sábado, 9 de septiembre de 2023

La felicidad del Reino

Del Sermón de san León Magno, papa, Sobre las bienaventuranzas

Después de haber encomiado el Señor la bienaventuranza de la pobreza, prosiguió diciendo: Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. El llanto al que aquí se promete el consuelo eterno nada tiene que ver con la tristeza de este mundo, ni hay que creer que las lágrimas que derraman los hijos de los hombres, cuando en su tristeza lloran, a nadie hagan feliz. Es muy distinta la razón de las lágrimas de las que aquí se habla, muy otra la causa de este llanto de los santos. La tristeza religiosa es la que llora los pecados propios o bien las faltas ajenas; esta tristeza no es ni tan sólo la que se lamenta ante el castigo con que Dios nos amenaza, sino que se duele simplemente ante la iniquidad que los hombres cometen, pues sabe que es mucho más digno de compasión el que hace el mal que quien lo sufre, porque el inicuo, con su pecado, se hace reo de castigo, en cambio, el justo, con su paciencia, merece la gloria.
A continuación el Señor añadió: Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Aquí se promete la posesión de la tierra a los sufridos y mansos, a los humildes y modestos, y a los que están dispuestos a soportar toda clase de injurias. No se debe estimar pequeña o de baja calidad esta herencia, como si fuera algo diverso del reino de los cielos, pues, en realidad, aquí se trata de aquellos que van a entrar en el reino de Dios. En efecto, la tierra prometida a los sufridos, y cuya posesión se dará a los mansos, no es otra sino los propios cuerpos de los santos, los cuales, como premio de su humildad, serán transformados en la resurrección feliz y se verán revestidos de una gloriosa inmortalidad. Esta carne, revestida así de inmortalidad, en nada contrariará ya al espíritu, antes bien, vivirá siempre en unidad perfecta y en consentimiento pleno con el querer del alma. Entonces realmente el hombre exterior será la posesión pacífica e inmutable del hombre interior.
Esta tierra, pues, la poseerán los sufridos con una paz perfecta y sin que nada disminuya nunca el gozo de esta posesión, pues, entonces, esto corruptible se vestirá de incorrupción, y esto mortal se vestirá de inmortalidad; de este modo el castigo se habrá convertido en premio y lo que era carga se habrá tornado honor.

jueves, 7 de septiembre de 2023

Los frutos de la obediencia

"Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:
«Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca».
Respondió Simón y dijo:
«Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».
Más de una y dos veces no vamos a entender lo que Dios nos pide, como le pasó a Pedro, pero debemos tener la confianza para, también como Pedro, obedecer o aceptar Su Voluntad. Los frutos de la obediencia no se ven al principio, sino que se ven después, pues cuando se obedece a Su Voluntad, entonces se consiguen frutos inesperados.
Y no sólo que, al obedecer, el Señor nos da su Gracia y los frutos son maravillosos, sino que nos cambia la vida el confiar en Su Voluntad, en Su Providencia. Quizás no lo experimentemos al momento, pues en la obediencia, quizás, nos pida algo que no queremos o que pensamos que no podemos hacer. Pero, como lo hizo Él en el Huerto de Getsemaní, quizás con lágrimas en los ojos, podamos decir "hágase Tu Voluntad y no la mía".
A partir de nuestro SÍ comienza el camino hacia lo nuevo, hacia la Vida Nueva que nos trajo la resurrección, aunque, también nosotros, tendremos que pasar por la Cruz. No será, seguramente, cruenta como la de Él, pero sí que nos producirá sufrimientos. Sufrimientos que no sólo son del cuerpo sino que, muchas veces, será el sufrimiento de renunciar a algo, a alguien, a un proyecto, a un deseo, a mis ganas, a mis gustos...
Cada uno sabemos a qué tenemos que renunciar y cuánto nos cuesta, aunque, seguramente, la mayor renuncia es a nosotros mismos, como le pasó a Pedro: "hemos estado bregando toda la noche y no hemos conseguido nada". Siempre he vivido así, siempre he querido esto y ahora me pides que renuncie... "si tú me lo pides lo haré"... y la pesca fue maravillosa y de pescador de peces se convirtió no sólo en pescador de hombres, sino en la piedra fundamental de la Iglesia naciente, desde hace más de 2000 años.

miércoles, 6 de septiembre de 2023

Se refería a Su Cuerpo

Del Comentario de Orígenes, presbítero, sobre el evangelio de san Juan

Destruid este templo y yo lo levantaré en tres días.
Creo que en esta frase los judíos representan a los hombres carnales, entregados a la vida de los sentidos. Indignados al ver que Jesús había arrojado a los que con sus actos convertían la casa del Padre en lugar de negocios, pedían al Hijo de Dios, a quien ellos no reconocían, un signo con el que probara su autoridad para obrar de esta forma. El Salvador les dio entonces una respuesta en la que se refería tanto a su cuerpo como al templo sobre el que ellos preguntaban. En efecto, al decir ellos: ¿Qué señal nos das que justifique lo que haces?, Jesús responde: Destruid este templo y yo lo levantaré en tres días.
Según mi parecer, tanto el templo como el cuerpo de Cristo pueden llamarse, con toda verdad, figura de la Iglesia, pues la Iglesia, construida de piedras vivas, edificada como templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, cimentada sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y teniendo al mismo Cristo Jesús como piedra angular, puede llamarse templo con toda razón. Por ello la Escritura afirma de los fieles: Vosotros sois cuerpo de Cristo, y sois miembros unos de otros. Por tanto, aunque el buen orden de las diversas piedras viniera a derribarse, aunque los huesos de Cristo fueran dispersados por las embestidas de la persecución, o los tormentos con que nos amenazan los perseguidores pretendieran destruir la unidad de este templo, el templo sería nuevamente reconstruido y el cuerpo resucitaría al tercer día, es decir, pasado el día del mal que se avecina y el de la consumación que lo seguirá.
Porque llegará ciertamente un tercer día y en él nacerá un cielo nuevo y una tierra nueva, cuando estos huesos, es decir, la casa toda de Israel, resucitarán en aquel solemne y gran domingo en el que la muerte será definitivamente aniquilada. Por ello podemos afirmar que la resurrección de Cristo, que pone fin a su cruz y a su muerte, contiene y encierra ya en sí la resurrección de todos los que formamos el cuerpo de Cristo. Pues de la misma forma que el cuerpo visible de Cristo, después de crucificado y sepultado, resucitó, así también acontecerá con el cuerpo total de Cristo formado por todos sus santos: crucificado y muerto con Cristo, resucitará también como él. Cada uno de los santos dice, pues, como Pablo: Líbreme Dios de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo; por él el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo. Por ello de cada uno de los cristianos puede no sólo afirmarse que ha sido crucificado con Cristo para el mundo, sino también que con Cristo ha sido sepultado, pues, si por nuestro bautismo fuimos sepultados con Cristo, como dice san Pablo, con él también resucitaremos, añade, como para insinuarnos ya las arras de nuestra futura resurrección.

lunes, 4 de septiembre de 2023

Instrucciones

Del libro de la Imitación de Cristo

Escucha, hijo mío, mis palabras, palabras suavísimas, que trascienden toda la ciencia de los filósofos y letrados de este mundo. Mis palabras son espíritu y son vida, y no se pueden ponderar partiendo del criterio humano.
No deben usarse con miras a satisfacer la vana complacencia, sino oírse en silencio, y han de recibirse con humildad y gran afecto del corazón.
Y dije: Dichoso el hombre a quien tú educas, al que enseñas tu ley, dándole descanso tras los años duros, para que no viva desolado aquí en la tierra.
Yo —dice el Señor— instruí a los profetas desde antiguo, y no ceso de hablar a todos hasta hoy; pero muchos se hacen sordos a mi palabra y se endurecen en su corazón.
Los más oyen de mejor grado al mundo que a Dios, y más fácilmente siguen las apetencias de la carne que el beneplácito divino.
Ofrece el mundo cosas temporales y efímeras, y, con todo, se le sirve con ardor. Yo prometo lo sumo y eterno, y los corazones de los hombres languidecen presa de la inercia.
¿Quién me sirve y me obedece con tanto empeño y diligencia como se sirve al mundo y a sus dueños?
Sonrójate, pues, siervo indolente y quejumbroso, de que aquéllos sean más solícitos para la perdición que tú para la vida.
Más se gozan ellos en la vanidad que tú en la verdad. Y, ciertamente, a veces quedan fallidas sus esperanzas; en cambio, mi promesa a nadie engaña ni deja frustrado al que funda su confianza en mí.
Yo daré lo que tengo prometido, lo que he dicho lo cumpliré. Pero a condición de que mi siervo se mantenga fiel hasta el fin.
Yo soy el remunerador de todos los buenos, así como el fuerte que somete a prueba a todos los que llevan una vida de intimidad conmigo.
Graba mis palabras en tu corazón y medítalas una y otra vez con diligencia, porque tendrás gran necesidad de ellas en el momento de la tentación.
Lo que no entiendas cuando leas lo comprenderás el día de mi visita.
Porque de dos medios suelo usar para visitar a mis elegidos: la tentación y la consolación.
Y dos lecciones les doy todos los días: una consiste en reprender sus vicios, otra en exhortarles a progresar en la adquisición de las virtudes.
El que escucha mis palabras y las rechaza ya tiene quien lo condene en el último día.

domingo, 3 de septiembre de 2023

Tus pensamientos no son los míos

Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte». Jesús se volvió y dijo a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».

No son pocas la veces que, si afinamos el oído en nuestra oración diaria, el Señor nos puede decir lo mismo que a Pedro: “tú piensas como los hombres, no como Dios”. Y tendrá toda la razón, como siempre.
Pero ¿por qué le dice eso a Pedro y a nosotros? En este caso se lo dice a Pedro porque no quiere que sufra Jesús, un sentimiento muy noble y humano, pero esa no es la Voluntad del Padre, y Jesús lo sabe muy bien.
A nosotros nos pasa, muchas veces, algo parecido, porque ante el dolor de la Cruz nos echamos para atrás o queremos, enseguida, pedir que nos la quiten de encima.
Pero, vayamos más allá de la Cruz. En nuestro día a día no solemos pensar como Dios, es decir, pensar, como se diría, en cristiano. ¿Todo lo que hacemos o pensamos o decidimos lo hacemos porque es Voluntad de Dios? Nos preguntamos como decimos a los niños de catequesis ¿esto que estoy pensando o diciendo o haciendo, lo haría Jesús? ¿Lo haría María?
Es ahí cuando Jesús nos dice: “si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo”. Negarnos a nosotros mismos, no significa negar nuestro existir, ni nuestra libertad, ni nuestra dignidad, sino ser coherentes con el camino que hemos elegido: hemos elegido ser cristianos, vivir como Cristo… entonces ¿qué esperas para vivir como Cristo?
Y, claro, para vivir como Cristo tengo que conocerlo a Cristo, pero no sólo conocerlo intelectualmente, sino conocerlo vivencialmente: por medio de su Palabra, en la oración constante, en el diálogo constante. Y, fundamentalmente, saber que debo renunciar a todo aquello que no es de Dios, es decir: dejar de lado las modas modernas, posmodernas o como se llamen en la actualidad, porque lo único que me da Vida es Su Palabra, y en Su Palabra está el Camino, la Verdad y la Vida, pues Él es la Palabra de Dios que se hizo carne y habitó entre nosotros.
Por eso, no dudemos en hacernos la pregunta: ¿quiero ser verdaderamente cristiano? ¿Quiero seguir a Cristo en serio? O sólo me conformo con ponerme una máscara, como en carnaval, y parecer que soy otro Cristo, pero en el fondo reniego de sus exigencias como Pedro, y busco quedar bien con el mundo y sus ideologías…

sábado, 2 de septiembre de 2023

No desprecies a tu hermano

De las Homilías de san Juan Crisóstomo, obispo, sobre el evangelio de san Mateo

¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo contemples desnudo en los pobres, ni lo honres aquí, en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez. Porque el mismo que dijo: Esto es mi cuerpo, y con su palabra llevó a realidad lo que decía, afirmó también: Tuve hambre y no me disteis de comer, y más adelante: Siempre que dejasteis de hacerlo a uno de estos pequeñuelos, a mí en persona lo dejasteis de hacer. El templo no necesita vestidos y lienzos, sino pureza de alma; los pobres, en cambio, necesitan que con sumo cuidado nos preocupemos de ellos.
Reflexionemos, pues, y honremos a Cristo con aquel mismo honor con que él desea ser honrado; pues, cuando se quiere honrar a alguien, debemos pensar en el honor que a él le agrada, no en el que a nosotros nos place. También Pedro pretendió honrar al Señor cuando no quería dejarse lavar los pies, pero lo que él quería impedir no era el honor que el Señor deseaba, sino todo lo contrario. Así tú debes tributar al Señor el honor que él mismo te indicó, distribuyendo tus riquezas a los pobres. Pues Dios no tiene ciertamente necesidad de vasos de oro, pero sí, en cambio, desea almas semejantes al oro.
No digo esto con objeto de prohibir la entrega de dones preciosos para los templos, pero sí que quiero afirmar que, junto con estos dones y aun por encima de ellos, debe pensarse en la caridad para con los pobres. Porque si Dios acepta los dones para su templo, le agradan, con todo, mucho más las ofrendas que se dan a los pobres. En efecto, de la ofrenda hecha al templo sólo saca provecho quien la hizo; en cambio, de la limosna saca provecho tanto quien la hace como quien la recibe. El don dado para el templo puede ser motivo de vanagloria, la limosna, en cambio, sólo es signo de amor y de caridad.
¿De qué serviría adornar la mesa de Cristo con vasos de oro, si el mismo Cristo muere de hambre? Da primero de comer al hambriento y luego, con lo que te sobre, adornarás la mesa de Cristo. ¿Quieres hacer ofrenda de vasos de oro y no eres capaz de dar un vaso de agua? Y, ¿de qué serviría recubrir el altar con lienzos bordados de oro, cuando niegas al mismo Señor el vestido necesario para cubrir su desnudez? ¿Qué ganas con ello? Dime si no: Si ves a un hambriento falto del alimento indispensable y, sin preocuparte de su hambre, lo llevas a contemplar una mesa adornada con vajilla de oro, ¿te dará las gracias de ello? ¿No se indignará más bien contigo? O si, viéndolo vestido de andrajos y muerto de frío, sin acordarte de su desnudez, levantas en su honor monumentos de oro, afirmando que con esto pretendes honrarlo, ¿no pensará él que quieres burlarte de su indigencia con la más sarcástica de tus ironías?
Piensa, pues, que es esto lo que haces con Cristo, cuando lo contemplas errante, peregrino y sin techo y, sin recibirlo, te dedicas a adornar el pavimento, las paredes y las columnas del templo. Con cadenas de plata sujetas lámparas, y te niegas a visitarlo cuando él está encadenado en la cárcel. Con esto que estoy diciendo, no pretendo prohibir el uso de tales adornos, pero sí que quiero afirmar que es del todo necesario hacer lo uno sin descuidar lo otro; es más: os exhorto a que sintáis mayor preocupación por el hermano necesitado que por el adorno del templo. Nadie, en efecto, resultará condenado por omitir esto segundo, en cambio, los castigos del infierno, el fuego inextinguible y la compañía de los demonios están destinados para quienes descuiden lo primero. Por tanto, al adornar el templo, procurad no despreciar al hermano necesitado, porque este templo es mucho más precioso que aquel otro.

viernes, 1 de septiembre de 2023

Santidad y cabeza

San Pablo le daba a los Tesalonicenses dos instrucciones:
- la primera hacia el propio interior, hacia la propia perfección: "Esto es la voluntad de Dios: vuestra santificación, que os apartéis de la impureza, que cada uno de vosotros trate su cuerpo con santidad y respeto, no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios".
- la segunda, como no puede ser de otro modo, está unida a nuestra relación con nuestros hermanos, con los demás, con el prójimo:
"Y que en este asunto nadie pase por encima de su hermano ni se aproveche con engaño, porque el Señor venga todo esto, como ya os dijimos y aseguramos: Dios no nos ha llamado a una vida impura, sino santa. Por tanto, quien esto desprecia, no desprecia a un hombre, sino a Dios, que os ha dado su Espíritu Santo".
Las dos instrucciones, como lo había explicado Jesús, no pueden ir separadas, pues no se puede ser muy santo si desprecias a tu hermano; como tampoco se puede ser si no aprecias los Dones que el Señor te ha dado, y mantienes la pureza de corazón.
Es claro que no siempre sabremos cómo proceder ante situaciones que nos suceden día a día. Pero, como bien nos lo explica Jesús en la parábola de las 10 vírgenes, no sólo hay que ser casto y puro, sino que hay que ser prudente. No se puede vivir con la mirada puesta en el cielo, pues estamos caminando en la tierra, por ello la santidad siempre va unidad a la prudencia, y, sobre todo, a saber pensar y reflexionar en lo que Dios nos está pidiendo y qué signos nos está dando para hacer Su Voluntad.