sábado, 6 de junio de 2020

Somos un poco o mucho fariseos?

"Querido hermano:
Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, por su manifestación y por su reino: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta con toda magnanimidad y doctrina.
Porque vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus propios deseos y de lo que les gusta oír; y, apartando el oído de la verdad, se volverán a las fábulas".
Nunca he visto tanto acierto en una carta de Pablo como en este párrafo a Timoteo. Ni tanto acierto ni tanta oportunidad para que descubramos que nos estamos liando con otras enseñanzas que no son las de Jesús, ni nosotros los que predicamos la Palabra, ni los que que la escuchan, ni los consagrados, ni los laicos, casi que no cumplimos ni vivimos estas palabras de San Pablo.
¿Por qué? Es cierto que nos gusta predicar, a todos, porque creemos que sabemos de todo y cuanto más años tenemos, nos la damos de más sabios que otros, y ni qué hablar cuando tenemos algún título que avala lo que decimos...
Pero ¿estamos predicando y enseñando las ensañanzas de Jesús? ¿No estamos aceptando conceptos y doctrinas mundanas en nuestro modo de vida cristiano?
Mira lo que le dice Jesús a la gente, no sólo a los discípulos:
«¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en las plazas, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, y aparentan hacer largas oraciones. Esos recibirán una condenación más rigurosa».
¿No seres un poco o mucho fariseos? Sí, de esos que nos gusta hablar y juzgar y condenar, pero que no llegamos a vivir ni siquiera un mínimo porcentaje de lo que decimos. Es más, nos ponemos en el lugar del Señor y somos capaces de dar nuevos mandamientos y nuevas órdenes para que sean cumplidas, sin, como dice el Señor "ayudar ni con un dedo a llevar semejante carga".
Por eso Pablo le vuelve a insistir a Timoteo:
"Pero tú sé sobrio en todo, soporta los padecimientos, cumple tu tarea de evangelizador, desempeña tu ministerio. Pues yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente.
He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo, me dará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación".
¿No daremos cuenta que sólo la Palabra de Dios, la vivencia en fidelidad de la Voluntad de Dios es lo que nos hace verdaderos apóstoles y misioneros de Cristo, y que es el Único que nos salva si vivimos con Él, para Él y por Él?

viernes, 5 de junio de 2020

Un camino complicado

"Querido hermano:
Me has seguido en la doctrina, la conducta, los propósitos, la fe, la magnanimidad, el amor, la paciencia, las persecuciones y los padecimientos, como aquellos que me sobrevinieron en Antioquia, Iconio y Listra.
¡Qué persecuciones soporté! Y de todas me libró el Señor.
Por otra parte, todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos".
Seguir el ejemplo de alguien es permanecer en todo momento en ese camino, sin flaquear, sin miedo a lo que puede pasar, confiando que todo lo que viene y lo que sucede es porque es parte del Camino. Pablo pone este ejemplo de Timoteo para que descubrarmos que es posible seguir el mismo Camino del Señor, y que para ello solo basta creer y confiar, porque es el caminar de Jesús, y cuando nos decidimos por seguirlo recorreremos su propio camino, en el que no sólo hay milagros y resurrección, sino que también habrá persecuciones y padecimientos, pero en la confianza, como dice Pablo: de todas me libró el Señor.
Claro que no es que el Señor lo haya sacado de las persecuciones y padecimientos, sino que le dio la fortaleza para poder aceptarlas y entregarlas: "me glorío de padecer en mi carne los padecimientos de Cristo"; en ningún momento Pablo prefirió no padecer por Cristo, sino como los demás apóstoles, se alegraban de ser dignos de padecer los mismos sufrimientos que el Señor, pues así se unían a la Cruz Redentora de Jesús.
"Pero los malvados y embaucadores irán de mal en peor, engañando a los demás y engañándose ellos mismos.
Tú, en cambio, permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús".
Pero... cuidado, que el padecer y la pesecución o modifiquen nuestro corazón, porque, muchas veces, el pecado que habita en nosotros nos hace desear el mal a quienes no hacen mal, o dejar el rencor que anide en nuestro corazón. Por eso debemos siempre recordar lo que nos enseñaron, tanto el Señor como los apóstoles, a saber perdonar a nuestros enemigos y rezar por los que nos persiguen, pues ese es el mandato del Señor.
Y, sobre todo, no dejar de lado las Escrituras "porque ellas pueden darnos la sabiduría que conduce a la Salvacación", en ellas encontraremos la respuesta a nuestra vida.
"Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena".

jueves, 4 de junio de 2020

Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote

Pío XII, papa
De la carta encíclica Mediator Dei (AAS 39 [1947], 552-553)

Cristo es ciertamente sacerdote, pero lo es para nosotros, no para sí mismo, ya que él, en nombre de todo el género humano, presenta al Padre eterno las aspiraciones y sentimientos religiosos de los hombres. Es también víctima, pero lo es igualmente para nosotros, ya que se pone en lugar del hombre pecador. Por esto, aquella frase del Apóstol: Tened los mismos sentimientos propios de Cristo Jesús exige de todos los cristianos que, en la medida de las posibilidades humanas, reproduzcan en su interior las mismas disposiciones que tenía el divino Redentor cuando ofrecía el sacrificio de sí mismo: disposiciones de una humilde sumisión, de adoración a la suprema majestad divina, de honor, alabanza y acción de gracias.
Les exige asimismo que asuman en cierto modo la condición de víctimas, que se nieguen a sí mismos, conforme a las normas del Evangelio, que espontánea y libremente practiquen la penitencia, arrepintiéndose y expiando los pecados.
Exige finalmente que todos, unidos a Cristo, muramos místicamente en la cruz, de modo que podamos hacer nuestra aquella sentencia de san Pablo: Estoy crucificado con Cristo

miércoles, 3 de junio de 2020

Anunciar sin cobardías

"Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios para anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús"
Aquí san Pablo nos da respuesta a la pregunta de ¿qué es un apóstol o qué debe anunciar un apóstol? Pero claro que, primero, el apóstol es aquél que es llamado por Jesús para una misión, y que, Él mismo, es quien le revela lo que debe anunciar, como hizo con Pablo.
Y lo escribe al comienzo de la carta para que sepan que él no es enviado por sí mismo, sino por Aquél que lo eligió, y, por sobre toda las cosas, no se anuncia a sí mismo sino que anuncia lo que le fue comunicado y que, además, el creyó.
"Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos, pues Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza".
Timoteo, como cada uno de nosotros, los bautizados, hemos recibio el Espíritu por la imposición de manos de nuestros obispos, o (los que no han tenido el valor de llegar al Sacramento de la confirmación) lo han recibido el día del Bautistimo. Y ese día hemos recibido el Don de Dios: nos ha hecho hijos en el Hijo por el Espíritu Santo que nos fue dado, y el Hijo nos envía como él mismo fue enviado por el Padre. Es por ello que, cada día, tenemos que renovar nuestra fidelidad al Don recibido, para que el Espíritu Santo (si lo dejamos) nos siga encendiendo con sus Dones para que con "fortaleza, amor y templanza" sigamos siendo apóstoles, testigos verdaderos y veraces del anuncio de la Salvación.
"Así pues, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor ni de mí, su prisionero; antes bien, toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios.
Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y según la gracias que nos dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos, la cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro nuestro Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio.
De este Evangelio fui constituido heraldo, apóstol y maestro. Esta es la razón por la que padezco tales cosas, pero no me avergüenzo, porque sé de quién me he fiado, y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para velar por mi depósito hasta aquel día".
Creo que ante las palabras de san Pablo, las que podemos agregar después sobran, pues, como siempre, él es muy claro y concreto en lo que nos tiene que anunciar y exhortar de parte de Dios.

martes, 2 de junio de 2020

Seguimos en el error?

"Pero nosotros, según su promesa, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia.
Por eso, queridos míos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con él, intachables e irreprochables, y considerad que la paciencia de nuestro Señor es nuestra salvación".
Comienza en la liturgia católica lo que llamamos el Tiempo Ordinario, es decir, el tiempo que está entre la Pascua y la Navidad; un tiempo de normalidad, pero no de la nueva normalidad, como nos quieren hacer pensar desde el mundo, sino que tiene que ser un tiempo de la normalidad cristiana, porque lo que esperamos, como dice San Pedro, es un cielo nuevo y una tierra nueva.
Está claro que el cielo y la tierra no se regeneran solos, sino que necesitan de nuestra ayuda, como dice san Pablo: "la creación entera gime dolores de parto esperando la manifestación de los hijos de Dios". Sí, somos nosotros, los hijos de Dios, quienes nos tenemos que manifestar como lo que verdaderamente somos: hijo de Dios, no sólo de palabra sino de vida y acción.
Así, san Pedro nos vuelve a recordar: procurad que Dios os encuentr en paz con él, intachables e irreprochables, y conisderad que la paciencia de nuestro Señor es nuestra salvación". ¿Cómo hacemos para que nos encuentre intachables e irreprochables", si sabemos que no somos perfectos y que, en realidad, también, somos pecadores?
También San Pedro nos contesta:
"Así, pues, queridos míos, ya que estáis prevenidos, estad en guardia para que no os arrastre el error de esa gente sin principios ni decaiga vuestra firmeza. Por el contrario, creced en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él la gloria ahora y hasta el día eterno".
Que no nos arrastre el error de esa gente sin principios... Hermosa frase que tenemos que tener muy presente en el día a día, porque sabemos que, en realidad, nos dejamos arrastrar por personas sin principios, aceptando lo que no es propio del evangelio, de la moral cristiana, y lo vivimos con mucha naturalidad como si eso fuera lo que realmente nos dignifica y nos da mejor vida, sin embargo, si miramos a nuestro alrededor vamos a ver que no hay mejor vida, que la vida de los hombres, varones y mujeres, cada día se va deteriorando más y más, perdiendo su dignidad y su respeto hacia la vida.
Estos días pasados, con esta pandemia, hemos visto cómo la creación entera se puso en contra del hombre, pero, ahora, al pasar el tiempo de confinamiento y cuarentena, en todos los países ¿hemos aprendido algo? Y, también, vemos que no tenemos más memoria que un pez, porque en cuanto se han levantado las prohibiciones hemos vuelto a cometer los mismos errores.
Entonces... ¿qué hacemos los cristianos? ¿Nos unimos a las maravillas de los hombres que sin valores siguen destruyéndose a sí mismos o nos decidimos a crear un Hombre Nuevo y un Mundo Nuevo?

domingo, 31 de mayo de 2020

El envío del Espíritu

Del Tratado de san Ireneo, obispo, Contra las herejías

    El Señor dijo a los discípulos: Id y sed los maestros de todas las naciones; bautizadlas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Con este mandato les daba el poder de regenerar a los hombres en Dios.
    Dios había prometido por boca. de sus. profetas que en los últimos días derramaría el Espíritu sobre sus siervos y siervas, que éstos profetizarían; por esto descendió el Espíritu Santo sobre el Hijo de Dios, que se había hecho Hijo del hombre, para así, permaneciendo en él, habitar en el género humano, reposar sobre los hombres y residir en la obra plasmada por las manos de Dios realizando así en el hombre la voluntad del Padre y renovándolo de la antigua condición a la nueva, creada en Cristo.
    Y Lucas nos narra cómo este Espíritu, después de la ascensión del Señor, descendió sobre los discípulos el día de Pentecostés, con el poder de dar a todos los hombres entrada en la vida y para dar su plenitud a la nueva alianza; por esto, todos a una, los discípulos alababan a Dios en todas las lenguas, al reducir el Espíritu a la unidad los pueblos distantes y ofrecer al Padre las primicias de todas las naciones.
    Por esto el Señor prometió que nos enviaría aquel Abogado que nos haría capaces de Dios. Pues, del mismo modo que el trigo seco no puede convertirse en una masa compacta y en un solo pan, si antes no es humedecido, así también nosotros, que somos muchos, no podíamos convertimos en una sola cosa en Cristo Jesús, sin esta agua que baja del cielo. Y, así como la tierra árida no da fruto, si no recibe el agua, así también nosotros, que éramos antes como un leño árido, nunca hubiéramos dado el fruto de vida, sin esta gratuita lluvia de lo alto.
    Nuestros cuerpos, en efecto, recibieron por el baño bautismal la unidad destinada a la incorrupción, pero nuestras almas la recibieron por el Espíritu.
    El Espíritu de Dios descendió sobre el Señor, Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, Espíritu de ciencia y de temor del Señor, y el Señor, a su vez, lo dio a la Iglesia, enviando al Abogado sobre toda la tierra desde el cielo, que fue de donde dijo el Señor que había sido arrojado Satanás como un rayo; por esto necesitamos de este rocío divino, para que demos fruto y no seamos lanzados al fuego; y, ya que tenemos quién nos acusa, tengamos también un Abogado, pues que el Señor encomienda al Espíritu Santo el cuidado del hombre, posesión suya, que había caído en manos de ladrones, del cual se compadeció y vendó sus heridas, entregando después los dos denarios regios para que nosotros, recibiendo por el Espíritu la imagen y la inscripción del Padre y del Hijo, hagamos fructificar el denario que se nos ha confiado, retornándolo al Señor con intereses.

sábado, 30 de mayo de 2020

La astucia y el Espíritu

El otro día veíamos cómo Pablo usó de la astucia para no ser condenado a muerte, y, del mismo modo, volvió a usarla para poder llegar a Roma, donde lo quería el Señor para anunciar el Evangelio. Claro es que no fue como hombre libre, sino que fue preso para que pudiera ser juzgado por el César, que era el privilegio que tenían los que gozaban de la condición de ser ciudadanos romanos.
"Cuando llegamos a Roma, le permitieron a Pablo vivir por su cuenta en una casa, con el soldado que lo vigilaba...
Permaneció allí un bienio completo en una casa alquilada, recibiendo a todos los que acudían a verlo, predicándoles el reino de Dios y enseñando lo que se refiere al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbos".
La astucia para ser Fiel a la Voluntad de Dios, es lo que le permitió poder alcanzar la meta. Pero no una meta que él había planeado, sino la meta que el Señor le había propuesto: llevar el anuncio del Evangelio a Roma y de ahí hasta el fin del mundo. Y, porque fue Fiel, el Señor pudo, con su Gracia, hacer que el mensaje fuera predicado por Pablo "sin estorbos" por mucho tiempo, haciendo que no sólo fuera predicado, sino que puidera echar raíces profundas en esa comunidad y en tantas otras.
Los apóstoles fueron así sembrando en todo el mundo conocido la semilla de la Fe, de la Esperanza y, sobre todo del Amor, para que el mundo pudiera ser un germen de Hombres Nuevos que vivan a imagen de Nuestro Señor.
Si ponemos la mirada en el evangelio de hoy vamos a ver a un apóstol diferente. Pero no diferente porque Pedro no haya sido Fiel como lo fue Pablo, sino diferente porque el Espíritu Santo aún no había transformado definitivamente el corazón de Pedro, y, como hombre sólo pensaba en cosas de hombre:
"En aquel tiempo, Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?».
Al verlo, Pedro dice a Jesús:
«Señor, y este ¿qué?».
Jesús le contesta:
«Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme».
Lo humano siempre nos deja preocuparnos de cosas humanas, que son guiadas por la envidia, los celos... y no nos deja poner la mirada en un punto más alto. Por eso le preocupaba a Pedro qué es lo que pasaría con Juan, el discípulo a quien Jesús amaba, porque veían que con él tenía una especial relación. Y Jesús le responde muy bien, en otras palabras, se podría decir "a tí que te importa lo que le suceda", lo que te tiene que importar es que sea Fiel por eso ¡Sígueme!.
Seguir el llamado de Jesús sin mirar hacia otro lado que no sea Su Vida y Su Palabra, es lo que más le tiene que importar a un apóstol. Por eso, cuando el Espíritu Santo descendió sobre ellos ya no miraron más al suelo, sino que con la mirada puesta en Dios siguieron fieles a la Su Voluntad y entregaron su vida para cumplir con el mandato del Señor.