martes, 1 de octubre de 2024

En el día de Teresita

Sobre el Sacrificio de la Misa en Santa Teresita del Niño Jesús.

Poco después de la gracia de Navidad, con solo 14 años escribe: «Jesús, para salvar a los hombres quiso nacer más pobre que los pobres... ¿Quién, Jesús, se atreverá a negarte este corazón que tan merecidamente has conquistado y al que has amado hasta hacerte semejante a él y dejarte luego crucificar por unos verdugos despiadados? Además, eso no te pareció todavía suficiente: tuviste que quedarte para siempre cerca de tu criatura, y desde hace dieciocho centenares de años estás prisionero de amor en la santa y adorable Eucaristía».
Como vemos, ya desde tan temprana edad entiende la Eucaristía como una prolongación del «abajamiento» del Señor. En sus escritos, Teresa cita varias veces la afirmación de San Juan de la Cruz: «es propio del amor abajarse». El que ha querido hacerse pequeño, naciendo de María; el que ha aceptado hacerse débil, entregándose a la muerte; sigue haciéndose pequeño y débil en la Eucaristía hasta el final de los tiempos. Para Teresa, lo importante es la motivación de este triple «abajamiento»: «para salvar a los hombres».
Estamos ante un sacrificio por amor. Este tema es recurrente en todos sus escritos, especialmente en sus numerosas poesías de tema eucarístico. Nos basta una como ejemplo: «Mi corazón robaste, haciéndote mortal y vertiendo tu sangre ¡oh supremo misterio! Y aún vives desvelado por mí sobre el altar» (PN 23, 5).
En la Encarnación, Jesús se hizo mortal, asumió nuestra naturaleza limitada y caduca. En la Muerte llevó la Encarnación a las últimas consecuencias. En la Eucaristía se prolonga este misterio, en el que «el Dios fuerte y poderoso» (Ms A 45rº), «se hace pequeño y débil por mi amor, para hacerme fuerte y valerosa, para revestirme de sus armas» (Cf. Ms A 44vº). En la noche de Navidad de 1886, Teresa comprendió que toda la vida de Jesús, desde su nacimiento hasta su muerte, fue «un sacrificio», una entrega continua y voluntaria por los hombres, olvidándose de sí mismo. También comprendió que la única felicidad posible está en parecernos a Jesús, en repetir su «sacrificio», olvidándonos de nosotros mismos, de nuestras comodidades y caprichos para pensar en los demás.
Por último, comprendió que en la Eucaristía se renueva esa entrega del Señor y se produce un admirable intercambio: Él se hace débil para darnos fortaleza, se hace pequeño para engrandecernos, se humilla para enaltecernos, asume nuestra pobreza para darnos su riqueza.«Yo podré, cerca de la Eucaristía, inmolarme en silencio, exponiéndome a los rayos que emite la Hostia divina. Yo me quiero consumir en esta hoguera de amor...» (PN 21, 3).

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