De las Disertaciones de san Andrés de Creta, obispo
Por la cruz, cuya fiesta celebramos, fueron expulsadas las tinieblas y devuelta la luz. Celebramos hoy la fiesta de la cruz, y junto con el Crucificado nos elevamos hacia lo alto, para, dejando abajo la tierra y el pecado, gozar de los bienes celestiales; tal y tan grande es la posesión de la cruz. Quien posee la cruz posee un tesoro. Y, al decir un tesoro, quiero significar con esta expresión a aquel que es, de nombre y de hecho, el más excelente de todos los bienes, en el cual, por el cual y para el cual culmina nuestra salvación y se nos restituye a nuestro estado de justicia original.
Porque, sin la cruz, Cristo no hubiera sido crucificado. Sin la cruz, aquel que es la vida no hubiera sido clavado en el leño. Si no hubiese sido clavado, las fuentes de la inmortalidad no hubiesen manado de su costado la sangre y el agua que purifican el mundo, no hubiese sido rasgado el documento en que constaba la deuda contraída por nuestros pecados, no hubiéramos sido declarados libres, no disfrutaríamos del árbol de la vida, el paraíso continuaría cerrado. Sin la cruz, no hubiera sido derrotada la muerte, ni despojado el lugar de los muertos.
Por esto la cruz es cosa grande y preciosa. Grande, porque ella es el origen de innumerables bienes, tanto más numerosos, cuanto que los milagros y sufrimientos de Cristo juegan un papel decisivo en su obra de salvación. Preciosa, porque la cruz significa a la vez el sufrimiento y el trofeo del mismo Dios: el sufrimiento, porque en ella sufrió una muerte voluntaria; el trofeo, porque en ella quedó herido de muerte el demonio y, con él, fue vencida la muerte. En la cruz fueron demolidas las puertas de la región de los muertos, y la cruz se convirtió en salvación universal para todo el mundo.
La cruz es llamada también gloria y exaltación de Cristo. Ella es el cáliz rebosante de que nos habla el salmo, y la culminación de todos los tormentos que padeció Cristo por nosotros. El mismo Cristo nos enseña que la cruz es su gloria, cuando dice: Ya ha entrado el Hijo del hombre en su gloria, y Dios ha recibido su glorificación por él, y Dios a su vez lo revestirá de su misma gloria. Y también: Glorifícame tú, Padre, con la gloria que tenía junto a ti antes que el mundo existiese. Y asimismo dice: «Padre, glorifica tu nombre.» Y, de improviso, se dejaron oír del cielo estas palabras: «Lo he glorificado y lo glorificaré de nuevo», palabras que se referían a la gloria que había de conseguir en la cruz.
También nos enseña Cristo que la cruz es su exaltación, cuando dice: Yo, cuando sea levantado en alto, atraeré a mí a todos los hombres. Está claro, pues, que la cruz es la gloria y exaltación de Cristo.
sábado, 14 de septiembre de 2024
La gloria de la Cruz
viernes, 13 de septiembre de 2024
Una lucha diaria
"Hermanos:
El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo.
No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!
Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga.
Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio".
Siempre me he identificado con estas frases de san Pablo, pues pareciera que los que predicamos somos los mejores, y no es así, como todos, todos tenemos nuestros pecados personales, pero para ser fieles al llamado del Señor tenemos que intentar, aunque no siempre lo consigamos, interpretar lo que Él quiere decirnos para anunciarlo a todos, lo quieran o no escuchar. Porque, en realidad, a todos los que nos ha ungido con el Don del Espíritu Santo nos ha dado la capacidad de reflexionar sobre su Palabra y discernir lo que nos quiere decir. Todos tenemos, por eso mismo, el deber de anunciar la Palabra de Dios a todos, la quieran o no escuchar, porque sabemos que ESE es el Camino de la Salvación.
"¿No sabéis que en el estadio todos los corredores cubren la carrera, aunque uno solo se lleva el premio? Pues corred así: para ganar.
Pero un atleta se impone toda clase de privaciones; ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita.
Por eso corro yo, pero no al azar; lucho, pero no contra el aire; sino que golpeo mi cuerpo y lo someto, no sea que, habiendo predicado a otros, quede yo descalificado".
Así, es esta una carrera en la cual si llegamos a la meta ganamos todos, no habrá primeros o segundos, pero si habrá descalificados porque no han alcanzado la meta, o, porque en el camino han perdido la fe, quizás en Dios, quizás en sí mismos. Por eso, Pablo, nos anima a esforzarnos, como lo hacen los atletas, a luchar contra aquello que nos quiere sacar del Camino, a luchar contra nuestra carne que no nos deja hacer lo que debemos, sino que quiere que hagamos lo que no podemos. Porque las privaciones que sufren los atletas para alcanzar la medalla de oro, son las mismas privaciones que nos pide el Señor para alcanzar la corona que no se marchita, por eso necesitamos descubrir el valor de lo que Jesús nos propone para que podamos aceptar el Camino que nos ha indicado recorrer.
No siempre vemos con claridad cuál es el valor de una vida en Dios, pero si dejamos que el Espíritu nos anime, vamos a descubrir que el esfuerzo y la lucha son poca cosa comparado con lo que vamos a conseguir.
jueves, 12 de septiembre de 2024
La magnanimidad del Amor
"Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo".
Si hacemos lo mismo que hacen todos ¿qué mérito tenemos?
Jesús nos llama y nos invita a un nivel mucho más alta, a que el valor de la magnanimidad lo llevemos al extremo pero no a nivel humano, sino a nivel divino, sobrenatural. ¿Cómo es eso?
Con la ley del amor. Sí, con ese amor del que muchas veces hablamos o escuchamos: que no se cansa nunca, que nunca piensa mal, que todo lo puede, que todo lo soporta, etc. etc.
Sí, también. Es un amor difícil de vivir, porque es un amor a nivel divino, y ese es un límite muy alto para el hombre, por eso necesitamos estar íntimamente ligados a nuestro Dios y Salvador. Unidos a Dios porque necesitaremos de Él para elevar nuestro nivel de amor, para saber que cuando no llegamos a amar así podemos pedir perdón, para que cuando no podamos pedir perdón podamos pedir el Espíritu para poder reconciliarnos con nosotros mismos y con los demás, y así reconciliarnos con el Señor.
¿Cómo poder sino alcanzar el nivel del amor que Cristo nos propone?
"Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos.
Sed compasivos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros".
A veces, cometemos el error de saber que son palabras muy bonitas pero que no las utilizamos para nosotros mismos, sino que las usamos para juzgar la vida de los demás, de lo que los otros hacen con nosotros, y caemos en la hipocresía de creernos los mejores, sin embargo, al juzgar a los demás caemos en el pecado de no mirar la viga de nuestro ojo sino la paja en el ojo ajeno, y, sobre todo, porque lo hacemos para sentirnos siempre víctimas y no culpables.
miércoles, 11 de septiembre de 2024
Salvaré a mi Pueblo
De los Tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan
Nadie puede venir a mí, si no es atraído por el Padre. No vayas a creer que eres atraído contra tu voluntad; el alma es atraída también por el amor. Ni debemos temer el reproche que, en razón de estas palabras evangélicas de la Escritura, pudieran hacernos algunos hombres, los cuales, fijándose sólo en la materialidad de las palabras, están muy ajenos al verdadero sentido de las cosas divinas. En efecto, tal vez nos dirán: «¿Cómo puedo creer libremente si soy atraído?» Y yo les respondo «Me parece poco decir que somos atraídos libremente; hay que decir que somos atraídos incluso con placer.»
¿Qué significa ser atraídos con placer? Sea el Señor tu delicia, y él te dará lo que pide tu corazón. Existe un apetito en el alma al que este pan del cielo le sabe dulcísimo. Por otra parte, si el poeta pudo decir: «Cada cual va en pos de su apetito», no por necesidad, sino por placer, no por obligación, sino por gusto, ¿no podremos decir nosotros, con mayor razón, que el hombre se siente atraído por Cristo, si sabemos que el deleite del hombre es la verdad, la justicia, la vida sin fin, y todo esto es Cristo?
¿Acaso tendrán los sentidos sus deleites y dejará de tenerlos el alma? Si el alma no tuviera sus deleites, ¿cómo podría decirse: Los humanos se acogen a la sombra de tus alas; se nutren de lo sabroso de tu casa, les das a beber del torrente de tus delicias, porque en ti está la fuente viva y tu luz nos hace ver la luz?
Preséntame un corazón amante y comprenderá lo que digo. Preséntame un corazón inflamado en deseos, un corazón hambriento, un corazón que, sintiéndose solo y desterrado en este mundo, esté sediento y suspire por las fuentes de la patria eterna, preséntame un tal corazón y asentirá en lo que digo. Si, por el contrario, hablo a un corazón frío, éste nada sabe, nada comprende de lo que estoy diciendo.
Muestra una rama verde a una oveja y verás cómo atraes a la oveja; enséñale nueces a un niño y verás cómo lo atraes también y viene corriendo hacia el lugar a donde es atraído; es atraído por el amor, es atraído sin que se violente su cuerpo, es atraído por aquello que desea. Si, pues, estos objetos, que no son más que deleites y aficiones terrenas, atraen, por su simple contemplación, a los que tales cosas aman, porque es cierto que «cada cual va en pos de su apetito», ¿no va a atraernos Cristo revelado por el Padre? ¿Qué otra cosa desea nuestra alma con más vehemencia que la verdad? ¿De qué otra cosa el hombre está más hambriento? Y ¿para que desea tener sano el paladar de la inteligencia sino para descubrir y juzgar lo que es verdadero, para comer y beber la sabiduría, la justicia, la verdad y la eternidad?
Dichosos, por tanto, dice, los que tienen hambre y sed de ser justos —entiende, aquí en la tierra—, porque —allí, en el cielo— ellos quedarán saciados. Les doy ya lo que aman, les doy ya lo que desean; después verán aquello en lo que creyeron aun sin haberlo visto; comerán y se saciarán de aquellos bienes de los que estuvieron hambrientos y sedientos. ¿Dónde? En la resurrección de los muertos, porque yo los resucitaré en el último día.
martes, 10 de septiembre de 2024
De la abundancia del corazón
"¿No os da vergüenza? ¿Es que no hay entre vosotros ningún entendido que sea capaz de arbitrar entre dos hermanos?
No señor, un hermano tiene que estar en pleito con otro y además entre gentiles.
Desde cualquier punto de vista ya es un fallo que haya pleitos entre vosotros.
¿No estaría mejor sufrir la injusticia? ¿No estaría mejor dejarse robar?
En cambio, sois vosotros los injustos y los ladrones, y eso con hermanos vuestros".
San Pablo le habla a los corintios, y nos habla a nosotros, de la caridad fraterna, de cómo vivir sin pleitos, y, si los hubiere, que seamos capaces de arbitrar para que vuelva la paz y la fraternidad a la comunidad.
Es cierto que, muchas veces, nos encontramos con personas que no quieren reconocer su error, es más, que parece ser que se vanaglorian de sus errores, y, para colmo, culpan a otros de sus propios errores. Son momentos donde no te dan ganas de decir nada pues no habrá "dios" que les haga comprender que están equivocados.
Otras veces miras a tu alrededor y ves como algunas personas tratan a otras con desprecio y lanzan dardos envenenados con sus lenguas para hacer daño o para que reconozcan su lugar, sin darse cuenta que están dando un testimonio fatal frente a otros hermanos que, asombrados, se horrorizan por la conducta de gente de iglesia, o de gente que se dice que es profundamente cristiana.
Y, lamentablemente, nos encontramos a diario con esta clase de gente que por soberbia, vanidad, orgullo o "patos volados" hacen o dicen cosas que, aunque las borren de las redes sociales, o quieran olvidarlas o culpar a otros, ya están dichas o escritas y el daño ya lo han causado. Siendo lo peor la falta de conciencia de haber dañado a otra persona, de haber dado un mal testimonio o de cargar con culpas a otros, culpas que son de ellas mismas.
Por eso necesitamos, siempre, saber que somos discípulos de Cristo, que nuestra vida es un testimonio constante de lo que somos y que, como dice el Señor, de la abundancia del corazón hablan los labios. Y, si en todo caso caemos o nos comportamos mal tenemos que saber pedir perdón y buscar el camino de la reconciliación.
Tengamos cuidado con nuestras actitudes y nuestras faltas de amor, pues ellas nos abren o cierran la puerta del Reino de los Cielos.
lunes, 9 de septiembre de 2024
Encontrar la Paz
Del Sermón de san León Magno, papa, Sobre las bienaventuranzas
Con toda razón se promete a los limpios de corazón la bienaventuranza de la visión divina. Nunca una vida manchada podrá contemplar el esplendor de la luz verdadera, pues aquello mismo que constituirá el gozo de las almas limpias será el castigo de las que estén manchadas. Que huyan, pues, las tinieblas de la vanidad terrena y que los ojos del alma se purifiquen de las inmundicias del pecado, para que así puedan saciarse gozando en paz de la magnífica visión de Dios.
Pero para merecer este don es necesario lo que a continuación sigue: Dichosos los que obran la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Esta bienaventuranza, amadísimos, no puede referirse a cualquier clase de concordia o armonía humana, sino que debe entenderse precisamente de aquella a la que alude el Apóstol cuando dice: Estad en paz con Dios, o a la que se refiere el profeta al afirmar: Mucha paz tienen los que aman tus leyes, y nada los hace tropezar.
Esta paz no se logra ni con los lazos de la más íntima amistad ni con una profunda semejanza de carácter, si todo ello no está fundamentado en una total comunión de nuestra voluntad con la voluntad de Dios. Una amistad fundada en deseos pecaminosos, en pactos que arrancan de la injusticia y en el acuerdo que parte de los vicios nada tiene que ver con el logro de esta paz. El amor del mundo y el amor de Dios no concuerdan entre sí, ni puede uno tener su parte entre los hijos de Dios si no se ha separado antes del consorcio de los que viven según la carne. Mas los que sin cesar se esfuerzan por mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz, jamás se apartan de la ley divina, diciendo, por ello, fielmente en la oración: Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Éstos son los que obran la paz, éstos los que viven santamente unánimes y concordes, y por ello merecen ser llamados con el nombre eterno de hijos de Dios y coherederos de Cristo; todo ello lo realiza el amor de Dios y el amor del prójimo, y de tal manera lo realiza que ya no sienten ninguna adversidad ni temen ningún tropiezo, sino que, superado el combate de todas las tentaciones, descansan tranquilamente en la paz de Dios, por nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
domingo, 8 de septiembre de 2024
Un día mariano
"Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: “Dios con nosotros”.
Un domingo marcado por una fiesta mariana, donde la presencia de la Virgen María se vive, casi, en cada rincón de la geografía católica: la Natividad de la Virgen María, madre de Nuestro Señor Jesucristo. Una fiesta que lleva los distintos y diferentes nombres que se le da a María en distintas y distantes partes del mundo católico. En Albacete, la patrona de la diócesis, Nuestra Señora de los Llanos, La Virgen de Fuensanta, de Alcaraz, etc., etc. No alcanzarían las páginas para llenarlas de los nombres que le damos a María, la Madre del Señor y Madre nuestra. ¿Os habéis preguntado por qué?
Yo acabo de hacerlo, ¿por qué en todas partes se nombra y se venera a la Virgen María con tantas fiestas y con tantos títulos? Creo que, en definitiva, por dos cosas que son importantes para nosotros: necesitamos una Madre eterna que siempre esté ahí para ayudarnos, para acompañarnos, para consolarnos, para fortalecernos, a la que podamos recurrir en todo momento para abrirle nuestro corazón. Aunque tengamos una gran madre que nos haya dado el Señor, pero María es la que llega siempre a todos los corazones, incluso, a los menos devotos y religioso.
También, Ella nos muestra el camino de la esperanza cierta en un Hombre Nuevo, en una vida nueva cargada de Gracia y del Espíritu para poder seguir los pasos que Dios quiere para nosotros. Porque María, desde su pequeñez y sencillez, hizo posible que las Promesas del Padre se hicieran realidad, pues abrió, de par en par, su corazón a la Voluntad de Dios, no dejando nada para sí, sino que toda era de Dios. Y Dios tomó toda su vida para hacer que la Vida misma naciera en la historia, y que la eternidad viniera a nuestras vidas.
María, nuestra Madre, quiere ser no sólo nuestro consuelo y fortaleza, sino que quiere llevarnos de la mano hacia el Padre, quiere hacernos saber que la “esclavitud” a Su Voluntad no nos quita libertad, sino que nos hace libres y nos ayuda a llegar a horizontes que nunca pensaríamos alcanzar, así como Ella los alcanzó: “me llamarán bienaventurada todos los hombres, porque el todopoderoso ha hecho obras grandes por mí”.
¿Qué hermoso sería si, como María, dejásemos que el Señor hiciera con nosotros maravillas? ¿Cuántas cosas podría hacer Dios con muchas almas como la de María que se puso en Sus Manos y dejó que Él obrara según sus planes de toda la eternidad? Por eso, no nos soltemos de Su Mano.