lunes, 31 de marzo de 2025

Se ofreció por nosotros

Del tratado sobre la verdadera fe a Pedro de san Fulgencio de Ruspe, obispo

En los sacrificios de víctimas carnales que la Santa Trinidad, que es el mismo Dios del antiguo y del nuevo Testamento, había exigido que le fueran ofrecidos por nuestros padres, se significaba ya el don gratísimo de aquel sacrificio con el que el Hijo único de Dios había de inmolarse a sí mismo misericordiosamente por nosotros.
Pues, según la doctrina apostólica, se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor. Él fue quien como Dios verdadero y verdadero sumo sacerdote que era, penetró una sola vez en el santuario, no con la sangre de los toros y los machos cabríos, sino con la suya propia. Esto era precisamente lo que significaba aquel sumo sacerdote que entraba cada año con la sangre en el Santo de los Santos.
Él es quien en sí mismo poseía todo lo que era necesario para que se efectuara nuestra redención, es decir, él mismo fue el sacerdote y el sacrificio; él mismo, Dios y el templo: el sacerdote por cuyo medio nos reconciliamos, el sacrificio que nos reconcilia, el templo en el que nos reconciliamos, el Dios con quien nos hemos reconciliado.
Como sacerdote, sacrificio y templo, actuó solo, porque aunque era Dios quien realizaba estas cosas, no obstante las realizaba en su forma de siervo; en cambio, en lo que realizó como Dios, en la forma de Dios, lo realizó conjuntamente con el Padre y el Espíritu Santo.
Ten, pues, por absolutamente seguro y no dudes en modo alguno, que el mismo Dios unigénito, Verbo hecho carne, se ofreció por nosotros a Dios en olor de suavidad como sacrificio y hostia; el mismo en cuyo honor, en unidad con el Padre y el Espíritu Santo, los patriarcas, profetas y sacerdotes ofrecían en tiempos del antiguo Testamento sacrificios de animales; y a quien ahora, o sea, en el tiempo del Testamento nuevo, en unidad con el Padre y el Espíritu Santo, con quienes comparte la misma y única divinidad, la santa Iglesia católica no deja nunca de ofrecer por todo el universo de la tierra el sacrificio del pan y del vino, con fe y caridad.
Así, pues, en aquellas víctimas carnales se significaba la carne y la sangre de Cristo; la carne, que él mismo, sin pecado como se hallaba, había de ofrecer por nuestros pecados, y la sangre que había de derramar en remisión de nuestros pecados; en cambio, en este sacrificio se trata de la acción de gracias y del memorial de la carne que él mismo ofreció por nosotros, y de la sangre, que, siendo como era Dios, derramó por nosotros. Sobre esto afirma el bienaventurado Pablo en los Hechos de los apóstoles: Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el Espíritu Santo os ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre.
Por tanto, aquellos sacrificios eran figura y signo de lo que se nos daría en el futuro; en este sacrificio, en cambio, se nos muestra de modo evidente lo que ya nos ha sido dado.
En aquellos sacrificios se anunciaba de antemano al Hijo de Dios, que había de morir a manos de los impíos; en éste se le anuncia ya muerto por ellos, como atestigua el Apóstol al decir: Cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; y añade: Cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo.

domingo, 30 de marzo de 2025

Arrepentirnos

"Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos".

Además de mostrarnos Jesús, o de hacernos descubrir la misericordia del Padre, también quiere que descubramos el valor del arrepentimiento, y, antes que eso, el valor de reconocer nuestros errores y pecados.
Para que lo entendamos, el Catecismo de la Iglesia nos dice que:
1849 El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido definido como “una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna” (San Agustín, Contra Faustum manichaeum, 22, 27; San Tomás de Aquino, Summa theologiae, 1-2, q. 71, a. 6) )
1850 El pecado es una ofensa a Dios: “Contra ti, contra ti sólo pequé, cometí la maldad que aborreces” (Sal 51, 6). El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse “como dioses”, pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal (Gn 3, 5). El pecado es así “amor de sí hasta el desprecio de Dios” (San Agustín, De civitate Dei, 14, 28). Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación (cf Flp 2, 6-9).
Así que no sólo es decir o mirar los 10 mandamientos por arriba y descubrir que “no he matado ni robado”, sino que debemos buscar más adentro y mirar bien nuestra conducta hacia nosotros, el prójimo y Dios, pues en el cómo nos relacionamos en esos tres sentidos encontraremos nuestros errores y pecados, sabiendo que todo es siempre y cuando lo haya hecho con conciencia de ir en contra de la voluntad de Dios y del amor.
En estos en los que nos preparamos para la Pascua debemos adentrarnos en nosotros mismos para preparar nuestro corazón, para purificarlo y dejarlo vacío de todo mal y así poder recibir todas las Gracias que el Señor quiera regalarnos con su Muerte y Resurrección.
No dejemos pasar el tiempo, pues es un tiempo muy propicio para hacer una buena confesión sacramental e individual, para sentir que el Señor perdona y abraza al hijo que vuelve, sinceramente, arrepentido a su lado.

sábado, 29 de marzo de 2025

Soy el mejor...

Las palabras de Jesús, como siempre, no se pueden desperdiciar, pero hoy más que nunca porque, creo, que nos dan a muchos en el ojo, y si no nos pega nos pasa muy cerca. Si realmente somos sinceros con nosotros mismos nos pegarán fuerte y, espero, que nos hagan recapacitar:
"En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: "¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo".
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador"
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
Creernos mejores que los otros, quizás no lo digamos así, pero sí es cierto que, muchas veces despreciamos a los demás, no a todo el mundo, pues, seguramente necesitemos de alguien y a alguien amemos más que a otros. Pero, también es cierto que muchos de los que nos creemos "muy cristianos" somos los que más despreciamos a la gente.
Y lo digo en carne propia y con todas las letras: hay gente que se cree "muy cristiana" y pasa al lado tuyo y te da vuelta la cara, no te saluda, se hacen los muy dañados o interesantes, y así hay tantos que porque este dijo tal cosa o porque aquél tal otra, pasan de largo de las personas y andan por el mundo como si fueran los perfectos de la creación.
Cuando reconocemos nuestro error y cuando nos descubrimos pecadores como tantos, no podemos o no deberíamos despreciar a nadie, ni tampoco creernos los que más vivimos, sobre todo el evangelio.
La humildad no es decir que soy un gran pecador o que no sirvo para nada, sino reconocer que en mi pequeñez Dios me está dando su Gracia para crecer, pero no lo hago solo sino que lo hago en comunidad, junto a mis hermanos a quienes debo respetar y amar como Jesús me lo pide, aunque no sean de mi agrado porque "si saludas a los que te saludan ¿qué merito tenéis? eso también lo hacen publicanos" y "si amáis a los que os aman ¿qué mérito tenéis? eso también lo hacen los pecadores". Y si buscáis en el Evangelio veréis qué es lo que nos pide Jesús.

viernes, 28 de marzo de 2025

La eficacia de la oración

De las homilías de Sah Juan Crisóstomo, obispo, sobre la segunda carta a los Corintios

Muchísimas veces, cuando Dios contempla a una muchedumbre que ora en unión de corazones y con idénticas aspiraciones, podríamos decir que se conmueve hasta la ternura. Hagamos, pues, todo lo posible para estar concordes en la plegaria, orando unos por otros, como los corintios rezaban por los apóstoles. De esta forma, cumplimos el mandato y nos estimulamos a la caridad. Y al decir caridad, pretendo expresar con este vocablo el conjunto de todos los bienes; debemos aprender, además, a dar gracias con un más intenso fervor.
Pues los que dan gracias a Dios por los favores que los otros reciben, lo hacen con mayor interés cuando se trata de sí mismos. Es lo que hacía David, cuando decía: Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre; es lo que el Apóstol recomienda en diversas ocasiones; es lo que nosotros hemos de hacer, proclamando a todos los beneficios de Dios, para asociarlos a todos a nuestro cántico de alabanza.
Pues si cuando recibimos un favor de los hombres y lo celebramos, disponemos su ánimo a ser más solícitos para merecer nuestro agradecimiento, con mayor razón nos granjearemos una mayor benevolencia del Señor cada vez que pregonamos sus beneficios. Y si, cuando hemos conseguido de los hombres algún beneficio, invitamos también a otros a unirse a nuestra acción de gracias, hemos de esforzarnos con mucho mayor ahínco por convocar a muchos que nos ayuden a dar gracias a Dios. Y si esto hacía Pablo, tan digno de confianza, con más razón habremos de hacerlo nosotros también.
Roguemos una y otra vez a personas santas que quieran unirse a nuestra acción de gracias, y hagamos nosotros recíprocamente lo mismo. Esta es una de las misiones típicas del sacerdote, por tratarse del más importante bien común. Disponiéndonos para la oración, lo primero que hemos de hacer es dar gracias por todo el mundo y por los bienes que todos hemos recibido. Pues si bien los beneficios de Dios son comunes, sin embargo tú has conseguido la salvación personal precisamente en comunidad. Por lo cual, debes por tu salvación personal elevar una común acción de gracias, como es justo que por la salvación comunitaria ofrezcas a Dios una alabanza personal. En efecto, el sol no sale únicamente para ti, sino para todos en general; y sin embargo, en parte lo tienes todo: pues un astro tan grande fue creado para común utilidad de todos los mortales juntos. De lo cual se sigue, que debes dar a Dios tantas acciones de gracias, como todos los demás juntos; y es justo que tú des gracias tanto por los beneficios comunes, como por la virtud de los otros.
Muchas veces somos colmados de beneficios a causa de los otros. Pues si se hubieran encontrado en Sodoma al menos diez justos, los sodomitas no habrían incurrido en las calamidades que tuvieron que soportar. Por tanto, con gran libertad y confianza, demos gracias a Dios en representación también de los demás: se trata de una antigua costumbre, establecida en la Iglesia desde sus orígenes. He aquí por qué Pablo da gracias por los romanos, por los corintios y por toda la humanidad.

jueves, 27 de marzo de 2025

Pontífice misericordioso

De las homilías pascuales de san Cirilo de Alejandría, obispo

Cristo se hizo por nosotros pontífice misericordioso siguiendo poco más o menos el siguiente proceso. La ley promulgada a los israelitas mediante el ministerio de los ángeles, disponía que quienes hubieran incurrido en alguna falta debían satisfacer la pena correspondiente y esto inmediatamente. Lo atestigua el sapientísimo Pablo cuando escribe: Al que viola la ley de Moisés lo ejecutan sin compasión, basándose en dos o tres testigos. Por eso, los que según lo prescrito por la ley, ejercían el ministerio sacerdotal, no ponían ningún interés ni se preocupaban de usar de misericordia con los que habían delinquido por negligencia. En cambio, Cristo se hizo pontífice misericordioso. Y no sólo no exigió de los hombres pena alguna en reparación de los pecados, sino que los justificó a todos por la gracia y la misericordia. Nos hizo además adoradores en espíritu y puso ante nuestros ojos clara y abiertamente la verdad, es decir, aquel módulo de vida honesta, que encontramos meridianamente explanado en el sublime mensaje evangélico.
Y no mostró la verdad condenando las prescripciones mosaicas y subvirtiendo las antiguas tradiciones, sino más bien disipando las sombras de la letra de la ley y conmutando el contenido de las figuras en una adoración y en un culto en espíritu y en verdad. Por eso declaraba expresamente: No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
Por tanto, quien da el paso de las figuras a la realidad, no anula las figuras, sino que las perfecciona. Pasa como con los pintores, quienes al aplicar la variada gama de colores al bosquejo inicial, no lo anulan, sino que lo hacen resaltar con mayor nitidez: algo parecido hizo Cristo perfilando aquellas rudas figuras hasta transmitirles la sutileza de la verdad. Pero Israel no comprendió este misterio, a pesar de que la ley y los profetas lo habían preanunciado de diversas maneras, y no obstante que las innumerables acciones de Cristo, nuestro Salvador, les hubieran podido inducir a creer que, aunque manifestándose como hombre según una singular decisión de la Providencia en favor nuestro, él seguía siendo lo que siempre fue, es decir, Dios.
Por esta razón, realizó cosas que exceden las posibilidades humanas e hizo milagros que sólo Dios puede hacer: resucitó de los sepulcros a muertos que ya olían mal y que presentaban señales de descomposición, dio luz a los ciegos, increpó con autoridad a los espíritus inmundos cual creador de todo; con un simple gesto curó a los leprosos, realizando además, otras muchas maravillas imposibles de enumerar y que superan nuestra capacidad admirativa. Por eso decía: Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras.

miércoles, 26 de marzo de 2025

Los mandamientos no pasarán

No son pocas las veces que escuchamos (y que vemos y conocemos) cristianos católicos que se preguntan: ¿por qué tengo que cumplir con los mandamientos? Los mandamientos de Dios ya no sirven para esta época. Y, en algunos casos, para muchos, directamente los modifican a su antojo y gusto.
Y, sin embargo Jesús nos dijo:
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos».
Nuestra vida cristiana, si es que hemos elegido este camino de vida, está basada en los mandamientos y en los consejos de Jesús en el Evangelio, por eso cuando cambiamos, modificamos o directamente no cumplimos con alguno de ellos no estamos en Cristo, es decir no estamos en plena o en ninguna comunión con Cristo. No es que sea una ocurrencia de los curas o del Papa, sino que es, como decimos habitualmente, Palabra de Dios.
Pero, claro, como nos hemos olvidado que Jesús nos dijo: "estáis en el mundo pero no sois del mundo", vamos viviendo de acuerdo al mundo y no de acuerdo a Dios, nos dejamos llevar por las ideologías de moda y nos alejamos de la vida del Espíritu, pero, igualmente decimos que somos muy cristianos o muy católicos, pero seguir los mandatos de Cristo ni de cerca.
Es verdad aquello que algunos dicen que los cristianos no son cristianos, y los católicos son menos cristianos, porque, en realidad, no siguen la Vida de Cristo, y tampoco les interesa conocerlo y estar unidos a Él, porque no podemos hacer esto o lo otro como lo hacen los que no son de Cristo.
Así, día a día, vamos transformando el Evangelio y los mandamientos a gusto del espíritu del mundo quitándole la fuerza salvadora que tiene Su Palabra y Su Vida, y, sobre todo, no recibimos la Gracia santificadora y salvadora que Él nos ofrece cuando vivimos unidos a Él.

martes, 25 de marzo de 2025

Fieles como María

"El ángel, entrando en su presencia, dijo:
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».
Así comenzó el mejor día, no sólo para María, sino para toda la creación, un día que llenó de Gracia a María para que pudiera dar la mejor de las respuestas al Ángel que le traía un mensaje de Dios.
"María contestó:
«He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra».
Y así terminó el mejor de los diálogos de la historia de la Humanidad, un diálogo que partió en dos la historia haciendo que, a partir de ese momento, todo se cubriera el Espíritu que venía a traer la mejor de las noticias: Dios se encarnaba en María para encarnarse en nuestra historia.
El Sí de María permite que Dios se haga Hombre y que la historia de la humanidad comience a ser Historia de Salvación, pues el Hijo que de Ella naciera venía a salvar al Hombre del pecado original y a darnos una vida nueva por su entrega en obediencia a la Voluntad de Dios.
A veces, cuando hablamos de que debemos buscar la Voluntad de Dios para nuestra vida, pensamos que es difícil, no sólo discernirla, sino vivirla. En cambio, en María vemos cómo Ella pudo hacerse tan pequeña que todo se hizo posible gracias a su disponibilidad a Dios.
Nosotros, como Ella, también estamos llenos de Gracia pues el Espíritu Santo vive en nosotros desde el día de nuestro bautismo, y tenemos la posibilidad de renovar siempre esa Gracia gracias al Sacramento de la Reconciliación, gracias a la Eucaristía. Todo ello para que, como dice san Pablo de sí mismo, que podamos seguir con el Plan de Salvación que comenzó Jesús con su vida y su entrega en la Cruz y su Resurrección.
Por eso, hoy es un día para renovar nuestra Fidelidad a la Vida que, gracias al Sí de María, Jesús nos dio por su obediencia al Padre hasta la muerte y muerte en Cruz. No dudemos de que, con la Gracia de Dios, podremos entregarnos fielmente a la Voluntad de Dios para vivir de acuerdo a Su Voluntad y no a la nuestra, para hacer que el Plan de Dios para nuestra vida se realice y alcancemos así lo que Dios ha tenido pensado para nosotros desde la creación del mundo: ser santos e irreprochables en su presencia por el Amor.