viernes, 20 de diciembre de 2019

Quieres o no quieres tentar a Dios?

"En aquellos días, el Señor habló a Ajaz y le dijo:
«Pide un signo al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo».
Respondió Ajaz: «No lo pido, no quiero tentar al Señor».
Entonces dijo Isaías: «Escucha, casa de David: ¿no os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios?".
Este relato de Isaías me hizo recordar aquél otro de Jesús a los fariseos: "les tocamos la flauta y no bailaron, le cantaron cantos fúnebres y no lloraron... porque vino Juan Bautista dijisteis que era un loco, vino el Hijo del Hombre y que era un bebedor y mujeriego..."
Si no veo nada o estoy en dudas, siempre pido un signo, un milagro, una señal para que Dios nos hable y nos diga claramente lo que tengo que hacer, pero si Dios nos pide que pidamos algo, no lo pedimos porque no queremos tentar a Dios. ¡Somos tan difíciles los humanos! No siempre estamos conformes: si somos de pelo oscuro nos lo pintamos de rubio, si somos rubios lo pintamos de oscuro; si no tenemos canas nos hacemos reflejos, si tenemos canas nos las pintamos...
Y la vida que el Señor nos plantea es muy sencilla, pues el Camino es sencillo si nos decidimos a recorrerlo con la serenidad y la paz de los pequeños de corazón y espíritu. Sí, porque la sencillez del corazón nos hace confiar más en el Padre que en nosotros, los hijos. Porque cuando somos adultos y (creemos) que nos la sabemos todas, siempre ponemos cuestiones para que querer saber más o para dudar de lo que Dios quiere de nosotros.
En cambio María, sólo tenía una duda: ¿cómo puede ser esto si no convivo con ningún varón? Pero no dudó de las palabras que le dirigía el ángel. Y, creo, que tampoco comprendió mucho cómo iba a ser todo, pero igual se dejó caer en las manos del Señor: ¡He aquí la esclava del Señor! Hágase en mí según tus palabras.
Dejar guiar, dejarnos llevar por las Manos del Señor, es el mejor y más seguro camino para alcanzar la santidad, para vivir en la Bienaventuranza aquí en la tierra, así como en el Cielo. Pero nos da miedo por dónde el Señor nos lleve... "Aunque pase por oscuras quebradas no temeré, porque tu bastón y tu cayado están conmigo". Es el Señor quien nos conduce y nos guía ¿cuál es tu miedo? ¿Que te pide hacer algo que no quieres?
Quizás al principio puede parecer que no te gusta su Voluntad, pero ya verás cómo el te la Gracia para que descubras lo hermoso que es caminar de su Mano.
María no supo cómo iba a ser todo, pero sin embargo, salió presurosa, no solo a la casa de Isabel, sino a vivir en la Voluntad de Dios. Y, aunque tuvo que pasar por quebradas muy oscuras, siempre se dejó conducir y alcanzó la Bienaventuranza: "me llamarán bienaventurada todas las generaciones porque el todopoderoso ha hecho obras grandes por mí".

jueves, 19 de diciembre de 2019

Lenguas opresoras

"Al cumplirse los días de su servicio en el templo volvió a casa. Días después concibió Isabel, su mujer, y estuvo sin salir cinco meses, diciendo:
«Esto es lo que ha hecho por mí el Señor cuando se ha fijado en mi para quitar mi oprobio ante la gente».
Nunca antes me había fijado en esta frase que san Lucas escribe sobre santa Isabel, porque siempre había puesto la atención en la concepción de Juan Bautista. Sin embargo, también fue un hecho muy importante para Isabel, el haber podido concebir. Porque para esos tiempos, quien no podía concebir era porque estaba "marcada por la esterilidad y de su seno no podría nacer el mesías", en otras palabras era tenida como una "desgraciada", sin-Gracia. Pero Dios tuvo no sólo compasión del Pueblo, a dónde era enviado Juan, sino de su madre por quitarle el oprobio que sentía su corazón.
Y, me gustaría, que entendiéramos lo que se siente cuando "soltamos" al aire (sin querer) comentarios sobre la gente: sienten su corazón oprimido, porque para ellos es un dolor enorme que alguien o algunos los marquen con tal o cual característica, riéndose o burlándose, o simplemente hablando de tal o cual persona.
Por eso, en esos momentos tenemos que levantar la cabeza y saber de dónde nos viene la salvación, de donde viene la libertad y la liberación de nuestros oprobios: de Dios. Es Él quien se encarga de satisfacer a nuestro corazón y nos libera con su Nacimiento, la Luz que nace en Belén en Navidad, será la Luz que ilumine las oscuridades de nuestros corazones, dándonos razones para seguir adelante, razones para alcanzar el gozo y la alegría de sabernos amados, perdonas, y salvados por un Dios que se hace pequeños, que se hace niño para traernos las mejor de las noticias: Dios nos ama y nos lleva escrito en la palma de sus manos, y nos cuidad como a las pupilas de sus ojos.
Por eso, cuando el Ángel saluda a María le dice: "Alégrate, llena de Gracia!, porque es esa Gracia la que nos trae la Buena Noticia, es esa Gracia la que llevamos en nuestro corazón y nos libera de la opresión de los comentarios de los demás, de lo que los demás piensen sobre mí, de las burlas del adversario.
Jesús nace para liberarnos, no sólo de nosotros mismos, porque, en algunos casos, somos nosotros quienes nos atormentamos haciéndonos eco de lo que los demás dicen, sino que nos libera de sentirnos oprimidos o determinados por lo que los demás piensan de mí.
No seamos opresores con nuestras lenguas, ni dejemos que las lenguas de los demás opriman nuestro corazón.

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Dios nos revelo su amor por medio de su Hijo

De la Carta a Diogneto

    Nadie jamás ha visto ni ha conocido a Dios, pero él ha querido manifestarse a sí mismo. Se manifestó a través de la fe, que es la única a la que se le concede ver a Dios. Porque Dios, Señor y Creador de todas las cosas, que todo lo hizo y todo lo dispuso con orden, no sólo amó a los hombres, sino que también fue paciente con ellos. Siempre lo fue, lo es y lo será: bueno, benigno, exento de toda ira, veraz; más aún: él es el único bueno. Después de haber concebido un designio grande e inefable se lo comunicó a su único Hijo.
    Mientras mantenía oculto su sabio designio y lo reservaba para sí, parecía abandonamos y olvidarse de nosotros. Pero, cuando lo reveló por medio de su amado Hijo y manifestó lo que había establecido desde el principio, nos dio juntamente todas las cosas: participar de sus beneficios y ver y comprender sus designios. ¿ Quién de nosotros hubiera esperado jamás tanta generosidad?
    Dios, que todo lo había dispuesto junto con su Hijo, permitió que hasta el tiempo anterior a la venida del Salvador viviéramos desviados del camino recto, atraídos por los deleites y concupiscencias, y nos dejáramos arrastrar por nuestros impulsos desordenados. No porque se complaciera en nuestros pecados, sino que los toleraba. Ni es tampoco que Dios aprobara aquel tiempo de iniquidad, sino que estaba preparando el tiempo actual de justicia, a fin de que, convictos en aquel tiempo de que por nuestras propias obras éramos indignos de la vida, fuéramos hechos dignos de ella por la bondad de Dios, reconociendo así que por nosotros mismos no podíamos entrar en el reino de los cielos, pero que esto se nos concedía como un don de Dios.
    Pues cuando nuestra maldad había colmado la medida y se hizo plenamente manifiesto que por ella merecíamos el castigo y la muerte, llegó en cambio el tiempo establecido por Dios para manifestar su bondad y su poder -¡oh inmenso amor de Dios a los hombres!- y no nos odió ni nos rechazó ni se vengó de nuestras ofensas, sino que nos soportó con magnanimidad y paciencia, apiadándose de nosotros y cargando él mismo con nuestros pecados. Nos dio a su propio Hijo como precio de nuestra redención: entregó al que es santo para redimir a los impíos, al inocente por los malos, al justo por los injustos, al incorruptible por los corruptibles, al inmortal por los mortales. Y ¿qué otra cosa hubiera podido encubrir nuestros pecados sino su justicia? Nosotros que somos impíos y malos, ¿en quién hubiéramos podido ser justificados sino únicamente en el Hijo de Dios?
    ¡Oh admirable intercambio, mediación incomprensible, beneficios inesperados: que la impiedad de muchos sea encubierta por un solo justo y que la justicia de un solo hombre justifique a tantos impíos!

martes, 17 de diciembre de 2019

El misterio de la reconciliación

De las Cartas de san León Magno, papa

    De nada nos serviría afirmar que nuestro Señor, el Hijo de la Virgen María, es hombre verdadero y perfecto si no creyésemos además que es hombre perteneciente a aquel linaje mencionado en el Evangelio.
    Mateo, en efecto, dice: Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham; y sigue el orden de su generación humana hasta llegar a José, con quien estaba desposada la Madre del Señor.
    Lucas, en cambio, siguiendo un orden inverso, se remonta al origen del género humano, para mostrar que el primer Adán y el nuevo Adán tienen una misma naturaleza.
    El Hijo de Dios, en su omnipotencia, hubiera podido manifestarse, para instruir y justificar a los hombres, como se había manifestado a los patriarcas y profetas, es decir, bajo diversas apariencias humanas, como, por ejemplo, cuando entabló una lucha o mantuvo una conversación, o cuando no rechazó la hospitalidad que le ofrecían y tomó el alimento que le presentaban. Todas estas figuras eran como profecía y anuncio misterioso de aquel hombre que debía asumir, de la descendencia de esos mismos patriarcas, una verdadera naturaleza humana.
    Pero todas estas figuras no podían realizar aquel misterio de nuestra reconciliación prefijado antes de los tiempos, porque el Espíritu Santo no había descendido aún sobre la Virgen ni el poder del Altísimo la había aún cubierto con su sombra; solamente cuando la Sabiduría eterna, edificándose una casa en el seno purísimo de la Virgen, se hizo hombre pudo tener cumplimiento este admirable designio; y, uniéndose la naturaleza humana y la divina en una sola persona, el Creador del tiempo nació en el tiempo, y aquel por quien fueron hechas todas las cosas empezó a contarse entre las creaturas.
    Pues si el nuevo hombre, sometido a una existencia semejante a la de la carne de pecado, no hubiera llevado sobre sí nuestros pecados, si el que es consustancial al Padre no se hubiera dignado ser consustancial a una madre y si -libre de todo pecado- no hubiera unido a sí nuestra naturaleza, la cautividad humana continuaría sujeta al yugo del demonio; y tampoco podríamos gloriarnos de la victoria del Vencedor si ésta hubiera sido obtenida en una naturaleza distinta a la nuestra.
    El sacramento de la regeneración nos ha hecho partícipes de estos admirables misterios, por cuanto el mismo Espíritu, por cuya virtud fue Cristo engendrado, ha hecho que también nosotros volvamos a nacer con un nuevo nacimiento espiritual.
    Por eso el evangelista dice, refiriéndose a los creyentes: Ellos traen su origen no de la sangre ni del deseo carnal ni de la voluntad del hombre, sino del mismo Dios.

lunes, 16 de diciembre de 2019

Sobre la contemplación de Dios

Del Tratado de Guillermo, abad del monasterio de San Teodorico

    En verdad tú eres el único Señor, que al ejercer tu poder sobre nosotros nos salvas; en cambio, el servicio que nosotros te tributamos no consiste en otra cosa sino en aceptar tu salvación.
    Señor, de ti viene la salvación y la bendición sobre tu pueblo; pero ¿qué es tu salvación sino la gracia que tú nos concedes de amarte y de ser amados por ti?
    Por eso, Señor, quisiste que tu Hijo que está a tu derecha, el hombre que tú fortaleciste, fuera llamado Jesús, esto es, Salvador, porque él salvará a su pueblo de los pecados y en ningún otro se encuentra la salud. Él nos enseñó a amarlo, amándonos primero hasta la muerte de cruz e invitándonos a amar al que nos amó primero hasta el extremo.
    Si nos amaste primero fue para que pudiéramos amarte, no porque necesitaras nuestro amor, sino porque de no amarte no podríamos llegar a ser lo que tú quisiste que fuéramos.
    Por eso, después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los profetas en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en el tiempo final, nos has hablado por medio de tu Hijo, tu Palabra: por él fue hecho el cielo y por su Espíritu los ejércitos celestiales. El habernos hablado por medio de tu Hijo no fue otra cosa que poner de manifiesto cuánto y de qué manera nos amaste, ya que no perdonaste ni a tu propio Hijo, sino que lo entregaste por todos nosotros; él también nos amó y se entregó por nosotros.
    Señor, ésta es la Palabra que nos has enviado, tu Palabra omnipotente, que cuando un silencio profundo envolvía toda la tierra, es decir, cuando estaba sumida en el error, bajó de tu trono real, para destruir todos los errores, para promulgar la suave ley del amor.
    Dios, creador de los hombres, tú sabías que el amor no puede ser exigido por la fuerza, sino que es necesario suscitarlo en el corazón humano. Porque donde hay coacción ya no hay libertad, donde no hay libertad no hay justicia.
    Por lo tanto quisiste que te amáramos, ya que no podíamos ser salvados con justicia si no te amábamos. Y no podríamos amarte si no recibiéramos de ti ese amor. Por eso, Señor, como ya lo dijo tu discípulo amado y nosotros lo hemos recordado ya más arriba, tú nos amaste primero, y has amado primero a todos los que te aman.
    También nosotros te amamos con el mismo amor que has derramado en nuestros corazones. Pero tu amor es tu bondad –¿no eres acaso el único bueno y el sumo bien?–, es el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo, que en principio de la creación aleteaba sobre las aguas, esto es, sobre los espíritus fluctuantes de los hombres, brindándose a todos, atrayendo hacia sí todas las cosas, inspirando, impulsando, librándonos del mal, procurándonos lo necesario, uniendo a Dios con nosotros y a nosotros con Dios.

domingo, 15 de diciembre de 2019

A quién esperamos?


¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?».
Jesús les respondió:
«Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los cojos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y los pobres son evangelizados. ¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!».
A veces me pregunto si la pregunta que se hizo Juan Bautista es la que nos hacemos nosotros también. Es que no siempre esperamos a Jesús en las Navidades. Nos hemos acostumbrado a esperar a Papá Noel y por eso ya se hizo parte de toda nuestra historia, y, casi de nuestra religión, porque no faltan iglesias donde no haya un Papá Noel colgado por ahí.
Pero, también, me pregunto ¿esperamos la salvación, la vida nueva? Porque, en realidad, lo que Jesús nos trae con su Nacimiento es una Vida Nueva, una vida según el deseo de Dios, Nuestro Padre. Pero ¿es lo que esperamos? ¿Cuál es la forma o estilo de vida que esperamos, que buscamos?
Juan Bautista estaba pregonando la llega de la Salvación, el cumplimiento de la Promesa de Dios: ¡preparad el camino para el Señor! ¿Qué camino hay que preparar? ¿Sabemos a dónde queremos caminar? A veces, me parece que los cristianos no sabemos hacia dónde vamos, por eso solamente caminamos, y vamos de acuerdo con los vientos del mundo, y no de acuerdo con el soplo del Espíritu Santo. Claro que los vientos del mundo son más fáciles de seguir que el soplo del Espíritu.
¿No será tiempo de hacernos las preguntas correctas para que nuestra vida sea más coherente con nuestra fe? ¿Jesús vino al mundo para que nosotros le hagamos arbolitos, regalitos, comilonas y… nada más? ¿Todo queda en muchas luces, cánticos, comidas y regalos? ¿No habrá querido mostrarnos un Camino, un Estilo de Vida?
Y, por último ¿realmente es Jesús el centro de la Navidad? ¿Nos acordaremos que ese día tenemos que encontrarnos con Él en la Palabra, en la Eucaristía? ¿Tendremos tiempo de preparar el corazón para que tenga un lugar donde nacer? ¿Lo dejaremos nacer en nuestro corazón o simplemente como en aquel tiempo le diremos que ya está ocupado con otras cosas?

sábado, 14 de diciembre de 2019

Sabiduría divina y vanidad humana

"Hermanos, cuando los visité para anunciarles el misterio de Dios, no llegué con el prestigio de la elocuencia o de la sabiduría. Al contrario, no quise saber nada, fuera de Jesucristo, y Jesucristo crucificado.
Por eso, me presenté ante ustedes débil, temeroso y vacilante.
Mi palabra y mi predicación no tenían nada de la argumentación persuasiva de la sabiduría humana, sino que eran demostración del poder del Espíritu, para que ustedes no basaran su fe en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios".
Hay muchos sabios en este mundo que no llegan a alcanzar el misterio de Dios, y, por ello, no pueden, tampoco, descubrir su profundo Amor por el Hombre. Buscan respuestas a los sucesos de la historia y a los propios desde una mera inteligencia humana, o desde simples datos de la realidad. Sin embargo la mayor de las sabidurías no viene del conocimiento humano (aunque sí se puede alcanzar el misterio desde lo humano) sino que viene, de modo especial, desde la contemplación del Misterio de la Cruz.
San Pablo no quiso anunciar desde su propia sabiduría y conocimiento de las Leyes lo que él había conocido desde su propia experiencia, sino que dejó al Espíritu Santo que "hablara por su boca", pues no hay mejor disertante en las cuestiones de la Fe, que el mismo Espíritu que sabe lo que cada uno necesita escuchar.
"Te doy gracias, Padre, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes y se las has revelado a los pequeños", decía el Señor. Y así es, cuando los que se consideran sabios porque tienen muchos títulos quieren dar cátedra, desde su propia sabiduría humana, pueden llegar a explicar hermosos argumentos y tesis bien diseñadas, pero no llegaran nunca a comprender el misterio del Amor y de la Voluntad de Dios, porque no se dejan iluminar por el Espíritu del Señor que habita en nosotros. Pues el Espíritu viene desde la contemplación y la unión personal con el Señor, y no de la contemplación de páginas de libros escritos por hombres, aunque estos sean inspirados y santos místicos.
Si nuestra relación con el Padre, no es a través del Camino que Él nos quiso dejar para nuestra vida, de nada sirven los títulos y diplomas que tengamos colgados sobre nuestros escritorios, pues serán letras vacías que el viento del mundo dispersa por donde quiere y siembran sólo más oscuridad que Luz.
Por eso, tengamos siempre en cuenta las palabras del Apóstol:
"Mi palabra y mi predicación no tenían nada de la argumentación persuasiva de la sabiduría humana, sino que eran demostración del poder del Espíritu, para que ustedes no basaran su fe en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios".