viernes, 5 de abril de 2019

Razonar equivocadamente

"Se decían los impíos, razonando equivocadamente:
«Acechemos al justo, que nos resulta fastidioso: se opone a nuestro modo de actuar, nos reprocha las faltas contra la ley y nos reprende contra la educación recibida; presume de conocer a Dios y se llama a sí mismo hijo de Dios.
Es un reproche contra nuestros criterios, su sola presencia nos resulta insoportable"...
Así comienza el libro de la Sabiduría a ponernos en sintonía con lo que estaba pasando en el pueblo de Jesús, cómo los suyos buscaban quitárselo de en medio y cuáles eran los motivos.
Pero no sólo habla de Jesús esta profecía, sino que también habla de nosotros, de nuestras habladurías, de nuestras indiferencias, de nuestros desprecios a quienes no nos gustan cómo viven, lo que dicen, y sobre todo, si su conducta va en contra de la nuestras o nos llama a descubrir que nuestros caminos no son los de Dios.
No siempre (por no decir nunca) nos gusta que nos digan que estamos equivocados, o que nos muestren un camino diferente a recorrer, pues creemos que el que estamos caminando es el correcto o, por lo menos, es el que más nos gusta y en el que estamos conformes.
Pero nos olvidamos que nuestros caminos tienen que ser El Camino, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios sino que lo tenemos que ser, y para serlo tenemos que recorrer el Camino, y Jesús es el Camino. No hay otro. Por eso, el Padre nos envía mensajeros que nos ayudan a descubrir el Verdadero Camino, el de la obediencia a Su Voluntad, el del Evangelio.
Seguramente el Verdadero Camino nos costará porque tenemos que renunciar a nosotros mismos, tenemos que girar un poco el ritmo de nuestra vida y descubrir que hay otras cosas a vivir y otra forma de hacer las cosas, pero es el que el Señor quiere para mí. Así lo dice el escritor de la carta a los Hebreos: "siendo hijo aprendió por el sufrimiento a obedecer", y eso lo decía de Jesús. ¡Cuánto más nos va a costara a nosotros obedecer! Pero aunque lo que para el hombre es imposible no lo es para Dios, si estamos en Dios, si estamos con su Gracia nada nos resultará iimposible porque Él es Quien guía, sostiene y fortalece nuestros pasos.
Cuando llegue la Hora en que el Señor nos muestre su Voluntad no dudemos en decirle, como María: Aquí estoy, ¡hágase en mí según tu palabra!, para que su Gracia me fortalezca y me ayude a renunciar a mis criterios y aceptar su Voluntad para alcanzar la meta señalada.

jueves, 4 de abril de 2019

Ese hijo tuyo...

"En aquellos días, el Señor dijo a Moisés:
«Anda, baja de la montaña, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado..."
Al leer esta frase me hizo acordar a esos momentos cuando, sobre todo en la familia, uno de los hijos hace algo mal y uno de los padres le dice al otro: "ese hijo tuyo...". Hay momentos en que nos gusta o lo hacemos inconscientemente de quitarnos de encima un problema que también es nuestro. No siempre nos queremos hacer cargo de los errores que se cometen por nuestra culpa, o no siempre nos queremos hacer cargo de nuestros propios errores y, como pasó en el Jardín del Edén: "la mujer que tú me diste me tentó y comí". No es mi culpa, es de otro que me hizo caer en tentación y no pude evitarlo...
Aceptar nuestra responsabilidad en lo actos, en las palabras, en todo lo que día a día decido hacer o decir, es algo que me ayuda a crecer, y, sobre todo, cuando reconozco y acepto mis propios errores. Aceptarlos me ayuda a intentara corregirlos (lo que no siempre puedo hacer con la presteza que quisiera) y evitar así echar las culpas y responsabilidades a otro o simplemente quitárnosla de encima que no es propio de la Verdad.
Porque son esas actitudes y palabras las que dan testimonio de mí mismo, no hace falta que otros digan algo de uno porque nuestra forma de vivir, de estar, de hablar, de actuar es lo que habla de mí. Aunque muchas veces pueda decir: "no fue esa mi intención", pero ya está hecho, ya lo dijiste: tus acciones hablan de tí.
"En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos:
«Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es verdadero. Hay otro que da testimonio de mí, y sé que es verdadero el testimonio que da de mí.
Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado".
Jesús nos enseña que el testimonio que debemos dar son las obras que hacemos, porque ellas hablan de nosotros, y cuanto más fidelidad vivimos a la Voluntad de Dios, más veraz será el testimonio que demos, pero cuando más nos alejemos de la Voluntad de Dios, nuestro testimonio será contrario a lo que decimos vivir. Porque, en este caso, como alguien dijo: "de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno", son las buenas acciones las que nos ayudan a construir el camino al Reino de Dios, y, mejor aún, son las que construyen el Reino de Dios en la Tierra, porque cada día decimos: "venga a nosotros tu Reino", y somos nosotros los que cada día construimos o destruimos...

miércoles, 3 de abril de 2019

Providencia y abandono

Una frase que siempre me gustó y que es preciso tenerla presente, es esta del profeta Isaías:
"Sión decía: «Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado».
¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré».
Del profeta Isaías pero en realidad de Dios por el profeta Isaías, porque es el Señor quien le habla a Sión y, como se dice: "se lo digo a Pedro para que lo escuche Juan". La Palabra de Dios al ser eterna nos sirve en todo tiempo, pero, sobre todo nos abre a entender y a querer a nuestro Padre Dios, quien nos ama verdaderamente, aunque, muchas veces, creamos que no nos escucha o que nos ha dejado abandonados. Sin embargo, si logramos poner nuestros oídos cerca de su corazón vamos a escuchar muchas frases parecias a estas que nos hablan de su estar atento a nuestras vidas.
Él nos habla de su amor y de su cariño por nosotros, por sus hijos, y nos quiere llevar así a crecer en la confianza en Su Palabra, en Su Voluntad para que podamos alcancar lo que anhelamos, lo que llevamos en lo secreto del corazón y que, muchas veces, ni siquiera nosotros conocemos. Cuando tenemos la oportunidad de adentrarnos en nosotros mismos, sin miedos, y dejamos que el Espíritu nos lleve de la mano hasta ese hermoso lugar, es ahí donde descubriremos nuestra verdadera identidad, donde encontraremos la semilla que el Padre ha puesto cuando nos llamó a la Vida y que da sentido a todo lo que vivimos y queremos vivir.
Por eso Jesús nos dice tantas veces que Él no hace otra cosa que lo que ha visto hacer el Padre, y que su único sentido es hacer Su Voluntad, porque Él sí lo ha conocido, Él sí escucha Su Voz y aunque es Dios, como Hijo, tuvo que aprender a obedecer.
"Jesús tomó la palabra y les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre. Lo que hace este, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace, y le mostrará obras mayores que esta, para vuestro asombro.
Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió».
Y en esa confianza y abandono, Jesús, se entregó al Padre hasta la muerte y muerte de Cruz, y así alcanzó la Vida Eterna para nosotros, por medio de su Resurrección. En ese abandono y confianza en la Providencia Divina, que es en el Amor del Padre, tenemos que aprender a movernos, a obedecer, porque es el Camino que nos conduce a la Vida.

martes, 2 de abril de 2019

Excelencia de la caridad

De los Sermones de san León Magno, papa

    Dice el Señor en el evangelio de san Juan: En esto conocerán todos que sois discípulos míos, en que tenéis caridad unos con otros; y en la carta del mismo apóstol leemos: Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios; quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.
    Que cada uno de los fieles se examine, pues, a sí mismo, esforzándose en discernir sus más íntimos afectos; y, si descubre en su conciencia frutos de caridad, tenga por cierto que Dios está en él y procure hacerse más y más capaz de tan gran huésped, perseverando con más generosidad en las obras de misericordia.
    Pues, si Dios es amor, no podemos poner límite alguno a la caridad, ya que la Divinidad es infinita.
    Así pues, amadísimos, si bien todo tiempo es bueno para ejercitarse en la virtud de la caridad, estos días cuaresmales nos invitan a ello de un modo más apremiante; si deseamos llegar a la Pascua santificados en el alma y en el cuerpo, debemos poner un interés especialísimo en la adquisición de esta virtud, que contiene en sí a todas las otras y cubre la multitud de los pecados.
    Por esto, ya que nos preparamos para celebrar aquel misterio que excede a todos los demás, en el que In sangre de Jesucristo borró nuestras iniquidades, dispongámonos mediante el sacrificio espiritual de la misericordia, de tal manera que demos de lo que nosotros hemos recibido de la bondad divina, aun a los mismos que nos han ofendido.
    Que nuestra liberalidad para con los pobres y demás necesitados de cualquier clase sea en este tiempo más generosa, a fin de que sean más numerosos los que eleven hacia Dios su acción de gracias, y con nuestros ayunos remediemos el hambre de los indigentes. El acto de piedad más agradable a Dios es precisamente este dispendio en favor de los pobres, ya que en esta solicitud misericordiosa reconoce él la imagen de su propia bondad.
    Y no temamos la pobreza que nos pueda resultar de esta nuestra largueza, ya que la misma bondad es una gran riqueza y nunca puede faltamos con qué dar, pues Cristo mismo es quien da el alimento y quien lo recibe. En todo este asunto interviene la mano de aquel que al partir el pan lo aumenta y al repartirlo lo multiplica. Que el que distribuye limosnas lo haga con despreocupación y alegría, ya que, cuanto menos se reserve para sí, mayor será la ganancia que obtendrá, como dice el apóstol san Pablo: Dios, que provee de semilla al sembrador y de pan para su alimento, os dará también a vosotros semilla en abundancia y multiplicará los frutos de vuestra justificación, en Cristo Jesús, nuestro Señor, el cual vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

lunes, 1 de abril de 2019

Cristo es propiciación por nuestros pecados

De las Homilías de Orígenes, presbítero, sobre el Levítico

    Una vez al año, el sumo sacerdote, dejando a fuera al pueblo, entraba en el lugar donde se hallaban el propiciatorio, los querubines, el arca de la alianza y el altar de los aromas; lugar donde sólo al sumo sacerdote le estaba permitido entrar.
    Pero fijémonos en nuestro verdadero sumo sacerdote, el Señor Jesucristo. Él, habiendo tomado la naturaleza humana, estaba con el pueblo todo el año, aquel año, a saber, del cual dice él mismo: Me envió a evangelizar a los pobres y a proclamar el año de gracia del Señor. Y, una vez durante este año, el día de la expiación, entró en el santuario, es decir, cuando, cumplida su misión, penetró en los cielos, entró a la presencia del Padre, para hacerle propicio al género humano y para interceder en favor de todos los que creen en él.
    El apóstol Juan, conocedor de esta propiciación que nos reconcilia con el Padre, dice: Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Si alguno peca, abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo, el justo. Él es propiciación por nuestros pecados.
    También Pablo alude a esta propiciación, cuando afirma de Cristo: A quien Dios ha propuesto como instrumento de propiciación, por su propia sangre y mediante la fe. Por lo tanto, el día de nuestra propiciación continúa hasta el fin del mundo.
    Dice la palabra de Dios: Pondrá el incienso sobre las brasas delante del Señor, para que el humo del incienso cubra el propiciatorio que está sobre el documento de la alianza, y así él no muera. Después tomará sangre del novillo y rociará con el dedo el lado oriental de la placa o propiciatorio.
    Este texto nos recuerda el modo como en el antiguo Testamento se celebraba el rito de la propiciación ante Dios; pero tú que has venido a Cristo, verdadero sumo sacerdote, que con su sangre te hizo a Dios propicio y te reconcilió con el Padre, trasciende con tu mirada la sangre de las antiguas víctimas y considera más bien la sangre de aquel que es la Palabra, escuchando lo que él mismo te dice: Ésta es mi sangre, que será derramada por vosotros para el perdón de los pecados.
    El hecho de rociar el lado oriental tiene también su significado. De oriente nos viene la propiciación, pues de allí procede el varón cuyo nombre es Oriente, el que ha sido constituido mediador entre Dios y los hombres.
Ello te invita a que mires siempre hacia oriente, de donde sale para ti el sol de justicia, de donde te nace continuamente la luz, para que no camines nunca en tinieblas, ni te sorprenda en tinieblas aquel día último;
para que no se apodere de ti la noche y oscuridad de la ignorancia, sino que vivas siempre en la luz de la sabiduría, en el pleno día de la fe, bajo la luz de la caridad y de la paz.

domingo, 31 de marzo de 2019

Libertad y confianza

Cuando comenzamos a leer, por ejemplo, esta parábola del hijo pródigo enseguida, quizás, dejemos de leerla porque ya sabemos qué dice y cómo finaliza. Pero no te quedes en la mitad ni en el comienzo, porque la Palabra de Dios no es como una película que has visto más de dos veces y siempre dice lo mismo, no, la Palabra de Dios te puede decir muchísimas cosas en distintos momentos de tu vida. Por eso siempre hay que leerla aunque sepamos cómo termina.
En este caso quería detenerme en el padre de la parábola, si bien sabemos que Jesús quiere referirse al Padre Celestial y a su misericordia, también quería hacerlo en referencia a los padres de la tierra. Porque si miramos al padre en relación a los dos hijos vamos a ver la forma de relacionarse del padre con sus hijos adultos: les da completa libertar pero nunca sabrá lo que piensan y quieren cada uno. ¿Por qué? Porque los padres no tienen la capacidad de leer el pensamiento. Y esto me surgio al ver la reacción del hijo mayor de la parábola.
El hijo mayor le critica al padre que nunca le había dado un cabrito para hacer una fiesta con sus amigos, pero ¿le había pedido el cabrito para hacer la fiesta con sus amigos? ¿no pretenderá que el padre sepa que quería hacer una fiesta con sus amigos? Y esto me hace acordar cuando la gente viene al confesionario y te dice: no se padre, pregúnteme usted por mis pecados. Y yo le digo: hay infinidad de pecados ¿cuáles te pregunto?
El padre no puede imaginarse lo que cada hijo quiere o pretende, sólo cuando hay diálogo profundo y sincero se puede conocer lo que cada uno siente, pero muchas veces no nos ponemos a dialogar, no nos damos tiempo para conversar sobre nuestras vidas y damos por supuesto que el otro sabe lo que estamos pensando.
¿Podría el padre suponer que el hijo menor se iba a gastar todo el dinero y que iba a terminar así? Quizás sí, eso sí se puede suponer porque cuando uno no tiene nada en la cabeza y sólo busca fiesta, eso se ve desde muy lejos. Pero ¿podía el padre negarle lo que le correspondía y prohibirle irse de la casa? No, no puede porque el hijo está ejerciciendo su derecho a la libertad y debe hacer su propia vida. Pero nadie puede prohibirle al padre recibirlo con alegría porque ha regresado, y, sobre todo, porque ha pedido perdón por haberse equivocado.
En cambio el hijo mayor no supo compartir y disfrutar de lo que tenía. Tenía libertad en su casa, pero le faltaba la confianza necesaria para hablar con su padre de lo que quería, sentía y necesitaba. O quizás por falsa humildad no quería usar nada de lo que tenía. Pero, finalmente todo explota y explota mal ¿habrá entrado a la fiesta? ¿Finalmente se habrá ido de su casa por enemistarse con su padre? Cuando dejamos que el rencor se instale en nuestro corazón, cuando vamos dejamos "cosillas" guardadas pra decirlas después, generalmente estropeamos una relación y después no sabemos cómo solucioinarlo, porque la vanidad, el orgullo o la soberba nos impiden reconocer nuestro error.

sábado, 30 de marzo de 2019

No soy como esos

"En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás"...
¿Cuántas veces nos sucede esto: nos consideramos mejores que los demás y nos damos el "lujo" de señalar a los demás con el dedo de la justicia y de la santidad, o eso nos creemos, que somos más santos y más capaces que los demás, sólo porque hacemos las cosas diferentes o hemos podido crecer más.
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: "¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo".
Quizás no seamos tan "bordes" (como se dice por aquí) sino que podemos llegar a ser mas suaves en las críticas, y encima nos creemos que lo que hacemos está bien porque no critico por criticar, sino que lo hago para mostrar el error. Pero, quizás, no he mirado bien al otro; no he buscado sus cosas buenas, su buen hacer, me he quedado con lo que no me gustaba o con lo que me dijo o con... siempre encontramos una excusa, un error, una manchita para poder excusar mi actuar y ponerme la medalla del mérito para que me otra oportunidad de no apreciar la obra de los demás.
"El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador"
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
En nuestras oraciones, seguramente, le pedimos al Señor que tenga compasión de nosotros, que perdone nuestras ofensas, que nos de el pan de cada día, pero no siempre actuamos del mismo modo con los demás; no siempre miramos con compasión a nuestros hermanos para poder ayudarlos en diario quehacer, no siempre le damos de comer al hermano que necesita de nuestra alegría, de nuestra esperanza, de nuestra paz; no siempre perdonamos como esperamos que nos perdonen a nosotros, porque yo sí que soy digno de ser perdonado, pero los demás....
No seamos imprudentes con nuestros juicios y nuestras lenguas...