miércoles, 31 de agosto de 2022

Se refería al Templo de su Cuerpo

 Del Comentario de Orígenes, presbítero, sobre el evangelio de san Juan

     Destruid este templo y yo lo levantaré en tres días. Creo que en esta frase los judíos representan a los hombres carnales, entregados a la vida de los sentidos. Indignados al ver que Jesús había arrojado a los que con sus actos convertían la casa del Padre en lugar de negocios, pedían al Hijo de Dios, a quien ellos no reconocían, un signo con el que probara su autoridad para obrar de esta forma. El Salvador les dio entonces una respuesta en la que se refería tanto a su cuerpo como al templo sobre el que ellos preguntaban. En efecto, al decir ellos: ¿Qué señal nos das que justifique lo que haces?, Jesús responde: Destruid este templo y yo lo levantaré en tres días.
    Según mi parecer, tanto el templo como el cuerpo de Cristo pueden llamarse, con toda verdad, figura de la Iglesia, pues la Iglesia, construida de piedras vivas, edificada como templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, cimentada sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y teniendo al mismo Cristo Jesús como piedra angular, puede llamarse templo con toda razón. Por ello la Escritura afirma de los fieles: Vosotros sois cuerpo de Cristo, y sois miembros unos de otros. Por tanto, aunque el buen orden de las diversas piedras viniera a derribarse, aunque los huesos de Cristo fueran dispersados por las embestidas de la persecución, o los tormentos con que nos amenazan los perseguidores pretendieran destruir la unidad de este templo, el templo sería nuevamente reconstruido y el cuerpo resucitaría al tercer día, es decir, pasado el día del mal que se avecina y el de la consumación que lo seguirá.
    Porque llegará ciertamente un tercer día y en él nacerá un cielo nuevo y una tierra nueva, cuando estos huesos, es decir, la casa toda de Israel, resucitarán en aquel solemne y gran domingo en el que la muerte será definitivamente aniquilada. Por ello podemos afirmar que la resurrección de Cristo, que pone fin a su cruz y a su muerte, contiene y encierra ya en sí la resurrección de todos los que formamos el cuerpo de Cristo. Pues de la misma forma que el cuerpo visible de Cristo, después de crucificado y sepultado, resucitó, así también acontecerá con el cuerpo total de Cristo formado por todos sus santos: crucificado y muerto con Cristo, resucitará también como él. Cada uno de los santos dice, pues, como Pablo: Líbreme Dios de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo; por él el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo. Por ello de cada uno de los cristianos puede no sólo afirmarse que ha sido crucificado con Cristo para el mundo, sino también que con Cristo ha sido sepultado, pues, si por nuestro bautismo fuimos sepultados con Cristo, como dice san Pablo, con él también resucitaremos, añade, como para insinuarnos ya las arras de nuestra futura resurrección.

martes, 30 de agosto de 2022

Con la mente de Cristo

Me parece genial estos párrafos de San Pablo a los corintios, y ojalá pudiéramos no sólo entenderlos, sino poder llevarlos a la vida cotidiana, porque así podríamos vivir lo que esperamos en el Cielo, y podríamos llevar el Cielo a la tierra, y ser, plenamente, lo que Dios quiere de nosotros.
Vamos por parte:
"El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios. Pues, ¿quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Del mismo modo, lo íntimo de Dios lo conoce solo el Espíritu de Dios.
Pero nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo; es el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que de Dios recibimos".
Tenemos, los hijos de Dios, un Espíritu que conoce los misterios de Dios, que sondea su corazón, y que vive en nosotros. Un Espíritu que es Dios, en su tercera persona, pero que es el Don más maravilloso que el Padre nos podía regalar, y, sobre todo, que es el Amor de un Dios que no dudó en darnos a Su Hijo Único para que nos devuelva la vida en Dios, para que nos haga hijos en Su Espíritu.
¿Os dais cuenta la maravilla que habita en nosotros y de la cual no somos, muchas veces, conscientes de que es así?
Por eso, si dejáramos al Espíritu no sólo vivir, pues Él vive en nosotros desde el bautismo, sino qu elo dejáramos hablar en nosotros, transformarnos, darnos vida, seríamos hombres espirituales (pero con los pies bien asentados en la tierra), y así:
"Cuando explicamos verdades espirituales a hombres de espíritu, no las exponemos en el lenguaje que enseña el saber humano, sino en el que enseña el Espíritu. Pues el hombre natural no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque sólo se puede juzgar con el criterio del Espíritu. En cambio, el hombre espiritual lo juzga todo, mientras que él no está sujeto al juicio de nadie. «¿Quién ha conocido la mente del Señor para poder instruirlo?». Pues bien, nosotros tenemos la mente de Cristo".
Así, teniendo la mente de Cristo y dejándonos conducir por Su Espíritu, seríamos constructores verdaderos de un verdadero Mundo Nuevo, de un Verdadero Hombre Nuevo, y no un hombre emparchado con remiendo de ciertas verdades que no llegan a convencer a nadie, pues no están avaladas por una Verdadera Vida Nueva.

lunes, 29 de agosto de 2022

Precursor del nacimiento y la muerte

De las Homilías de san Beda el Venerable, presbítero

El santo Precursor del nacimiento, de la predicación y de la muerte del Señor mostró en el momento de la lucha suprema una fortaleza digna de atraer la mirada de Dios, ya que, como dice la Escritura, aunque, a juicio de los hombres, haya sufrido castigos, su esperanza estaba llena de inmortalidad. Con razón celebramos su día natalicio, que él ha solemnizado con su martirio y adornado con el fulgor purpúreo de su sangre; con razón veneramos con gozo espiritual la memoria de aquel que selló con su martirio el testimonio que había dado del Señor.
No debemos poner en duda que san Juan sufrió la cárcel y las cadenas y dio su vida en testimonio de nuestro Redentor, de quien fue precursor, ya que, si bien su perseguidor no lo forzó a que negara a Cristo, si trató de obligarlo a que callara la verdad; ello es suficiente para afirmar que murió por Cristo.
Cristo, en efecto, dice: Yo soy la verdad; por consiguiente, si Juan derramó su sangre por la verdad, la derramó por Cristo; y él, que precedió a Cristo en su nacimiento en su predicación y en su bautismo, anunció también con su martirio, anterior al de Cristo, la pasión futura del Señor.
Este hombre tan eximio terminó, pues, su vida derramando su sangre, después de un largo y penoso cautiverio. Él, que había evangelizado la libertad de una paz que viene de arriba, fue encarcelado por unos hombres malvados; fue encerrado en la oscuridad de un calabozo aquel que vino a dar testimonio de la luz y a quien Cristo, la luz en persona, dio el título de «lámpara que arde y que ilumina»; fue bautizado en su propia sangre aquel a quien fue dado bautizar al Redentor del mundo, oír la voz del Padre que resonaba sobre Cristo y ver la gracia del Espíritu Santo que descendía sobre él. Mas a él, todos aquellos tormentos temporales no le resultaban penosos, sino más bien leves y agradables, ya que los sufría por causa de la verdad y sabía que habían de merecerle un premio y un gozo sin fin.
La muerte —que de todas maneras había de acaecerle por ley natural— era para él algo apetecible, teniendo en cuenta que la sufría por la confesión del nombre de Cristo y que con ella alcanzaría la palma de la vida eterna. Bien lo dice el Apóstol: Dios os ha dado la gracia de creer en Jesucristo y aun de padecer por él. El mismo Apóstol explica, en otro lugar, por qué sea un don el hecho de sufrir por Cristo: Los padecimientos de esta vida presente tengo por cierto que no son nada en comparación con la gloria futura que se ha de revelar en nosotros.

domingo, 28 de agosto de 2022

Humillado o enaltecido?

“Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.

Las redes sociales, especialmente las dedicadas más a los adolescentes y jóvenes, pero que tampoco nos libramos los maduritos, han creado la sensación o la necesidad de ser “famosos”, o escuchados o, por lo menos, tener muchos likes o me gusta, para saber si existimos o no existimos.
Querer ser enaltecidos o tenidos en cuenta o famosos es una cuestión ya de necesidad del hombre del siglo XXI. Una necesidad que llega en algunos momentos en transformarse en una obsesión o en una depresión, llegando, incluso, a extremos de vida o muerte.
No es que tengamos que dejar de ser para “humillarnos”, sino que no debemos tener en cuenta la opinión de la gente para saber si existimos o no. Nos basta saber que estamos caminando en el Camino que el Señor quiere para nosotros, pues humillarnos no es saber que no somos nada, sino que Dios nos ha creado para tal o cual misión, y para ello nos ha dado tales o cuales dones, los que tenemos que poner en acción para ser fieles a Su Voluntad.
Reconocer lo que somos y quienes somos es el primer acto para encontrar el camino de la humildad, un camino que no necesita el reconocimiento de nadie más que de Dios. ¿Por qué? Porque la opinión de los hombres es muy cambiante: hoy puedes estar en lo más alto del pedestal, ser lo mejor que hay en el mundo, pero en cuanto haces algo que no gusta a alguien o a algunos, enseguida te sepultan bajo una tonelada de malos comentarios, pasas de ser lo mejor del mundo a la peor persona jamás conocida.
Pero si sólo nos ocupamos de ser fieles a la vida que el Señor nos ha pedido vivir, sabemos que Él es el mejor Juez y, sobre todo, quien mejor nos recompensa con Su Gracia para que podamos seguir adelante en ¡nuestra misión particular! Quienes hacen la Voluntad de Dios no siempre encuentran brillo en el mundo, pues no se entiende, en este mundo, la Voluntad de Dios, y los que anhelamos un mundo según Dios, no siempre estaremos bien vistos por esta sociedad materialista.
Nosotros tenemos la suerte de vivir en un país que aún “soporta” y vive ciertos valores cristianos, pero que no “encarcelan” a los que quieren ser Fieles a Dios. Entonces no nos encarcelemos nosotros en el gusto del mundo, sino que sigamos siendo Fieles a Dios, y no al hombre.

sábado, 27 de agosto de 2022

Alcancemos la sabiduría eterna

De las Confesiones de san Agustín, obispo

Cuando ya se acercaba el día de su muerte —día por ti conocido, y que nosotros ignorábamos—, sucedió, por tus ocultos designios, como lo creo firmemente, que nos encontramos ella y yo solos, apoyados en una ventana que daba al jardín interior de la casa donde nos hospedábamos, allí en Ostia Tiberina, donde, apartados de la multitud, nos rehacíamos de la fatiga del largo viaje, próximos a embarcarnos. Hablábamos, pues, los dos solos, muy dulcemente y, olvidando lo que queda atrás y lanzándonos hacia lo que veíamos por delante, nos preguntábamos ante la verdad presente, que eres tú, cómo sería la vida eterna de los santos, aquella que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre. Y abríamos la boca de nuestro corazón, ávidos de las corrientes de tu fuente, la fuente de vida que hay en ti.
Tales cosas decía yo, aunque no de este modo ni con estas mismas palabras; sin embargo, tú sabes, Señor, que, cuando hablábamos aquel día de estas cosas, y mientras hablábamos íbamos encontrando despreciable este mundo con todos sus placeres, ella dijo:
«Hijo, por lo que a mí respecta, ya nada me deleita en esta vida. Qué es lo que hago aquí y por qué estoy aún aquí, lo ignoro, pues no espero ya nada de este mundo. Una sola cosa me hacía desear que mi vida se prolongara por un tiempo: el deseo de verte cristiano católico, antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces, ya que te veo convertido en uno de sus siervos, habiendo renunciado a la felicidad terrena. ¿Qué hago ya en este mundo?».
No recuerdo muy bien lo que le respondí, pero al cabo de cinco días o poco más cayó en cama con fiebre. Y, estando así enferma, un día sufrió un colapso y perdió el sentido por un tiempo. Nosotros acudimos corriendo, mas pronto recobró el conocimiento, nos miró, a mí y a mi hermano allí presentes, y nos dijo en tono de interrogación:
«¿Dónde estaba?»
Después, viendo que estábamos aturdidos por la tristeza, nos dijo:
«Enterrad aquí a vuestra madre».
Yo callaba y contenía mis lágrimas. Mi hermano dijo algo referente a que él hubiera deseado que fuera enterrada en su patria y no en país lejano. Ella lo oyó y, con cara angustiada, lo reprendió con la mirada por pensar así, y, mirándome a mí, dijo:
«Mira lo que dice».
Luego, dirigiéndose a ambos, añadió:
«Sepultad este cuerpo en cualquier lugar: esto no os ha de preocupar en absoluto; lo único que os pido es que os acordéis de mí ante el altar del Señor, en cualquier lugar donde estéis».
Habiendo manifestado, con las palabras que pudo, este pensamiento suyo, guardó silencio, e iba luchando con la enfermedad que se agravaba.

miércoles, 24 de agosto de 2022

Prejuicios buenos y malos

"Natanael le replicó:
«¿De Nazaret puede salir algo bueno?».
Las rivalidades y los prejuicios, muchas veces, nos hacen desestimar a una persona o una situación simplemente porque son de tal lugar, de tal familia, o narradas por tal o cual persona.
Ante la respuesta de Natanael Felipe podría haberse quedado callado, como hacemos muchas veces cuando vemos que la otra persona ya está mal dispuesta a escucharnos. Pero no, el Espíritu hizo que Felipe pudiera responder con seguridad ante lo que él había conocido, o frente a quien él había conocido. Por eso contestó:
"Felipe le contestó:
«Ven y verás».
Algunas veces, ante el primer estorbo o tropiezo nos quedamos parados sin saber qué hacer u, otras veces, retrocediendo para no liar más la situación, sin poder ver que teniendo la seguridad de lo que hamos visto, o de a quién conocemos, tenemos siempre que defender la verdad y no quedarnos con lo que me han dicho, con lo que dijeron o con el prejuicio que se ha venido trayendo desde ¡vaya a saber cuándo!
Y ante la insistencia, Natanael, lo siguió a Felipe y pudo comprobar que sí, que de Nazaret podía saber algo bueno, y, en este caso, algo muy bueno. Algo tan bueno que pudo, por la Gracia del Espíritu, hacer una profesión de fe:
"Natanael respondió:
- «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».
Por que Jesús no se basa en las apariencias sino que conoce el corazón de cada uno, y sabía que el corazón de Natanael estaba disponible para creer, es más, su prejuicio (o su juicio) sobre Natanel no era hacia lo malo o hacia sus defectos o de dónde venía, sino que supo ver lo mejor de él:
"Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él:
«Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño».
Así pues, si nos dejamos convencer por los malos prejuicios o por los malos juicios que hacemos sólo sobre los defectos o los chusmeríos de las personas, nos quedaremos, muchas veces, sin conocer lo mejor de las personas y sin poder acercarnos, quizás, a ese Dios que nos quiere hablar y llevarnos de la mano por caminos insospechados, pero siempre los mejores que podremos vivir.

martes, 23 de agosto de 2022

Nuestra máscara de cada día

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad!
Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello".
Creemos, muchas veces, o, son muchos los que creen que por decir que "soy cristiano desde siempre", sólo por eso son mejores cristianos. Que por "escuchar" o "cumplir" con la misa de los domingos son mejores cristianos. O por pertenecer a tal asociación, cofradía o movimiento son mejores cristianos, que el resto de los que no van a misa, no son cristianos desde su nacimiento o que no pertenecen a ninguna asociación, cofradía o movimiento...
"Mas bien los que escuchan la palabra de Dios y la practican, esos son mi madre, mis hermanos..."
Pero si perteneciendo o viviendo los sacramentos no se practica la justicia, la misericordia y la fidelidad a la Voluntad de Dios, entonces, no hay título cristiano que valga, pues no se vive como Cristo nos ha enseñado a vivir.
Todo: la misa, las oraciones, las asociaciones, los movimientos son instrumentos para alcanzar la santidad, es decir, son instrumentos que Dios utiliza para que podamos convertir nuestro corazón y poder, así, vivir la misericordia, el perdón, la justicia, la fraternidad, la alegría, la esperanza, todos los frutos del Espíritu. Pero si nada de eso aparece en mi vida, sino que hay egoísmos, recelos, desaveniencias, desesperanzas, tristezas, no son instrumento de paz sino de discordia, etc., etc., entonces no hay título cristiano que me sirva ni que diga que, realmente, soy lo que digo ser.
Por eso Jesús nos dice: "Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello", es decir que todos los instrumentos de fe que tengo a mi alcance son para ayudarme a vivir y dar frutos del Espíritu en abundancia.
Pero claro, estamos en un mundo, en un momento histórico que se vive de apariencias, y, entonces, dentro de las apariencias, según en qué momento y en qué circunstancia me gusta "aparentear" ser cristiano, aunque después en ese mismo día y en otro momento viva como si no lo fuera, o viva todo lo contrario.
Quizás nos hemos acostumbrado, demasiado, a vivir cambiando de máscaras, y ya no sabemos cuál es la verdadera o cuál tiene que ser mi verdadera identidad, pues tengo muchas formas de aparentar, de acuerdo con quién o en qué ambiente me mueva.
Por eso mismo Jesús tamibén nos decía: "solo la Verdad os hará libres", y también tenemos que ser muy veraces con nosotros mismos, para poder ser veraces con los demás. Pero si no estoy conforme conmigo mismo y por eso voy cambiando de máscarás, entonces tampoco lo seré con los demás.
Cuando pueda quitarme todas las máscaras y encontrarme cara a cara con el Señor, podré disfrutar del vivir en Cristo porque Él es quien me llena de sentido mi vida y no las apariencias que me dejan el alma vacía.

lunes, 22 de agosto de 2022

Reina del Mundo

De las Homilías de san Amadeo de Lausana, obispo

Observa cuán adecuadamente brilló por toda la tierra, ya antes de la asunción, el admirable nombre de María y se difundió por todas partes su ilustre fama, antes de que fuera ensalzada su majestad sobre los cielos. Convenía, en efecto, que la Madre virgen, por el honor debido a su Hijo, reinase primero en la tierra y, así, penetrara luego gloriosa en el cielo; convenía que fuera engrandecida aquí abajo, para penetrar luego, llena de santidad, en las mansiones celestiales, yendo de virtud en virtud y de gloria en gloria por obra del Espíritu del Señor.
Así pues, durante su vida mortal gustaba anticipadamente las primicias del reino futuro, ya sea elevándose hasta Dios con inefable sublimidad, como también descendiendo hacia sus prójimos con indescriptible caridad. Los ángeles la servían, los hombres le tributaban su veneración. Gabriel y los ángeles la asistían con sus servicios; también los apóstoles cuidaban de ella, especialmente san Juan, gozoso de que el Señor, en la cruz, le hubiese encomendado su madre virgen, a él, también virgen. Aquéllos se alegraban de contemplar a su reina, éstos a su señora, y unos y otros se esforzaban en complacerla con sentimientos de piedad y devoción.
Y ella, situada en la altísima cumbre de sus virtudes, inundada como estaba por el mar inagotable de los carismas divinos, derramaba en abundancia sobre el pueblo creyente y sediento el abismo de sus gracias, que superaban a las de cualquiera otra creatura. Daba la salud a los cuerpos y el remedio para las almas, dotada como estaba del poder de resucitar de la muerte corporal y espiritual. Nadie se apartó jamás triste o deprimido de su lado, o ignorante de los misterios celestiales. Todos volvían contentos a sus casas, habiendo alcanzado por la madre del Señor lo que deseaban.
Plena hasta rebosar de tan grandes bienes, la esposa, madre del esposo único, suave y agradable, llena de delicias, como una fuente de los jardines espirituales, como un pozo de agua viva y vivificante, que mana con fuerza del Líbano divino, desde el monte de Sión hasta las naciones extranjeras, hacía derivar ríos de paz y torrentes de gracia celestial. Por esto, cuando la Virgen de las vírgenes fue llevada al cielo por el que era su Dios y su Hijo, el rey de reyes, en medio de la alegría y exultación de los ángeles y arcángeles y de la aclamación de todos los bienaventurados, entonces se cumplió la profecía del Salmista, que decía al Señor: De pie a tu derecha está la reina enjoyada con oro de Ofir.

domingo, 21 de agosto de 2022

Estamos en Fiestas

Uno le preguntó: «Señor, ¿son pocos los que se salven?».
Él les dijo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán.

Estamos en medio de las Ferias y Fiestas en honor a San Bartolomé, nuestro Patrón. Unas ferias y fiestas muy anheladas después de la pandemia y las restricciones que habíamos sufrido, y, no sólo eso, sino que hoy recordamos a tantos que en estos últimos dos años partieron a la Casa del Padre. Siempre en las fiestas, sean cuales sean, se nos suma una lágrima de recuerdo por los que ya no están, pero, por Gracia de Dios, y por el Don de la Fe, sabemos que en la Casa del Padre viven la Nueva Vida que Jesús nos regaló con su muerte y resurrección.
Esa es la Fe que nos transmitieron los apóstoles, y, para nosotros San Bartolomé fue quien creyó en Jesús por su palabra, y lo siguió y aceptó ser su apóstol hasta entregara su vida para defender la Verdad del Evangelio.
Gracias a él y los demás apóstoles la Fe se fue sembrando por todo el planeta, y, hoy, gracias a que en nuestros pueblos la fe cristiana echó profundas raíces, hoy estamos celebrando a nuestro Santo Patrón y a la Madre del Señor, nuestra Reina Grande.
Hoy, nos toca a nosotros seguir transmitiendo esos mismos valores que el Señor nos dejó como legado para que los vivamos en santidad. Valores que, para algunos, están caducos, pero sabemos que los Valores del Evangelio, como la Palabra de Dios, nunca pasará, que están y estarán siempre vivos para darnos vida a nosotros y a los que crean en la Palabra que trasmitimos con nuestra vida.
Sabemos, con certeza, que no es fácil vivir en estos tiempos el Evangelio de Jesucristo, que los valores evangélicos no son fáciles de vivir, pero tenemos que pedir la Gracia y la Fuerza al Espíritu Santo para que podamos hacerlo, que no quede sólo en palabras que creemos, sino que vivamos lo que creemos, para que nuestra vida sea una continua predicación de la alegría de vivir en Dios.
Hoy nos toca a los cristianos de este Pueblo y de todo el mundo, ser, cada día, más fieles y radicales en la vivencia de la Voluntad de Dios, para que como María y Bartolomé, y tantos santos que nos iluminan en el Pueblo, podamos vivir y transmitir la Fe que nuestros abuelos y padres nos regalaron por medio del Bautismo, y así poder seguir construyendo el Reino de Dios aquí en la tierra. ¡FELICES FIESTAS DE SAN BARTOLOMÉ!

sábado, 20 de agosto de 2022

Amo por amar

De los Sermones de san Bernardo, abad, sobre el Cantar de los cantares

El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo por amar. Gran cosa es el amor, con tal de que recurra a su principio y origen, con tal de que vuelva siempre a su fuente y sea una continua emanación de la misma. Entre todas las mociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con que la creatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con que puede restituirle algo semejante a lo que él le da. En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si él ama, es para que nosotros lo amemos a él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí.
El amor del Esposo, mejor dicho, el Esposo que es amor, sólo quiere a cambio amor y fidelidad. No se resista, pues, la amada en corresponder a su amor. ¿Puede la esposa dejar de amar, tratándose además de la esposa del Amor en persona? ¿Puede no ser amado el que es el Amor por esencia?
Con razón renuncia a cualquier otro afecto y se entrega de un modo total y exclusivo al amor el alma consciente de que la manera de responder al amor es amar ella a su vez. Porque, aunque se vuelque toda ella en el amor, ¿qué es ello en comparación con el manantial perenne de este amor? No manan con la misma abundancia el que ama y el que es el Amor por esencia, el alma y el Verbo, la esposa y el Esposo, el Creador y la creatura; hay la misma disparidad entre ellos que entre el sediento y la fuente.
Según esto, ¿no tendrá ningún valor ni eficacia el deseo nupcial, el anhelo del que suspira, el ardor del que ama, la seguridad del que confía, por el hecho de que no puede correr a la par con un gigante, de que no puede competir en dulzura con la miel, en mansedumbre con el cordero, en blancura con el lirio, en claridad con el sol, en amor con aquel que es el amor mismo? De ninguna manera. Porque, aunque la creatura, por ser inferior, ama menos, con todo, si ama con todo su ser, nada falta a su amor, porque pone en juego toda su facultad de amar. Por ello, este amor total equivale a las bodas místicas, porque es imposible que el que así ama sea poco amado, y en esta doble correspondencia de amor consiste el auténtico y perfecto matrimonio. Siempre en el caso de que se tenga por cierto que el Verbo es el primero en amar al alma, y que la ama con mayor intensidad.

viernes, 19 de agosto de 2022

Mi corazón se alegra en el Señor

Del Comentario de san Gregorio de Agrigento, obispo, sobre el Eclesiastés

    Anda, come tu pan con alegría y bebe tu vino con alegre corazón, que Dios está ya contento con tus obras.
    Si queremos explicar estas palabras en su sentido obvio e inmediato, diremos con razón que nos parece justa la exhortación del Eclesiastés, de que, llevando un género de vida sencillo y adhiriéndonos a las enseñanzas de una fe recta para con Dios, comamos nuestro pan con alegría y bebamos nuestro vino con alegre corazón, evitando toda maldad en nuestras palabras y toda sinuosidad en nuestra conducta, procurando, por el contrario, hacer objeto de nuestros pensamientos todo aquello que es recto, y procurando, en cuanto nos sea posible, socorrer a los necesitados con misericordia y liberalidad; es decir, entregándonos a aquellos afanes y obras en que Dios se complace.
    Pero la interpretación mística nos eleva a consideraciones más altas y nos hace pensar en aquel pan celestial y místico, que baja del cielo y da la vida al mundo; y nos enseña asimismo a beber con alegre corazón el vino espiritual, aquel que manó del costado del que es la vid verdadera, en el tiempo de su pasión salvadora. Acerca de los cuales dice el Evangelio de nuestra salvación: Jesús tomó pan, dio gracias, y dijo a sus santos discípulos y apóstoles: «Tomad y comed, esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros para el perdón de los pecados.» Del mismo modo, tomó el cáliz, y dijo; «Bebed todos de él, éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados.» En efecto, los que comen de este pan y beben de este vino se llenan verdaderamente de alegría y de gozo y pueden exclamar: Has puesto alegría en nuestro corazón.
    Además, la Sabiduría divina en persona, Cristo, nuestro salvador, se refiere también, creo yo, a este pan y este vino, cuando dice en el libro de los Proverbios: Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado, indicando la participación sacramental del que es la Palabra. Los que son dignos de esta participación tienen en toda sazón sus ropas, es decir, las obras de la luz, blancas como la luz, tal como dice el Señor en el Evangelio: Alumbre vuestra luz a los hombres para que, viendo vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre celestial. Y tampoco faltará nunca sobre su cabeza el ungüento rebosante, es decir, el Espíritu de la verdad, que los protegerá y los preservará de todo pecado.
 

jueves, 18 de agosto de 2022

Los malos pastores

Del Sermón de san Agustín, obispo, Sobre los pastores

    Al referirse el Señor a lo que buscan los malos pastores ya alude también a lo que descuidan; con ello quedan evidenciados los males que sufren las ovejas. Son muy pocas las ovejas bien alimentadas y sanas, es decir, aquellas a quienes no falta el sólido manjar de la verdad y se apacientan abundantemente con los dones de Dios. Pero los malos pastores ni a éstas perdonan; les parece poco descuidar a las enfermas y errantes, a las débiles y descarriadas, y llegan incluso a dar muerte a las que están fuertes y sanas. Y si estas últimas conservan la vida, viven, en todo caso, únicamente porque Dios cuida de ellas, pero por lo que se refiere a los pastores, éstos hacen lo posible por matarlas. Quizá preguntes: «¿Cómo las matan?» Pues las matan con su mala vida y con sus malos ejemplos. ¿Acaso piensas que se dijo en vano a aquel gran siervo de Dios, uno de los miembros más destacados del sumo pastor: Sé para todos modelo por tus buenas obras; y también: Sé un ejemplo para los fieles?
    En efecto, con frecuencia, incluso las buenas ovejas, al ver la mala vida de los pastores, apartan sus ojos de los preceptos del Señor y se fijan más bien en la conducta del hombre, diciendo en su interior: «Si mi prelado vive de tal manera, yo, que soy simple oveja, ¿no podré hacer lo que hace él?» De esta manera el mal pastor lleva a la muerte incluso a las ovejas fuertes. Y, ¿qué piensas que hará con las demás el que, en lugar de fortalecer a las débiles, dio muerte, con su mal ejemplo, incluso a las que había encontrado robustas y sanas?
    Os digo, pues, y os repito que si las ovejas viven y mantienen todavía la salud por la fuerza del Señor, recordando aquellas palabras que oyeron de su mismo Señor: Cumplid y guardad lo que os digan, pero no los imitéis en sus obras, sin embargo, el que vive mal en presencia del pueblo, en cuanto de él depende, mata a aquel que contempla el mal ejemplo de su vida. Que este tal pastor no se consuele, pues, pensando que la oveja no ha muerto; vive, sin duda, pero él es un homicida. Es igual que cuando un hombre impuro mira a una mujer para desearla: aunque ella persevere casta, él ha pecado, como lo dice claramente el Señor: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. No penetró ciertamente en su habitación para pecar con ella, pero pecó en el interior de su corazón.
    Así también, todo el que vive indignamente ante aquellos que están bajo su cuidado, en cuanto de él depende, da muerte incluso a las ovejas sanas; pues el que lo imita muere, y el que no lo imita vive. Sin embargo, en cuanto de él depende, lleva a ambos a la muerte; por ello dice: Matáis a las mejor alimentadas, pero no apacentáis las ovejas.

martes, 16 de agosto de 2022

La soberbia no es el Camino

"Me fue dirigida esta palabra del Señor:
«Hijo de hombre, di al príncipe de Tiro: Esto dice el Señor Dios:
Se enalteció tu corazón, y dijiste: “Soy un dios y estoy sentado en el trono de los dioses en el corazón del mar”.
Quizás esta palabra del Señor al príncipe de Tiro nos puede venir también a nosotros, y no porque ya se nos haya ensorbebecido el corazón, sino para que no caigamos en la tentación de reemplazar a Dios por nosotros mismos. Aunque, en algunos casos parece que ya se ha dado el cambio.
El hombre de este siglo XXI quiere ir quitando a Dios del medio de la sociedad, y busca la manera de hacerlo, constantemente, y así poder convertirse él mismo en su propio dios y señor, haciendo "nuevas" todas las cosas, sin saber que ya todo se ha probado y que "no hay nada nuevo bajo el sol".
Claro que este hombre, soberbio y orgulloso de sí mismo, no cae en la cuenta de que no está viendo lo que pasa consigo mismo, que su dignidad cada día está más baja y que va perdiendo credibilidad con sus leyes e ideologías.
También es cierto que son muchos los que caen en sus redes y siendo "cristianos" van tejiendo la misma red de mentiras de un dios frabricado por manos del hombre.
Es tanto el apetito de poder que tiene el hombre que no se da cuenta, como decía algún filósofo modero, que se va convirtiendo en lobo de sí mismo, pues se va devorando a sus propias crías y va perdiendo su capacidad de entender la realidad que se le presenta ante los ojos, y no ve que todo va a derrumbarse.
Por eso, más que nunca, el Señor nos llama a poner nuestra mirada fija en Él, pues es el único que no modifica su Palabra, pues su Palabra es eterna y vital, aunque muchas veces nos duela lo que nos dice y lo que nos pida, pero sabemos que con Ella obtendremos la Vida Verdadera, pues Él es la Palabra que se hace Camino para alcanzar la verdadera plenitud de nuestro ser.
Así nos llama, constantemente, a servir a Su Palabra, a vivir según Su Palabra, y a mostrar con nuestra vida que Su Palabra es la Verdad, es la Vida verdadera del hombre.
«En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos».
La riqueza del hombre moderno es su soberbia y en su soberbia perderá su vida, por no haber puesto la confianza en Quien debiera.
Los que hemos tenido la Gracia de creer tenemos que tener la fortaleza de no caer en la misma riqueza, sino que permanenciendo en la pequeñez del hijo, saber que de la Mano del Padre alcanzaremos la Vida.

lunes, 15 de agosto de 2022

Tu cuerpo santo y glorioso

De la Constitución apostólica Munificentissimus Deus del papa Pío doce

    Los santos Padres y doctores, en las homilías y disertaciones dirigidas al pueblo en la fiesta de la Asunción de la Madre de Dios, hablan de este hecho como de algo ya conocido y aceptado por los fieles y lo explican con toda precisión, procurando sobre todo hacerles comprender que lo que se conmemora en esta festividad es no sólo el hecho de que el cuerpo sin vida de la Virgen María no estuvo sujeto a la corrupción, sino también su triunfo sobre la muerte y su glorificación en el cielo, a imitación de su Hijo único Jesucristo.
    Y, así, san Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, comparando la asunción de la santa Madre de Dios con sus demás dotes y privilegios, afirma, con elocuencia vehemente:
    «Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado habitara en el tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto a su Hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por toda creatura como Madre y esclava de Dios.»
    Según el punto de vista de san Germán de Constantinopla, el cuerpo de la Virgen María, la Madre de Dios, se mantuvo incorrupto y fue llevado al cielo, porque así lo pedía no sólo el hecho de su maternidad divina, sino también la peculiar santidad de su cuerpo virginal:
    «Tú, según está escrito, te muestras con belleza; y tu cuerpo virginal es todo él santo, todo él casto, todo él morada de Dios, todo lo cual hace que esté exento de disolverse y convertirse en polvo, y que, sin perder su condición humana, sea transformado en cuerpo celestial e incorruptible, lleno de vida y sobremanera glorioso, incólume y partícipe de la vida perfecta.»
    Otro antiquísimo escritor afirma:
    «La gloriosísima Madre de Cristo, nuestro Dios y salvador, dador de la vida y de la inmortalidad, por él es vivificada, con un cuerpo semejante al suyo en la incorruptibilidad, ya que él la hizo salir del sepulcro y la elevó hacia sí mismo, del modo que él solo conoce." Todos estos argumentos y consideraciones de los santos Padres se apoyan, como en su último fundamento, en la sagrada Escritura; ella, en efecto, nos hace ver a la santa Madre de Dios unida estrechamente a su Hijo divino y solidaria siempre de su destino.
    Y sobre todo hay que tener en cuenta que, ya desde el siglo segundo, los santos Padres presentan a la Virgen María como la nueva Eva asociada al nuevo Adán, íntimamente unida a él, aunque de modo subordinado, en la lucha contra el enemigo infernal, lucha que, como se anuncia en el protoevangelio, había de desembocar en una victoria absoluta sobre el pecado y la muerte, dos realidades inseparables en los escritos del Apóstol de los gentiles. Por lo cual, así como la gloriosa resurrección de Cristo fue la parte esencial y el último trofeo de esta victoria, así también la participación que tuvo la santísima Virgen en esta lucha de su Hijo había de concluir con la glorificación de su cuerpo virginal, ya que, como dice el mismo Apóstol: Cuando esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: «La muerte ha sido absorbida en la victoria.»
    Por todo ello, la augusta Madre de Dios, unida a Cristo de modo arcano, desde toda la eternidad, por un mismo y único decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen integérrima en su divina maternidad, asociada generosamente a la obra del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, alcanzó finalmente, como suprema coronación de todos sus privilegios, el ser preservada inmune de la corrupción del sepulcro y, a imitación de su Hijo, vencida la muerte, ser llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial, para resplandecer allí como reina a la derecha de su Hijo, el rey inmortal de los siglos.
 

sábado, 13 de agosto de 2022

Qué Dios hay como Tú?

Del Sermón de san Paciano, obispo, Sobre el bautismo

    Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seamos también imagen del hombre celestial; porque el primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo es del cielo. Obrando así, amadísimos, ya no moriremos más. Porque, aunque este nuestro. cuerpo se deshaga, viviremos en Cristo, como afirma él mismo: Quien a mí se una con viva fe, aunque muera, vivirá.
    Tenemos la certeza, basada en el testimonio del Señor, de que Abraham, Isaac y Jacob y todos los santos de Dios están vivos, ya que, refiriéndose a ellos, dice el Señor. No es, pues, Dios de muertos, sino de vivos; en efecto, para él todos están vivos. Y el Apóstol dice de sí mismo: Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia; ansío partir para estar con Cristo. Y también: Mientras vivimos estamos desterrados lejos del Señor; caminamos sin verlo, guiados por la fe. Tal es nuestra fe, hermanos muy amados. Por lo demás, si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desdichados. La vida puramente natural, como vosotros mismos podéis comprobar, nos es común, aunque no igual en duración, con la de los animales, bestias y aves. Pero lo específico del hombre, lo que nos ha dado Cristo por el Espíritu, es la vida eterna, a condición de que ya no pequemos más. Pues así como la muerte viene por el pecado, así también nos libramos de ella por la práctica de la virtud; la vida, por tanto, se pierde con las malas acciones, se conserva con una vida virtuosa. El sueldo del pecado es la muerte; pero el don de Dios es la vida eterna en unión con Cristo Jesús, Señor nuestro.
    Él es, ciertamente, quien nos ha redimido, perdonándonos por pura gracia todos nuestros pecados -como dice el Apóstol- y borrando la nota desfavorable de nuestra deuda escrita sobre el rollo de los preceptos; él la arrancó de en medio y la clavó en la cruz. Con esto Dios despojó a los principados y potestades, y los expuso a la vista de todos, incorporándolos al cortejo triunfal de Cristo. Él liberta a los cautivos y rompe nuestras cadenas, como había predicho el salmista: El Señor hace justicia a los oprimidos, el Señor liberta a los cautivos, el Señor abre los ojos al ciego. Y también: Rompiste mis cadenas, te ofreceré un sacrificio de alabanza. Esta liberación tuvo lugar cuando, por el sacramento del bautismo, nos reunimos bajo el estandarte del Señor, quedando así liberados por la sangre y el nombre de Cristo.
    Así pues, amadísimos hermanos, de una vez para siempre somos purificados, somos libertados, somos recibidos en el reino inmortal; de una vez para siempre, dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado. Mantened con firmeza lo que habéis recibido, conservadlo con alegría, no pequéis más. Conservaos así puros e inmaculados para el día del Señor.
 

viernes, 12 de agosto de 2022

Permanezcamos en Cristo

Del Sermón de san Paciano, obispo, Sobre el bautismo

    El pecado de Adán había pasado a todo el género humano, ya que, como dice el Apóstol: Por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así pasó a todos los hombres. Por consiguiente, es necesario que la justicia de Cristo pase también a todo el género humano; y así como Adán, por su pecado, fue causa de perdición para toda su estirpe, así Cristo, por su justicia, es causa de vida para su linaje. El Apóstol insiste en ello diciendo: Como por la desobediencia de un solo hombre todos los demás quedaron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos quedarán constituidos justos; para que así como reinó el pecado produciendo la muerte así también reine la gracia por la justificación, dándonos vida eterna.
    Alguien podrá objetarme: «Pero el pecado de Adán con razón pasó a sus descendientes, ya que procedían de él; pero, ¿es que hemos sido engendrados por Cristo, para que podamos salvarnos por causa de él?» No penséis de modo carnal: ya veréis de qué manera hemos sido engendrados por Cristo. En la plenitud de los tiempos, Cristo tomó de María un alma y un cuerpo, porque había venido a salvar al hombre, porque no quería dejarlo bajo el poder de la muerte; por esto se unió a él y se hizo una cosa con él. Éstas son las bodas del Señor con las que se une a nuestra carne, así se realiza aquel gran misterio por el que Cristo y la Iglesia se unen en una sola persona.
    De estas bodas nace el pueblo cristiano, con la fuerza del Espíritu del Señor, que le viene de lo alto; y con la semilla celestial, que se vierte sobre nuestras almas y se introduce en ellas, nos vamos formando en el seno maternal de la Iglesia, la cual nos da a luz para la nueva vida en Cristo. De ahí que dice el Apóstol: El primer hombre, Adán, se convirtió en ser vivo; el último Adán, en espíritu que da vida. De este modo nos engendra Cristo en la Iglesia por obra de sus sacerdotes, como dice el mismo Apóstol: Yo os engendré para Cristo. Y así, la semilla de Cristo, esto es, el Espíritu de Dios, da salida al hombre nuevo, gestado en el seno de la madre Iglesia y dado a luz en la fuente bautismal, por mano del sacerdote, actuando la fe como madrina de bodas.
    Pero hay que recibir a Cristo para que nos engendre, tal como dice el apóstol Juan: A cuantos lo recibieron dio poder de llegar a ser hijos de Dios. Todo esto no puede realizarse sino mediante el signo del baño, del crisma y del obispo. Por el baño bautismal, en efecto, somos purificados de nuestros pecados; por el crisma se derrama sobre nosotros él Espíritu Santo; y ambas cosas las impetramos por la mano y la boca del obispo; y así todo el hombre renace y es renovado en Cristo, para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos, así también nosotros vivamos una vida nueva, esto es, despojándonos de los errores de nuestra vida anterior, permanezcamos en Cristo por nuestra conducta renovada por obra del Espíritu.

jueves, 11 de agosto de 2022

Sordos y ciegos

"Me fue dirigida esta palabra del Señor:
«Hijo de hombre, vives en medio de un pueblo rebelde: tienen ojos para ver, y no ven; tienen oídos para oír, y no oyen; pues son un pueblo rebelde".
¿Cuál es la rebeldía que señala Dios? Una rebreldía que nace de que nos somos capaces de leer los signos de los tiempos en los que se nos van diciendo muchas cosas, pero como tenemos los ojos cerrados y los oídos tapados, entonces, ni vemos, ni oímos lo que Dios nos va diciendo a cada paso del camino.
Si vamos por la calle vamos a ver cuántos somos los que vamos con la mirada puesta en el móvil, y cuántos otros con los auriculares puestos escuchando música a todo volúmen: no ven ni oyen, pueden pasar mil cosas a su alrededor pero no se dan cuenta de lo que ocurre.
Pero eso es sólo un ejemplo, porque no es sólo la música la que aturde, ni es el móvil el que no nos deja ver, sino que vivimos inmersos en un mundo donde sólo vemos lo que sucede en nuestro ombligo, dentro de las cuatro paredes de nuestra casa y no podemos ver más allá, pues no levantamos la cabeza para mirar al otro, a mi hermano; ni abrimos los oídos para escuchar los gritos de dolor de mis vecinos, del hombre que vive en el mundo y no sabe ya cómo gritar para que oigamos sus gemidos.
El Hombre, la humanidad, como dice san Pablo, gime dolores parto esperando que los hijos de Dios le demos respuesta a sus dolores y encontremos el camino de su redención.
Pero no, vivimos adormecidos por el espíritu del mundo, atribulados porque nunca llegamos a tener lo que buscamos, cansados por ir corriendo detrás del tiempo buscando más tiempo para hacer cosas que no alimentan nuestro espíritu y nos van dejando hambrientos de eternidad.
El mundo en el que vivimos nos quiere sordos y ciegos para no ver que vamos directos al precipicio de la nada, pues el hombre todo se va vaciando de sentido y sólo busca percepciones, sensaciones que lo hagan sentir vivo, y, por eso, cada día necesitamos de más cosas que nos demuestren que estamos vivos, siendo que tenemos un espíritu de Vida que clama que lo dejemos vivir en nosotros, que lo maduremos, que lo alimentemos con el Verdadero Alimento para tener vida y dar verdadera vida al hombre que la neceista.

miércoles, 10 de agosto de 2022

Administró la sangre de Cristo

De los Sermones de san Agustín, obispo

La Iglesia de Roma nos invita hoy a celebrar el triunfo de san Lorenzo, que superó las amenazas y seducciones del mundo, venciendo así la persecución diabólica. Él, como ya se os ha explicado más de una vez, era diácono de aquella Iglesia. En ella administró la sangre sagrada de Cristo, en ella también derramó su propia sangre por el nombre de Cristo. El apóstol san Juan expuso claramente el significado de la Cena del Señor, con aquellas palabras: Como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos. Así lo entendió san Lorenzo; así lo entendió y así lo practicó; lo mismo que había tomado de la mesa del Señor, eso mismo preparó. Amó a Cristo durante su vida, lo imitó en su muerte.
También nosotros, hermanos, si lo amamos de verdad, debemos imitarlo. La mejor prueba que podemos dar de nuestro amor es imitar su ejemplo, porque Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Según estas palabras de san Pedro, parece como si Cristo sólo hubiera padecido por los que siguen sus huellas, y que la pasión de Cristo sólo aprovechara a los que siguen sus huellas. Lo han imitado los santos mártires hasta el derramamiento de su sangre, hasta la semejanza con su pasión; lo han imitado los mártires, pero no sólo ellos. El puente no se ha derrumbado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha secado después de haber bebido ellos.
Tenedlo presente, hermanos: en el huerto del Señor no sólo hay las rosas de los mártires, sino también los lirios de las vírgenes y las yedras de los casados, así como las violetas de las viudas. Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación: Cristo ha sufrido por todos. Con toda verdad está escrito de él: Nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad.
Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo, además del derramamiento de sangre, además del martirio. El Apóstol, refiriéndose a Cristo, dice: A pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. ¡Qué gran majestad! Al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. ¡Qué gran humildad!
Cristo se rebajó: esto es, cristiano, lo que debes tú procurar. Cristo se sometió: ¿cómo vas tú a enorgullecerte? Finalmente, después de haber pasado por semejante humillación y haber vencido la muerte, Cristo subió al cielo: sigámoslo. Oigamos lo que dice el Apóstol: Si habéis sido resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios.

lunes, 8 de agosto de 2022

Hablar con Dios o de Dios

De varios escritos de la Historia de la Orden de los Predicadores

La vida de Domingo era tan virtuosa y el fervor de su espíritu tan grande, que todos veían en él un instrumento elegido de la gracia divina. Estaba dotado de una firme ecuanimidad de espíritu, ecuanimidad que sólo lograban perturbar los sentimientos de compasión o de misericordia; y, como es norma constante que un corazón alegre se refleja en la faz, su porte exterior, siempre gozoso y afable, revelaba la placidez y armonía de su espíritu. En todas partes, se mostraba, de palabra y de obra, como hombre evangélico. De día, con sus hermanos y compañeros, nadie más comunicativo y alegre que él. De noche, nadie más constante que él en vigilias y oraciones de todo género. Raramente hablaba, a no ser con Dios, en la oración, o de Dios, y esto mismo aconsejaba a sus hermanos.
Con frecuencia pedía a Dios una cosa: que le concediera una auténtica caridad, que le hiciera preocuparse de un modo efectivo en la salvación de los hombres, consciente de que la primera condición para ser verdaderamente miembro de Cristo era darse totalmente y con todas sus energías a ganar almas para Cristo, del mismo modo que el Señor Jesús, salvador de todos, ofreció toda su persona por nuestra salvación. Con este fin instituyó la Orden de Predicadores, realizando así un proyecto sobre el que había reflexionado profundamente desde hacia ya tiempo.
Con frecuencia exhortaba, de palabra o por carta, a los hermanos de la mencionada Orden, a que estudiaran constantemente el nuevo y el antiguo Testamento. Llevaba siempre consigo el evangelio de san Mateo y las cartas de san Pablo, y las estudiaba intensamente, de tal modo que casi las sabía de memoria.
Dos o tres veces fue elegido obispo, pero siempre rehusó, prefiriendo vivir en la pobreza, junto con sus hermanos, que poseer un obispado. Hasta el fin de su vida conservó intacta la gloria de la virginidad. Deseaba ser flagelado, despedazado y morir por la fe cristiana. De él afirmó el papa Gregorio noveno: «Conocí a un hombre tan fiel seguidor de las normas apostólicas, que no dudo que en el cielo ha sido asociado a la gloria de los mismos apóstoles.»

domingo, 7 de agosto de 2022

Qué se nos pedirá?

“Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará;
al que mucho se le confió, más aún se le pedirá”.

No siempre nos damos cuenta de lo que se nos ha dado o de lo que Dios nos ha dado. Como muchas veces se dice, nos damos cuenta de lo que teníamos cuando ya no lo tenemos, y es ahí cuando descubrimos lo que hemos perdido.
Pero ¿cuándo nos tenemos que dar cuenta de lo que tenemos o cómo hacemos para descubrir lo que nos ha sido dado? No es una tarea fácil en estos tiempos que vivimos, pues para eso hace falta que tengamos (o como se dice perdamos) tiempo para mirarnos frente a Dios, para pensar en lo que hemos vivido y mirar hacia lo que Dios quiere que vivamos. La reflexión personal sobre uno mismo necesita de tiempo de silencio y de valentía, pues, muchas veces, tememos mirar hacia adentro porque puede no gustarnos lo que podamos descubrir.
Por eso, siempre, tenemos que pensar que Dios quiere que miremos con optimismo, pues Él nos ha dado lo mejor de sí mismo, desde la vida hasta la Vida de Su Hijo, para que nosotros tengamos en abundancia y, así, podamos dar en abundancia.
La mayor de las veces nos quejamos porque no tenemos lo que otros tienes, y eso es envidia, o celos por lo que otros están viviendo, y eso no nos deja ver lo que nosotros tenemos. Los pesimistas son aquellos que ven siempre el vacío de la copa, pero no lo que la copa tiene.
Tampoco tenemos que irnos al otro extremo de creer que somos los mejores y que lo que tenemos es mejor que lo que otros tienes. Ver la copa demasiado llena y brillante, no nos ayuda a mejorar, incluso, nos puede hacer muy egoístas por no querer compartir, o hasta autosuficientes y no dejar que nadie pueda hacer algo porque “nadie lo hace mejor que yo”.
El justo equilibrio entre los defectos y las virtudes, se llama humildad: reconocer los defectos y las virtudes, saber cuándo me equivoco y cuándo hago bien las cosas, cuánto tengo y cuánto puedo dar, pero, sobre todo, saber que todo me ha sido dado por la Gracia de Dios, pues si Él no me hubiera dado la vida, la inteligencia y tantas otras capacidades, nada podría yo hacer.
Por eso no tengas miedo de dar a mano llena, y de dejar que el Señor te utilice en todo momento para seguir construyendo Su Reino, nunca será Él desagradecido con los que se dejan conducir por Su Mano, sino que siempre nos devolverá mucho más de lo que hemos dado.

sábado, 6 de agosto de 2022

Que bien estaría quedarnos aquí

Del Sermón de Anastasio Sinaíta, obispo, en el día de la Transfiguración del Señor .

El misterio que hoy celebramos lo manifestó Jesús a sus discípulos en el monte Tabor. En efecto, después de haberles hablado, mientras iba con ellos, acerca del reino y de su segunda venida gloriosa, teniendo en cuenta que quizá no estaban muy convencidos de lo que les había anunciado acerca del reino y deseando infundir en sus corazones una firmísima e intima convicción, de modo que por lo presente creyeran en lo futuro, realizó ante sus ojos aquella admirable manifestación, en el monte Tabor, como una imagen prefigurativa del reino de los cielos. Era como si les dijese: «El tiempo que ha de transcurrir antes de que se realicen mis predicciones no ha de ser motivo de que vuestra fe se debilite, y por esto, ahora mismo, en el tiempo presente, os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán, sin haber visto al Hijo del hombre presentarse con la gloria de su Padre.»
Y el evangelista, para mostrar que el poder de Cristo estaba en armonía con su voluntad, añade: Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un alto monte, y se transfiguró en su presencia; su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Éstas son las maravillas de la presente solemnidad, éste es el misterio, saludable para nosotros, que ahora se ha cumplido en el monte, ya que ahora nos reúne la muerte y, al mismo tiempo, la festividad de Cristo. Por esto, para que podamos penetrar, junto con los elegidos entre los discípulos inspirados por Dios, el sentido profundo de estos inefables y sagrados misterios, escuchemos la voz divina y sagrada que nos llama con insistencia desde lo alto, desde la cumbre del monte.
Debemos apresurarnos a ir hacia allí -así me atrevo a decirlo- como Jesús, que allí en el cielo es nuestro guía y precursor, con quien brillaremos con nuestra mirada espiritualizada, renovados en cierta manera en los trazos de nuestra alma, hechos conformes a su imagen, y, como él, transfigurados continuamente y hechos participes de la naturaleza divina, y dispuestos para los dones celestiales.
Corramos hacia allí, animosos y alegres, y penetremos en la intimidad de la nube, a imitación de Moisés y Elías, o de Santiago y Juan. Seamos como Pedro, arrebatado por la visión y aparición divina, transfigurado por aquella hermosa transfiguración, desasido del mundo, abstraído de la tierra; despojémonos de lo carnal, dejemos lo creado y volvámonos al Creador, al que Pedro, fuera de sí, dijo: Señor, qué bien estaría quedamos aquí.
Ciertamente, Pedro, en verdad qué bien estaría quedarnos aquí con Jesús, y permanecer aquí para siempre. ¿Hay algo más dichoso, más elevado, más importante que estar con Dios, ser hechos conformes con él, vivir en la luz? Cada uno de nosotros, por el hecho de tener a Dios en sí y de ser transfigurado en su imagen divina, tiene derecho a exclamar con alegría: Qué bien estaría quedanos aquí, donde todo es resplandeciente, donde está el gozo, la felicidad y la alegría, donde el corazón disfruta de absoluta tranquilidad, serenidad y dulzura, donde vemos a (Cristo) Dios, donde él, junto con el Padre, pone su morada y dice, al entrar: Hoy ha venido la salud a esta casa, donde con Cristo se hallan acumulados los tesoros de los bienes eternos, donde hallamos reproducidas, como en un espejo, las imágenes de las realidades futuras.

viernes, 5 de agosto de 2022

Otra vez más

"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga".
¡Otra vez con lo mismo! podemos llegar a pensar cuando volvemos a leer las condiciones que nos pone Jesús para poder seguirlo, para poder ser sus discípulos. Y una y otra vez lo volveremos a leer durante el año, y durante toda nuestra vida, porque es, en realidad, la condición esencial para ser cristiano, y es lo más difíicl que nos puede pedir Jesús, un día y otro día más.
Esta condición de Jesús hay que leer como los carteles que hay en algunas tienda de barrio que dice: "hoy no se fía, venga mañana", y, mañana dirá lo mismo, porque el dueño con quiere que nadie se vaya sin pagarle, porque quizás mañana no le pueda cobrar.
Y ¿por qué leerla todos los días? Por que son de esas cosas que no nos gustan y por eso, inconsciente o concientemente, nos la olvidamos. A veces nos la olvidamos porque somos despistados, otras porque no hemos tenido tiempo de ponernos a pensar, y otras porque no queremos hacerle caso al Señor.
Y ¿Por qué no queremos vivir el desprendimiento de nosotros mismos? Porque no es fácil dejar de pensar en uno mismo, y, además, no siempre vemos como bueno la Voluntad de Dios. Existe, quizas, en el inconsciente colectivo, que la Voluntad de Dios siempre va a ir en contra de lo que me gusta hacer o de lo que quiero hacer. Y eso es un error.
Si nos acostumbráramos a pensar en lo que Dios quiere para mí, entonces descubriría que es el mejor Camino, y, será ese Camino el que me conduzca a la paz, a la armonía, a la perfección espiritual. No quiere decir que nunca me vaya a equiocar. Lo hará porque no es fácil saber qué es lo que Dios quiere en cada momento, pero si lo voy haciendo e intentando vivir todos los días, podré alcanzar esa perfección que le Padre quiere para mí. Porque, en definitiva, eso es lo que Jesús quiere para nosotros: que alcancemos la perfección que el Padre soñó para cada uno.

 

lunes, 1 de agosto de 2022

Amor a Cristo

De las obras de San Alfonso María de Ligorio, obispo.

Toda la santidad y la perfección del alma consiste en el amor a Jesucristo, nuestro Dios, nuestro sumo bien y nuestro redentor. La caridad es la que da unidad y consistencia a todas las virtudes que hacen al hombre perfecto.
¿Por ventura Dios no merece todo nuestro amor? Él nos ha amado desde toda la eternidad. «Considera, oh hombre —así nos habla—, que yo he sido el primero en amarte. Aún no habías nacido, ni siquiera existía el mundo, y yo ya te amaba. Desde que existo, yo te amo.»
Dios, sabiendo que al hombre se lo gana con beneficios, quiso llenarlo de dones para que se sintiera obligado a amarlo: «Quiero atraer a los hombres a mi amor con los mismos lazos con que habitualmente se dejan seducir: con los vínculos del amor.» Y éste es el motivo de todos los dones que concedió al hombre. Además de haber dado un alma dotada, a imagen suya, de memoria, entendimiento y voluntad, y un cuerpo con sus sentidos, no contento con esto, creó, en beneficio suyo, el cielo y la tierra y tanta abundancia de cosas, y todo ello por amor al hombre, para que todas aquellas creaturas estuvieran al servicio del hombre, y así el hombre lo amara a él en atención a tantos beneficios.
Y no sólo quiso darnos aquellas creaturas, con toda su hermosura, sino que además, con el objeto de conquistarse nuestro amor, llegó al extremo de darse a sí mismo por entero a nosotros. El Padre eterno llegó a darnos a su Hijo único. Viendo que todos nosotros estábamos muertos por el pecado y privados de su gracia, ¿que es lo que hizo? Llevado por su amor inmenso, mejor aún, excesivo, como dice el Apóstol, nos envió a su Hijo amado para satisfacer por nuestros pecados y para restituirnos a la vida, que habíamos perdido por el pecado.
Dándonos al Hijo, al que no perdonó, para perdonarnos a nosotros, nos dio con él todo bien: la gracia, la caridad y el paraíso, ya que todas estas cosas son ciertamente menos que el Hijo: El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él todo lo demás?