jueves, 31 de julio de 2025

Es de Dios?

De los Hechos de san Ignacio recibidos de labios del mismo santo

Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado Vida de Cristo y otro que tenía por título Flos sanctorum, escritos en su lengua materna.
Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban. A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior.
Pero, entretanto, iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer. En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo:
«¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?»
Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión de pensamientos duró bastante tiempo.
Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre. Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios. Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia suya le ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus enseñaría luego a los suyos.

miércoles, 30 de julio de 2025

Con el rostro radiante

"Cuando Moisés bajó del monte Sinaí con las dos tablas de la alianza en la mano, no sabía que tenía radiante la piel de la cara, de haber hablado con el Señor. Pero Aarón y todos los israelitas vieron a Moisés con la piel de la cara radiante, y no se atrevieron a acercarse a él".
Cuando un encuentro con el Señor es muy personal nuestra vida cambia, no saldremos radiantes como Moisés, pero, seguramente, podremos ver el cambio en nosotros. Dialogar con el Señor en una oración personal y de corazón a corazón nos permite llenarnos de su Espíritu y renovar nuestras fuerzas, nuestra fe, nuestra esperanza, nuestro amor.
Claro que para ello tendremos que ir, día a día, profundizando en esa relación personal, sabiendo que no hablamos con una entidad espiritual sino que hablamos con una Persona real, Divina, pero real pues Jesús nos enseñó que hablamos con un Padre, y que nosotros creemos que es "todopoderoso, creador del cielo y de la tierra...", entonces no tenemos por qué pensar que no nos escucha, sino que al escucharnos Él quiere, también, hablarnos. Por eso necesitamos, siempre, hablar y escuchar, porque si sólo hablamos nunca escucharemos, y es escuchando como recibimos Su Gracia, Sus Dones y todo lo que necesitamos para poder discernir Su Voluntad.
Poder descubrir el poder de la oración es un camino que requiere paciencia y perseverancia, es el tesoro del que nos habla Jesús en las parábolas, pues es el lugar del Reino que nos pertenece y del cual somos parte:
«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra».
Encontrar ese tesoro o esa perla implica tener que vender mucho de lo que tenemos y de lo que no queremos desprendernos porque nos parece que nunca podremos encontrar lo que buscamos, pero si no lo intentamos nunca podremos saber si lo encontraremos, por eso el Señor nos pide despojarnos de todo lo que no nos deja llegar hasta Él, de todo lo que nos impide tener tiempo para estar con Él, pues si no dejamos tiempo para el diálogo con el Señor nunca podremos experimentar el gozo de haber conocido, verdaderamente, a Dios.

domingo, 27 de julio de 2025

Enséñanos a orar

"Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos»

Un Evangelio que siempre me ha llevado a pensar no sólo en la oración del Padre nuestro, sino en el por qué Jesús les enseña el Padre nuestro a los discípulos. La razón es sencilla: cuando los discípulos veían a Jesús rezar seguramente veían un cambio en Él, algo que les llamaba la atención, algo diferente de la manera de rezar de ellos, de la manera de rezar de los fariseos y doctores de la Ley, y, por eso pidieron: enséñanos a orar.
Y eso lo que siempre me ha llamado la atención y me ha hecho pensar: ¿los demás me ven a mí rezar como rezaba Jesús? ¿Soy también, sin querer compararme con Él, alguien que invita a los demás a rezar o a preguntarse el por qué no rezan? Porque, en realidad, nuestra vida cristiana, nuestra vida de oración es una vida que tendría que ser contagiosa no por lo que digamos sino por lo que se vea de nosotros.
Y ahí está mi pregunta: ¿por qué rezo? ¿Cómo rezo? ¿Para qué rezo? Porque, en realidad, todo depende de esas respuestas. ¿Rezo por costumbre? ¿Rezo sin saber lo que rezo? ¿Qué es lo que me lleva a rezar?
Y por otro lado saber que cuando rezo estoy hablando con Alguien, no estoy hablando con la pared, sino que estoy dialogando con las Personas Divina, o con María o con los santos, e, incluso conmigo mismo, porque en el silencio de la oración es el Espíritu quien me hace ver o quiere mostrarme lo que el Padre quiere de mí, lo que necesito, lo que me hace falta para seguir el camino de la santidad.
Claro es que debemos diferenciar las oraciones personales de las oraciones públicas, pero que, en verdad, las dos llevan el mismo fundamento: un encuentro personal o comunitario con las Personas Divinas. Es así como ya sea en lo reservado de mi casa o en el silencio de mi oración personal, y, cuanto más, en las oraciones comunitarias, sean Horas Santas, Misas o cualquier otra forma comunitaria debo expresar mi devoción, mi encuentro con el Señor, con María, con el Padre, con el Espíritu Santo.
Sobre todo, saber que al estar en comunidad soy testimonio de lo que estoy haciendo, por eso, al entrar en el Templo debo saber que entro en un ámbito sagrado, y mi forma de estar tiene que ser diferente al estar en el bar o en casa. El silencio de mi oración personal lo tengo que transmitir, también, en la oración comunitaria de mi parroquia o a la que vaya, porque ese será mi testimonio ante los demás, es, también, un apostolado.

sábado, 26 de julio de 2025

Por los frutos los conocereis

Sermón de San Juan Damasceno, presbítero y doctor de la Iglesia

Ya que estaba determinado que la Virgen Madre de Dios nacería de Ana, la naturaleza no se atrevió a adelantarse al germen de la gracia, sino que esperó a dar su fruto hasta que la gracia hubo dado el suyo. Convenía, en efecto, que naciese como primogénita aquella de la había de nacer el primogénito de toda la creación, en el cual todo se mantiene.
¡Oh bienaventurados esposos Joaquín y Ana! Toda la creación os está obligada, ya que por vosotros ofreció al Creador el más excelente de todos los dones, a saber, aquella madre casta, la única digna del Creador.
Alégrate, Ana, la estéril, que no dabas a luz, rompe a cantar de júbilo, la que no tenías dolores. Salta de gozo, Joaquín, porque de tu hija un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado, y será llamado: «Ángel del gran designio» de la salvación universal, «Dios guerrero». Este niño es Dios.
¡Oh bienaventurados esposos Joaquín y Ana, totalmente inmaculados! Sois conocidos por el fruto de vuestro vientre, tal como dice el Señor: Por sus frutos los conoceréis. Vosotros os esforzasteis en vivir siempre de una manera agradable a Dios y digna de aquella que tuvo en vosotros su origen. Con vuestra conducta casta y santa, ofrecisteis al mundo la joya de la virginidad, aquella que había de permanecer virgen antes del parto, en el parto y después del parto; aquella que, de un modo único y excepcional, cultivaría siempre la virginidad en su mente, en su alma y en su cuerpo.
¡Oh castísimos esposos Joaquín y Ana! Vosotros, guardando la castidad prescrita por la ley natural, conseguisteis, por la gracia de Dios, un fruto superior a la ley natural, ya que engendrasteis para el mundo a la que fue madre de Dios sin conocer varón. Vosotros, comportándoos en vuestras relaciones humanas de un modo piadoso y santo, engendrasteis una hija superior a los ángeles, que es ahora la reina de los ángeles. ¡Oh bellísima niña, sumamente amable! ¡Oh hija de Adán y madre de Dios! ¡Bienaventuradas las entrañas y el vientre de los que saliste! ¡Bienaventurados los brazos que te llevaron, los labios que tuvieron el privilegio de besarte castamente, es decir, únicamente los de tus padres, para que siempre y en todo guardaras intacta tu virginidad!
Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad. Alzad fuerte la voz, alzadla, no temáis.

viernes, 25 de julio de 2025

Partícipes de la Pasión de Cristo

De las homilías sobre el evangelio de San Mateo de San Juan Crisóstomo, obispo

Los hijos de Zebedeo apremian a Cristo, diciéndole: Ordena que se siente uno a tu derecha y el otro a tu izquierda. ¿Qué les responde el Señor? Para hacerles ver que lo que piden no tiene nada de espiritual y que, si hubieran sabido lo que pedían, nunca se hubieran atrevido a hacerlo, les dice: No sabéis lo que pedís, es decir: «No sabéis cuán grande, cuán admirable, cuán superior a los mismos coros celestiales es esto que pedís». Luego añade: ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar? Es como si les dijera: «Vosotros me habláis de honores y de coronas, pero yo os hablo de luchas y fatigas. Éste no es tiempo de premios, ni es ahora cuando se ha de manifestar mi gloria; la vida presente es tiempo de muertes, de guerra y de peligros».
Pero fijémonos cómo la manera de interrogar del Señor equivale a una exhortación y a un aliciente. No dice: «¿Podéis soportar la muerte? ¿Sois capaces de derramar vuestra sangre?», sino que sus palabras son: ¿Sois capaces de beber el cáliz? Y, para animarlos a ello, añade: Que yo he de beber; de este modo, la consideración de que se trata del mismo cáliz que ha de beber el Señor había de estimularlos a una respuesta más generosa. Y a su pasión le da el nombre de «bautismo», para significar, con ello, que sus sufrimientos habían de ser causa de una gran purificación para todo el mundo. Ellos responden: Lo somos. El fervor de su espíritu les hace dar esta respuesta espontánea, sin saber bien lo que prometen, pero con la esperanza de que de este modo alcanzarán lo que desean.
¿Qué les dice entonces el Señor? El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizarán con el bautismo con que yo me voy a bautizar. Grandes son los bienes que les anuncia, esto es: «Seréis dignos del martirio y sufriréis lo mismo que yo, vuestra vida acabará con una muerte violenta, y así seréis partícipes de mi pasión. Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mi concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre». Después que ha levantado sus ánimos y ha provocado su magnanimidad, después que los ha hecho capaces de superar el sufrimiento, entonces es cuando corrige su petición.
Los otros diez se indignaron contra los dos hermanos. Ya veis cuán imperfectos eran todos, tanto aquellos que pretendían una precedencia sobre los otros diez, como también los otros diez que envidiaban a sus dos colegas. Pero -como ya dije en otro lugar- si nos fijamos en su conducta posterior, observamos que están ya libres de esta clase de aspiraciones. El mismo Juan, uno de los protagonistas de este episodio, cede siempre el primer lugar a Pedro, tanto en la predicación como en la realización de los milagros, como leemos en los Hechos de los apóstoles. En cuanto a Santiago, no vivió por mucho tiempo; ya desde el principio se dejó llevar de su gran vehemencia y, dejando a un lado toda aspiración humana, obtuvo bien pronto la gloria inefable del martirio.

jueves, 24 de julio de 2025

Consagrados a la Cruz

De una antigua homilía del siglo IV

Los cristianos perfectos, considerados dignos de escalar los últimos peldaños de la perfección y de convertirse en familiares del rey, han sido consagrados de por vida a la cruz de Cristo. Y así como en tiempos de los profetas la unción era un rito enormemente apreciado, ordenado a consagrar los reyes y los profetas, así también ahora los espirituales, ungidos con la unción celeste, se convierten en cristianos por la gracia, para que también ellos sean los reyes y los profetas de los misterios celestiales. Estos son precisamente los hijos, los señores, los dioses, los vencidos, los cautivos, los desgraciados, los crucificados y consagrados.
Pues si la unción hecha con óleo extraído de una planta concreta y de un árbol visible tenía tal virtud que, los ungidos con él, recibían una dignidad irrecusable -estaba, en efecto, establecido que así fueran constituidos los mismos reyes-, y si el mismo David, apenas ungido con este óleo, fue objeto inmediato de persecuciones y sufrimientos, y siete años más tarde comenzó a reinar: ¿cuánto más quienes han sido ungidos, según la mente y el hombre interior, con el óleo espiritual y celeste, aceite de santificación y de júbilo, recibirán el sello de aquel rey incorruptible y las arras de la eterna fortaleza, esto es, del Espíritu Santo y defensor?
Estos, ungidos con el ungüento extraído del árbol de la vida de Jesucristo y de la planta celestial, son considerados idóneos para alcanzar la cima de la perfección, me refiero a la cima del reino y de la adopción, como secretarios que son del reino celestial y, gozando de la confianza del Omnipotente, entran en su palacio, donde están los ángeles y los espíritus de los santos, y los que todavía viven en este mundo. Pues si bien todavía no poseen en plenitud la heredad que les está preparada en el siglo futuro, sin embargo y en función de las arras que ya han recibido, están segurísimos, cual si ya hubieran sido coronados y poseyeran las llaves del reino; ni siquiera se asombran, como de una cosa insólita y nueva, de ser invitados a reinar con Cristo, ¡tanta es la confianza que les insufla el Espíritu! ¿Por qué? Pues porque, cuando aún vivían en la carne, estaban ya poseídos por aquella suavidad y dulzura, por aquella eficacia que es propia del Espíritu.
Así que a los cristianos llamados a reinar en el siglo futuro, nada nuevo o inesperado puede ocurrirles, ya que previamente han conocido los misterios de la gracia: en efecto, debido a que el hombre traspasó los límites del mandato, el diablo cubrió toda el alma con su caliginoso velo; pero intervino después la gracia, que apartó totalmente aquel velo, de suerte que el alma, restituida a la pureza original y al estado de su propia naturaleza, es decir, de naturaleza pura e irreprensible, pudiera contemplar perpetua, puramente y con ojos incontaminados la gloria de la verdadera luz, el verdadero Sol de justicia, resplandeciente con un especial esplendor en lo más íntimo del corazón.
Pues así como en la consumación del firmamento, destinado a perecer, los justos situados ya en el reino, vivirán de la luz y de la gloria, contemplando únicamente de qué forma Cristo está eternamente glorioso sentado a la derecha del Padre, del mismo modo, los que son arrancados de este mundo y llevados cautivos a la morada eterna contemplan cuanto allí hay de hermoso y digno de admiración. Y nosotros, que todavía permanecemos en la tierra, somos ciudadanos del cielo, viviendo en el siglo futuro y morando allí según la mente y el hombre interior.

miércoles, 23 de julio de 2025

Elevar la mente a Jesús

De las oraciones atribuidas a santa Brígida

Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que anunciaste por adelantado tu muerte y, en la última cena, consagraste el pan material, convirtiéndolo en tu cuerpo glorioso, y por tu amor lo diste a los apóstoles como memorial de tu dignísima pasión, y les lavaste los pies con tus santas manos preciosas, mostrando así humildemente tu máxima humildad.
Honor a ti, mi Señor Jesucristo, porque el temor de la pasión y la muerte hizo que tu cuerpo inocente sudara sangre, sin que ello fuera obstáculo para llevar a término tu designio de redimirnos, mostrando así de manera bien clara tu caridad para con el género humano.
Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que fuiste llevado ante Caifás, y tú, que eres el juez de todos, permitiste humildemente ser entregado a Pilato para ser juzgado por él.
Gloria a ti, mi Señor Jesucristo, por las burlas que soportaste cuando fuiste revestido de púrpura y coronado con punzantes espinas, y aguantaste con una paciencia inagotable que fuera escupida tu faz gloriosa, que te taparan los ojos y que unas manos brutales golpearan sin piedad tu mejilla y tu cuello.
Alabanza a ti, mi Señor Jesucristo, que te dejaste ligar a la columna para ser cruelmente flagelado, que permitiste que te llevaran ante el tribunal de Pilato cubierto de sangre, apareciendo a la vista de todos como el Cordero inocente.
Honor a ti, mi Señor Jesucristo, que, con todo tu glorioso cuerpo ensangrentado, fuiste condenado a muerte de cruz, cargaste sobre tus sagrados hombros el madero, fuiste llevado inhumanamente al lugar del suplicio despojado de tus vestiduras, y así quisiste ser clavado en la cruz.
Honor para siempre a ti, mi Señor Jesucristo, que en medio de tales angustias, te dignaste mirar con amor a tu dignísima madre, que nunca pecó ni consintió jamás la más leve falta; y, para consolarla, la confiaste a tu discípulo para que cuidara de ella con toda fidelidad.
Bendito seas por siempre, mi Señor Jesucristo, que cuando estabas agonizando, diste a todos los pecadores la esperanza del perdón, al prometer misericordiosamente la gloria del paraíso al ladrón arrepentido.
Alabanza eterna a ti, mi Señor Jesucristo, por todos y cada uno de los momentos que, en la cruz, sufriste las mayores amarguras y angustias por nosotros, pecadores; porque los dolores agudísimos procedentes de tus heridas penetraban intensamente en tu alma bienaventurada y atravesaban cruelmente tu corazón sagrado, hasta que dejó de latir y exhalaste el espíritu e, inclinando la cabeza, lo encomendaste humildemente a Dios, tu Padre, quedando tu cuerpo invadido por la rigidez de la muerte.
Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que con tu sangre preciosa y tu muerte sagrada redimiste las almas y, por tu misericordia, las llevaste del destierro a la vida eterna.
Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que, por nuestra salvación, permitiste que tu costado y tu corazón fueran atravesados por la lanza y, para redimirnos, hiciste que de él brotara con abundancia tu sangre preciosa mezclada con agua.
Gloria a ti, mi Señor Jesucristo, porque quisiste que tu cuerpo bendito fuera bajado de la cruz por tus amigos y reclinado en los brazos de tu afligidísima madre, que ella lo envolviera en lienzos y fuera enterrado en el sepulcro, permitiendo que unos soldados montaran guardia.
Honor por siempre a ti, mi Señor Jesucristo, que enviaste el Espíritu Santo a los corazones de los discípulos y aumentaste en sus almas el inmenso amor divino.
Bendito seas tú, glorificado y alabado por los siglos, Señor Jesús, que estás sentado sobre el trono en tu reino de los cielos, en la gloria de tu divinidad, viviendo corporalmente con todos tus miembros santísimos, que tomaste de la carne de la Virgen. Y así has de venir el día del juicio a juzgar a las almas de todos los vivos y los muertos: tú que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

martes, 22 de julio de 2025

A Él lo buscaba

Homilía de San Gregorio Magno, Papa

María Magdalena, cuando llegó al sepulcro y no encontró allí el cuerpo del Señor, creyó que alguien se lo había llevado y así lo comunicó a los discípulos. Ellos fueron también al sepulcro, miraron dentro y creyeron que era tal como aquella mujer les había dicho. Y dice el evangelio acerca de ellos; Los discípulos se volvieron a su casa. Y añade, a continuación: Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando.
Lo que hay que considerar en estos hechos es la intensidad del amor que ardía en el corazón de aquella mujer, que no se apartaba del sepulcro, aunque los discípulos se habían marchado de allí. Buscaba al que no había hallado, lo buscaba llorando y, encendida en el fuego de su amor, ardía en deseos de aquel a quien pensaba que se lo habían llevado. Por esto, ella fue la única en verlo entonces, porque se había quedado buscándolo, pues lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en ellas, tal como afirma la voz de aquel que es la Verdad en persona: El que persevere hasta el final se salvará.
Primero lo buscó, sin encontrarlo; perseveró luego en la búsqueda, y así fue como lo encontró; con la dilación, iba aumentando su deseo, y este deseo aumentado le valió hallar lo que buscaba. Los santos deseos, en efecto, aumentan con la dilación. Si la dilación los enfría, es porque no son o no eran verdaderos deseos. Todo aquel que ha sido capaz de llegar a la verdad es porque ha sentido la fuerza de este amor. Por esto dice David: Mi alma tiene sed de Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Idénticos sentimientos expresa la Iglesia cuando dice, en el Cantar de los cantares: Estoy enferma de amor; y también: Mi alma se derrite.
Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas? Se le pregunta la causa de su dolor con la finalidad de aumentar su deseo, ya que, al recordarle a quién busca, se enciende con más fuerza el fuego de su amor.
Jesús le dice: «¡María!» Después de haberla llamado con el nombre genérico de «mujer», sin haber sido reconocido, la llama ahora por su nombre propio. Es como si le dijera:
«Reconoce a aquel que te reconoce a ti. Yo te conozco, no de un modo genérico, como a los demás, sino en especial».
María, al sentirse llamada por su nombre, reconoce al que lo ha pronunciado, y, al momento, lo llama: «Rabboni», es decir: «Maestro», ya que el mismo a quien ella buscaba exteriormente era el que interiormente la instruía para que lo buscase.

domingo, 20 de julio de 2025

No pierdas la oportunidad

 Pero el Señor le contestó:
«Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; sólo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».

A veces no nos damos cuenta a quién tenemos delante nuestro, o con quienes hemos quedado para tomar un café o una caña, o a quien tenemos sentado a nuestra mesa, y, sobre todo, no nos damos cuenta de que Jesús está delante nuestro en el Sagrario.
No es que Jesús no quisiera que María ayudara en las tareas de la casa, pero es que, a veces, no nos damos cuenta de que nos esforzamos tanto por ciertas tareas que dejamos de lado estar con quien vino a vernos, o estamos vigilando el móvil, o mirando la TV, o haciendo cualquier otra cosa menos estar escuchando la conversación o estar junto a quien quiero o a quien ha venido a vernos.
Me preocupa o molesta cuando la gente viene a misa y en lugar de ponerse a rezar o a hablar con Jesús que está en el Sagrario se ponen a cotillear o hablar con los que están delante o detrás o al lado en el banco. ¿A qué has venido al Templo? ¿No hay tiempo fuera del Templo para hablar con las personas que te pones a hablar cuando tienes que aprovechar el silencio?
A eso se refiere Jesús: aprovechar el tiempo con las personas en el lugar que corresponde. Si estás en una iglesia reza, si estás en el bar habla con el que tienes a tu lado y no con el móvil, si estás en tu casa comiendo o cenando habla con tu familia y no con la TV o el móvil. Aprovecha el tiempo que tienes para estar con los que quieres porque ese tiempo es para eso, y si no lo aprovechas en ese momento ese momento no volverá y, quizás, te habrás perdido lo mejor de ese momento.
Es que vivimos en una época donde pareciera que no nos importa a quién tenemos a nuestro lado, o no nos importa qué es lo que otros están haciendo. Cada uno vamos a nuestro ritmo y según nuestro interés y poco respeto tenemos a los demás. No es que les faltemos el respeto, o quizás sí, cuando no estamos atentos a quien está a mi lado, ya sea una persona humana o una Divina, es decir si nos hemos reunido para hablar ¡apaga el móvil!, si vienes a rezar ¡cierra la boca!, si estás comiendo o cenando ¡apaga la TV o el móvil!
Siempre tendrás tiempo para hacer otra cosa, pero no siempre tendrás ese tiempo para estar con el Señor o quien las personas que quieres o amas, ¡aprovéchalo! Tomando como ejemplo lo que dijo Jesús a Judas: “a los pobres los tendréis siempre a mí no”.

sábado, 19 de julio de 2025

El Amigo de los hombres

San Proclo de Constantinopla sobre la Natividad del Señor

Alégrense los cielos, y las nubes destilen la justicia, porque el Señor se ha apiadado de su pueblo. Alégrense los cielos, porque, al ser creados en el principio, también Adán fue formado de la tierra virgen por el Creador, mostrándose como amigo y familiar de Dios. Alégrense los cielos, porque ahora, de acuerdo con el plan divino, la tierra ha sido santificada por la encarnación de nuestro Señor, y el género humano ha sido liberado del culto idolátrico. Las nubes destilen la justicia, porque hoy el antiguo extravío de Eva ha sido reparado y destruido por la pureza de la Virgen María y por el que de ella ha nacido, Dios y hombre juntamente. Hoy el hombre, cancelada la antigua condena, ha sido liberado de la horrenda noche que sobre él pesaba.
Cristo ha nacido de la Virgen, ya que de ella ha tomado carne, según la libre disposición del plan divino: La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros; por esto, la Virgen ha venido a ser madre de Dios. Y es virgen y madre al mismo tiempo, porque ha dado a luz a la Palabra encarnada, sin concurso de varón; y, así, ha conservado su virginidad por la acción milagrosa de aquel que de este modo quiso nacer. Ella es madre, con toda verdad, de la naturaleza humana de aquel que es la Palabra divina, ya que en ella se encarnó, de ella salió a la luz del mundo, identificado con nuestra naturaleza, según su sabiduría y voluntad, con las que obra semejantes prodigios. De ellos según la carne, nació el Mesías, como dice san Pablo.
En efecto, él fue, es y será siempre el mismo; mas por nosotros se hizo hombre; el Amigo de los hombres se hizo hombre, sin sufrir por eso menoscabo alguno en su divinidad. Por mí se hizo semejante a mí, se hizo lo que no era, aunque conservando lo que era. Finalmente, se hizo hombre, para cargar sobre sí el castigo por nosotros merecido y hacernos, de esta manera, capaces de la adopción filial y otorgarnos aquel reino, del cual pedimos que nos haga dignos la gracia y misericordia del Señor Jesucristo, al cual, junto con el Padre y el Espíritu Santo, pertenece la gloria, el honor y el poder, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

viernes, 18 de julio de 2025

Reconce el mal que ha hecho

De las catequesis de San Cirilo de Jerusalén, obispo

Si hay aquí alguno que esté esclavizado por el pecado, que se disponga por la fe a la regeneración que nos hace hijos adoptivos y libres; y así, libertado de la pésima esclavitud del pecado y sometido a la dichosa esclavitud del Señor, será digno de poseer la herencia celestial. Despojaos, por la confesión de vuestros pecados, del hombre viejo, viciado por las concupiscencias engañosas, y vestíos del hombre nuevo que se va renovando según el conocimiento de su creador. Adquirid, mediante vuestra fe, las arras del Espíritu Santo, para que podáis ser recibidos en la mansión eterna. Acercaos a recibir el sello sacramental, para que podáis ser reconocidos favorablemente por aquel que es vuestro dueño. Agregaos al santo y racional rebaño de Cristo, para que un día, separados a su derecha, poseáis en herencia la vida que os está preparada.
Porque los que conserven adherida la aspereza del pecado, a manera de una piel velluda, serán colocados a la izquierda, por no haberse querido beneficiar de la gracia de Dios, que se obtiene por Cristo a través del baño de regeneración. Me refiero no a una regeneración corporal, sino al nuevo nacimiento del alma. Los cuerpos, en efecto, son engendrados por nuestros padres terrenos, pero las almas son regeneradas por la fe, porque el Espíritu sopla donde quiere. Y así entonces, si te has hecho digno de ello, podrás escuchar aquella voz: Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor, a saber, si tu conciencia es hallada limpia y sin falsedad.
Pues, si alguno de los aquí presentes tiene la pretensión de poner a prueba la gracia de Dios, se engaña a sí mismo e ignora la realidad de las cosas. Procura, oh hombre, tener un alma sincera y sin engaño, porque Dios penetra en el interior del hombre.
El tiempo presente es tiempo de reconocer nuestros pecados. Reconoce el mal que has hecho, de palabra o de obra, de día o de noche. Reconócelo ahora que es el tiempo propicio, y en el día de la salvación recibirás el tesoro celeste.
Limpia tu recipiente, para que sea capaz de una gracia más abundante, porque el perdón de los pecados se da a todos por igual, pero el don del Espíritu Santo se concede a proporción de la fe de cada uno. Si te esfuerzas poco, recibirás poco, si trabajas mucho, mucha será tu recompensa. Corres en provecho propio, mira, pues, tu conveniencia.
Si tienes algo contra alguien, perdónalo. Vienes para alcanzar el perdón de los pecados: es necesario que tú también perdones al que te ha ofendido.

jueves, 17 de julio de 2025

Descendiente de David

Libro sobre la predestinación de los elegidos de San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia

El más esclarecido ejemplar de la predestinación y de la gracia es el mismo Salvador del mundo, el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús; porque para llegar a serlo, ¿con qué méritos anteriores, ya de obras, ya de fe, pudo contar la naturaleza humana que en él reside? Yo ruego que se me responda a lo siguiente: aquella naturaleza humana que en unidad de persona fue asumida por el Verbo, coeterno del Padre, ¿cómo mereció llegar a ser Hijo unigénito de Dios? ¿Precedió algún mérito a esta unión? ¿Qué obró, qué creyó o qué exigió previamente para llegar a tan inefable y soberana dignidad? ¿No fue acaso por la virtud y asunción del mismo Verbo, por lo que aquella humanidad, en cuanto empezó a existir, empezó a ser Hijo único de Dios?
Manifiéstese, pues, ya a nosotros en el que es nuestra Cabeza, la fuente misma de la gracia, la cual se derrama por todos sus miembros según la medida de cada uno. Tal es la gracia, por la cual se hace cristiano el hombre desde el momento en que comienza a creer; la misma por la cual aquel Hombre, unido al Verbo desde el primer momento de su existencia, fue hecho Jesucristo; del mismo Espíritu Santo, de quien Cristo fue nacido, es ahora el hombre renacido; por el mismo Espíritu Santo, por quien verificó que la naturaleza humana de Cristo estuviera exenta de todo pecado, se nos concede a nosotros ahora la remisión de los pecados. Sin duda, Dios tuvo presciencia de que realizaría todas estas cosas. Porque en esto consiste la predestinación de los santos, que tan soberanamente resplandece en el Santo de los santos. ¿Quién podría negarla de cuantos entienden rectamente las palabras de la verdad? Pues el mismo Señor de la gloria, en cuanto que el Hijo de Dios se hizo hombre, sabemos que fue también predestinado.
Fue, por tanto, predestinado Jesús, para que, al llegar a ser hijo de David según la carne, fuese también, al mismo tiempo, Hijo de Dios según el Espíritu de santidad; pues nació del Espíritu Santo y de María Virgen. Tal fue aquella singular elevación del hombre, realizada de manera inefable por el Verbo divino, para que Jesucristo fuese llamado a la vez, verdadera y propiamente, Hijo de Dios e hijo del hombre; hijo del hombre, por la naturaleza humana asumida, e Hijo de Dios, porque el Verbo unigénito la asumió en sí; de otro modo no se creería en la trinidad, sino en una cuaternidad de personas.
Así fue predestinada aquella humana naturaleza a tan grandiosa, excelsa y sublime dignidad, más arriba de la cual no podría ya darse otra elevación mayor; de la misma manera que la divinidad no pudo descender ni humillarse más por nosotros, que tomando nuestra naturaleza con todas sus debilidades hasta la muerte de cruz. Por tanto, así como ha sido predestinado ese hombre singular para ser nuestra Cabeza, así también una gran muchedumbre hemos sido predestinados para ser sus miembros. Enmudezcan, pues, aquí las deudas contraídas por la humana naturaleza, pues ya perecieron en Adán, y reine por siempre esta gracia de Dios, que ya reina por medio de Jesucristo, Señor nuestro, único Hijo de Dios y único Señor. Y así, si no es posible encontrar en nuestra Cabeza mérito alguno que preceda a su singular generación, tampoco en nosotros, sus miembros, podrá encontrarse merecimiento alguno que preceda a tan multiplicada regeneración.

miércoles, 16 de julio de 2025

María concibió en espíritu

Sermón de San León Magno, papa y doctor de la Iglesia

Dios elige a una virgen de la descendencia real de David; y esta virgen, destinada a llevar en su seno el fruto de una sagrada fecundación, antes de concebir corporalmente a su prole, divina y humana a la vez, la concibió en su espíritu. Y, para que no se espantara, ignorando los designios divinos, al observar en su cuerpo unos cambios inesperados, conoce, por la conversación con el ángel, lo que el Espíritu Santo ha de operar en ella. Y la que ha de ser Madre de Dios confía en que su virginidad ha de permanecer sin detrimento. ¿Por qué había de dudar de este nuevo género de concepción, si se le promete que el Altísimo pondrá en juego su poder? Su fe y su confianza quedan, además, confirmadas cuando el ángel le da una prueba de la eficacia maravillosa de este poder divino, haciéndole saber que Isabel ha obtenido también una inesperada fecundidad: el que es capaz de hacer concebir a una mujer estéril puede hacer lo mismo con una mujer virgen.
Así, pues, el Verbo de Dios, que es Dios, el Hijo de Dios, que en el principio estaba junto a Dios, por medio del cual se hizo todo, y sin el cual no se hizo nada, se hace hombre para librar al hombre de la muerte eterna; se abaja hasta asumir nuestra pequeñez, sin menguar por ello su majestad, de tal modo que, permaneciendo lo que era y asumiendo lo que no era, une la auténtica condición de esclavo a su condición divina, por la que es igual al Padre; la unión que establece entre ambas naturalezas es tan admirable, que ni la gloria de la divinidad absorbe la humanidad, ni la humanidad disminuye en nada la divinidad.
Quedando, pues, a salvo el carácter propio de cada una de las naturalezas, y unidas ambas en una sola persona, la majestad asume la humildad, el poder la debilidad, la eternidad la mortalidad; y, para saldar la deuda contraída por nuestra condición pecadora, la naturaleza invulnerable se une a la naturaleza pasible, Dios verdadero y hombre verdadero se conjugan armoniosamente en la única persona del Señor; de este modo, tal como convenía para nuestro remedio, el único y mismo mediador entre Dios y los hombres pudo a la vez morir y resucitar, por la conjunción en él de esta doble condición. Con razón, pues, este nacimiento salvador había de dejar intacta la virginidad de la madre, ya que fue a la vez salvaguarda del pudor y alumbramiento de la verdad.
Tal era, amadísimos, la clase de nacimiento que convenía a Cristo, fuerza y sabiduría de Dios; con él se mostró igual a nosotros por su humanidad, superior a nosotros por su divinidad. Si no hubiera sido Dios verdadero, no hubiera podido remediar nuestra situación; si no hubiera sido hombre verdadero, no hubiera podido darnos ejemplo.
Por eso, al nacer el Señor, los ángeles cantan llenos de gozo: Gloria a Dios en el cielo, y proclaman: y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Ellos ven, en efecto, que la Jerusalén celestial se va edificando por medio de todas las naciones del orbe. ¿Cómo, pues, no habría de alegrarse la pequeñez humana ante esta obra inenarrable de la misericordia divina, cuando incluso los coros sublimes de los ángeles encontraban en ella un gozo tan intenso?

martes, 15 de julio de 2025

Que no nos recrimine

"En aquel tiempo, se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho la mayor parte de sus milagros, porque no se habían convertido:
«¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza".
Muchas veces no tenemos en cuenta todo lo que Dios ha hecho por nosotros, y por eso mismo seguimos, como en aquél tiempo, pidiendo signos y milagros. No nos damos cuenta de cuánto nos falta por crecer y, sobre todo, cuánto nos falta por pedir perdón. Nos creemos tan buenos y tan santos que sólo sabemos pedir, y no somos conscientes de lo que nos falta por convertir en nuestras vidas.
El pecado del mundo que es la vanidad, el egoísmo y la soberbia se van metiendo en nuestras vidas sin darnos cuenta, y así es que nos vamos convirtiendo no en lo que Dios quiere sino en lo que el mundo nos hace creer. Así surgen las divisiones, las desuniones, las peleas, las discordias... y poco a poco se va enfriando el amor fraterno. Un amor fraterno que tendría que ser el centro de toda comunidad: familia, trabajo, colegio, etc., se vuelve cada vez menos evidente para llegar a desaparecer por querer ser, cada uno, alguien importante y el mejor de todos.
Que no es malo crecer y mejorar, pero sin pasar por encima de los demás, sin pensarnos que los demás son peores o mediocres, sino que debemos ayudar a los demás a crecer, a mejorar, a convertir sus corazones según la Voluntad de Dios.
A veces nos creemos tan mejores que nos hacemos altares para nosotros mismos para que los demás vean cuán buenos somos, y desde ahí nos disponemos a juzgar y criticar a los demás, sin tener en cuenta por qué estamos y para qué el Señor nos ha dado los dones que tenemos, sabiendo que nada de lo que tenemos nos pertenece sino que nos ha sido dado para, no sólo mejorar nuestra vida, sino para ayudar a mejor el lugar en el que estamos puestos por el Señor.
Los milagros que el Señor ha hecho por nosotros son los milagros que debemos hacer por los demás, nada es nuestro porque nada nos llevaremos en el viaje final, sino que sólo nos llevaremos lo que hemos dado con amor a los demás.

domingo, 13 de julio de 2025

Anda y haz tú lo mismo

Él dijo: «El que practicó la misericordia con él».
Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo».

A veces no nos hace falta leer un texto completo del Evangelio para saber qué es lo que estaba hablando Jesús. En este caso las palabras nos llevan a la Parábola del Buen Samaritano. Una parábola que no nos deja, a ninguno, sin hacernos muchas preguntas sobre el amor al prójimo, y, si de verdad, tenemos en cuenta a nuestro prójimo.
Los fariseos por querer ocultar sus intenciones, en las preguntas que le hacían a Jesús para querer condenarlo, revelan una cierta ignorancia sobre los mandamientos y los preceptos que tenían que cumplir de acuerdo con la Ley de Moisés. Pero Jesús nunca se dejó engañar por sus intenciones, es más, gracias a esas intenciones nos ha dejado mensajes hermosos y difíciles de llevar a la vida cotidiana.
Claro que, a veces, hacemos como los fariseos y nos quedamos con la letra de la Ley o de las parábolas de Jesús, en este caso diríamos: nunca me he encontrado a un hombre malherido en el camino, por eso no he tenido que ayudar a nadie. Y nos olvidamos de las demás parábolas y exhortaciones de Jesús que tienen que unirse a esta parábola, como por ejemplo aquella acerca del Juicio final: “Venid a mí benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber… Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber? … En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.
A lo que le tenemos que sumar lo que Lucas rescata de las palabras de Jesús: Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo.
Así podremos llegar a alcanzar el Reino de los Cielos, pero, sobre todo, podremos llevar a cabo ese Reino de los Cielos aquí en la tierra, que es lo que pedimos cuando nos hacemos eco de la oración de Jesús: “venga a nosotros tu Reino”, y ¿quién construye el Reino de los Cielos en la tierra? Todos aquellos a quienes el Señor llamó y consagró con su Espíritu el día del bautismo, por eso nos hizo sacerdotes, profetas y reyes, para que, como Él pudiéramos continuar la obra de la Salvación.

sábado, 12 de julio de 2025

Debemos meditar la Palabra

De las homilías sobre el libro del profeta Ezequiel de San Gregorio Magno, papa

Os lo ruego, carísimos hermanos, aplicaos a meditar las palabras de Dios, no despreciéis los escritos de nuestro Creador, que nos han sido enviados. Es increíble lo que a su contacto el alma se recalienta para no enervarse en el frío de su iniquidad.
Por la Escritura nos enteramos de que los justos que nos han precedido actuaron con fortaleza, y nosotros mismos nos disponemos a emprender valerosamente el camino del bien obrar, y el ánimo del lector se enciende con la llama del ejemplo de los santos.
Por ejemplo:
¿Que nos apresuramos a ponernos al resguardo de la humildad a fin de mantener la inocencia, aun ofendidos por el prójimo? Acordémonos de Abel, de quien está escrito que fue muerto a manos de su hermano, pero de quien no se lee que opusiera resistencia.
¿Que estamos decididos a anteponer los preceptos de Dios a nuestros intereses presentes? Pongamos a Noé ante nuestros ojos, quien, posponiendo el cuidado de la propia familia, por mandato del Señor todopoderoso, vivió por espacio de cien años ocupado en la construcción del arca.
¿Que nos esforzamos por someternos al yugo de la obediencia? Mirémonos en el ejemplo de Abrahán, quien, dejando casa, parentela y patria, obedeció a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin saber a dónde iba. Y estuvo dispuesto a sacrificar -en aras de la herencia eterna- a su querido heredero, el que Dios le había dado. Y por no haber dudado en ofrecer al Señor su único hijo, recibió en herencia la universalidad de los pueblos.
¿Que deseamos abrirnos de par en par a la benevolencia, deponiendo cualquier sentimiento de enemistad? Traigamos a la memoria a Samuel, quien, dimitido por el pueblo de su cargo de juez, cuando ese mismo pueblo le pidió que rezara al Señor por él, respondió con estas palabras: Líbreme Dios de pecar contra el Señor dejando de rezar por vosotros. El santo varón creyó cometer un pecado si, mediante la oración, no hubiera devuelto la benignidad de la gracia a aquellos a quienes tuvo que soportar como adversarios, hasta arrojarle de su cargo. El mismo Samuel, mandado por Dios en otra ocasión a que ungiera a David como rey, respondió: ¿Cómo voy a ir? Si se entera Saúl, me mata. Y sin embargo, sabiendo que Dios estaba enfadado con Saúl, prorrumpió en un llanto tan amargo, que el mismo Señor en persona hubo de decirle: ¿Hasta cuándo vas a estar lamentándote por Saúl, si yo lo he rechazado? Pensemos cuál no sería el ardor de caridad que inflamaba su alma, que lloraba por aquel de quien temía que le quitara la vida.
¿Queremos, pues, guardarnos de quien tememos? Debemos seriamente pensar en no devolver mal por mal, si se presentara la ocasión, a aquel de quien huimos. Acordémonos de David, que teniendo en sus manos al rey que le perseguía, de modo que hubiera podido eliminarlo, puesto, sin embargo, en la disyuntiva de matarlo o no, escogió el bien que su conciencia le dictaba y no el mal que Saúl se merecía, diciendo: ¡Dios me libre de atentar contra el ungido del Señor! Y cuando después el mismo Saúl fue muerto por sus enemigos, lloró la muerte de aquel de quien, vivo, lo había perseguido.
¿Estamos decididos a hablar con entera libertad a los poderosos de este mundo cuando se desvían? Traigamos a la memoria la autoridad de Juan, quien, al echar en cara a Herodes su innoble proceder, no temió la muerte por defender la verdad. Y como quiera que Cristo es la verdad, al dar la vida por la verdad, dio realmente la vida por Cristo.

jueves, 10 de julio de 2025

La esperanza de ver a Dios

De las homilías de San Gregorio de Nisa, obispo y confesor

La promesa de Dios es ciertamente tan grande que supera toda felicidad imaginable. ¿Quién, en efecto, podrá desear un bien superior, si en la visión de Dios lo tiene todo? Porque, según el modo de hablar de la Escritura, significa lo mismo que poseer; y así, en aquello que nos dice: Que veas la prosperidad de Jerusalén, la palabra «ver» equivale a tener. Y en aquello otro: Que sea arrojado el impío, para que no vea la grandeza del Señor, por «no ver» se entiende no tener parte en esta grandeza.
Por lo tanto, el que ve a Dios alcanza por esta visión los bienes posibles: la vida sin fin, la incorruptibilidad eterna, la felicidad imperecedera, el reino sin fin, la alegría ininterrumpida, la verdadera luz, el sonido espiritual y dulce, la gloria inaccesible, el júbilo perpetuo y, en resumen, todo bien.
Tal y tan grande es, en efecto, la felicidad prometida que nosotros esperamos; pero, como antes hemos demostrado, la condición para ver a Dios es un corazón puro, y, ante esta consideración, de nuevo mi mente se siente arrebatada y turbada por una especie de vértigo, por la duda de si esta pureza de corazón es de aquellas cosas imposibles y que superan y exceden nuestra naturaleza. Pues, si esta pureza de corazón es el medio para ver a Dios, y si Moisés y Pablo no lo vieron, porque, como afirman, Dios no puede ser visto por ellos ni por cualquier otro, esta condición que nos propone ahora la Palabra para alcanzar la felicidad nos parece una cosa irrealizable.
¿De qué nos sirve conocer el modo de ver a Dios, si nuestras fuerzas no alcanzan a ello? Es lo mismo que si uno afirmara que en el cielo se vive feliz, porque allí es posible ver lo que no se puede ver en este mundo. Porque, si se nos mostrase alguna manera de llegar al cielo, sería útil haber aprendido que la felicidad está en el cielo. Pero, si nos es imposible subir allí, ¿de qué nos sirve conocer la felicidad del cielo sino solamente para estar angustiados y tristes, sabiendo de qué bienes estamos privados y la imposibilidad de alcanzarlos? ¿Es que Dios nos invita a una felicidad que excede nuestra naturaleza y nos manda algo que, por su magnitud, supera las fuerzas humanas?
No es así. Porque Dios no creó a los volátiles sin alas, ni mandó vivir bajo el agua a los animales dotados para la vida en tierra firme. Por tanto, si en todas las cosas existe una ley acomodada a su naturaleza, y Dios no obliga a nada que esté por encima de la propia naturaleza, de ello deducimos, por lógica conveniencia, que no hay que desesperar de alcanzar la felicidad que se nos propone, y que Juan y Pablo y Moisés, y otros como ellos, no se vieron privados de esta sublime felicidad, resultante de la visión de Dios; pues, ciertamente, no se vieron privados de esta felicidad ni aquel que dijo: Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará, ni aquel que se reclinó sobre el pecho de Jesús, ni aquel que oyó de boca de Dios: Te he conocido más que a todos.
Por tanto, si es indudable que aquellos que predicaron que la contemplación de Dios está por encima de nuestras fuerzas son ahora felices, y si la felicidad consiste en la visión de Dios, y si para ver a Dios es necesaria la pureza de corazón, es evidente que esta pureza de corazón, que nos hace posible la felicidad, no es algo inalcanzable.
Los que aseguran, pues, tratando de basarse en las palabras de Pablo, que la visión de Dios está por encima de nuestras posibilidades se engañan y están en contradicción con las palabras del Señor, el cual nos promete que, por la pureza de corazón, podemos alcanzar la visión divina.

miércoles, 9 de julio de 2025

Testimonio de fe

De la homilía en la canonización predicada por San Juan Pablo II, papa

»Conságralos en la verdad; tu palabra es la verdad». Esta invocación, que reproduce la voz de la oración sacerdotal de Cristo elevada al Padre en la Última Cena, parece subir de la muchedumbre de santos y bienaventurados que el Espíritu Santo suscita en su Iglesia a lo largo de los siglos. Dos mil años después del comienzo de la obra de la redención, hacemos nuestra esa invocación, con los ojos fijos en el ejemplo de santidad de Agustín Zhao Rong y sus ciento diecinueve compañeros mártires en China. Dios Padre los consagró en su amor, escuchando la oración de su Hijo que le adquirió un pueblo santo al extender sus brazos en la cruz para destruir la muerte y manifestar la resurrección.
La Iglesia da gracias al Señor porque la bendice y derrama en ella la luz con el resplandor de la santidad de estos hijos e hijas de China. La jovencita Ana Wang, de catorce años, resistió las amenazas del verdugo que la invitaba a apartarse de la fe de Cristo, diciendo mientras se preparaba con ánimo sereno a ser decapitada: «La puerta de los cielos ha sido abierta a todos», y con susurros invocó tres veces a Jesús; Xi Guizi, un joven de dieciocho años, dijo impávido a quienes le acababan de cortar el brazo derecho y se esforzaban por arrancarle la piel cuando todavía estaba vivo: «Cada trozo de mi carne, cada gota de mi sangre traerá a vuestra memoria que soy cristiano».
Con la misma fortaleza y alegría, otros ochenta y cinco chinos dieron testimonio, hombres y mujeres de toda edad y condición, sacerdotes, religiosas y laicos que, con la entrega de la vida, confirmaron su indefectible fidelidad a Cristo y a la Iglesia. Esto sucedió en diversas épocas y tiempos difíciles y angustiosos de la historia de la Iglesia en China.
En esta multitud de mártires resplandecen también treinta y tres misioneros y misioneras que, dejando su patria, intentaron insertarse en las costumbres y mentalidad chinas, adoptando con gran amor las particularidades de aquellas tierras, seducidos por el deseo de anunciar a Cristo y de servir a ese pueblo. Sus sepulcros todavía se conservan allí para mostrar que pertenecen a aquella patria a la que, a pesar de la flaqueza humana, amaron con sincero corazón, consagrando a ella todas sus energías. «A nadie hemos perjudicado sino que hemos servido a muchos», dijo el obispo Francisco Fogolla al gobernador que se disponía a matarlo con su propia espada.

lunes, 7 de julio de 2025

David imagen de Cristo

De las homilías de San Hipólito, mártir


A quienes con fe leen los sagrados libros no les es difícil conocer los misterios relativos al bienaventurado David, que en los salmos resultó profeta y en las obras, perfecto. ¿Quién no admirará a este bienaventurado David, que describió en su corazón los misterios de Cristo ya desde su infancia? ¿O quién no se maravillará al ver realizadas sus profecías? El fue elegido por Dios como rey justo y como profeta, un profeta que nos ha dado una mayor seguridad no sólo acerca de las cosas del presente y del pasado, sino también de las futuras.

Ahora bien, ¿qué alabaré primero en él: sus gestas gloriosas o sus palabras proféticas? Pues nos encontramos con que en ambos campos, palabras y obras, este profeta es figura de su Señor. Lo veo pastor de ovejas, sé que fue clandestinamente ungido rey, contemplo al tirano vencido por él, noto cómo se esfuma la batalla y compruebo que el pueblo ha sido liberado de la esclavitud; seguidamente veo a David odiado por Saúl, que, como a enemigo u hombre de poco fiar, le obliga a huir, le expulsa y tiene que ocultarse en el desierto, y contemplo al que primero era envidiado por Saúl, constituido rey sobre Israel.

¿Quién no proclamará dichosos a los justos patriarcas, que no sólo profetizaron el futuro con las palabras, sino que sufriendo ellos mismos, realizaron en la práctica lo que iba a suceder a Cristo? Y nosotros debemos comprender en la realidad lo que se nos propone, es decir, aquellas cosas que eran manifestadas espiritualmente, con palabras y con obras, a los santos profetas. Aquellas figuras y aquellas obras decían relación con el futuro, y se referían concretamente al que había de venir al final de los tiempos a perfeccionar la ley y los profetas.

Vino al mundo para enseñar la justicia, manifestándosenos por medio del evangelio; decía: Yo soy el camino, y la justicia, y la vida. El era, en efecto, el justo, el verdadero, el salvador de todos. ¿Cómo no vamos a comprender que lo que con anterioridad hizo David fue perfeccionado más tarde por el Salvador y dado, finalmente, a las santas iglesias como un don, a través de la gracia?

Debemos primero anunciar las cosas postreras, para hacer así más fácilmente creíbles las palabras. Dos fueron las unciones que llevó a cabo Samuel: una a Saúl y otra a David. Saúl recibió la unción con respeto, pero no como un hombre digno de Dios, sino como un transgresor de la ley; y Dios, molesto, lo puso como opresor sobre quienes habían pedido un rey. De igual modo, Herodes, como transgresor de la ley, reinaría años más tarde sobre hombres pecadores. David fue clandestinamente ungido en Belén, porque en Belén había de nacer el rey del cielo, y allí ungido -y no ocultamente- por el Padre, se manifestó al mundo, como dice el profeta: Por eso el Señor tu Dios te ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus compañeros.

Saúl fue ungido con una aceitera como de arcilla, porque su reino era de transición y muy pronto disuelto. En cambio, David fue ungido con la cuerna del poder: de este modo señalaba previamente a aquel que, mediante la venerable unción, demostraba la victoria sobre la muerte.

domingo, 6 de julio de 2025

Poneós en camino!

"Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos".

¡Cuántas cosas nos puede decir Jesús en pocas palabras! En esta pequeña frase hay varias afirmaciones, sugerencias y exhortaciones para todos nosotros. Es la primera gran misión de los discípulos de Jesús, que no son los apóstoles sino los que lo seguían que era gente de todos los pueblos, por eso no pensemos que el llamado de Jesús a la misión es sólo para los consagrados o sacerdotes, sino que es un llamado universal para todos los que decimos seguir a Jesús, es decir, para todos los que decimos ser cristianos.
Hoy más que nunca “la mies es abundante”, sí el campo de trabajo que tenemos los cristianos es abundante porque se ha descristianizado el Pueblo de Dios, ya no hay familias como las de nuestros abuelos que vivan tan intensa y diariamente la fe en Jesús. Las nuevas familias (desde hace unos años) no viven la fe en familia, no se educa en la fe, no se reza en familia, no se va a Misa en familia, y así se fue descristianizando el Pueblo de Dios.
Es cierto que hay bautismos, primeras comuniones, algunos se confirman, algunos menos se casan por iglesia, pero no se vive el cristianismo, sólo hay ritos cristianos que mantienen una religiosidad popular que se manifiesta en esos signos, por eso hay que seguir el consejo y la exhortación de Jesús: “rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies”, pero esos obrero no son sólo los sacerdotes y los consagrados, sino todos los laicos que se tienen que sentir llamados por Cristo a llevar el mensaje de Salvación a todos. Y a ellos, y a todos, nos dice: ¡Poneos en camino!”. No es sólo una invitación, sino una exigencia evangélica que nos pongamos en camino de misión. ¿Cómo? Cada uno tiene que encontrar el camino en el Señor, por medio de la oración, con un asesor espiritual, con su confesor, pero todos necesitamos o, mejor dicho, el Señor nos exige que nos pongamos en camino. Que dejemos de pensar en nosotros mismos y salgamos al mundo para anunciar con nuestra vida la alegría del Evangelio.
Y, por supuesto, saber que no va a ser fácil transmitir el evangelio. Miremos al resto del mundo y veamos cómo tratan a los cristianos, los mártires que surgen en otras partes del mundo. Pero nosotros no tememos ese martirio, sino que tememos a los que hablen de nosotros, tememos las críticas no sólo de los otros sino de nosotros mismos, cuando miramos despectivamente a quien está a mi lado o a quien reza… ahí no somos evangelizadores…

sábado, 5 de julio de 2025

Hacer todo nuevo

"Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor.
Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos, porque revientan los odres; se derrama el vino, y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos, y así las dos cosas se conservan".
Al aceptar seguir a Jesús hemos aceptado un cambio de vida: vivir de acuerdo a las enseñanzas del Evangelio, aceptar las exigencia del Evangelio, dejar de lado lo que hemos aprendido del mundo y lo que el mundo nos quiere hacer vivir y aceptar la Voluntad de Dios en nuestras vidas.
Y, en esto del mundo, conviene que también dejemos de lado la vida política del mundo, hoy en día vemos cómo la vida política se está destruyendo a sí misma y cómo van destruyendo por su apetito de poder a las ciudades sin tener en cuenta la vida de los civiles que van muriendo por su querer ser el más fuerte, el más grande, el mas de todo.
Y, en muchos casos, tantos en laicos como en consagrados o sacerdotes vemos cómo la política se va metiendo poco a poco y vamos queriendo tener el poder. Y ¿cuál es el poder que podemos tener en la Iglesia? ¿Para qué sirve ser poderoso dentro de una comunidad cristiana? ¿Qué es lo que se gana con el poder dentro de una vida cristiana? En realidad, muchos no hemos entendido o nos queremos olvidar de lo que nos dijo Jesús: "el que quiera ser el primero que se haga el último, el servidor de todos". Y, sobre todo: "quien quiera seguirme que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz de cada día y que me siga".
Pero claro, hoy vemos que muchos dicen que son cristianos pero no siguen a Cristo, siguen sus propias convicciones, se hacen eco de las ideología mundanas, enarbolan sus propios YO y sus ideales y se lanzan a una batalla contra el Evangelio, la Tradición, el Magisterio y la Ley de Dios, sin aceptar el Camino propuesto por Jesús. No son pocos los que sin tener vida cristiana quieren dirigir las comunidades cristianas ¿hacia dónde? ¿Hacia sus propios beneficios? ¿Hacia su propia fama? ¿Para la foto en las RRSS?
Por eso Jesús nos invita a discernir, siempre y en todo momento, qué es lo que aceptamos, a quién aceptamos y cómo vivimos lo que creemos. Constantemente tenemos que examinar nuestros valores, aquello que hemos dejado entrar en el corazón y lo llevamos a la vida para saber si eso es de Dios o no, si es lo que Jesús nos dice que vivamos o no, y, por supuesto, pedir la Luz y la Fuerza del Espíritu Santo para no dejarnos engañar por los cantos de sirena, que cantan muy lindo pero que no nos conducen a las Fuentes de Vida Eterna, sino que nos llevan por el camino de la perdición.

viernes, 4 de julio de 2025

La Misericordia nos salva

De las catequesis de San Cirilo de Jerusalén, obispo

El que por nosotros derramó su sangre es el que nos librará del pecado. No nos desesperemos, hermanos, para no caer en un estado de desolación y desesperanza. Terrible cosa es no tener fe en la esperanza de la conversión. Pues quien no espera la salvación, acumula males sin medida; quien, por el contrario, espera poder recuperar la salud, fácilmente se otorga en lo sucesivo a sí mismo el perdón. De hecho, el ladrón que ya no espera la gracia del perdón, se encamina hacia la contumacia: pero si espera el perdón, muchas veces acepta la penitencia. ¿Por qué la culebra puede deponer la camisa, y nosotros no deponemos el pecado?
Dios es benigno y lo es en no pequeña escala. Por eso, guárdate de decir: he sido disoluto y adúltero, he perpetrado cosas funestas y esto no una sino muchísimas veces: ¿me querrá Dios perdonar? ¿Será posible que en adelante no se acuerde más de ello? Escucha lo que dice el salmista ¡Qué grande es tu bondad, Señor! El cúmulo de todos tus pecados no supera la inmensa compasión de Dios; tus heridas no superan la experiencia del médico supremo. Basta que te confíes plenamente a él, basta con que confieses al médico tu enfermedad; di tú también con David: Propuse: «Confesaré al Señor mi culpa», y se operará en ti lo mismo que se dice a continuación: Y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.
¿Quieres ver la benevolencia de Dios y su inconmensurable magnanimidad? Escucha lo que pasó con Adán. Adán, el primer hombre creado por Dios, había quebrantado el mandato del Señor: ¿no habría podido condenarlo a muerte en aquel mismo momento? Pues bien, fíjatelo que hace el Señor, que ama al hombre a fondo perdido: lo expulsó del paraíso y lo colocó a oriente del paraíso, para que viendo de dónde había sido arrojado y de qué a cuál situación había sido expulsado, se salvara posteriormente por medio de la penitencia.
Es una auténtica benignidad y esta benignidad fue la de Dios; pero aún es pequeña si se la compara con los beneficios subsiguientes. Recuerda lo que ocurrió en tiempos de Noé. Pecaron los gigantes y en aquel entonces se multiplicó grandemente la iniquidad sobre la tierra, tanto que hizo inevitable el diluvio: repara en la benignidad de Dios que se prolongó por espacio de cien años. ¿O es que lo que hizo al cabo de los cien años no pudo haberlo hecho inmediatamente? Pero lo hizo a propósito, para dar tiempo a los avisos inductores a la penitencia. ¿No ves la bondad de Dios? Y si aquellos hubieran hecho entonces penitencia, no habrían sido excluidos de la benevolencia de Dios.

jueves, 3 de julio de 2025

Ser apóstol

"Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto».
Ser apóstol de Jesús es creer, pero no sólo decir que creemos sino en Quién creemos y qué es lo que creemos y para qué creemos.
Si miramos la vida de los apóstoles podremos decir que:
- creemos en el llamado de Jesús, por eso creemos que Jesús vive y que es Él quien nos llama.
- creemos en Su Palabra, creemos en que es Dios, creemos que murió y resucitó para nuestra Salvación y la de todos los que quieran creer en Él
- creemos que nos llamó para ser sus mensajeros y llevar la Buena Noticia hasta el fin del mundo.
- creemos en la Buena Noticia de la Salvación y en que el único mandamiento que tenemos que vivir para que el mundo crea en nuestra palabra es el Mandamiento del Amor: amaos unos a otros como YO os he amado.
Y, por todo esto, como los apóstoles tenemos que estar muy unidos a Cristo y, por eso, escuchar Su Palabra y dejar que eche raíces en nuestro corazón, alimentarnos con Su Vida que es la Eucaristía para poder tener Su Vida en nuestra vida, y, por supuesto, recurrir siempre a la Gracia de los Sacramentos y especialmente a la Reconciliación para que estemos libres de nuestros pecados y llenos de su Vida para que podamos entregarla a nuestros hermanos.
Y, por supuesto, estar siempre vinculados al Espíritu Santo para que sea Él quien nos inspire, enseñe y fortalezca para seguir siendo Fieles a la Voluntad del Padre, como lo fue Jesús, para que nuestra misión no sea humana sino que sea de Dios. Así nuestro apostolado, en cada lugar en el que Dios nos haya puesto, sea fructífero no por nuestro esfuerzo, sino por nuestra disposición a "hacer lo que Él nos diga".

martes, 1 de julio de 2025

No mirar hacia atrás

"Salía el sol sobre la tierra cuando Lot llegó a Soar.
El Señor hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego desde el cielo. Arrasó aquellas ciudades y toda la vega; los habitantes de las ciudades y la vegetación del suelo.
La mujer de Lot miró atrás y se convirtió en estatua de sal".
Este pasaje del Génesis, cuando Dios salva a Lot y a su familia advirtiéndole que al salir de Sodoma no miren atrás, me recuerda lo que Jesús, también, nos invita: "el que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no es digno de mí". Un pasaje que, para muchos, es para los que se deciden a la vida consagrada o sacerdotal, pero, en realidad, Jesús no aclara, sino que se lo dice a todos sus discípulos sin distinción.
Pero ¿qué significa no poner la mano en el arado y mirar para atrás? Es simple, por lo menos para mí, sólo mirar al Señor, mirarlo a Él porque Él es el que da sentido a nuestra vida, a nuestro caminar. Si miramos hacia atrás mientras caminamos hacia adelante no podemos ver si vamos bien encaminados, y podemos desviarnos tanto del camino que nos perdamos o nos caigamos por algún precipicio.
Cuando ponemos la mirada en el Señor siempre iremos hacia donde Él nos conduzca y, seguramente, como dice San Pablo: alcanzaremos la meta sin perder la fe. Por eso es tan importante tener muy presente Sus Palabras, para no desviarnos sino seguir hacia adelante, hacia la meta final a pesar de que, muchas veces, nos de miedo, como nos lo cuenta en el Evangelio:
"En esto se produjo una tempestad tan fuerte, que la barca desaparecía entre las olas; él dormía. Se acercaron los discípulos y lo despertaron, gritándole:
«¡Señor, sálvanos, que perecemos!».
Él les dice:
«¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?».
Se puso en pie, increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma".
Cuando mantenemos nuestra mirada puesta en Cristo podremos tener, también, nuestra confianza puesta en Él sabiendo que es capaz de detener cualquier tormenta y, en todo caso, darnos una mano para no hundirnos en las aguas tormentosas de la vida. Pero si sólo miramos nuestro ombligo y no confiamos en Él será cuando, desviándonos del camino nos hundamos en nuestro egoísmo, vanidad, soberbia y tantos otros males que no sólo nos alejarán de Dios, sino también de nuestros hermanos.
Por eso, aunque sea difícil seguir recorriendo el camino de la santidad que Jesús nos ha enseñado y mostrado Él mismo, no dejemos de mirarlo, de mirar hacia adelante donde está meta final.