"Jesús les dijo: «Por la dureza de vuestro corazón dejó escrito Moisés este precepto. Pero al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre".
Una afirmación particular de Jesús para los discípulos, pero, sobre todo, es cuando Él instaura el sacramento del matrimonio, haciendo que lo que “Dios ha unido no lo separe el hombre”. Una realidad diferente a lo que se estaba viviendo, y, por supuesto, a lo que se vive hoy en día, cuando, para muchos, es lo mismo unirse por la iglesia que por lo civil, o, simplemente, irse a vivir juntos.
¿Qué es lo que se puede leer en estos momentos de la historia? Que lo que importa no es lo que Dios quiere o nos pide vivir como cristianos, sino lo que sentimos. Los cristianos hemos dejado de lado la Ley de Dios para hacer nuestras propias leyes espirituales. Decimos que creemos, pero, en el fondo, no creemos porque no aceptamos lo que Dios nos pide y cómo nos pide vivir.
El Sacramento del matrimonio es el único sacramento que no confecciona un sacerdote o un diácono de la iglesia, porque es el sacramento que lo confecciona el consentimiento de los novios al entregarse uno al otro, para toda la vida, frente a Dios. Es ese “Sí, quiero” lo que hace que una alianza matrimonial sea válida o no. Sí, porque puede haber una Si, quiero pero que no sea válido, como en las películas o novelas de la TV, porque no se dice con la intención de contraer matrimonio, sino que es una fantasía creada para el momento.
Por eso, en la Iglesia, se realizan procesos de nulidad matrimonial que sirven para confirmar (o no) si el consentimiento que se han dado dos personas ha sido un consentimiento válido o no. De este modo, una vez confirmado que el matrimonio ha sido nulo, las personas pueden, si quieren, volver a unirse en matrimonio, si no hay una causa que se lo niegue. Así, una vez obtenida la nulidad matrimonial pueden “regularizar” una vida en pareja que no está sellada con el sacramento matrimonial.
Claro que todo esto vale para aquellas personas que hecho un recorrido espiritual que las lleva a re-plantearse su vinculación a Cristo, haciendo de su vida una vida perfecta en la Gracia para poder recibir los demás sacramentos, pues han vuelto a estar en plena comunión.
De todo esto surge una cuestión: darnos cuenta de que el camino que hemos elegido recorrer en Cristo tiene sus “cosillas”, que parecen difíciles, pero que en el fondo, sólo son para aquellos niños que creen que lo que El Padre pide es lo mejor para sus vidas.
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