martes, 3 de septiembre de 2019

Hijos de la Luz no de las tinieblas

"Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, de forma que ese día os sorprenda como un ladrón; porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas.
Así, pues, no nos entreguemos al sueño como los demás, sino estemos en vela y vivamos sobriamente".
Las palabras que le decía San Pablo a los Tesalonicenses son las mismas que nos dirije a nosotros, porque en estos tiempos que vivimos, muchos parecemos dormidos en cuanto a nuestra vida espiritual. ¿Por qué dormidos? Porque no buscamos un camino de crecimiento y madurez espiritual, sino que nos quedamos anclados, muchas veces, en que "ya no tengo arreglo", ya no tengo cosas que cambiar o que crecer. Más aún, no siempre (o casi nunca) nos preguntamos cuál es la Voluntad de Dios para mi vida, por miedo a que me cambie los planes, y así me subo al tren de la comodidad y voy viviendo a la par del mundo.
Vemos, si nos ponemos a observar bien, cómo seguimos viviendo la misma corriente del mundo, es decir, en las tinieblas del "todo está bien si todos lo hacen", y eso no está bien cuando está fuera del evangelio o cuando es contrario al Evangelio de Jesucristo y a la Palabra de Dios que decimos que guía nuestras vidas.
Estoy seguro que siempre habrá cosas difíciles que nos pida el Señor vivir, habrá situaciones que, realmente, no puedo cambiar; pero no por eso tengo que estar atento y vigilante para no caer en la tentación de vivir como lo hace el mundo sin fe, o, más aún, el mundo en contra de la Palabra de Dios.
"Todos sois hijos de la luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas", dice Dios por medio de san Pablo. Pero aparentemente no son esas las palabras que queremos oír, porque esas palabras nos cuestionan muchos aspectos de nuestras vidas, porque seguimos viviendo al margen de la Palabra de Dios, y así nos convertimos en cristianos mediocres o damos anti testimonio de cristiano, porque ¿Cristo aceptaría que esté viviendo de este modo o de esta manera o que acepte estas cosas en mi vida? ¿Cuál es el camino de la Luz? ¿Cómo viviría Jesús en este siglo y en este mundo de hoy?
Sí, nos convertimos, muchas veces, en guías ciegos porque no somos capaces de abrir nuestros ojos a la Luz del Evangelio, de la Palabra de Dios, porque ya no nos interesa conocer la Voluntad pues la Voluntad de Dios nos llama a un cambio de actitud frente al pecado del mundo, nos llama a un cambio de estilo de vida porque no vivo de acuerdo al Evangelio que digo creer.
Y Dios nos sigue dando esperanzas de conversión, esperanzas de vida, porque no quiere nuestro castigo ni que nos perdamos, sino que quiere nuestra vida y nuestros frutos de Vida Verdadera:
"Porque Dios no nos ha destinado al castigo, sino a obtener la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, que murió por nosotros para que, despiertos o dormidos, vivamos con él.
Por eso, animaos mutuamente y edificaos unos a otros, como ya lo hacéis".

lunes, 2 de septiembre de 2019

Instruí a los profetas

Del libro de la Imitación de Cristo

    Escucha, hijo mío, mis palabras, palabras suavísimas, que trascienden toda la ciencia de los filósofos y letrados de este mundo. Mis palabras son espíritu y son vida, y no se pueden ponderar partiendo del criterio humano.
    No deben usarse con miras a satisfacer la vana complacencia, sino oírse en silencio, y han de recibirse con humildad y gran afecto del corazón.
    Y dije: Dichoso el hombre a quien tú educas, al que enseñas tu ley, dándole descanso tras los años duros, para que no viva desolado aquí en la tierra.
    Yo -dice el Señor- instruí a los profetas desde antiguo, y no ceso de hablar a todos hasta hoy; pero muchos se hacen sordos a mi palabra y se endurecen en su corazón.
    Los más oyen de mejor grado al mundo que a Dios, y más fácilmente siguen las apetencias de la carne que el beneplácito divino.
    Ofrece el mundo cosas temporales y efímeras, y, con todo, se le sirve con ardor. Yo prometo lo sumo y eterno, y los corazones de los hombres languidecen presa de la inercia.
    ¿Quién me sirve y me obedece con tanto empeño y diligencia como se sirve al mundo y a sus dueños?
    Sonrójate, pues, siervo indolente y quejumbroso, de que aquéllos sean más solícitos para la perdición que tú para la vida.
    Más se gozan ellos en la vanidad que tú en la verdad. Y, ciertamente, a veces quedan fallidas sus esperanzas; en cambio, mi promesa a nadie engaña ni deja frustrado al que funda su confianza en mí.
    Yo daré lo que tengo prometido, lo que he dicho lo cumpliré. Pero a condición de que mi siervo se mantenga fiel hasta el fin.
    Yo soy el remunerador de todos los buenos, así como el fuerte que somete a prueba a todos los que llevan una vida de intimidad conmigo.
    Graba mis palabras en tu corazón y medítalas una y otra vez con diligencia, porque tendrás gran necesidad de ellas en el momento de la tentación.
    Lo que no entiendas cuando leas lo comprenderás el día de mi visita.
    Porque de dos medios suelo usar para visitar a mis elegidos: la tentación y la consolación.
    Y dos lecciones les doy todos los días: una consiste en reprender sus vicios, otra en exhortarles a progresar en la adquisición de las virtudes.
    El que escucha mis palabras y las rechaza ya tiene quien lo condene en el último día.

domingo, 1 de septiembre de 2019

La soledad de la vanidad

"Hijo, actúa con humildad en tus quehaceres, y te querrán más que al hombre generoso.
Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y así alcanzarás el favor del Señor.
«Muchos son los altivos e ilustres, pero él revela sus secretos a los mansos»
Porque grande es el poder del Señor y es glorificado por los humildes.
La desgracia del orgulloso no tiene remedio, pues la planta del mal ha echado en él sus raíces.
Un corazón prudente medita los proverbios, un oído atento es el deseo del sabio".
La sabiduría del libro del Eclesiástico es para volver a meditarla una y otra vez, porque la raíz del orgullo, de la vanidad, del egoísmo cada día se hunden más y más en el corazón del hombre de este siglo XXI. ¿Por qué? Porque este siglo es el siglo de la superficialidad, del aparentar, del querer ser quien no se es, y por eso se vive en una búsqueda constante del tener, del poseer porque teniendo y poseyendo más y más pareciera que soy más, y no sólo soy un acumulador de cosas y, muchas veces, hasta de personas, pero dentro no hay mucho más que vacío.
"La desgracia del orgulloso no tiene remedio, pues la planta del mal ha echado en él sus raíces". Cuando el orgullo se usa en sentido negativo se va transformando en vanidad, un defecto que nos lleva a no saber escuchar a los demás, a no tener en cuenta los consejos de los que nos quieren, a creer que somos más que los demás y por eso, el mal de la vanidad, nos va dejando solos en medio de un montón de cosas que llegan a no tener sentido en nuestras vidas, pues no cubren la necesidad de nuestro interior.
Por eso mismo, el dolor que produce la soledad del vanidoso va convirtiendo en piedra el corazón que sólo buscará satisfacer los instintos más básicos del hombre, llevándolo al pecado constante, alejándose así de Dios y de los hombres.
"Cuando el corazón prudente medita los proverbios, un oído atento es el deseo del sabio". El saber escuchar y buscar el consejo de los amigos o de la familia, es lo que nos ayuda a dejar de lado la vanidad y el orgullo, y nos permite crecer en la humildad de aquél que necesita de la ayuda de los demás, de los que lo quieren bien. Eso es lo que nos hace sabio para poder, después, ser también nosotros consejeros sabios para la vida de quienes nos necesitan, sabiendo que no somos dueños de la verdad, sino que hemos aprendido caminando y tropezando a escuchar a aquellos que habían recorrido antes nuestro camino.

sábado, 31 de agosto de 2019

El miedo y los talentos

"Hermanos, os exhortamos a seguir progresando: esforzaos por mantener la calma, ocupándoos de vuestros propios asuntos y trabajando con vuestras propias manos, como os lo tenemos mandado".
Os exhortamos a seguir progresando, le dice Pablo a los tesalonicenses, porque ha visto que habían crecido y madurado en la fe y en el amor, pero que nunca nos debemos quedar quietos, o como se dice "dormidos en los laureles", sino que siempre hay algo más para hacer o algo más en lo que madurar o algo más en lo que seguir convirtiéndonos. El Camino de la santidad llega hasta la perfección en Dios, por lo tanto hasta que no nos presentemos ante Él el progreso en nuestra vida espiritual no termina.
Y a este progreso, para más concreción le sumamos la parábola de los talentos:
"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó..."
"A cada cual según su capacidad", el Señor sabe nuestras capacidades y comprende nuestra vida, pero siempre espera que no tengamos miedo de esforzarnos en progresar. Esa es la disposición a la que él hace referencia, cuando el miedo, la vergüenza o vaya a saber qué paralizan nuestras vidas y nos hacen escondernos bajo tierra, entonces es que no tenemos la capacidad suficiente o no queremos llevarla a cabo para hacer que nuestros talentos den frutos como lo espera el Señor.
Un podría interpretar, también, como un acto prudente de esconder el talento para no perderlo, pero es preferible perder el talento intentando hacerlo fructificar que esconderlo bajo tierra por miedo. Y somos muchos los que escondemos nuestros talentos y creemos que estamos haciendo bien escondiéndolo, y no, no estamos haciendo bien, sino que estamos renunciando a lo que el Señor nos dio y mostrando que no tenemos confianza en que Él sabe qué capacidades tenemos, y sabe qué podemos hacer con ese o esos talentos.
Por eso mismo tengo que tener una relación muy profunda y constante con el Señor para que sea Él quien me vaya indicando el camino a seguir, para que sea Él quien me vaya quitando los miedos o la vergüenza a la hora de poner en marcha el talento que me regaló.

viernes, 30 de agosto de 2019

Creer en la Palabra de Dios

Le dice san Pablo a los tesalonicenses:
"Esto es la voluntad de Dios: vuestra santificación, que os apartéis de la impureza, que cada uno de vosotros trate su cuerpo con santidad y respeto, no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios".
Explicando lo que el Señor dijo en una ocasión: "sed santos porque vuestra Padre celestial es Santo". Ese es nuestro camino, nuestra vocación, nuestro llamado por Dios para poder llevar al mundo la Buena Noticia de la Salvación: la santidad del hombre. La santidad es el espejo en el cual el hombre de hoy ve reflejado el rostro de Cristo, de Dios.
La santidad no es alcanzar la perfección del sin pecado, que eso viene por añadidura, sino alcanzar la perfección en el amor: "nos ha elegido desde antes de la creación del mundo para que seamos santos e irreporchables en el amor". Por que Él es Amor, y por eso, sus hijos tienes que ser imitadores de ese Amor, tienen que vivir en un camino constante de amor al Padre y al prójimo, como Cristo lo hizo. Por eso mismo san Pablo dice: esto es la voluntad de Dios: vuestra santificación. No es una ocurrencia de los hombres sino que es Voluntad de Dios que sepamos responder al llamado que Él mismo nos hizo desde antes de la creación del mundo.
"Y que en este asunto nadie pase por encima de su hermano ni se aproveche con engaño, porque el Señor venga todo esto, como ya os dijimos y aseguramos: Dios no nos ha llamado a una vida impura, sino santa. Por tanto, quien esto desprecia, no desprecia a un hombre, sino a Dios, que os ha dado su Espíritu Santo".
Y este llamado de Dios a nosotros no tenemos que despreciarlo, sino apreciarlo adecuadamente y con alegría, porque es un llamado extraordinario que Él mismo hace a sus hijos para que alcancen la plentiud que alcanzó el Hjo. Así que tengamos en cuenta que si no valoramos la Voluntad de Dios para nuestras vidas, no sólo no valoramos lo que Él nos ha llamado a ser, sino, también, dejamos de valorar a Dios mismo que es quien nos ha llamado a ser santos.
Y, en parte, si miramos más allá de nosotros nos daremos cuenta que, realmente, no valoramos a Dios como lo pueden llegar a hacer en otras culturas o religiones. Porque para otras religiones lo que Dios dice en la palabra (ya sean judios, musulmanes o protestantes) es verdaderamente Palabra de Dios, y eso hay que cumplirlo: en el estilo de vida, en la vestimenta, en lo litúrgico, es decir, en la vida misma, sin quitarle nada de lo que Dios ha mandado a decir por medio de un profeta o de un pastor o vidente. Ellos creen que es palabra de Dios, entonces no hay dudas en que se debe cumplir.

jueves, 29 de agosto de 2019

Precursor del nacimiento

De las Homilías de san Beda el Venerable, presbítero

(Homilía 23: CCL 122, 354. 356-357)

PRECURSOR DEL NACIMIENTO Y DE LA MUERTE DE CRISTO


    El santo Precursor del nacimiento, de la predicación y de la muerte del Señor mostró en el momento de la lucha suprema una fortaleza digna de atraer la mirada de Dios, ya que, como dice la Escritura, aunque, a juicio de los hombres, haya sufrido castigos, su esperanza estaba llena de inmortalidad. Con razón celebramos su día natalicio, que él ha solemnizado con su martirio y adornado con el fulgor purpúreo de su sangre; con razón veneramos con gozo espiritual la memoria de aquel que selló con su martirio el testimonio que había dado del Señor. 
    No debemos poner en duda que san Juan sufrió la cárcel y las cadenas y dio su vida en testimonio de nuestro Redentor, de quien fue precursor, ya que, si bien su perseguidor no lo forzó a que negara a Cristo, si trató de obligarlo a que callara la verdad; ello es suficiente para afirmar que murió por Cristo.
    Cristo, en efecto, dice: Yo soy la verdad; por consiguiente, si Juan derramó su sangre por la verdad, la derramó por Cristo; y él, que precedió a Cristo en su nacimiento. en su predicación y en su bautismo, anunció también con su martirio, anterior al de Cristo, la pasión futura del Señor.
    Este hombre tan eximio terminó, pues, su vida derramando su sangre, después de un largo y penoso cautiverio. Él, que había evangelizado la libertad de una paz que viene de arriba, fue encarcelado por unos hombres malvados; fue encerrado en la oscuridad de un calabozo aquel que vino a dar testimonio de la luz y a quien Cristo, la luz en persona, dio el título de «lámpara que arde y que ilumina»; fue bautizado en su propia sangre aquel a quien fue dado bautizar al Redentor del mundo, oír la voz del Padre que resonaba sobre Cristo y ver la gracia del Espíritu Santo que descendía sobre él. Mas a él, todos aquellos tormentos temporales no le resultaban penosos, sino más bien leves y agradables, ya que los sufría -por causa de la verdad y sabía que habían de merecerle un premio y un gozo sin fin. 
    La muerte -que de todas maneras había de acaecerle por ley natural- era para él algo apetecible, teniendo en cuenta que la sufría por la confesión del nombre de Cristo y que con ella alcanzaría la palma de la vida eterna. Bien lo dice el Apóstol: Dios os ha dado la gracia de creer en Jesucristo y aun de padecer por él. El mismo Apóstol explica, en otro lugar, por qué sea un don el hecho de sufrir por Cristo: Los padecimientos de esta vida presente tengo por cierto que no son nada en comparación con la gloria futura que se ha de revelar en nosotros. 

miércoles, 28 de agosto de 2019

Oh Eterna Verdad!

De las Confesiones de san Agustín, obispo

    Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo tu mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste. Entré y ví con los ojos de mi alma, de un modo u otro, por encima de la capacidad de estos mismos ojos, por encima de mi mente. una luz inconmutable; no esta luz ordinaria y visible a cualquier hombre, por intensa y clara que fuese y que lo llenara todo con su magnitud. Se trataba de una luz completamente distinta. Ni estaba por encima de mi mente, como el aceite sobre el agua o como el cielo sobre la tierra, sino que estaba en lo más alto. ya que ella fue quien me hizo, y yo estaba en lo más bajo, porque fui hecho por ella. La conoce el que conoce la verdad. ¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad! Tú eres mi Dios, por ti suspiro día y noche. Y, cuando te conocí por vez primera. fuiste tú quien me elevó hacia ti, para hacerme ver que había algo que ver y que yo no era aún capaz de verlo. Y fortaleciste la debilidad de mi mirada irradiando con fuerza sobre mí, y me estremecí de amor y de temor; y me di cuenta de la gran distancia que me separaba de ti, por la gran desemejanza que hay entre tú y yo, como si oyera tu voz que me decía desde arriba: "Soy alimento de adultos: crece, y podrás comerme. Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí.»
    Y yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también él, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía: Yo soy el camino de la verdad y la vida, y el que mezcla aquel alimento. que yo ha podía asimilar, con la carne, ya que la Palabra se hizo carne, para que, en atención a nuestro estado de infancia, se convirtiera en leche tu sabiduría, por la que creaste todas las cosas.
    ¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé: Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti.