.
Gusté y vi con la luz de mi inteligencia, ilustrada con tu luz, tu profundidad insondable, Trinidad eterna, y la belleza de tus creaturas: por esto, introduciéndome en ti, vi que era imagen tuya, y esto por un don que tú me has hecho, Padre eterno, don que procede de tu poder y de tu sabiduría, sabiduría que es atribuida por apropiación a tu Unigénito y el Espíritu Santo, que procede de ti, Padre, y de tu Hijo, me dio una voluntad capaz de amar.
Porque tú, Trinidad eterna, eres el hacedor, y yo la hechura: por esto he conocido con la luz que tú me has dado, al contemplar cómo me has creado de nuevo por la sangre del Hijo único, que estás enamorado de la belleza de tu hechura.
¡Oh abismo, oh Trinidad eterna, oh Divinidad, oh mar profundo!: ¿qué don más grande podías otorgarme que el de ti mismo? Tú eres el fuego que arde constantemente sin consumirse; tú eres quien consumes con tu calor todo amor del alma a sí misma. Tú eres, además, el fuego que aleja toda frialdad, e iluminas las mentes con tu luz, esta luz con la que me has dado a conocer tu verdad.
En esta luz, como en un espejo, te veo reflejado a ti, sumo bien, bien sobre todo bien, bien dichoso, bien incomprensible, bien inestimable, belleza sobre toda belleza, sabiduría sobre toda sabiduría: porque tú eres la misma sabiduría, tú el manjar de los ángeles, que por tu gran amor te has comunicado a los hombres.
Tú eres la vestidura que cubre mi desnudez, tú sacias nuestra hambre con tu dulzura, porque eres dulce sin mezcla de amargor, ¡oh Trinidad eterna!
domingo, 28 de abril de 2024
Nada sin Él
"Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden".
“Porque sin Mí no podéis hacer nada”, dice el Señor. Y Su Palabra es Verdad, y por eso tenemos que, no sólo entenderla, sino aceptar que esa es la Verdad para mi vida, para nuestra vida, para la vida de la comunidad. Claro es que no es que sin Jesús no podemos vivir, ¡claro que podemos vivir! Hay muchos ateos y de otras religiones que viven y, sobre todo, hacen cosas muy buenas. Pero, nosotros, los que hemos recibido el bautismo y el Espíritu Santo, que aceptamos caminar según el Evangelio (porque eso es ser cristiano), no podemos hacer el camino de la santidad sin Cristo.
En realidad, no entiendo a los que se consideran muy cristianos, pero no se acercan a comulgar, no participan en la Cena del Señor para alimentar su vida con la Vida Verdadera. Y, por eso surgen las desavenencias, las discusiones, las divisiones que hacen de una comunidad de personas que se aman, una comunidad dividida por envidias, por egoísmos, por apetitos de poder.
Cuando la Vida de Cristo no vive en nosotros, cuando no nos dejamos guiar por el Espíritu de Cristo, entonces dejamos que los instintos humanos, que el espíritu del mundo, que el fruto del pecado original se haga presente en nuestras vidas y vaya destruyendo todo lo que el Señor quiere construir.
Para muchos, es quizás, una rutina de mayores o de mujeres, o de niños de primera comunión, ir a comulgar y, por eso, se creen ya maduros y confirmados en su negación de la Eucaristía, y es por eso por lo que no hay frutos verdaderos, o no hay frutos de verdadera conversión, ni tampoco hay frutos nuevos que puedan renovar la vida persona, de la comunidad, de la familia. Sino que siguen sin alimentarse de lo esencial de la vida cristiana, y sin creer que la Palabra de Cristo es Verdad y que, sobre todo, no estamos en armonía con su Espíritu al no alimentarnos con su Vida.
En este tiempo pascual hemos de buscar una sincera conversión y, sobre todo, pedir al Señor que pueda iluminar esos corazones que están cerrados a Su Vida, y no es por no creer en Cristo, sino por no valorar suficientemente el Alimento que Él nos da en la Eucaristía, y, al no valorarlo lo desprecian, y al despreciarlo no reciben la Gracia necesaria para hacer eficiente la tarea de evangelización, y, por eso, los frutos de sus esfuerzos no son abundantes, sino que se mueren cuando se terminan los entusiasmos humanos.
sábado, 27 de abril de 2024
Sembradores de cizaña
"El sábado siguiente, casi toda la ciudad acudió a oír la palabra del Señor. Al ver el gentío, los judíos se llenaron de envidia y respondían con blasfemias a las palabras de Pablo.
Entonces Pablo y Bernabé dijeron con toda valentía:
«Teníamos que anunciaros primero a vosotros la palabra de Dios; pero como la rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles. Así nos lo ha mandado el Señor: "Yo te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el confín de la tierra"».
Como vemos la envidia por lo que unos hace y obtienen frutos, siempre se ha dado en el mundo, no es algo nuevo. Por eso no tenemos que claudicar en el camino que el Señor nos ha pedido recorrer. Siempre que se haga algo nuevo y guste a la gente, siempre habrá quienes lo miren con malos ojos y comiencen a criticar y a buscar argumentos para contradecir lo que se está haciendo.
"Pero los judíos incitaron a las señoras distinguidas, adoradoras de Dios, y a los principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron de su territorio".
Las envidias y los malos celos en toda labor, ya sea pastoral, social, empresarial, provocan la ira en la gente y siempre se buscan cómplices para poder quitar del medio a quienes nos molestan. Así lo hicieron con Jesús cuando incitaron a la gente a pedir su crucifixión, y así lo siguen haciendo las "malas lenguas" cuando comienzan a sembrar cizaña en medio del campo bien sembrado.
Por eso, siempre tenemos que tener en cuenta a quién escuchamos, qué voz y qué argumentos aceptamos en nuestras vidas y por qué. Porque, muchas veces, nos hacemos ecos de esas voces que hablan desde la envidia, desde los celos, desde el resentimiento o venganza, y así nos hacemos cómplices de la maldad de otros. Y eso por no ponernos a pensar.
Leía algo el otro día que decía: hoy día como nadie quiere pensar ni reflexionar, sólo se dedican a juzgar, pues es más fácil juzgar que pensar si eso está bien o no. Y así, siendo cómplices de las voces de otros, vamos sembrando el resentimiento, la envidia, y hasta el odio hacia los demás.
Por eso, cuando Pablo y Bernabé, sintieron la fuerza del mal sobre ellos "sacudieron el polvo de esa ciudad" y se marcharon a otra que los recibiera con más cariño y devoción, pues tenían que seguir sembrando la buena semilla de la Palabra de Dios. Así hemos de hacer nosotros, cuando alguien quiera que nos hagamos eco de la cizaña, dejemos ese lugar y vayamos a otro, para no hacernos cómplices de ser sembradores de cizaña y no de buena semilla.
viernes, 26 de abril de 2024
Sabiduría de Dios
Dice san Pablo de sí mismo:
"Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado".
No tenemos que ser doctores o instruidos en Sagrada Escritura, Teología, Dogmática o cualquier otra ciencia religiosa para dar testimonio de nuestra fe. Dios no nos pide que seamos intelectuales y sabios desde los libros, sino que nos pide que estemos disponibles para poder llevar la Buena Noticia de la Salvación a todos los hombres. Y, para ello, necesitamos, más que nada pasar tiempo junto a Él, es decir, meditar su Palabra, dialogar con el Señor, invocar al Espíritu Santo y alimentarnos con Su Vida.
Porque la sabiduría de los hombres va cambiando, porque el hombre va cambiando, pero Dios es inmutable y lo mismo Su Palabra, y, aquello que nos fue revelado por los Profetas y, sobre todo, por su Unigénito, permanece para siempre y no se modificará, pues ya todo nos fue revelado por Jesús: "ya no los llamo siervos sino amigos, pues os he dado a conocer todo lo que aprendí de mi Padre".
"También yo (sigue diciendo Pablo) me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios".
Es el poder del Espíritu quien nos guía, quien nos instruye y, sobre todo, quien nos anima, primero, a vivir en Dios, por Dios y con Dios, para que, luego, Él ponga en mis labios sus palabras para que pueda decirlas a aquellos que quieran escucharla, pues sino no vivo en Dios y dejo que su Palabra llene mi corazón, entonces, no podré anunciarlo, pues "de la abundancia del corazón hablan los labios".
Así, junto al Padre y al Hijo, unidos por el Espíritu Santo, podremos alcanzar una sabiduría que no es de este mundo, porque el Reino de Dios estará en mí, y la luz del Reino iluminará mi vida y la de aquellos que estén junto a mí.
"Sabiduría, sí, hablamos entre los perfectos; pero una sabiduría que no es de este mundo ni de los príncipes de este mundo, condenados a perecer, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria".
jueves, 25 de abril de 2024
Predicar la Verdad
San Ireneo, Obispo - Contra las herejías
La Iglesia, diseminada por el mundo entero hasta los confines de la tierra, recibió de los apóstoles y de sus discípulos la fe en un solo Dios Padre todopoderoso, que hizo el cielo, la tierra, el mar y todo lo que contienen; y en un solo Jesucristo, Hijo de Dios, que se encarnó por nuestra salvación; y en el Espíritu Santo, que por los profetas anunció los planes de Dios, el advenimiento de Cristo, su nacimiento de la Virgen, su pasión, su resurrección de entre los muertos, su ascensión corporal a los cielos, su venida de los cielos, en la gloria del Padre, para recapitular todas las cosas y resucitar a todo el linaje humano, a fin de que ante Cristo Jesús, nuestro Señor, Dios y Salvador y Rey, por voluntad del Padre invisible, toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame a quien hará justo juicio en todas las cosas.
La Iglesia, pues, diseminada, como hemos dicho, por el mundo entero, guarda diligentemente la predicación y la fe recibida, habitando como en una única casa; y su fe es igual en todas partes, como si tuviera una sola alma y un solo corazón, y cuanto predica, enseña y transmite, lo hace al unísono, como si tuviera una sola boca. Pues, aunque en el mundo haya muchas lenguas distintas, el contenido de la tradición es uno e idéntico para todos.
Las Iglesias de Germania creen y transmiten lo mismo que las otras de los iberos o de los celtas, de Oriente, Egipto o Libia o del centro del mundo. Al igual que el sol, criatura de Dios, es uno y el mismo en todo el mundo, así también la predicación de la verdad resplandece por doquier e ilumina a todos aquellos que quieren llegar al conocimiento de la verdad.
En las Iglesias no dirán cosas distintas los que son buenos oradores, entre los dirigentes de la comunidad (pues nadie está por encima del Maestro), ni la escasa oratoria de otros debilitará la fuerza de la tradición, pues siendo la fe una y la misma, ni la amplía el que habla mucho ni la disminuye el que habla poco.
miércoles, 24 de abril de 2024
Demasiadas palabras
"Al que oiga mis palabras y no las cumpla, yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue: la Palabra que yo he pronunciado, esa lo juzgará en el último día".
El P. Efraín me decía algunas veces: "ten cuidado con las palabras, porque las palabras son las que te juzgarán", haciendo referencia a este pasaje de Jesús. Y sí, en realidad, son nuestras propias palabras las que hablan por nosotros, y son nuestros actos que dicen si esas palabras son verdaderas o son una máscara en nuestras vidas.
Es claro que Jesús no habla de nuestras palabras, pero lo podemos comparar, o asemejar a lo que hablamos constantemente. Y, en esto estoy seguro, creo que hoy se habla demasiado. No se si os habéis fijado que hay mucha gente que se pasa el día hablando: si se encuentran en la calle hablan, si están en el mercado hablan, si están en el banco de la iglesia hablan ¿nunca hacen silencio? ¿Siempre tienen tema para hablar?
A veces miro a la gente (en realidad siempre me gusta observar las conductas propias y extrañas) y veo que hay quienes tienen siempre algo para hablar, aunque estén las 24 horas juntos, siempre están hablando de algo. Me sorprende y, hasta me asombra, porque no se si yo tendría tanto de qué hablar, se me acaban los temas muy rápidamente.
Y en esto tenemos que tener en cuenta que todo será tomado, pesado y medido y tenido en cuenta para el último día. Porque no sólo pensemos en las palabras que decimos queriéndonos mostrar como alguien que no somos, sino las conversaciones que tenemos criticando a los demás, faltando a la verdad y a la caridad con nuestros hermanos, hablando por detrás de los demás o sembrando cizaña para hacer daño a otras personas. Nada de eso queda sin respuesta, nada queda en el vacío de Dios, sino que todo es tomado en cuenta para mi salvación o condenación.
Y, volviendo a la Palabra de Jesús, como muchas veces lo repito, algo que aprendí de un amigo hace mucho tiempo, es que tenemos que hacer el esfuerzo de la gran peregrinación de nuestras vidas: la que va de la cabeza al corazón, para que la Palabra de Dios no quede sólo en en entendimiento, sino que, intentemos con la Gracia del Espíritu Santo, llevarla a la vida cotidiana. De este modo la Palabra me dará Vida y mi vida hablará de la Palabra.