martes, 7 de junio de 2022
Personajes públicos
lunes, 6 de junio de 2022
María, Madre de la Iglesia
De las obras oratorias de Bossuet, obispo de Meaux, sobre la bienaventurada Virgen María
La santa Virgen María es la verdadera Eva, la verdadera madre
de todos los vivientes. Vivid, vivid, y María será vuestra madre. Pero
vivid de Jesucristo y por Jesucristo, porque incluso María tiene vida
únicamente de Jesucristo y por Jesucristo.
La maternidad de
la santa Virgen es una realidad innegable. Por otra parte, que María
sea madre de los cristianos es algo que no puede ser más oportuno; éste
fue
también el designio de Dios, revelado ya desde el paraíso. Pero
para que esta realidad penetre más profundamente en vuestros corazones,
debéis admirar el modo como este designio de Dios llegó a cumplimiento
en el Evangelio de nuestro Salvador, contemplando cómo Jesús quiso
asociar a sí a la santa Virgen al engendrarnos por medio del
alumbramiento de su sangre, que siempre tan fértil, produjo frutos
agradables al Padre.
En
aquella ocasión, san Juan representaba la universalidad de los
fieles. Entended mi raciocinio: todos los demás discípulos del Salvador
abandonaron a Jesús. Dios permitió que esto sucediera así para que
comprendiéramos que son pocos los que siguen a Jesús hasta su
cruz.
Así, pues, habiéndose dispersado todos los demás discípulos, la
providencia quiso que, junto al Dios que moría, no
permaneciera sino Juan, el discípulo amado. Él fue el único, él,
el verdadero fiel; porque únicamente es verdadero fiel de Jesús el que
le sigue hasta la cruz. Y fue así como este único
fiel representó a todos los fieles. Por consiguiente, cuando
Jesucristo, hablando a su Madre, le dice que Juan es su hijo, no penséis
que considera a san Juan como un hombre particular: en la persona de
Juan entrega a
María todos sus discípulos, todos sus fieles, todos los herederos
de la nueva alianza, todos los hijos de su cruz.
Por esto,
precisamente, llama a María «Mujer»; con esta expresión quería
significar «Mujer por excelencia, Mujer elegida singularmente para
ser la madre del pueblo elegido». «Oh Mujer, oh nueva Eva —le dice—,
ahí tienes a tu hijo; por tanto, Juan y todos los fieles a quienes él
representa son tus hijos. Juan es mi discípulo, mi discípulo
amado; recibe, pues, en su persona a todos los cristianos, porque aquí
Juan los representa a todos, ya que todos ellos son, como lo es Juan,
mis
discípulos, mis discípulos amados.» Esto es lo que el Salvador
quería significar a su santa Madre.
Y lo que más importante se me
antoja en este hecho es que Jesús dirija estas palabras a
María desde la cruz. Porque en la cruz es donde el Hijo de Dios
nos dio la vida y nos engendró a la gracia por la fuerza de su sangre
derramada por nosotros. Y es precisamente desde la cruz desde donde
significa a la
purísima virgen María que ella es madre de Juan y madre de todos
los fieles. Mujer, ahí tienes a tu hijo, le dice. En estas palabras
contemplo al nuevo Adán que, al engendrarnos por su muerte, asocia a la
nueva Eva,
su santa Madre, en la generación, casta y misteriosa, de los hijos
del nuevo Testamento.
domingo, 5 de junio de 2022
Pentecostés
sábado, 4 de junio de 2022
A tí qué?
viernes, 3 de junio de 2022
Me amas?
jueves, 2 de junio de 2022
Para que el mundo crea
miércoles, 1 de junio de 2022
He abrazado la Verdad
De las Actas del martirio de los santos Justino y compañeros
Aquellos santos varones, una vez apresados, fueron conducidos
al prefecto de Roma, que se llamaba Rústico. Cuando estuvieron ante el
tribunal, el prefecto Rústico dijo a Justino:
«Antes que nada, profesa tu fe en los
dioses y obedece a los emperadores.»
Justino respondió:
«No es motivo de acusación ni de detención el hecho de obedecer a los mandamientos de nuestro Salvador Jesucristo.»
Rústico dijo:
«¿Cuáles
son las enseñanzas que profesas?»
Respondió Justino:
«Yo me
he esforzado en conocer toda clase de enseñanzas, pero he abrazado las
verdaderas enseñanzas de los cristianos, aunque no sean aprobadas
por los que viven en el error.»
El prefecto Rústico dijo:
«¿Y tú las apruebas, miserable?»
Respondió Justino:
«Así es, ya que las sigo según sus rectos
principios.»
Dijo el prefecto Rústico:
«¿Y cuáles son estos principios?»
Justino respondió:
«Que
damos culto al Dios de los cristianos, al que consideramos como el
único
creador desde el principio y artífice de toda la creación, de todo
lo visible y lo invisible, y al Señor Jesucristo, de quien anunciaron
los profetas que vendría como mensajero de salvación al género
humano y maestro de insignes discípulos. Y yo, que no soy más que
un mero hombre, sé que mis palabras están muy por debajo de su divinidad
infinita, pero admito el valor de las profecías que atestiguan que
éste, al que acabo de referirme, es el Hijo de Dios. Porque sé que
los profetas hablaban por inspiración divina al vaticinar su venida a
los hombres.»
Rústico dijo:
«Luego, ¿eres
cristiano?»
Justino respondió:
«Así es, soy cristiano.»
El prefecto dijo a Justino:
«Escucha, tú que eres tenido por sabio y crees estar en posesión de la verdad: si eres
flagelado y decapitado ¿estás persuadido de que subirás al cielo?»
Justino respondió:
«Espero vivir en la casa del Señor, si sufro tales cosas, pues sé que, a todos los que hayan
vivido rectamente, les está reservado el don de Dios para el fin del mundo.»
El prefecto Rústico dijo:
«Tú, pues, supones que has de subir al cielo, para recibir un cierto premio merecido.»
Justino
respondió:
«No lo supongo, lo sé con certeza.»
El prefecto Rústico dijo:
«Dejemos esto y vayamos a la cuestión que ahora interesa y urge. Poneos de acuerdo y sacrificad a los
dioses.»
Justino dijo:
«Nadie que piense rectamente abandonará la piedad para caer en la impiedad.»
El prefecto Rústico dijo:
«Si no hacéis lo que se os manda, seréis atormentados
sin piedad.»
Justino respondió:
«Nuestro deseo es llegar a
la salvación a través de los tormentos sufridos por causa de nuestro
Señor Jesucristo, ya que ello será para nosotros motivo de
salvación y de confianza ante el tribunal de nuestro Señor y
Salvador, que será universal y más temible que éste.»
Los otros mártires dijeron asimismo:
«Haz lo que quieras; somos
cristianos y no sacrificamos a los ídolos.»
El prefecto Rústico pronunció la sentencia, diciendo:
«Por haberse negado a sacrificar a los dioses y a obedecer las órdenes del emperador, serán
flagelados y decapitados en castigo de su delito y a tenor de lo establecido por la ley.»
Los santos mártires salieron, glorificando a Dios, hacia el lugar acostumbrado y allí fueron decapitados, coronando así el
testimonio de su fe en el Salvador.