domingo, 25 de mayo de 2025

Guardar Su Palabra

«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió”.

¿Qué significa “guardar la Palabra”? Por supuesto que no es lo que hacemos, muchas veces, con la Biblia: la guardamos en una estantería y se va llenando de polvo y algún que otro día la vamos limpiando, o la ponemos en un estante en algún lugar visible de la casa para que todos vean lo bello que es el libro. Eso se puede hacer con cualquier libro. Y lo que Jesús quiere es que guardemos en el corazón la Palabra, pero al estilo del sembrador que “guarda” la semilla en el corazón de la tierra para que echando raíces comience a crecer y dar fruto.
Así es el amor a Jesús: escucharlo y dejar que Su Palabra eche raíces en nuestro corazón para que nuestro corazón se vaya llenando de Su Palabra, y así nuestros labios hablarán de Él y de su Evangelio, pues “de la abundancia del corazón hablan los labios”. Serán los frutos de esa Palabra anidada en nuestro corazón los que hablen de quienes somos nosotros, de qué alimentamos nuestra vida y de cómo nos vamos configurando, cada día más, con Cristo.
Por supuesto que no podemos hacer una elección de qué palabra guardamos, sino que debemos ir meditando, todos los días, Su Palabra, y dejar que Ella nos cuestione, nos exhorte, nos anime y nos ayude a santificarnos, pues Su Palabra es Vida y, como dice la carta a los Hebreos: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón. Nada se le oculta; todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas”.
Cuando elegimos qué palabra escuchar o qué palabra guardar en el corazón, no le permitimos a Dios que nos ayude a crecer, a madurar, a santificarnos, porque no dejamos que toda Su Palabra sea parte de nuestra vida. A veces por temor, a veces por rencor vamos “utilizando” la Palabra no para crecer sino para juzgar, para señalar o castigar a otros sin darnos cuenta de que ese no es el sentido de la Palabra para nuestra vida, sino que primero hemos de dejar que Ella nos convierta a nosotros y será Él quien haga lo mismo con nuestros hermanos: “mira primero la viga que tienes en tu ojo”. Así será la Palabra vivida la que cuestione y no mi deseo, rencor, egoísmo o vanidad la que cuestione la vida de los demás.

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