miércoles, 10 de julio de 2019

No es un boomerang, es mi actitud

"Intervino Rubén:
«¿No os lo decía yo: "No pequéis contra el muchacho", y vosotros no me hicisteis caso? Ahora nos piden cuentas de su sangre».
Siempre hemos creído que todo vuelve, en la vida, como un boomerang, así lo creía Rubén en la época del Antiguo Testamento, y así también lo creía Jesús cuando nos decía: "no hagáis a los demás lo que no gustaría que hicieran con vosotros" o, "haced con los demás lo que os gustaría que hicieran con vosotros", o, también: "la medida con que midan se usarán con vosotros". Porque, en realidad, todo lo que decimos, hacemos o no hacemos, tiene consecuencias en nuestra vida y en la vida de los demás. Pero tampoco sabemos cómo serán esas consecuencias, pero sí podemos ponernos a pensar cómo pueden llegar a ser. Por eso el Señor nos regaló la capacidad de pensar y reflexionar, no somos sólo animales instintivos, es decir que actuamos por instinto, sino que somos "animales racionales", y por eso nos tenemos que distinguir de los demás animales.
La capacidad de pensar y razonar no la tienen los animales, aunque, muchas veces, parezca que piensan y actúan mejor que nosotros (que, en ciertos casos, es verdad)
¿Qué es lo que pasa? Es que últimamente nos hemos dejado llevar por el pensar del mundo, que lo que busca es que no pensemos, sino que nos dejemos llevar por la corriente que el mundo quiere imponernos: hacernos animales consumistas.
Ya en el jubileo de los jóvenes del año 2000, el Santo Juan Pablo II, nos decía: "sed mártires de remar contra la corriente del mundo", y no nos hemos dado cuenta que nos estamos dejando llevar por la corriente del mundo cuando estamos aceptando como normal, en nuestras vidas, todo lo que el mundo nos quiere imponer para vivir: la forma de hablar, de pensar (o no pensar), la forma de vestir, la forma de relacionarnos, hasta la forma de ser o no ser.
Y ¿cuál es el problema? Que los que decimos ser cristianos tenemos que pensar en qué estamos llamados a vivir, cuál es la Voluntad de Dios en nuestras vidas, cuál es el testimonio que tenemos que dar en el mundo, cómo anunciamos el Reino de Dios al mundo de Dios.
Porque en el evangelio de hoy el Señor envía a los apóstoles a anunciar que el Reino de Dios ha llegado a nosotros y ¿cómo lo anunciaron ellos? ¿Se dejaron convencer por las habladurías del mundo en que vivían o escuchar a Jesús y vivieron como Jesús?

martes, 9 de julio de 2019

Buscar la Verdad

"La gente decía admirada:
«Nunca se ha visto en Israel cosa igual».
En cambio, los fariseos decían:
«Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios».
Siempre hay varias maneras, o dos por lo menos, de mirar la vida, de juzgar las cosas y las personas: con bondad o con malicia, desde la realidad o desde la subjetividad. Así le pasaba a Jesús y así nos pasa a nosotros, también. No siepre juzgamos con objetividad, porque siempre, la primera impresión la hacemos desde nuestra subjetividad y pre-juicios, por eso, siempre, debemos tener una segunda mirada para saber si lo que hemos juzgado o decidido está bien o no. Y, en ciertas cosas de nuestra vida tenemos que ayudarnos con la mirada de otros (que busquen el bien) a discernir y buscar el Bien.
No siempre vamos a tener la verdad sobre las cosas, pero siempre tenemos que buscar los más próximo a la Verdad aunque esa verdad nos duela o nos "juegue en contra". Porque, como dice Jesús: "sólo la verdad os hará libres". No hay otro camino mejor para vivir en libertad que el Camino de la Verdad, pues, aunque (vuelvo a insistir) alguna vez sea doloroso conocer la verad, pero siempre me ayudará a crecer y ayudaré a crecer a los demás.
La gente que se admiraba por los milagros de Jesús eran los que tenían un corazón necesitado, los que necesitaban de Jesús y sus Palabras y sus milagros. Los demás era aquellos que se creían "sabios y prudentes" y por eso se erigían en "juzgadores" de todo lo que Jesús hacía, porque lo que querían era desautorizar la labor de Jesús, desautorizarlo para no quedar mal ellos, pero, finalmente, todoo se volvió en su contra, porque su manera de actuar los llevó a esclavizarse de sus propios pre-juicios y no pudieron encontrar en Jesús la Vida que los liberase.
No es fácil el esfuerzo que nos implica la búsquedad de la Verdad y el Bien, pero es lo que más reconforta a nuestra alma, y nos llena de paz al buscarlos y al encontrarlos. Por eso tenemos que pedir al Espíritu que nos ayude a "renunciar a nuestros egoísmos y vanidad" para poder alcanzar la Verdad que el único Camino hacia la Vida.

lunes, 8 de julio de 2019

Una formar de mirar

"Jesús llegó a casa de aquel jefe y, al ver a los flautistas y el alboroto de la gente, dijo:
«¡Retiraos! La niña no está muerta, está dormida».
Se reían de él.
Cuando echaron a la gente, entró él, cogió a la niña de la mano, y ella se levantó".
Son nuestros ojos o nuestros sentimientos los que, muchas veces, nos engañan porque nos hacen ver sólo lo exterior pero nunca nos ayudan a ver lo interior, el valor verdadero de las cosas o las personas. Pero así es nuestra especie, sólo puede juzgar por lo que ve, siente o escucha. Aunque eso no sea toda la verdad de nuestra existencia, porque se nos han dado otros sentidos y otras virtudes para poder ver más allá de la realidad.
"En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, se acercó un jefe de los judíos que se arrodilló ante él y le dijo:
«Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, impón tu mano sobre ella y vivirá».
El amor del padre le hizo ver que más allá de la que sus ojos le dijeran que su hija estaba muerta, había algo que lo hacía dirigirse a quien podía devolverle la vida.
Jesús no vio a una niña muerta, sino dormida.
Y eso nos sucede muchas veces, tenemos que tener la mirada de Dios para descubrir que, aunque nos parezca real lo que vemos, tenemos que mirar con ojos de esperanza y esperar lo imposible, aunque creamos que eso no llegue nunca.
Es cierto que los milagros de resurrección, como el de este evangelio, ya no son tan frecuentes, pero sí son frecuentes los de resucitar la fe y la bondad en los corazones endurecidos, de mostrar el camino para alcanzar la paz a un corazón maltratado, de dar esperanzas a un alma desesperada, y así, son muchos los milagros que se pueden ir haciendo cuando no nos dejamos vencer por lo que nuestros ojos nos hacen ver, sino que miramos desde el Corazón de Jesús, y donde no hay vida podemos devolver la vida.
La desesperación que nos prudece, muchas veces, creer que ya nada tiene sentido, que nuestras luchas y nuestros esfuerzos han caído en saco roto, no es propio de aquellos que creemos en Nuestro Señor Jesucristo, porque es Él quien tiene el Poder y la Gracia para hacer que la muerte sólo sea un sueño pasajero, y que lo que aprentaba estar muerto sea sólo un sueño que hay que despertar con una mano tendida hacia la Vida que Él nos da.
Hoy el Señor nos llama a tener esperanzas, que no todo lo que es negro es real, sino que todo depende con la mirada con que analizamos la vida y nuestra propia realidad.

domingo, 7 de julio de 2019

Mi sacrificio es un espíritu quebrantado

De los Sermones de san Agustín, obispo.

    Yo reconozco mi culpa, dice el salmista. Si yo la reconozco, dígnate tú perdonarla. No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y, al no poderse excusar a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás. No es así cómo nos enseña el salmo a orar y dar a Dios satisfacción, ya que dice:
    Pues yo reconozco mi culpa, tengo presente mi pecado.
    El que así ora no atiende a los pecados ajenos, sino que se examina a sí mismo, y no de manera superficial, como quien palpa, sino profundizando en su interior. No se perdona a sí mismo, y por esto precisamente puede atreverse a pedir perdón.
    ¿Quieres aplacar a Dios? Conoce lo que has de hacer contigo mismo para que Dios te sea propicio. Atiende a lo que dice el mismo salmo: Los sacrificios no te satisfacen, si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Por tanto, ¿es que has de prescindir del sacrificio? ¿Significa esto que podrás aplacar a Dios sin ninguna oblación? ¿Qué dice el salmo? Los sacrificios no te satisfacen, si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Pero continúa y verás que dice: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias. Dios rechaza los antiguos sacrificios, pero te enseña qué es lo que has de ofrecer. Nuestros padres ofrecían víctimas de sus rebaños, y éste era su sacrificio. Los sacrificios no te satisfacen, pero quieres otra clase de sacrificios.
    Si te ofreciera un holocausto -dice-, no lo querrías. Si no quieres, pues, holocaustos, ¿vas a quedar sin sacrificios? De ningún modo. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias. Éste es el sacrificio que has de ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo que hay que quebrantar. Y no temas perder el corazón al quebrantarlo, pues dice también el salmo: Oh Dios, crea en mí un corazón puro. Para que sea creado este corazón puro, hay que quebrantar antes el impuro.
    Sintamos disgusto de nosotros mismos cuando pecamos, ya que el pecado disgusta a Dios. Y, ya que no estamos libres de pecado, por lo menos asemejémonos a Dios en nuestro disgusto por lo que a él le disgusta. Así tu voluntad coincide en algo con la de Dios, en cuanto que te disgusta lo mismo que odia tu Hacedor.

sábado, 6 de julio de 2019

reconocer el mal

San Cirilo de Jerusalén
(Catequesis 1,2-3.5-6; PG 33,371.375-378)
Si hay aquí alguno que esté esclavizado por el pecado, que se disponga por la fe a la regeneración que nos hace hijos adoptivos y libres; y así, libertado de la pésima esclavitud del pecado y sometido a la dichosa esclavitud del Señor, será digno de poseer la herencia celestial. Despojaos, por la confesión de vuestros pecados, del hombre viejo, viciado por las concupiscencias engañosas, y vestíos del hombre nuevo que se va renovando según el conocimiento de su creador. Adquirid, mediante vuestra fe, las arras del Espíritu Santo, para que podáis ser recibidos en la mansión eterna. Acercaos a recibir el sello sacramental, para que podáis ser reconocidos favorablemente por aquel que es vuestro dueño. Agregaos al santo y racional rebaño de Cristo, para que un día, separados a su derecha, poseáis en herencia la vida que os está preparada.
Porque los que conserven adherida la aspereza del pecado, a manera de una piel velluda, serán colocados a la izquierda, por no haberse querido beneficiar de la gracia de Dios, que se obtiene por Cristo a través del baño de regeneración. Me refiero no a una regeneración corporal, sino al nuevo nacimiento del alma. Los cuerpos, en efecto, son engendrados por nuestros padres terrenos, pero las almas son regeneradas por la fe, porque el Espíritu sopla donde quiere. Y así entonces, si te has hecho digno de ello, podrás escuchar aquella voz: Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor, a saber, si tu conciencia es hallada limpia y sin falsedad.
Pues, si alguno de los aquí presentes tiene la pretensión de poner a prueba la gracia de Dios, se engaña a sí mismo e ignora la realidad de las cosas. Procura, oh hombre, tener un alma sincera y sin engaño, porque Dios penetra en el interior del hombre.
El tiempo presente es tiempo de reconocer nuestros pecados. Reconoce el mal que has hecho, de palabra o de obra, de día o de noche. Reconócelo ahora que es el tiempo propicio, y en el día de la salvación recibirás el tesoro celeste.
Limpia tu recipiente, para que sea capaz de una gracia más abundante, porque el perdón de los pecados se da a todos por igual, pero el don del Espíritu Santo se concede a proporción de la fe de cada uno. Si te esfuerzas poco, recibirás poco, si trabajas mucho, mucha será tu recompensa. Corres en provecho propio, mira, pues, tu conveniencia.
Si tienes algo contra alguien, perdónalo. Vienes para alcanzar el perdón de los pecados: es necesario que tú también perdones al que te ha ofendido.

viernes, 5 de julio de 2019

San Agustín
El más esclarecido ejemplar de la predestinación y de la gracia es el mismo Salvador del mundo, el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús; porque para llegar a serlo, ¿con qué méritos anteriores, ya de obras, ya de fe, pudo contar la naturaleza humana que en él reside? Yo ruego que se me responda a lo siguiente: aquella naturaleza humana que en unidad de persona fue asumida por el Verbo, coeterno del Padre, ¿cómo mereció llegar a ser Hijo unigénito de Dios? ¿Precedió algún mérito a esta unión? ¿Qué obró, qué creyó o qué exigió previamente para llegar a tan inefable y soberana dignidad? ¿No fue acaso por la virtud y asunción del mismo Verbo, por lo que aquella humanidad, en cuanto empezó a existir, empezó a ser Hijo único de Dios?
Manifiéstese, pues, ya a nosotros en el que es nuestra Cabeza, la fuente misma de la gracia, la cual se derrama por todos sus miembros según la medida de cada uno. Tal es la gracia, por la cual se hace cristiano el hombre desde el momento en que comienza a creer; la misma por la cual aquel Hombre, unido al Verbo desde el primer momento de su existencia, fue hecho Jesucristo; del mismo Espíritu Santo, de quien Cristo fue nacido, es ahora el hombre renacido; por el mismo Espíritu Santo, por quien verificó que la naturaleza humana de Cristo estuviera exenta de todo pecado, se nos concede a nosotros ahora la remisión de los pecados. Sin duda, Dios tuvo presciencia de que realizaría todas estas cosas. Porque en esto consiste la predestinación de los santos, que tan soberanamente resplandece en el Santo de los santos. ¿Quién podría negarla de cuantos entienden rectamente las palabras de la verdad? Pues el mismo Señor de la gloria, en cuanto que el Hijo de Dios se hizo hombre, sabemos que fue también predestinado.
Fue, por tanto, predestinado Jesús, para que, al llegar a ser hijo de David según la carne, fuese también, al mismo tiempo, Hijo de Dios según el Espíritu de santidad; pues nació del Espíritu Santo y de María Virgen. Tal fue aquella singular elevación del hombre, realizada de manera inefable por el Verbo divino, para que Jesucristo fuese llamado a la vez, verdadera y propiamente, Hijo de Dios e hijo del hombre; hijo del hombre, por la naturaleza humana asumida, e Hijo de Dios, porque el Verbo unigénito la asumió en sí; de otro modo no se creería en la trinidad, sino en una cuaternidad de personas.
Así fue predestinada aquella humana naturaleza a tan grandiosa, excelsa y sublime dignidad, más arriba de la cual no podría ya darse otra elevación mayor; de la misma manera que la divinidad no pudo descender ni humillarse más por nosotros, que tomando nuestra naturaleza con todas sus debilidades hasta la muerte de cruz. Por tanto, así como ha sido predestinado ese hombre singular para ser nuestra Cabeza, así también una gran muchedumbre hemos sido predestinados para ser sus miembros. Enmudezcan, pues, aquí las deudas contraídas por la humana naturaleza, pues ya perecieron en Adán, y reine por siempre esta gracia de Dios, que ya reina por medio de Jesucristo, Señor nuestro, único Hijo de Dios y único Señor. Y así, si no es posible encontrar en nuestra Cabeza mérito alguno que preceda a su singular generación, tampoco en nosotros, sus miembros, podrá encontrarse merecimiento alguno que preceda a tan multiplicada regeneración.

jueves, 4 de julio de 2019

Recién baitizado

San Jerónimo
Homilía a los recién bautizados, sobre el salmo 41
Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío. Como la cierva del salmo busca corrientes de agua, así también nuestros ciervos, que han salido de Egipto y del mundo, y han aniquilado en las aguas del bautismo al Faraón con todo su ejército, desde haber destruido el poder del diablo, buscan las fuentes de la Iglesia, que son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Que el Padre sea fuente, lo hallamos escrito en el libro de Jeremías: Me abandonaron a mí, fuente de agua viva y cavaron aljibes, aljibes agrietados, que no retienen el agua. Acerca del Hijo, leemos en otro lugar: Abandonaron la fuente de la sabiduría. Y del Espíritu Santo: El que bebe del agua que yo le daré, nacerá dentro de él un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna, palabras cuyo significado nos explica luego el evangelista, cuando nos dice que el Salvador se refería al Espíritu Santo. De todo lo cual se deduce con toda claridad que la triple fuente de la Iglesia es el misterio de la Trinidad.
Esta triple fuente es la que busca el alma del creyente, el alma del bautizado, y por eso dice: Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. No es un tenue deseo el que tiene de ver a Dios, sino que lo desea con un ardor parecido al de la sed. Antes de recibir el bautismo, se decían entre sí: ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Ahora ya han conseguido lo que deseaban: han llegado a la presencia de Dios y se han acercado al altar y tienen acceso al misterio de salvación.
Admitidos en el cuerpo de Cristo y renacidos en la fuente de vida, dicen confiadamente: Pasaré al lugar del tabernáculo admirable, hacia la casa de Dios. La casa de Dios es la Iglesia, ella es el tabernáculo admirable, porque en él resuenan los cantos de júbilo y alabanza, en el bullicio de la fiesta.
Decid, pues, los que acabáis de revestiros de Cristo y, siguiendo nuestras enseñanzas, habéis sido extraídos del mar de este mundo, como pececillos con el anzuelo: «En nosotros, ha sido cambiado el orden natural de las cosas. En efecto, los peces, al ser extraídos del mar, mueren; a nosotros, en cambio, los apóstoles nos sacaron del mar de este mundo para que pasáramos de muerte a vida. Mientras vivíamos sumergidos en el mundo, nuestros ojos estaban en el abismo y nuestra vida se arrastraba por el cieno, mas, desde el momento en que fuimos arrancados de las olas, hemos comenzado a ver el sol, hemos comenzado a contemplar la luz verdadera, y, por esto, llenos de alegría desbordante, le decimos a nuestra alma: Espera en Dios, que volverás a alabarlo: «Salud de mi rostro, Dios mío»».