«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».
Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».
En aquel momento quedó curada su hija".
Hoy en día lo tratarían de discriminador a Jesús y lo lapidarían no por blasfemo (pues eso es lo normal hoy en día) sino por haber llamado "perrito" a la cananea, algo que es impensable que alguien pudiera decirlo. Pero dejando de lado ese asunto miremos cuál ha sido la intención del Señor, pues no sólo utiliza ese método con la cananea sino en otros momentos también.
¿Qué método? El de hacer que se manifieste la fe la persona, pues es lo único que cuenta: la grandeza de la fe. También lo dice acerca del centurión romano: en verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe.
Es cierto que la fe no tiene medidas, pero se comprueba en la medida en que lo expresamos, pero sobre todo en lo que vivimos. En estos casos los dos personajes han hecho una profesión de fe que era excepcional y le sirvió al Señor para hacernos ver que la fe es la que nos ayuda a afrontar las situaciones difíciles de la vida, no sólo porque puede hacer obrar milagros a nuestro Dios, sino porque nos ayuda a ver la vida con otros ojos y a llevar con fortaleza lo que nos toque vivir.
Todo esto porque Jesús no obró todos los milagros que podría haber hecho, pues ese no era el sentido de su venida al mundo, sino que por medio de los milagros "cautivó" a muchos para poder escucharlo y brindarles, así, el conocimiento necesario acerca del Padre, del Reino y mostrarnos un Camino para encontrar un sentido a nuestras vidas.
Así la fe es la luz que nos ayuda a encontrar el sentido a lo que vivimos, es la fuerza que nos ayuda a levantarnos de nuestras caídas y postraciones, es la esperanza que nos ayuda a seguir caminando sabiendo que Él nos asiste en la oscuridad de la vida.
miércoles, 5 de agosto de 2026
Nos ayuda
martes, 4 de agosto de 2026
Ciegos por hablar
«Escuchad y entended: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre».
Respondiendo Jesús a las críticas de los fariseos por no hacer los actos de purificación de las manos antes de comer, él les dio esa respuesta. Pero es una respuesta que nos sirve para nosotros también, no por los actos de purificación porque eso ya no son actos de purificación sino que son buenos modales de higiene personal. Pero, también, son buenos modales de higiene moral y espiritual.
Es decir ¿tenemos en cuenta todo lo que sale de nuestros labios? ¿Tenemos en cuenta todo lo que hablamos o decimos acerca de otras personas? Esas palabras son las que hablan de nuestra impureza personal y por eso hemos de evitarlas: "si no puedas hablar bien de alguien, mejor no hables". Si no puedes evitar que otros hablen mal, evita a los otros. Claves para mantener limpia nuestra alma y nuestra vida.
Y así con muchas cosas, porque, sabemos, que el pecado está dentro nuestro y el pecado nos lleva, muchas veces, y siempre, a evitar el bien y a desear el mal. Por eso hay que tener ciertas actitudes que nos ayuden a evitar el pecado de palabra.
Porque creyendo que hacemos el bien hablando mal de otros, o comentando lo mal que otros se portan, nos comportamos como ciegos porque no vemos el daño que podemos llegar a causar, no sólo a la otra persona, sino a otras personas que se harán eco de nuestras palabras. Por eso le decía Jesús a los apóstoles:
"Dejadlos, son ciegos guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo».
Somos ciegos cuando no estamos viendo, o no queremos ver, el daño que le estamos haciendo a ciertas personas con nuestras actitudes, palabras, obras y omisiones, porque nos creemos más listos o más buenos o más santos o con más verdad que los demás, sin embargo por todo eso, también, caemos el hoyo del pecado.
lunes, 3 de agosto de 2026
Sálvanos!
"Pedro le contestó: - «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre el agua».
Él le dijo: - «Ven».
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: - «Señor, sálvame».
Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: - «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».
Hermosa escena no sólo de la vida de Pedro sino, también, de nuestra propia vida de fe.
Seguramente, casi todos, hemos tenido esa arrogancia de pedirle a Jesús que hagamos algo que podría ser extraordinario para nuestras vidas porque sólo Él, como Dios, podría hacerlo. Pero, sin darnos cuenta, igualmente le hemos hecho el pedido de algo extraordinario, y, quizás, Él nos dio algo más de lo que habíamos pedido y, a la vez, nos pidió Él algo que no teníamos en cuenta: "toma tu cruz de cada día y sígueme", y fue ahí cuando vimos que no podíamos cumplir con lo que Dios nos estaba pidiendo.
Quizás algunos se hundieron en la desesperanza de no poder hacer o no querer hacer lo que Jesús les pedía y perdieron (o creyeron perder) la fe que tenían sobre todo porque ese no era el Dios en quien confiaban.
Otros aceptaron el desafío de seguir a Jesús, pero, en el camino se sintieron sin fuerzas para llegar al final de la meta y sucumbieron al ruido del mundo, a las tentaciones y al miedo de no poder ser lo que ellos pensaban que tenían que ser. Y dejaron el camino.
Y, como Pedro, muchos decidieron reconocer que solos no podían con el ruido del mundo, con las tentaciones, con todo lo que significaba seguir a Jesús con todas sus consecuencias, y, por eso, sin miedo y con confianza dijeron: ¡Señor, ayúdame! y fue esa confianza en Su Poder lo que hizo que llegaran a la meta, que pudieran llevar la cruz de cada día sobre sus hombres y consiguieran, día a día, recorrer el Camino del Señor.
Por eso, a pesar de nuestra arrogancia de querer ser como Jesús, no podremos llegar a vivirlo si no descubrimos que solos nos hundiremos en el miedo que producen ciertas cosas, pero si nos sabemos débiles y pequeños podremos tender la mano hacia la única Mano que capaz de levantarnos de nuestros pozos y oscuridades.
domingo, 2 de agosto de 2026
Sobre el bautismo
Discurso de San Gregorio de Nisa, obispo y confesor
Mirad, el buen dispensador de todas las cosas, que renueva los años y gobierna los tiempos, ha hecho nacer el día santo en que solemos invitar a los huéspedes a la adopción de hijos, a los necesitados a la participación de la gracia, y a la purificación de los pecados a quienes se hallan manchados por la sordidez de los pecados. Ésta es aquella antigua predicación que tuvo lugar poco antes de que el Salvador hiciera su aparición: Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Y aunque yo no soy ni Juan ni David, sin embargo la bajeza del siervo no desvirtúa la ley del Señor. Pues si nosotros obedecemos las disposiciones emanadas de los que promulgan las leyes, no lo hacemos por reverencia hacia ellos sino que nos sometemos a lo establecido por temor al poder del legislador.
Viene la amnistía real condonando la pena a dos tipos de penados: la liberación a los encarcelados y la cancelación de la deuda a los deudores. Por eso, también yo puedo ofrecer una adecuada medicina a estas dos categorías de personas, y confiadamente prometo que, si se empeñan, recibirán la ayuda.
Y para que nadie piense que la medicina es demasiado cara, voy a señalar la medicación que ha de aplicarse a los enfermos. Pues a unos les prometo la salud por el agua y el baño, y mediante unas pocas lágrimas, hago desaparecer de los otros la enfermedad. Basta esta simple medicación y el don de Dios para que se produzca un resultado tan maravilloso: ser liberado de las llagas rebeldes, infligidas por la mordedura de la serpiente, sin necesidad de cauterios ni de bisturí. Venid, pues, a curaros los que os sentís enfermos: no descuidéis de hacerlo. Pues cuando una enfermedad es rebelde y crónica, nada puede contra ella ni el arte de curar. Pobres y necesitados, apresuraos: venid a recibir los dones del Rey; ovejas, acudid a ser marcadas con la señal de la cruz, que es salud y remedio contra los males.
Dadme vuestros nombres, para que yo los imprima en libros sensibles y los escriba con tinta, y Dios los grabará en losas imperecederas, escribiéndolos -como antiguamente la ley hebrea- con su propio dedo.
Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Lavaos, apartad de mí vuestros pecados. Estas palabras hace ya mucho tiempo que fueron escritas, pero su valor no se ha desvirtuado, sino que sigue en vigor y crece de día en día. Salid de la cárcel, os lo ruego. Aborreced los tenebrosos antros del vicio. Huid del diablo, guardián cruel de quienes están encadenados, que se alimenta de la desgracia de los pecadores y especula con ella.
Porque, del mismo modo que Dios se alegra con nuestras obras justas, así el autor del pecado se goza con nuestros delitos. Despójate del hombre viejo como de un vestido sucio, signo de infamia y deshonor, confeccionado con la muchedumbre de los pecados y entretejido con el miserable paño de la iniquidad. Recibe a cambio el vestido de la incorrupción, que Cristo te ofrece desempaquetado y extendido; no rechaces el don, para que el donante no se dé por ofendido. Durante mucho tiempo te has revolcado en el fango; corre a mi Jordán: Juan es el que llama, pero es Cristo quien te exhorta. El río de la gracia fluye por doquier: no tiene sus fuentes en Palestina ni desemboca en el vecino mar, sino que, bordeando la redondez de la tierra, entra en el paraíso y, a través de un recorrido inverso al de los cuatro ríos que allí nacen, introduce en el paraíso aguas mucho más preciosas que las que de allí se exportan. Pues tiene como riquísima fuente a Cristo, y, partiendo de él, inunda el mundo entero. Este río es dulce y potable, sin índice alguno de desagradable salobridad. Se convierte en dulce con la venida del Espíritu, como la fuente de Mará por el contacto con el madero.
sábado, 1 de agosto de 2026
Ante la verdad
Tanto en la lectura del profeta Jeremías como en el evangelio hay dos profetas a los que la gente, especialmente algunos, querían darle muerte y no porque dijeran mentiras o falsedades, sino porque hablaban de parte del Señor y decían verdades, pero verdades que a algunos les incomodan y quieren deshacerse de los profetas, y a otros, aunque les incomodan pero igual aceptan la Palabra del Señor.
En el caso de Jeremías encontró quien aceptara las Palabras del Señor por boca del profeta y logró defenderlo de la muerte, pues pudo, seguramente por la Gracia del Señor, abrir su corazón a la verdad y aunque lo que Dios decía al Pueblo era fuerte y doloroso, pero había que obedecerle a Dios antes que a los hombres.
En cambio, en el caso de Juan Bautista, aunque Herodes lo escuchaba con atención y temor, obedecía más a los hombres y no a Dios y por eso lo mandó matar para no quedar mal ante los convidados.
¿Cuál es nuestra actitud ante las verdades que nos dicen de parte de Dios? Muchos decimos que nos gusta decir la verdad, pero cuando nos dicen algo que nos duele ¿lo aceptamos o mandamos callar a quien nos quiere ayudar? Es más fácil decirle al otro lo que está haciendo mal que aceptar de igual modo cuando alguien viene a mí a decirme, quizás, lo mismo que yo le he dicho a alguien.
Por eso nuestro corazón siempre tiene que buscar la fuerza en la humildad, tanto para poder aceptar como para corregir, porque en la humildad se demuestra el amor que tengo hacia el otro, y, sobre todo, sabiendo que todo me puede ayudar en función de mi conversión.
viernes, 31 de julio de 2026
Sobre San Ignacio
Luis Gonçalves de Cámara
De los Hechos de san Ignacio recibidos de labios del mismo santo
Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado Vida de Cristo y otro que tenía por título Flos sanctorum, escritos en su lengua materna.
Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban. A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior.
Pero, entretanto, iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer. En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo:
«¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?»
Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión de pensamientos duró bastante tiempo.
Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre. Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios. Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia suya le ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus enseñaría luego a los suyos.
jueves, 30 de julio de 2026
Elegir al Alfarero
«Anda, baja al taller del alfarero, que allí te comunicaré mi palabra».
Bajé al taller del alfarero, que en aquel momento estaba trabajando en el torno. Cuando le salía mal una vasija de barro que estaba torneando (como suele ocurrir al alfarero que trabaja con barro), volvía a hacer otra vasija, tal como a él le parecía.
Entonces el Señor me dirigió la palabra en estos términos:
«¿No puedo yo trataros como este alfarero, casa de Israel? - oráculo del Señor -.
Pues lo mismo que está el barro en manos del alfarero, así estáis vosotros en mi mano, casa de Israel».
Esta Palabra del Señor a Jeremías es el cimiento de la canción (que tanto gusta) del Alfarero, pero no siempre sabemos de dónde vienen las inspiraciones, pero tampoco sabemos si lo que estamos cantando o diciendo o compartiendo será bueno para mi vida o si lo aceptaré en mi vida.
El Señor le hace comprender a Jeremías, y por él a su Pueblo, que todos somos hechura de su Mano, que, aunque nos queramos construir a nosotros mismos es Él quien tiene las riendas de nuestra vida en sus Manos, y es imposible querer escaparnos de Él, aunque lo intentemos una y mil veces, y, por supuesto, aunque neguemos su Presencia y Existencia Dios nunca va a dejar de estar en nuestras vidas.
Por eso, el Señor le hablaba así a Israel, y nos lo dice a nosotros, que es mejor dejarnos modelar por sus Manos pues es Él quien tiene la sabiduría y la eternidad, porque cuando nos dejamos modelar por el mundo éste no tiene ni la sabiduría ni la eternidad, ni la capacidad de darnos o devolvernos la vida que nos va quitando. Y así nos lo hace ver o pensar el Salmo:
No confiéis en los príncipes,
seres de polvo que no pueden salvar;
exhalan el espíritu y vuelven al polvo,
ese día perecen sus planes.
Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob,
el que espera en el Señor, su Dios,
que hizo el cielo y la tierra,
el mar y cuanto hay en él.
Es cierto que así parece que no tenemos libertad para elegir o para vivir, pues es lo que el hombre de hoy quiere: ser libre, pero sí tenemos la libertad de vivir en Dios o sin Él, y cada una de esas elecciones tiene sus propias consecuencias. Vivir en Dios nos dará vida y Vida en plenitud, aunque el Camino, como nos lo enseñó Jesús no será el más fácil, pero será el que nos lleve a la plenitud de nuestro ser y a la eternidad en Dios.
Cada uno elige qué camino recorrer.