“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros».
Muchas veces, en las homilías, he preguntado ¿cuántos mandamientos hay? Y, por supuesto, todos responden 10. Y es verdad los Mandamientos de Dios son 10. Pero, teniendo en cuenta el Evangelio de hoy, siempre respondo que hay 11, porque nuestro Dios, Jesucristo, siguiendo la Voluntad del Padre, dijo: “os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”.
Por eso no podemos decir que sólo hay 10 mandamientos, sino que el que nos impuso Jesús es el que resume y da plenitud a los 10, por lo que San Agustín pudo decir: “Ama y haz lo que quieras: si callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor. Exista dentro de ti la raíz de la caridad; de dicha raíz no puede brotar sino el bien”.
“En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros”, y claro, es comprensible, es el mandamiento que menos tenemos en la memoria y en el corazón, aunque, siempre, lo proclamamos para que nos amen a nosotros, pero, más de una vez, nosotros no amamos como queremos que nos amen.
Y, a cuenta de esto, también nos dijo Jesús: “Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas”. Que también lo podemos pensar en “no hagas a los demás lo que no te gustan que hagan contigo”.
Pero, en definitiva, todo está supeditado a nuestro crecimiento en el amor, pero el amor, no en el amor sensible o sentimental, sino el verdadero amor: “como Yo os he amado”, dijo el Señor. Un amor activo que no ama simplemente porque lo aman, sino porque debe amar, pues así lo dijo el Señor: “Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo”.
Por estas razones es que el Señor, nuestro Dios, se quedó en la Eucaristía para alimentar nuestra vida de amor con Su Propia Vida, y cuando no nos acercamos dignamente y con un corazón dispuesto a hacer Su Voluntad, entonces no podremos vivir y amar como Él nos lo pide. Y debemos tener en cuenta que es Su Mandamiento y no el de los hombres.
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