Pero Dios le dijo:
“Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”.
Así será el que atesora para sí y no es rico ante Dios».
“Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.
La pobreza espiritual es muy diferente de la pobreza material y, lamentablemente, una no va unida a la otra, aunque muchas veces le ayuda. Pero no, la pobreza espiritual no tiene nada que ver con la pobreza material, sino con cómo gestiono mi riqueza, tanto material como espiritual. Porque, así como está la soberbia material, también está la soberbia espiritual, cuando conociendo nuestras virtudes y dones no los usamos para ayudar sino para controlar, para darnos aires de dios, y nos colocamos por encima de los demás, y así nos transformamos en jueces y verdugos de los demás: “porque no son como yo”.
Tanto la soberbia espiritual como la soberbia material llevan al hombre a un alejarse no sólo de los demás, sino también de Dios de quien no necesita ni necesitará nada, sólo confía en sí mismo y su autocomplacencia hace que se crea indestructible, y, por supuesto, no necesita que nadie le diga lo que debe hacer porque ya lo sabe todo, y, sobre todo, todo lo hace muy bien.
Por eso el Señor nos advierte tanto sobre una como sobre la otra, y nos da la fórmula, por decirlo de alguna manera, para poder alcanzar la pobreza espiritual: no depender de nuestros bienes espirituales ni materiales, porque ambos pueden ser quitados de un día para otro, y sobre todo, no acumular bienes (ni unos ni otros) en nuestros propios graneros, sino que todo lo que he recibido ponerlo al servicio de los demás.
Cuando descubrimos que todo lo hemos recibido por Gracia de Dios, porque ha sido Él quien ha puesto en mí los bienes espirituales que me han sido útil para alcanzar los bienes materiales, entonces puedo ver que la humildad de reconocer que no ha sido porque yo he sido capaz, sino porque Dios me ha dado lo que tengo, entonces puedo poder todo ello al servicio de mis hermanos.
Sí, porque, así como Él me ha dado su Amor y Su Vida, entonces, yo, por Amor a Dios y a mis hermanos, pongo mis bienes materiales y espirituales al servicio de los que más lo necesiten. Todo, claro, discerniendo en qué momento y a quien, y cuándo Dios me pida que obre de tal o cual manera, pues todo será para Gloria de Él.