domingo, 31 de marzo de 2024

No sabemos dónde lo han puesto

“Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”, me imagino la angustia que debe haber sentido Magdalena al no encontrar al Señor. Y debe ser parecida a la angustia que deben sentir tantas personas al no encontrar un sentido en sus vidas, al no tener a Dios en sus vidas y no saber dónde buscarlo.
María fue al lugar donde sabía que la podían comprender y entender: al cenáculo, al lugar donde fue la Última Cena y donde sabía que estaban reunidos los apóstoles en oración, pues ellos también se sentían atemorizados y desesperanzados pues Su Señor había muerto en la Cruz.
Y ellos como Magdalena salieron corriendo hacia el lugar donde debería estar el Señor, pero no lo encontraron tampoco. Y es ahí cuando volvieron a recordar las palabras de Jesús: “y a los tres días resucitaré”, vieron y creyeron. Y al creer la tristeza de convirtió en alegría, la desesperanza en esperanza y volvieron a decir a sus compañeros: ¡es verdad ha resucitado!
Esa es nuestra fe, nuestra esperanza, lo que nos guía, como decimos en la Salve: por este valle de lágrimas.
Confiamos porque creemos que lo que se nos ha dicho es verdad, esperamos porque creemos en los testigos que han visto y oído sus Palabras, amamos porque sabemos que por Amor Él no sólo murió en la Cruz, sino que resucitó de entre los muertos para que nosotros, muertos la pecado, podamos resucitar a una vida en la Gracia, a una vida con sentido nuevo y verdadero que nace del costado abierto de Jesús, pues esa agua que brotó de su costado es el agua que nos renovó en la Pila Bautismal y nos confirió la dignidad de hijos de Dios a imagen del Unigénito de Dios, Jesucristo, Nuestro Señor.
Así nuestra vida tiene sentido, nuestro dolor tiene sentido, nuestra cruz tiene sentido, pero también nuestras alegrías y gozos tienen sentido, porque Jesús ha resucitado para nuestra Salvación, y nos abrió los Cielos para que, un día, podamos compartir con Él la alegría de la eternidad. Una alegría que compartimos cada día de nuestras vidas cuando sabemos que podemos hablar con Él en nuestra oración, a través de Su Palabra, y, sobre todo, cuando en el altar, podemos recibirlo en Su Cuerpo Glorioso y Resucitado, sabiendo que Él y sólo Él nos alimenta con Su Vida para que podamos, siempre y en todo momento, volver a tener Vida y Vida en abundancia.

¡Feliz Pascua de Resurrección!

sábado, 30 de marzo de 2024

Descendió al lugar de los muertos

 De una antigua Homilía sobre el santo y grandioso Sábado

¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa Y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido Y ha despertado a los que dormían desde hace siglos. El Dios hecho hombre ha muerto y ha puesto en movimiento a la región de los muertos.
En primer lugar, va a buscar a nuestro primer padre, como a la oveja perdida. Quiere visitar a los que yacen sumergidos en las tinieblas y en las sombras de la muerte; Dios y su Hijo van a liberar de los dolores de la muerte a Adán, que está cautivo, y a Eva, que está cautiva con él.
El Señor hace su entrada donde están ellos, llevando en sus manos el arma victoriosa de la cruz. Al verlo, Adán, nuestro primer padre, golpeándose el pecho de estupor, exclama, dirigiéndose a todos: «Mi Señor está con todos vosotros.» Y responde Cristo a Adán: «y con tu espíritu.» Y, tomándolo de la mano, lo levanta, diciéndole: «Despierta, tú que duermes, Y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo.
Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti y por todos estos que habían de nacer de ti; digo, ahora, y ordeno a todos los que estaban en cadenas: "Salid", y a los que estaban en tinieblas: "Sed iluminados", Y a los que estaban adormilados: "Levantaos."
Yo te lo mando: Despierta, tú que duermes; porque yo no te he creado para que estuvieras preso en la región de los muertos. Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los que han muerto. Levántate, obra de mis manos; levántate, mi efigie, tú que has sido creado a imagen mía. Levántate, salgamos de aquí; porque tú en mí y yo en ti somos una sola cosa.
Por ti, yo, tu Dios, me he hecho hijo tuyo; por ti, siendo Señor, asumí tu misma apariencia de esclavo; por ti, yo, que estoy por encima de los cielos, vine a la tierra, y aun bajo tierra; por ti, hombre, vine a ser como hombre sin fuerzas, abandonado entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto paradisíaco, fui entregado a los judíos en un huerto y sepultado en un huerto.
Mira los salivazos de mi rostro, que recibí, por ti, para restituirte el primitivo aliento de vida que inspiré en tu rostro. Mira las bofetadas de mis mejillas, que soporté para reformar a imagen mía tu aspecto deteriorado. Mira los azotes de mi espalda, que recibí para quitarte de la espalda el peso de tus pecados. Mira mis manos, fuertemente sujetas con clavos en el árbol de la cruz, por ti, que en otro tiempo extendiste funestamente una de tus manos hacia el árbol prohibido.
Me dormí en la cruz, y la lanza penetró en mi costado, por ti, de cuyo costado salió Eva, mientras dormías allá en el paraíso. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te sacará del sueño de la muerte. Mi lanza ha reprimido la espada de fuego que se alzaba contra ti.
Levántate, vayámonos de aquí. El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial. Te prohibí comer del simbólico árbol de la vida; mas he aquí que yo, que soy la vida, estoy unido a ti. Puse a los ángeles a tu servicio, para que te guardaran; ahora hago que te adoren en calidad de Dios.
Tienes preparado un trono de querubines, están dispuestos los mensajeros, construido el tálamo, preparado el banquete, adornados los eternos tabernáculos y mansiones, a tu disposición el tesoro de todos los bienes, y preparado desde toda la eternidad el reino de los cielos.»

viernes, 29 de marzo de 2024

El valor de la Sangre de Cristo

De las Catequesis de san Juan Crisóstomo, obispo

¿Deseas conocer el valor de la sangre de Cristo? Remontémonos a las figuras que la profetizaron y recordemos los antiguos relatos de Egipto.
Inmolad —dice Moisés— un cordero de un año; tomad su sangre y rociad las dos jambas y el dintel de la casa. «¿Qué dices, Moisés? La sangre de un cordero irracional ¿puede salvar a los hombres dotados de razón?» «Sin duda -responde Moisés-: no porque se trate de sangre, sino porque en esta sangre se contiene una profecía de la sangre del Señor.»
Si hoy, pues, el enemigo, en lugar de ver las puertas rociadas con sangre simbólica, ve brillar en los labios de los fieles, puertas de los templos de Cristo, la sangre del verdadero Cordero, huirá todavía más lejos.
¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Empezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. Pues muerto ya el Señor, dice el Evangelio, uno de los soldados se acercó con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió agua y sangre: agua, como símbolo del bautismo; sangre, como figura de la eucaristía. El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada. Esto fue lo que ocurrió con el cordero: los judíos sacrificaron el cordero, y yo recibo el fruto del sacrificio.
Del costado salió sangre y agua. No quiero, amado oyente, que pases con indiferencia ante tan gran misterio, pues me falta explicarte aún otra interpretación mística. He dicho que esta agua y esta sangre eran símbolos del bautismo y de la eucaristía. Pues bien, con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia: cón el agua de la regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el bautismo y la eucaristía, que han brotado, ambos, del costado. Del costado de Jesús se formó, pues, la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva.
Por esta misma razón, afirma san Pablo: Somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos, aludiendo con ello al costado de Cristo. Pues del mismo modo que Dios formó a la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salidas de su costado, para edificar la Iglesia. Y de la misma manera que entonces Dios tomó la costilla de Adán, mientras éste dormía, así también nos dio el agua y la sangre después que Cristo hubo muerto.
Mirad de qué manera Cristo se ha unido a su esposa, considerad con qué alimento la nutre. Con un mismo alimento hemos nacido y nos alimentamos. De la misma manera que la mujer se siente impulsada por su misma naturaleza a alimentar con su propia sangre y con su leche a aquel a quien ha dado a luz, así también Cristo alimenta siempre con su sangre a aquellos a quienes él mismo ha hecho renacer.

miércoles, 27 de marzo de 2024

La plenitud del Amor

De los Tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan

El Señor, hermanos muy amados, quiso dejar bien claro en qué consiste aquella plenitud del amor con que debemos amarnos mutuamente, cuando dijo: Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Consecuencia de ello es lo que nos dice el mismo evangelista Juan en su carta: Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos, amándonos mutuamente como él nos amó, que dio su vida por nosotros.
Es la misma idea que encontramos en el libro de los Proverbios: Si te sientas a comer en la mesa de un señor, mira con atención lo que te ponen delante, y pon la mano en ello pensando que luego tendrás que preparar tú algo semejante. Esta mesa de tal señor no es otra que aquella de la cual tomamos el cuerpo y la sangre de aquel que dio su vida por nosotros. Sentarse a ella significa acercarse a la misma con humildad. Mirar con atención lo que nos ponen delante equivale a tomar conciencia de la grandeza de este don. Y poner la mano en ello, pensando que luego tendremos que preparar algo semejante, significa lo que ya he dicho antes: que así como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos. Como dice el apóstol Pedro: Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Esto significa preparar algo semejante. Esto es lo que hicieron los mártires, llevados por un amor ardiente; si no queremos celebrar en vano su recuerdo, y si nos acercamos a la mesa del Señor para participar del banquete en que ellos se saciaron, es necesario que, tal como ellos hicieron, preparemos luego nosotros algo semejante.
Por esto, al reunirnos junto a la mesa del Señor, no los recordamos del mismo modo que a los demás que descansan en paz, para rogar por ellos, sino más bien para que ellos rueguen por nosotros, a fin de que sigamos su ejemplo, ya que ellos pusieron en práctica aquel amor del que dice el Señor que no hay otro más grande. Ellos mostraron a sus hermanos la manera como hay que preparar algo semejante a lo que también ellos habían tomado de la mesa del Señor.
Lo que hemos dicho no hay que entenderlo como si nosotros pudiéramos igualarnos al Señor, aun en el caso de que lleguemos por él hasta el testimonio de nuestra sangre. Él era libre para dar su vida y libre para volverla a tomar, nosotros no vivimos todo el tiempo que queremos y morimos aunque no queramos; él, en el momento de morir, mató en sí mismo a la muerte, nosotros somos librados de la muerte por su muerte; su carne no experimentó la corrupción, la nuestra ha de pasar por la corrupción, hasta que al final de este mundo seamos revestidos por él de la incorruptibilidad; él no necesitó de nosotros para salvarnos, nosotros sin él nada podemos hacer; él, a nosotros, sus sarmientos, se nos dio como vid, nosotros, separados de él, no podemos tener vida.
Finalmente, aunque los hermanos mueran por sus hermanos, ningún mártir derrama su sangre para el perdón de los pecados de sus hermanos, como hizo él por nosotros, ya que en esto no nos dio un ejemplo que imitar, sino un motivo para congratularnos. Los mártires, al derramar su sangre por sus hermanos, no hicieron sino mostrar lo que habían tomado de la mesa del Señor. Amémonos, pues, los unos a los otros, como Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros.

martes, 26 de marzo de 2024

Las traiciones

- «Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado».
Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote.
Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo:
- «Lo que vas hacer, hazlo pronto».
No siempre lo que debemos hacer es lo más fácil de hacer, ni lo que más nos guste, pero lo cuanto más rápido lo hagamos más rápido nos lo quitamos de encima. Sería así un razonamiento muy humano de pensar. Y, en realidad, es que Jesús sabía que ya era la Hora que el Padre había pensado que viviera el Hijo, y por eso no quería dejar pasar esa Hora. Para Jesús no era fácil aceptar la Hora que el Padre le pide vivir, pero lo aceptar y quiere que sea como el Padre quiere, y como Él quisiera.
Jesús no sólo hace ver que Judas es quien lo iba a traicionar, sino que acepta que sea él, pues así estaba escrito, y así tenía que ser.
No siempre nos van a gustar los caminos que Dios no pide recorrer, pero los tendremos que recorrer para alcanzar la meta, y, por eso, no debemos dudar de hacerlo sin demora, pues para esa hora el Padre tiene la Gracia para darme. Cuando dudamos y dejamos que el tiempo pase sin hacer nada, entonces me expongo a no tener ya la Gracia necesaria y suficiente para hacer lo que el Padre había querido en determinado momento.
Y, si nos ponemos a mirar a cada uno de los personas de esta escena que nos presenta el evangelio, vamos a descubrir que todos forman parte del Plan Proyectado desde siempre por el Padre para que la Hora se cumpla, porque al preguntarle Juan a Jesús quién era el que lo iba a entregar, Jesús le ofrece el pan para que comience la entrega de Judas. Así mismo Juan hace una pregunta y, se podría decir, abusando de la confianza de Jesús, pues todos querían saber de quién hablaba Jesús, pero no se enteran que al decirles quién era, hablaba de un acontecimiento que ninguno de ellos podría llegar a vivir, ni quisieron vivirlo, pues todos, menos Juan, escaparon de la Cruz.
Y Pedro, quien sería la Roca de la Iglesia, también acepta, sin saberlo la profecía de su traición, aunque primeramente niega que pueda llegar a hacer eso, pero su humanidad lo traiciona y llega negar al Señor hasta tres veces.
Así vemos cómo nuestra humanidad no siempre está dispuesta a renunciar a sí misma para aceptar el desafío de seguir el Camino de Jesús, sino que nos dejamos convencer más rápidamente de evitar la Voluntad de Dios que de aceptarla y vivirla. Por eso necesitamos constantemente de estar unidos al Padre y recibir su Gracia, para que por la oración, la penitencia y el sacrificio podamos, como dice el Apóstol: llevar nuestro cuerpo a la esclavitud del espíritu, para poder ser siempre Fieles a la Voluntad de Dios.

lunes, 25 de marzo de 2024

Gloriémonos en la cruz de Cristo

De los sermones de San Agustín 

La pasión de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es una prenda de gloria y una enseñanza de paciencia. Pues, ¿qué dejará de esperar de la gracia de Dios el corazón de los fieles, si por ellos, el Hijo único de Dios, coeterno con el Padre, no se contentó con nacer como un hombre entre los hombres, sino que quiso Incluso morir por mano de aquellos hombres que él mismo había creado?
Grande es lo que el Señor nos promete para el futuro, pero es mucho mayor aún aquello que celebramos recordando lo que ya ha hecho por nosotros. ¿Dónde estaban o quiénes eran, aquellos impíos por los que murió Cristo? ¿Quién dudará que a los santos pueda dejar de darles su vida, si él mismo entregó su muerte a los impíos? ¿Por qué vacila todavía la fragilidad humana en creer que un día será realidad el que los hombres vivan con Dios?
Lo que ya se ha realizado es mucho más increíble: Dios ha muerto por los hombres.
Porque ¿quién es Cristo, sino aquel de quien dice la Escritura: En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios? Esta Palabra de Dios se hizo carne y acampó entre nosotros. El no poseería lo que era necesario para morir por nosotros si no hubiera tomado de nosotros una carne mortal. Así el inmortal pudo morir, Así pudo dar su vida a los mortales: y hará que más tarde tengan parte en su vida aquellos de cuya condición él primero se había hecho participe. Pues nosotros, por nuestra naturaleza, no teníamos posibilidad de vivir, ni él por la suya, posibilidad de morir. Él hizo, pues, con nosotros este admirable intercambio, tomó de nuestra naturaleza la condición mortal y nos dio de la suya la posibilidad de vivir.
Por tanto, no sólo no debemos avergonzarnos de la muerte de nuestro Dios y Señor, sino que hemos de confiar en ella con todas nuestras fuerzas y gloriarnos en ella por encima de todo: pues al tomar de nosotros la muerte, que en nosotros encontró, nos prometió con toda su fidelidad que nos daría en si mismo la vida que nosotros no podemos llegar a poseer por nosotros mismos. Y si aquel que no tiene pecado nos amó hasta tal punto que por nosotros, pecadores, sufrió lo que habían merecido nuestros pecados, ¿cómo después de habernos justificado, dejará de darnos lo que es justo? Él, que promete con verdad, ¿cómo no va a darnos los premios de los santos, si soportó, sin cometer iniquidad, el castigo que los inicuos le infligieron?
Confesemos, por tanto, intrépidamente, hermanos, y declaremos bien a las claras que Cristo fue crucificado por nosotros: y hagámoslo no con miedo, sino con júbilo, no con vergüenza, sino con orgullo.
El apóstol Pablo, que cayó en la cuenta de este misterio, lo proclamó como un título de gloria. Y siendo así que podía recordar muchos aspectos grandiosos y divinos de Cristo, no dijo que se gloriaba de estas maravillas -que hubiese creado el mundo, cuando, como Dios que era, se hallaba junto al Padre, y que hubiese imperado sobre el mundo, cuando era hombre como nosotros-, sino que dijo: Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.

domingo, 24 de marzo de 2024

Bendito el que viene!

Los que iban delante y los que seguían a Jesús, gritaban: «¡Hosana! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito sea el Reino que ya viene, el Reino de nuestro padre David! ¡Hosana en las alturas!»

Hace 40 días que venimos preparándonos para Semana Santa, y, ahora, estamos en el comienzo. Un comienzo que nos recuerda el hermoso saludo que le hicieron a Jesús al entrar en Jerusalén. Un saludo que brotaba del corazón de todos aquellos que habían escuchado Su Palabra, y que habían, sobre todo, dejado que esa Palabra eche raíces en sus corazones.
Nosotros, también, en cada Eucaristía saludamos al Señor que viene al altar con el mismo saludo porque creemos en Su Presencia Real y Viva en la Eucaristía. Saludamos con un ¡Hosana! al Rey y Señor de nuestras vidas que viene para dársenos en Alimento Vivo y Verdadero, en Alimento que nos da Vida Eterna.
Al pensar en este saludo y en todo lo que viene, viene a mi memoria la Parábola del Sembrador, que nos dijo Jesús, y puede suceder que, como en esa parábola, haya corazones en los cuales la semilla no cae en tierra buena, o al costado del camino, o entre piedras.
Aquel día sucedió así. Muchos de los que lo aclamaban como el Rey y Señor, luego terminaron gritando ¡crucifícalo! y se hicieron eco de las voces del mundo y no del Espíritu del Señor. Aquello que creían que estaba con raíces fuertes dejó de existir y junto a las mentiras del Príncipe de este mundo unieron sus voces ¡crucifícalo!
Quizás, en algunos de nosotros, no suene esa misma exclamación, pero sí que nos olvidemos de que hemos aclamado al Señor de nuestras vidas, al Rey de la Historia, pero que, luego, nos dejamos llevar por los vientos del mundo y nos construimos nuestros propios dioses a los que adoramos, más que al Dios y Señor de la Vida.
Es cierto que no somos perfectos y que hay, en nuestras vidas, muchos errores, pero no dejemos que el engaño del mundo nos cubra con su sombra y nos quite la Vida que el Señor nos ha dado en la Eucaristía. Ni tampoco dejemos que los caminos del mundo nos alejen del Verdadero Camino que se hace Vida sobre el altar, para que tengamos, nosotros, fortaleza, esperanza y alegría, que nacen de la Pascua de Resurrección. Una Pascua que no sólo celebraremos dentro de unos días, sino una Pascua que se hace y se vive, cada día, sobre el altar de la Eucaristía.
Por eso cantemos y vivamos el ¡Hosana! Bendito el que viene en nombre el Señor, pero dejémoslo entrar en el corazón.