domingo, 8 de junio de 2025

Ven Espíritu Santo

"Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas..."

La Solemnidad de Pentecostés es la culminación del Tiempo Pascual, aunque no siempre lo tenemos en cuenta, pero es una de las Solemnidades que deberían tener mayor importancia en nuestra vida cristiana. Pero no solamente en esa fecha únicamente, sino todos los días podemos vivir un Pentecostés pues necesitamos, todos los días, de los Dones del Espíritu Santo para poder ser Fieles a la Voluntad de Dios.
Antes de ascender a los Cielos es Jesús quien nos promete que nos enviará su Espíritu para que nos siga enseñando todo lo que Él no pudo, y, sobre todo, es el que nos santifica desde el día de nuestro bautismo. Pero no siempre nos acordamos de rezarle a Él, pues no lo tenemos tan presente en nuestra vida cotidiana.
La Secuencia de Pentecostés (es lo que he puesto como encabezado, pero son sólo unos pocos renglones) nos ayuda a pedir lo que necesitamos para seguir en el camino de la santidad, en el camino que Dios Padre quiere que recorramos y nadie mejor que Su Espíritu para que nos lo vaya indicando.
Es, además, la Solemnidad de Pentecostés el día en que recordamos que, libres de miedos, los Apóstoles abrieron de par en par las ventanas del lugar donde estaban para dejar salir al mundo entero la Buena Noticia de la Salvación: Jesús, el Hijo de Dios, se entregó a la muerte en Cruz y Resucitó para nuestra salvación, para salvarnos del pecado y darnos una Vida Nueva por la Gracia y el Espíritu.
Esa es la Buena Noticia que comienza a escucharse en todo el mundo desde aquel día, y desde ahí, hasta hoy no ha dejado nunca de predicarse y, sobre todo, de vivirse, a veces más intensamente, otras veces con menos intensidad, con más pecado o con menos pecado, pero siempre ha sido el Espíritu quien ha sostenido y seguirá sosteniendo la vida de aquellos que han sido llamados y ungido para anunciar.
Hoy, 21 siglos después, nos toca a nosotros, a cada uno de nosotros que hemos sido ungido con el Espíritu el día de nuestro bautismo, abrirnos a la Fuerza y al Fuego del Espíritu para que nos impulse con la misma fuerza y nos encienda con el mismo fuego que recibieron los Apóstoles para que anunciemos, con palabras y vida, la alegría de sabernos hijos de Dios y configurados con Cristo Jesús para llevar a todos la esperanza de la salvación.

sábado, 7 de junio de 2025

Tú sígueme

"Al verlo, Pedro dice a Jesús:
«Señor, y este, ¿qué?».
Jesús le contesta:
«Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme».
A Pedro, como al resto de los apóstoles, le intrigaba lo que pasaría con el discípulo amado de Jesús, por eso le pregunta sobre lo que le pasaría. Quizás suponiendo que tendría una misión más especial o concreta o vaya a saber qué cosas pasaban por la cabeza de Pedro en ese momento, pero seguro que eran preguntas que no correspondían ni al momento ni tampoco tenía necesidad de distraerse con esas cuestiones.
A veces nos fijamos más en lo que están viviendo otras personas que en lo que nos toca vivir a nosotros, perdemos tiempo en quejarnos o en criticar a los demás y no ponemos empeño en buscar la voluntad de Dios para nuestra vida.
Por eso la respuesta de Jesús a Pedro fue muy rápida y contundente: "si quiere que se quede hasta que voy venga ¿a ti qué?". Es decir que no te importe lo que yo le pida a tu hermano, no te ocupes en eso, ocúpate de lo que te estoy pidiendo a ti: "Tú sígueme".
En muchas ocasiones hacemos como cuando éramos niños: a mi hermano no le pides lo mismo que a mí, o ¿por qué no lo hace mi hermano también? Siempre nos estamos comparando o no, pero siempre estamos mirando con el rabillo del ojo lo que el otro está haciendo y de cómo le está yendo en la vida. Y, ya lo sabemos, la comparaciones son malas.
Claro está que siempre nos comparamos con los que están viviendo mejor que nosotros, pero nunca pedimos la cruz que llevan otros, el esfuerzo que hacen para alcanzar la santidad, o cómo viven la templanza, la fortaleza, la entrega en el servicio, la cercanía con los enfermos, etc. etc.
Por eso, lo mejor que nos enseña la respuesta de Jesús a Pedro es que nosotros debemos buscar cuál es la voluntad de Dios para mí e intentar no distraernos en otras cosas, porque al distraernos dejamos de hacer lo que debemos y nos perdemos de recibir las Gracias que el Señor tiene para darnos en ese momento: "Tú sígueme".

viernes, 6 de junio de 2025

De la vida de san Norberto

De la Vida de san Norberto, obispo

Norberto es contado, con toda razón, entre los que más eficazmente contribuyeron a la reforma gregoriana; él, en efecto, quiso antes que nada formar un clero entregado a una vida genuinamente evangélica y a la vez apostólica, casto y pobre, que aceptara «a la vez la vestidura y el ornato del hombre nuevo: lo primero en el hábito religioso, lo segundo en la dignidad de su sacerdocio», y que se preocupara de «seguir las enseñanzas de la sagrada Escritura y de tener a Cristo por guía». Acostumbraba recomendar a este clero tres cosas: «En el altar y en los divinos oficios, decoro; en el capítulo, enmienda de las desviaciones y negligencias; con respecto a los pobres, atenciones y hospitalidad».
A los sacerdotes, que en la comunidad hacían las veces de los apóstoles, les agregó tal multitud de fieles laicos y de mujeres, a imitación de la Iglesia primitiva, que muchos aseguraban que nadie, desde el tiempo de los apóstoles, había podido adquirir para Cristo, en tan breve espacio de tiempo y con la formación que él les daba, semejante cantidad de personas que procurasen seguir una vida de perfección.
Cuando lo nombraron arzobispo, encomendó a sus hermanos de religión la evangelización de los vendos; además, se esforzó en la reforma del clero de su diócesis, a pesar de la turbación y conmoción que esto causó en el pueblo.
Finalmente, su principal preocupación fue consolidar y aumentar la armonía entre la Santa Sede y el Imperio, guardando, sin embargo, intacta la libertad en cuanto a los nombramientos eclesiásticos, lo que le valió estas palabras que le escribió el papa Inocencio segundo: «La Santa Sede se felicita de todo corazón de tener un hijo tan devoto como tú»; el emperador, por su parte, lo nombró gran canciller del Imperio.
Todo esto lo hizo movido por la fuerza que le daba su fe: «En Norberto -decían- destaca la fe, como en Bernardo de Claraval la caridad»; también se distinguió por la amabilidad de su trato, «ya que, grande entre los grandes y exiguo entre los pequeños, con todos se mostraba afable»; asimismo era notable su elocuencia: «Palabra Dios llena de fuego, que quemaba los vicios, estimulaba las virtudes, enriquecía con su sabiduría a las almas bien dispuestas», ya que su valiente predicación era fruto de una meditación asidua y contemplativa de las cosas divinas.

jueves, 5 de junio de 2025

Vela por el rebaño

De las cartas San Bonifacio, obispo y mártir

La Iglesia, que es como una barca que navega por el mar de este mundo y que se ve sacudida por las diversas olas de las tentaciones, no ha de dejarse a la deriva, sino que debe ser gobernada.
En la primitiva Iglesia tenemos el ejemplo de Clemente y Cornelio y muchos otros en la ciudad de Roma, Cipriano en Cartago, Atanasio en Alejandría, los cuales, bajo el reinado de los emperadores paganos, gobernaban la nave de Cristo, su amada esposa, que es la Iglesia, con sus enseñanzas, con su protección, con sus trabajos y sufrimientos hasta derramar su sangre.
Al pensar en éstos y otros semejantes, me estremezco y me asalta el temor y el terror, me cubre el espanto por mis pecados, y de buena gana abandonaría el gobierno de la Iglesia que me ha sido confiado, si para ello encontrara apoyo en el ejemplo de los Padres o en la sagrada Escritura.
Mas, puesto que las cosas son así y la verdad puede ser impugnada, pero no vencida ni engañada, nuestra mente fatigada se refugia en aquellas palabras de Salomón: Confía en el Señor con toda el alma, no te fíes de tu propia inteligencia; en todos tus caminos piensa en él, y él allanará tus sendas. Y en otro lugar: El nombre del Señor es un torreón de fortaleza: a él se acoge el honrado, y es inaccesible. Mantengámonos en la justicia y preparemos nuestras almas para la prueba; sepamos aguantar hasta el tiempo que Dios quiera y digámosle: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Tengamos confianza en él, que es quien nos ha impuesto esta carga. Lo que no podamos llevar por nosotros mismos, llevémoslo con la fuerza de aquel que es todopoderoso y que ha dicho: Mi yugo es llevadero y mi carga ligera. Mantengámonos firmes en la lucha en el día del Señor, ya que han venido sobre nosotros días de angustias y aflicción. Muramos, si así lo quiere Dios, por las santas leyes de nuestros padres, para que merezcamos como ellos conseguir la herencia eterna.
No seamos perros mudos, no seamos centinelas silenciosos, no seamos mercenarios que huyen del lobo, sino pastores solícitos que vigilan sobre el rebaño de Cristo, anunciando el designio de Dios a los grandes y a los pequeños, a los ricos y a los pobres, a los hombres de toda condición y de toda edad, en la medida en que Dios nos dé fuerzas, a tiempo y a destiempo, tal como lo escribió san Gregorio en su libro de los pastores de la Iglesia.

miércoles, 4 de junio de 2025

Adherirnos a la Verdad

"Yo sé que, cuando os deje, se meterán entre vosotros lobos feroces, que no tendrán piedad del rebaño. Incluso de entre vosotros mismos surgirán algunos que hablarán cosas perversas para arrastrar a los discípulos en pos de sí. Por eso, estad alerta: acordaos de que durante tres años, de día y de noche, no he cesado de aconsejar con lágrimas en los ojos a cada uno en particular".
Si bien san Pablo hacía esta exhortación a los presbíteros de la iglesia de Éfeso, también vale para los presbíteros de cualquier lugar y tiempo, y, también, para todos los que nos llamamos cristianos y formamos comunidades cristianas, pues ninguno de nosotros está libre del pecado original.
Siempre hubo y habrá quienes se crean dueños de la verdad e impongan sus propias verdades dejando de lado la Verdad del Evangelio. ¿Cómo sabemos cuando sucede eso? Cuando no se esté viviendo según el modelo que Jesús quiere para nosotros:
«Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros".
"Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo para que también ellos sean santificados en la verdad".
El pecado original nos hace creer que podemos transformar y renovar la Palabra de Dios y la Verdad del Evangelio de acuerdo a las verdades del mundo, para que así la gente pueda adherirse más a las comunidades cristianas, pero, en verdad lo que estamos haciendo es alejándonos de la Fuente de la Vida, de la Fuente de la Verdad, de la Fuente de la Salvación.
No hemos sido llamados para predicarnos a nosotros mismos, ni para hacernos nuestros propios pedestales para que el mundo nos admire, sino para dar a conocer el Camino que Jesús nos reveló con su vida, muerte y resurrección, pues es el único Camino que nos conduce a la Vida por medio de la Verdad.
"Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno.
No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo".
Por eso no debemos dejarnos llevar por las ideologías del mundo que nos hacen creer que la Verdad de Cristo no es verdad, sino que adhiriéndonos cada día más a Él podamos, con la fuerza del Espíritu Santo, seguir predicando la Verdad del Evangelio y no nuestra propia verdad.

martes, 3 de junio de 2025

La gloria de los mártires

De la homilía de san Pablo VI pronunciada en la canonización de los mártires de Uganda

Estos mártires africanos vienen a añadir a este catálogo de vencedores, que es el martirologio, una página trágica y magnífica, verdaderamente digna de sumarse a aquellas maravillosas de la antigua África, que nosotros, modernos hombres de poca fe, creíamos que no podrían tener jamás adecuada continuación.
¿Quién podría suponer, por ejemplo, que a las emocionantísimas historias de los mártires escilitanos, de los cartagineses, de los mártires de la «blanca multitud» de Útica, de quienes san Agustín y Prudencio nos han dejado el recuerdo, de los mártires de Egipto, cuyo elogio trazó san Juan Crisóstomo, de los mártires de la persecución de los vándalos, hubieran venido a añadirse nuevos episodios no menos heroicos, no menos espléndidos, en nuestros días?
¿Quién podía prever que, a las grandes figuras históricas de los santos mártires y confesores africanos, como Cipriano, Felicidad y Perpetua, y al gran Agustín, habríamos de asociar un día los nombres queridos de Carlos Luanga y de Matías Mulumba Kalemba, con sus veinte compañeros? Y no queremos olvidar tampoco a aquellos otros que, perteneciendo a la confesión anglicana, afrontaron la muerte por el nombre de Cristo.
Estos mártires africanos abren una nueva época, quiera Dios que no sea de persecuciones y de luchas religiosas, sino de regeneración cristiana y civil.
El África, bañada por la sangre de estos mártires, los primeros de la nueva era -y Dios quiera que sean los últimos, pues tan precioso y tan grande fue su holocausto-, resurge libre y dueña de sí misma.
La tragedia que los devoró fue tan inaudita y expresiva, que ofrece elementos representativos suficientes para la formación moral de un pueblo nuevo, para la fundación de una nueva tradición espiritual, para simbolizar y promover el paso desde una civilización primitiva -no desprovista de magníficos valores humanos, pero contaminada y enferma, como esclava de sí misma- hacia una civilización abierta a las expresiones superiores del espíritu y a las formas superiores de la vida social.

lunes, 2 de junio de 2025

En el sufrimiento y la alegría

De la exhortación al martirio de Orígenes, presbítero

Si hemos pasado de la muerte a la vida, al pasar de la infidelidad a la fe, no nos extrañemos de que el mundo nos odie. Pues quien no ha pasado aún de la muerte a la vida, sino que permanece en la muerte, no puede amar a quienes salieron de las tinieblas y han entrado, por así decirlo, en esta mansión de la luz edificada con piedras vivas.
Jesús dio su vida por nosotros; demos también nuestra vida, no digo por él, sino por nosotros mismos y, me atrevería a decirlo, por aquellos que van a sentirse alentados por nuestro martirio.
Nos ha llegado, oh cristiano, el tiempo de gloriarnos. Pues dice la Escritura: Nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce constancia, la constancia, virtud probada, la virtud, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.
Si los sufrimientos de Cristo rebosan sobre nosotros, gracias a Cristo rebosa en proporción nuestro ánimo; aceptemos, pues, con gran gozo los padecimientos de Cristo, y que se multipliquen en nosotros, si realmente apetecemos un abundante consuelo, como lo obtendrán todos aquellos que lloran. Pero este consuelo seguramente superará a los sufrimientos, ya que, si hubiera una exacta proporción, no estaría escrito: Si los sufrimientos de Cristo rebosan sobre nosotros, rebosa en proporción nuestro ánimo
Los que se hacen solidarios de Cristo en sus padecimientos participarán también, de acuerdo con su grado de participación, en sus consuelos. Tal es el pensamiento de Pablo, que afirma con toda confianza: Si sois compañeros en el sufrir, también lo sois en el buen ánimo.
Dice también Dios por el Profeta: En el tiempo de gracia te he respondido, en el día de salvación te he auxiliado. ¿Qué tiempo puede ofrecerse más aceptable que el momento en el que, por nuestra fe en Dios por Cristo, somos escoltados solemnemente al martirio, pero como triunfadores, no como vencidos?
Los mártires de Cristo, con su poder, derrotan a los principados y potestades y triunfan sobre ellos, para que, al ser solidarios de sus sufrimientos, tengan también parte en lo que él consiguió por medio de su fortaleza en los sufrimientos.
Por tanto, el día de salvación no es otro que aquél en que de este modo salís de este mundo.
Pero, os lo ruego: Para no poner en ridículo nuestro ministerio, nunca deis a nadie motivo de escándalo; al contrario, continuamente dad prueba de que sois ministros de Dios con lo mucho que pasáis, diciendo: Y ahora, Señor, ¿qué esperanza me queda? Tú eres mi confianza.