domingo, 7 de febrero de 2021

Para esto he venido

"Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca».

Él les respondió: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido».

Cuando se lee humanamente el evangelio, en frases como estas, nos parece que Jesús era muy egoísta y egocéntrico. Egoísta en el sentido que no quería estar con la gente, aunque la gente se agolpara a su alrededor, siempre quería “irse a otra parte”. Y egocéntrico porque pareciera que quiere seguir “creando su fama por toda la región”, como hacen los famosos que van de pueblo en pueblo para que la gente los admire y digan ¡que buenos que son!

Como diría algún refrán popular: “el ladrón cree a todos de la misma condición”. El mundo de hoy quiere vivir de la fama, del populismo, de que la gente se fije en uno por la fama, o por lo que tiene, o por lo que hace o hizo o está haciendo. Por eso otro refrán dice: “hazte la fama y échate a dormir”.

Pero no es el caso de Jesús, pues en la misma frase nos dice el por qué de querer irse a otros pueblos: “para predicar también allí, que para eso he salido”. No le importa a Él la fama que la gente le está haciendo. Quizás la fama y los milagros los utilice para atraer a la gente y poder hablarles, predicarles acerca del Reino de Dios y de la conversión del corazón: “convertíos porque el Reino de Dios está cerca”, comenzó diciendo en los inicios de su ministerio.

Y es eso, principalmente lo que a Él le importa: la Voluntad del Padre: “no he venido a hacer otra cosa que lo que he visto hacer a mi Padre”, “mi alimento es hacer la Voluntad del que me envió”.

Y la Voluntad del Padre es que lleve a los hombres por el Camino de la Salvación, un camino que Él tuvo que recorrer primero, para dejar unas huellas claras para que, nosotros, las podamos seguir. Y, así, “siendo hijo aprendió, por el sufrimiento, a obedecer”, siendo ese Su Camino, es también nuestro caminar constante: orar para conocer la Voluntad de Dios para cada día.


sábado, 6 de febrero de 2021

Descansar con y en Cristo

"En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.
Él les dijo:
«Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco».
Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.
Se fueron en barca a solas a un lugar desierto".
Esta es la imágen o el sentido que tendría que tener nuestra oración: encontrarnos con Jesús en un lugar desierto para poder hablar de todo lo que nos sucede. Y, sobre todo, poder escuchar lo que Él tiene para decirnos.
"No encontraban tiempo ni para comer", una realidad que hoy, la mayoría, lo está viviendo: una rutina que no deja tiempo para el descanso, o una realidad en la que el descanso pareciera una pérdida de tiempo, siendo que el descanso es necesario tanto para el cuerpo como para el alma. Y hasta Jesús lo quiere para Él y sus discípulos.
Por eso yo pienso, y muchas veces lo he dicho, que la oración es ese "salir" de la rutina diaria para descansar física y espiritualmente junto a Jesús. Un descanso justo y necesario que merecemos todos los días. Un descanso en el que abro la mochila del alma y dejo en las manos del Señor todo lo vivido, lo bueno y lo malo, lo alegre y lo triste, las oscuridades y las luces del día, y lo escucho a Él para que me aconseje, para que transforme todo lo vivido en Gracias para quien lo necesite o para mi propia alma.
Porque al compartir con el Señor mi vida, lo que Él me da, es Su Espíritu, Su Vida, Su Gracia lo que llega a mi alma y me fortalece, ilumina las oscuridades, fortalece las debilidades, consuela los dolores, y se alegra con mis alegrías. Y, sobre todo, me sigue enseñando el Camino a seguir, cómo hacer frente a mis miedos y oscuridades, cómo encontrar la luz y la fortaleza para afrontar situacioines difíciles o complicadas o de cruz diaria. Hay tanto que seguimos aprendiendo del Señor cada vez que nos sentamos a compartir la vida.
Por eso y por tantas otras cosas más, cuando decimos perder el tiempo rezando, no lo hacemos porque ganamos vida al compartirla con el Señor.

 

viernes, 5 de febrero de 2021

Alcanzar la plenitud en Cristo

De las homilías de un autor espiritual del siglo cuarto

Los que han llegado a ser hijos de Dios y han sido hallados dignos de renacer de lo alto por el Espíritu Santo y poseen en sí a Cristo, que los ilumina y los crea de nuevo, son guiados por el Espíritu de varias y diversas maneras, y sus corazones son conducidos de manera invisible y suave por la acción de la gracia.
A veces, lloran y se lamentan por el género humano y ruegan por él con lágrimas y llanto, encendidos de amor espiritual hacia el mismo. Otras veces, el Espíritu Santo los inflama con una alegría y un amor tan grandes que, si pudieran, abrazarían en su corazón a todos los hombres, sin distinción de buenos o malos.
Otras veces, experimentan un sentimiento de humildad que los hace rebajarse por debajo de todos los demás hombres, teniéndose a sí mismos por los más abyectos y despreciables.
Otras veces, el Espíritu les comunica un gozo inefable. Otras veces, son como un hombre valeroso que, equipado con toda la armadura regia y lanzándose al combate, pelea con valentía contra sus enemigos y los vence. Así también el hombre espiritual, tomando las armas celestiales del Espíritu, arremete contra el enemigo y lo somete bajo sus pies.
Otras veces, el alma descansa en un gran silencio, tranquilidad y paz, gozando de un excelente optimismo y bienestar espiritual y de un sosiego inefable. Otras veces, el Espíritu le otorga una inteligencia, una sabiduría y un conocimiento inefables, superiores a todo lo que pueda hablarse o expresarse. Otras veces, no experimenta nada en especial.
De este modo, el alma es conducida por la gracia a través de varios y diversos estados, según la voluntad de Dios que así la favorece, ejercitándola de diversas maneras, con el fin de hacerla íntegra, irreprensible y sin mancha ante el Padre celestial.
Pidamos también nosotros a Dios, y pidámoslo con gran amor y esperanza, que nos conceda la gracia celestial del don del Espíritu, para que también nosotros seamos gobernados y guiados por el mismo Espíritu, según disponga en cada momento la voluntad divina, y para que él nos reanime con su consuelo multiforme; así, con la ayuda de su dirección y ejercitación y de su moción espiritual, podremos llegar a la perfección de la plenitud de Cristo, como dice el Apóstol: Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Cristo.

 

jueves, 4 de febrero de 2021

Subamos al Monte

"Vosotros os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel".
¿Cuál es el monte Sión, ciudad de Dios vivo, Jerusalén del cielo? Llegamos a esos lugares cuando nos acercamos al Altar de la Eucaristía, donde en el momento de la Consagración del Pan y del Vino, "millares de ángeles están en fiesta, y se reúne la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo", para acercarse al Hijo del Dios Vivo y Verdadero que se hace presente en el Altar de la tierra que nos acerca al Cielo.
Cuando nos acercamos al Altar de la Eucaristía nos acercamos al Cielo más hermoso pues ahí nos encontramos con nuestro Dios y Señor, a nuestro Juez y Mediador que nos redime y nos alimenta con su propia Viva para que, nosostros, pecadores, seamos liberados, purificados y fortalecidos para que, cuando bajemos del monte, pondamos transmitir a los demás la alegría de nuestra salvación, el poder de nuestro Dios.
Y, es ahí, en el Monte de la Salvación, donde el Señor, una vez más, nos envía como envió a sus discípulos:
"En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos... Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban".
Sí, salimos como los apóstoles y los discípulos de Jesús a echar los demonios del mundo, a vivir y predicar la conversión del corazón del hombre, ungiremos a muchos con nuestro amor fraterno, con nuestra compañía, y, sobre todo, con la Palabra de Dios que llevamos guardada en nuestra alma, para comunicar a los que estén enfermos la salvación y la fortaleza que viene de Dios. Curaremos a muchos de la desesperanza y la tristeza, de la soledad y el dolor, cuando le anuciemos el Amor del Padre por cada uno de sus hijos más pequeños, y, haciéndoles conocer el valor del sufrimiento cuando se une a la Cruz de Cristo.
Sí, todo eso y mucho más recibimos cuando nos acercamos al Monte de Sión, a la Jerusalén Celestial, cuando nos encontramos con nuestro Dios y Señor, y lo recibimos con un corazón dispuesto a escuchar y obedecer a Su Palabra.

 

miércoles, 3 de febrero de 2021

El martirio de cada día

"Hermanos:
Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado, y habéis olvidado la exhortación paternal que os dieron:
«Hijo mío, no rechaces la corrección del Señor, ni te desanimes por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos».
Soportáis la prueba para vuestra corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues, ¿qué padre no corrige a sus hijos?
Ninguna corrección resulta agradable, en el momento, sino que duele; pero, luego produce fruto apacible de justicia a los ejercitados en ella".
Siempre me ha impresionado este texto de la carta a los hebreos: "todavía no habési llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado". Me impresiona porque nos olvidamos que vivimos en pecado, que, aunque el Bautismo nos liberó del pecado original, su espina sigue clavada en nuestra carne y nos sigue llevando por caminos que no debemos recorrer.
Vivimos como si realmente fuéramos ángeles, sin carne, y creemos que el pecado ya no reside en nosotros, sin embargo, lo experimentamos en nuestra vida, aunque, muchas veces hacemos "ojos ciegos" ante nuestra propia realidad.
La vida de los que hemos elegido el camino de fe que Jesús nos invitó a seguir, es una lucha constante y continua contra el pecado que habita en nosotros. Sí, quizás no sean grandes pecados mortales, pero sí pecados de todos los días que se van acumulando en nuestras espaldas y nos impiden alcanzar la Gracia de la santificación.
Dejamos, muchas veces, de corregir nuestras faltas pues nos parece que "como todo el mundo lo hace" ya han dejado de ser pecados mortales, graves o beniales. Pero, aunque todo el mundo lo haga sin pensar, nosotros tenemos que ponernos a reflexionar seriamente, sobre nuestra vida y nuestra lucha frente al pecado y nuestros esfuerzos de alcanzar la santidad que el Señor quiere para nuestras vidas.
Porque de nuestra decisión en la lucha por el pecado y en el ejercicio de santificación seremos luz para los que buscan el Camino de la Salvación, para los que buscan un sentido para vivir. Pero si, en este Camino vamos acumulando los pecados y los errores del mundo ¿cómo iluminaremos el caminar de los que buscan la Luz?
Es cierto, también, que es doloroso aquello que nos pedía San Juan Pablo II en el 2000: "sed mártires de remar contra la corriente del mundo", porque nos cansamos, muchas veces, de ir en contra de todos, y no nos gusta que nos llamen beatos. Pero esa es la vida que hemos elegido recorrer y por eso el Señor nos va a ir corrigiendo y nos va enseñando lo que tenemos que sacrificar para poder ser mensajeros de Luz, de Paz, de fraternidad. Porque, ya nos lo dijo al comienzo cuando nos invitó a seguirlo: "quien quiera venir en pos de mí: niéguese a sí mismo, cargue su cruz de cada día y sígame". Y esa será nuestra cruz de cada día: renunciar a los gustos y errores del mundo para vivir en el camino de la Verdad del Evangelio.

 

martes, 2 de febrero de 2021

Primicia de nuestra resurrección

Del tratado de san Ireneo, obispo, contra las herejías
 
El Verbo de Dios se hizo hombre y el Hijo de Dios se hizo Hijo del hombre para que el hombre, unido íntimamente al Verbo de Dios, se hiciera hijo de Dios por adopción. En efecto, no hubiéramos podido recibir la incorrupción y la inmortalidad, si no hubiéramos estado unidos al que es la incorrupción y la inmortalidad en persona. ¿Y cómo hubiésemos podido unirnos al que es la incorrupción y la inmortalidad, si antes él no se hubiese hecho uno de nosotros, a fin de que nuestro ser corruptible fuera absorbido por la incorrupción, y nuestro ser mortal fuera absorbido por la inmortalidad, para que recibiésemos la filiación adoptiva? Así, pues, este Señor nuestro es Hijo de Dios y Verbo del Padre por naturaleza, y también es Hijo del hombre, ya que tuvo una generación humana, hecho Hijo del hombre a partir de María, la cual descendía de la raza humana y a ella pertenecía. Por esto, el mismo Señor nos dio una señal en las profundidades de la tierra y en lo alto de los cielos, señal que no había pedido el hombre, porque éste no podía imaginar que una virgen concibiera y diera a luz, y que el fruto de su parto fuera Dios con nosotros, que descendiera a las profundidades de la tierra para buscar a la oveja perdida (el hombre, obra de sus manos), y que, después de haberla hallado, subiera a las alturas para presentarla y encomendarla al Padre, convirtiéndose él en primicias de la resurrección.
Así, del mismo modo que la cabeza resucitó de entre los muertos, también todo el cuerpo (es decir, todo hombre que participa de su vida, cumplido el tiempo de su condena, fruto de su desobediencia) resucitará, por la trabazón y unión que existe entre los miembros y la cabeza del cuerpo de Cristo, que va creciendo por la fuerza de Dios, teniendo cada miembro su propia y adecuada situación en el cuerpo. En la casa del Padre hay muchas moradas, porque muchos son los miembros del cuerpo. Dios se mostró magnánimo ante la caída del hombre y dispuso aquella victoria que iba a conseguirse por el Verbo. Al mostrarse perfecta la fuerza en la debilidad, se puso de manifiesto la bondad y el poder admirable de Dios.

 

lunes, 1 de febrero de 2021

Un solo corazón y una sola alma

De los Tratados del Pseudo-Hilario, sobre los salmos. 

Ved qué paz y qué alegría, convivir los hermanos unidos. Ciertamente, qué paz y qué alegría cuando los hermanos conviven unidos, porque esta convivencia es fruto de la asamblea eclesial; se los llama hermanos porque la caridad los hace concordes en un solo querer. Leemos que, ya desde los orígenes de la predicación apostólica, se observaba esta norma tan importante: La multitud de los creyentes no era sino un solo corazón y una sola alma. Tal, en efecto, debe ser el pueblo de Dios: todos hermanos bajo un mismo Padre, todos una sola cosa bajo un solo Espíritu, todos concurriendo unánimes a una misma casa de oración, todos miembros de un mismo cuerpo que es único. 

Qué paz y qué alegría, convivir los hermanos unidos. El salmista añade una comparación para ilustrar esta paz y alegría, diciendo: Es ungüento precioso en la cabeza, que baja por la barba de Aarón hasta la franja de su ornamento. El ungüento con que Aarón fue ungido sacerdote estaba compuesto de substancias olorosas. Plugo a Dios que así fuese consagrado por primera vez su sacerdote; y también nuestro Señor fue ungido de manera invisible entre todos sus compañeros. Su unción no fue terrena; no fue ungido con el aceite con que eran ungidos los reyes, sino con aceite de júbilo. Y hay que tener en cuenta que, después de aquella unción, Aarón, de acuerdo con la ley, fue llamado ungido. 

Del mismo modo que este ungüento, doquiera que se derrame, extingue los espíritus inmundos del corazón, así también por la unción de la caridad exhalamos para Dios la suave fragancia de la concordia, como dice el Apóstol: Somos perfume que proviene de Cristo. Así, del mismo modo que Dios halló su complacencia en la unción del primer sacerdote Aarón, también es una paz y una alegría convivir los hermanos unidos. La unción va bajando de la cabeza a la barba. La barba es distintivo de la edad viril. Por esto nosotros no hemos de ser niños en Cristo, a no ser únicamente en el sentido ya dicho, de que seamos niños en cuanto a la ausencia de malicia, pero no en el modo de pensar. El Apóstol llama niños a todos los infieles, en cuanto que son todavía débiles para tomar alimento sólido y necesitan de leche, como dice el mismo Apóstol: Os di a beber leche; no os ofrecí manjar sólido, porque aún no lo admitíais. Y ni siquiera ahora lo admitís.