"Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor».
Entonces dice a sus discípulos:
«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».
Hoy día, es cierto, que no abundan los pastores, pero tampoco faltan, pero, igualmente, las comunidades están como abandonadas y extenuadas. Abandonadas porque, en algunos casos, no se vive como deberíamos vivir, pues, muchos sólo vivimos para lo que tenemos ganas y no para hacer la Voluntad de Dios. Sí, porque, lo que tenemos que hacer es vivir como vivió el Buen Pastor: "no he venido a hacer otra cosa que lo que he visto hacer a mi Padre", "mi alimento es hacer la Voluntad del que me envió", etc., etc., y siempre en la misma línea.
Claro es que podría hablar solamente de los pastores que hemos sido ungido con el Orden Sagrado, es decir los sacerdotes, diáconos, párrocos, vicarios, obispos, etc., pero no sólo nosotros somos pastores del pueblo, sino también todos los que hemos sido ungidos con el Crisma de la Salvación el día de nuestro bautismos y se nos otorgó el sacerdocio real de Cristo.
Sí, hoy en día se habla mucho del papel del laico en la Iglesia, que si están marginados, que si no se los deja hacer esto o lo otro, pero sin embargo tienen una función esencial en la vida del mundo: formar la iglesia doméstica que es la familia, en donde se madura y se alimenta la fe, y donde se madura y se educa al cristiano desde el momento de su bautismo.
Y ahí es donde, también, no solamente, también vemos que estamos fallando como pastores pues no estamos viviendo plenamente nuestro sacerdocio real que es llevar la Buena Noticia del Reino, y crecer como servidores del Evangelio. A veces, sólo queremos hacer cosas que se puedan ver, pero las pequeñas cosas y más esenciales que son la de fomentar en la familia el amor a Dios y la fe en Cristo nuestro Señor, se pasa de largo.
Por eso tenemos que rezar no sólo para que haya más pastores ordenados sacramentalmente, sino que todos los bautizados seamos pastores que guiemos al Pueblo de Dios hacia las verdaderas fuentes de la Vida, pues de nosotros, los bautizados depende que la Fe en Cristo se extienda y muchos puedan encontrar el Camino de la Salvación, y, al encontrarse con Cristo puedan llegar a ser verdaderos discípulos que sigan llevando la Buena Noticia.
sábado, 9 de diciembre de 2023
Mejores pastores
viernes, 8 de diciembre de 2023
A María
De las Oraciones de san Anselmo, obispo
El cielo, los astros, la tierra, los ríos, el día, la noche, y todo lo que se halla sometido al poder y al servicio del hombre, se congratulan, Señora, porque, habiendo perdido su antigua nobleza, ahora han sido en cierto modo resucitados por ti y dotados de una gracia nueva e inefable.
Porque todas estas cosas estaban como muertas, al haber perdido su congénita dignidad de servir al dominio y utilidad de los que alaban a Dios, que para eso habían sido creadas; estaban oprimidas y afeadas por el abuso de los que servían a los ídolos, para los cuales no habían sido creadas. Ahora se alegran como si hubieran vuelto a la vida, porque ya vuelven a estar sometidas al dominio de los que confiesan a Dios, y embellecidas por su uso natural.
Es como si hubiesen saltado de alegría por esta gracia nueva e inapreciable, al sentir que el mismo Dios, su mismo creador, no sólo reinaba sobre ellas de un modo invisible, sino que incluso lo vieron en medio de ellas, santificándolas visiblemente con su uso. Estos bienes tan grandes provinieron a través del fruto bendito del vientre sagrado de la Virgen María.
Por tu plenitud de gracia, lo que estaba en el país de los muertos se alegra al sentirse liberado, y lo que está por encima del mundo se alegra al sentirse restaurado.
En efecto, por el glorioso Hijo de tu gloriosa virginidad, todos los justos que murieron antes de la muerte vivificante de Cristo se alegran al verse libres de su cautividad, y los ángeles se congratulan por la restauración de su ciudad medio en ruinas.
¡Oh mujer llena y rebosante de gracia, con la redundancia de cuya plenitud rocías y haces reverdecer toda la creación! ¡Oh Virgen bendita y desbordante de bendiciones, por cuya bendición queda bendecida toda la naturaleza, no sólo la creatura por el Creador, sino también el Creador por la creatura!
Dios, a su Hijo, el único engendrado de su seno igual a sí, al que amaba como a sí mismo, lo dio a María; y de María se hizo un hijo, no distinto, sino el mismo, de suerte que por naturaleza fuese el mismo y único Hijo de Dios y de María. Toda la naturaleza ha sido creada por Dios, y Dios ha nacido de María. Dios lo creó todo, y María engendró a Dios. Dios, que hizo todas las cosas, se hizo a sí mismo de María; y de este modo rehizo todo lo que había hecho. El que pudo hacer todas las cosas de la nada, una vez profanadas, no quiso rehacerlas sin María.
Dios, por tanto, es padre de las cosas creadas y María es madre de las cosas recreadas. Dios es padre de toda la creación, María es madre de la universal restauración. Porque Dios engendró a aquel por quien todo fue hecho, y María dio a luz a aquel por quien todo fue salvado. Dios engendró a aquel sin el cual nada en absoluto existiría, y María dio a luz a aquel sin el cual nada sería bueno.
En verdad el Señor está contigo, ya que él ha hecho que toda la naturaleza estuviera en tan gran deuda contigo y con él.
jueves, 7 de diciembre de 2023
Escribir con la mano y borrar con el codo
«No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos".
Vivimos en un mundo en donde nos sobran las palabras, y las usamos, muchas veces, sin pensar en lo que decimos, o las decimos pensando que enseguida se pueden borrar, como si las escribiéramos con un lápiz. Hemos vaciado de contenido las palabras más hermosas y las más valiosas para nuestra vida, y así, también, nos pasa con nuestra vida de fe, pues ya no es lo mismo lo que decimos y lo que vivimos, y lo que vivimos no dice nada de lo que decimos que creemos.
Decimos "Padre nuestro", pero sólo consideramos hermanos a los que nos tratan bien, a los que realmente queremos, a quienes nos dicen lo que queremos escuchar, pero si alguien dice algo que no quiero escuchar... ya no es mi hermano; si alguien hace algo que no me gusta... le doy vuelta la cara; si ... dejo de hablarle; etc. ¿Entonces somos hermanos?
Decimos "venga a nosotros tu Reino", pero queremos que ese reino lo construyan otros, porque yo hoy no tengo tiempo, no puedo hacer eso, no sirvo para nada, me quedo mejor en mi sofá... Y continuamos con "hágase tu Voluntad en la tierra como en el Cielo", y en realidad no la hacemos, ni siquiera nos preguntamos cuál es la Voluntad de Dios, y si lo se miro para otro lado porque lo que me está pidiendo no es lo que quiero hacer...
Y así nos tendríamos que poner a analizar todo lo que decimos, todo lo que rezamos, todo lo que ofrecemos como testimonio al mundo de hoy, los cristianos. ¿Ofrecemos al mundo un camino en la Verdad, en la Vida, en la Fidelidad a Dios? O simplemente nos hemos acostumbrado, como el mundo a escribir con la mano y borrar con el codo?
miércoles, 6 de diciembre de 2023
Vendra a nosotros el Verbo de Dios
De los Sermones de san Bernardo, abad
Conocemos tres venidas del Señor. Además de la primera y de la última, hay una venida intermedia. Aquéllas son visibles, pero ésta no. En la primera el Señor se manifestó en la tierra y vivió entre los hombres, cuando -como él mismo dice- lo vieron y lo odiaron. En la última contemplarán todos la salvación que Dios nos envía y mirarán a quien traspasaron. La venida intermedia es oculta, sólo la ven los elegidos, en sí mismos, y gracias a ella reciben la salvación. En la primera el Señor vino revestido de la debilidad de la carne; en esta venida intermedia viene espiritualmente, manifestando la fuerza de su gracia; en la última vendrá en el esplendor de su gloria.
Esta venida intermedia es como un camino que conduce de la primera a la última. En la primera Cristo fue nuestra redención; en la última se manifestará como nuestra vida; en esta venida intermedia es nuestro descanso y nuestro consuelo.
Pero, para que no pienses que estas cosas que decimos sobre la venida intermedia son invención nuestra, oye al mismo Señor: El que me ama guardará mi palabra; mi Padre lo amará y vendremos a fijar en él nuestra morada. He leído también en otra parte: El que teme al Señor obrará bien. Pero veo que se dice aún algo más acerca del que ama a Dios y guarda su palabra. ¿Dónde debe guardarla? No hay duda que en el corazón, como dice el profeta: En mi corazón escondo tus consignas, así no pecaré contra ti.
Conserva tú también la palabra de Dios, porque son dichosos los que la conservan. Que ella entre hasta lo más íntimo de tu alma, que penetre tus afectos y hasta tus mismas costumbres. Come lo bueno, y tu alma se deleitará como si comiera un alimento sabroso. No te olvides de comer tu pan, no sea que se seque tu corazón; antes bien sacia tu alma con este manjar delicioso.
Si guardas así la palabra de Dios es indudable que Dios te guardará a ti. Vendrá a ti el Hijo con el Padre, vendrá el gran profeta que renovará a Jerusalén, y él hará nuevas todas las cosas. Gracias a esta venida, nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial. Y, así como el primer Adán irrumpió en todo el hombre y lo llenó y envolvió por completo, así ahora lo poseerá totalmente Cristo, que lo ha creado y redimido y que también un día lo glorificará.
martes, 5 de diciembre de 2023
Las locuras de Dios
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien".
Cada día que pasa me gusta más esta afirmación de Jesús, y, es más, cada día me siento más identificado con los que no son sabios y entendidos, porque así no tengo que andar buscando tantos argumentos para creer ni para dejar de creer, simplemente creo.
¿Por qué digo esto? Ayer leyendo un hilo de discusión porque alguien, alguien que se las da de entendido y sabio, criticaba a los cristianos por creer las tonterías que la iglesia ha inventado hace más de dos mil años. Un cristiano defendía a capa y espada todos y cada uno de los argumentos del (supuesto) ateo y sabio. Y, en realidad me alegraba que se defendiera tanto lo que se creía, pero a la vez me daba lástima porque nunca se encontrarán argumentos válidos para los que se creen sabios, porque no tienen el corazón abierto ni siquiera para respetar las "tonterias" que otros creemos.
¿Hay que defender lo que creemos? Sí, hay que defenderlos. Pero ¿cuál es la manera de defender lo que creemos? Viviendo. En estos tiempos no hay mejor defensa que una fe bien vivida, y con la certeza de que no hace falta que seamos entendidos ni sabios para hacerle creer a los sabios y entendidos de este mundo el por qué creemos, porque nunca se van a abrir a nuestros argumentos. Y, como dice el refrán, estaremos gastando pólvora en chimangos.
Y, por otro lado, me alegro tanto de no tener que andar buscando argumentos para defenderme que me deja con una paz inmensa. Yo vivo y dejo vivir. ¿Quieres saber por qué vivo tan en paz? Como le dijo Jesús a aquellos discípulos: Ven y verás. ¿Quieres saberlo sin cuestionarlo? Bien. ¿Quieres cuestionarlo y escuchar mis argumentos? Tan bien. ¿Quieres cuestionarlo pero no quieres escuchar? Entonces sigue tu camino, porque aunque "resucite un muerto tampoco creerás".
Ser niño en el espíritu no es fácil, pero debemos intentar seguir madurando para no caer en la tentación de hacer sabios y entendidos, sino dejarnos conducir por el Padre porque será Él quien ponga las palabras en nuestros labios sabiendo que su locura es más sabia que la sabiduría de este mundo.
domingo, 3 de diciembre de 2023
Estad atentos
Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento.
Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!».
Comenzamos un nuevo tiempo litúrgico, dentro de la liturgia católica, el Tiempo de Adviento, en preparación a la Celebración Solemne de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.
Sí, ya sabemos que llega la Navidad dentro de poco, y, como todos los años nos vamos preparando para ese momento, y, por eso mismo, no tenemos que acostumbrarnos a la rutina de volver a iniciar el Tiempo de Adviento, ni la celebración de la Navidad. No tenemos que acostumbrarnos porque si nos acostumbramos perdemos la alegría de celebrar algo que es tan importante para nuestra vida de fe.
Cuando la rutina se apodera de nuestra vida todo se vuelve igual, y así vamos perdiendo la capacidad de asombrarnos por los regalos de Dios. Por eso, como dice el Señor ¡Estad atentos! ¡Velad!
Hay que estar atentos para no volvernos muy adultos, sino que debemos conservar el espíritu de niños para dejarnos asombrarnos por los regalos del Señor. Si sólo buscamos los hechos extraordinarios, nunca podremos ver la Mano del Padre en los regalos pequeños de todos los días.
El tiempo de Adviento es, después del de Cuaresma, un tiempo de volver a mirarnos, no con intención de ver nuestros pecados, sino de disponernos a escuchar, es la Palabra la que se hace carne y viene a hablarnos de los misterios del Padre, del Amor del Padre por nosotros, y quiere hacer un lugar en nuestras vidas para que siempre estemos alegres de ese Infinito Amor por nosotros, por cada uno, por ti y por mí.
Escuchar a Dios, no sólo en la Palabra Divina, sino en los acontecimientos diarios, en los que sigue hablando constantemente y nos va dirigiendo Su Palabra de Esperanza, de Amor, que nos va sosteniendo, fortaleciendo y, sobre todo, nos va enseñando cómo llegar al final de la meta sin perder la fe, sino con el alma purificada por el Amor, vacía de tanto darnos a los demás, y como dice Santa Teresita, con las manos vacía porque todo lo que Él nos ha regalado lo hemos entregado con y por amor a los demás, así como Él se nos entregó desde el seno de María hasta la Cruz.
Por eso, Adviento es un tiempo de no dejarnos llevar por las prisas y los preparativos, sino dejarnos sorprender en el silencio por la Palabra que está dispuesta a iluminarnos y santificarnos.
viernes, 1 de diciembre de 2023
Rechacemos el temor a la muerte
Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la muerte
Nunca debemos olvidar que nosotros no hemos de cumplir nuestra propia voluntad, sino la de Dios, tal como el Señor nos mandó pedir en nuestra oración cotidiana. ¡Qué contrasentido y qué desviación es no someterse inmediatamente al imperio de la voluntad del Señor, cuando él nos llama para salir de este mundo! Nos resistimos y luchamos, somos conducidos a la presencia del Señor como unos siervos rebeldes, con tristeza y aflicción, y partimos de este mundo forzados por una ley necesaria, no por la sumisión de nuestra voluntad; y pretendemos que nos honre con el premio celestial aquel a cuya presencia llegamos por la fuerza. ¿Para qué rogamos y pedimos que venga el reino de los cielos, si tanto nos deleita la cautividad terrena? ¿Por qué pedimos con tanta insistencia la pronta venida del día del reino, si nuestro deseo de servir en este mundo al diablo supera al deseo de reinar con Cristo?
Si el mundo odia al cristiano, ¿por qué amas al que te odia, y no sigues más bien a Cristo, que te ha redimido y te ama? Juan, en su carta, nos exhorta con palabras bien elocuentes a que no amemos el mundo ni sigamos las apetencias de la carne: No améis al mundo —dice— ni lo que hay en el mundo. Quien ama al mundo no posee el amor del Padre, porque todo cuanto hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida. El mundo pasa y sus concupiscencias con él. Pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre. Procuremos más bien, hermanos muy queridos, con una mente íntegra, con una fe firme, con una virtud robusta, estar dispuestos a cumplir la voluntad de Dios, cualquiera que ésta sea; rechacemos el temor a la muerte con el pensamiento de la inmortalidad que la sigue. Demostremos que somos lo que creemos.
Debemos pensar y meditar, hermanos muy amados, que hemos renunciado al mundo y que mientras vivimos en él somos como extranjeros y peregrinos. Deseemos con ardor aquel día en que se nos asignará nuestro propio domicilio, en que se nos restituirá al paraíso y al reino, después de habernos arrancado de las ataduras que en este mundo nos retienen. El que está lejos de su patria es natural que tenga prisa por volver a ella. Para nosotros, nuestra patria es el paraíso; allí nos espera un gran número de seres queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo de nuestros padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos aún de la nuestra. Tanto para ellos como para nosotros significará una gran alegría el poder llegar a su presencia y abrazarlos; la felicidad plena y sin término la hallaremos en el reino celestial, donde no existirá ya el temor a la muerte, sino la vida sin fin.
Allí está el coro celestial de los apóstoles, la multitud exultante de los profetas, la innumerable muchedumbre de los mártires, coronados por el glorioso certamen de su pasión; allí las vírgenes triunfantes, que con el vigor de su continencia dominaron la concupiscencia de su carne y de su cuerpo; allí los que han obtenido el premio de su misericordia, los que practicaron el bien, socorriendo a los necesitados con sus bienes, los que, obedeciendo el consejo del Señor, trasladaron su patrimonio terreno a los tesoros celestiales. Deseemos ávidamente, hermanos muy amados, la compañía de todos ellos. Que Dios vea estos nuestros pensamientos, que Cristo contemple este deseo de nuestra mente y de nuestra fe, ya que tanto mayor será el premio de su amor, cuanto mayor sea nuestro deseo de él.