miércoles, 9 de abril de 2025

Buscar el Camino

Frente a la amenaza de martirio del Rey los hermanos respondieron así:
"Sidrac, Misac y Abdénago contestaron al rey Nabucodonosor:
«A eso no tenemos por qué responder. Si nuestro Dios a quien veneramos puede librarnos del horno encendido, nos librará, oh rey, de tus manos. Y aunque no lo hiciera, que te conste, majestad, que no veneramos a tus dioses ni adoramos la estatua de oro que has erigido».
La confianza depositada en Dios es tan grande que no sólo esperaban que los librara del martirio, sino que les bastaba no ser infieles a Dios. El testimonio de ellos pudo contra la maldad del Rey y contra su soberbia de querer ser el único dios, por eso viendo la fortaleza de la fe de los hermanos y la ayuda que Dios les dio, dijo:
«Bendito sea el Dios de Sidrac, Misac y Abdénago, que envió un ángel a salvar a sus siervos que, confiando en él, desobedecieron el decreto real y entregaron sus cuerpos antes que venerar y adorar a otros dioses fuera del suyo».
Es la confianza y el testimonio que hoy tenemos dar los que creemos en Cristo, los que creemos en Dios. Nuestra conversión y la de aquellos que no creen, dependen en cierto modo de nuestro testimonio vital.
Porque vemos, en estos días, cómo somo tantos los cristianos que veneramos a muchos dioses y, sobre todo, que nuestra vida no es testimonio claro de lo que creemos, sino que nos dejamos convencer y llevar por otros dioses mundanos que nos quitan la confianza en nuestro Dios y Señor.
Hoy no somos amenazados por ningún rey o emperador para que renunciemos a nuestra fe, ni que rechacemos el credo, sino que, simplemente, el mundo nos convence de que es mejor dejarse llevar por el poder del príncipe de este mundo que nos engaña sutilmente y nos convence de que podemos vivir siendo infieles a la Voluntad de Dios.
Y hoy, Jesús nos vuelve a repetir:
"En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos que habían creído en él:
«Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres».
¿Cuál es la verdad? ¿Cuál es mi verdad? ¿Cuál es mi Camino? Sólo en el silencio de la oración y la reflexión de la Palabra de Dios encontraré la Verdad, el Camino y la Vida que, en definitiva, es el mismo Jesús a quien digo seguir, pero que lo dejo de lado cuando me convence el mundo de que hay otro camino mejor.

lunes, 7 de abril de 2025

Por nosotros obedeció

De las homilías pascuales de san Cirilo de Alejandría, obispo

Esta es la historia de todo lo ocurrido que, consignada en los Libros sagrados, describe, como en un cuadro, el misterio del Salvador, consumado hasta en sus más ínfimos detalles. Es incumbencia nuestra adaptar la luz espléndida de la verdad a los acontecimientos que sucedieron en figura, y explicar con mayor claridad y uno por uno todos los sucesos que hemos propuesto. De esta forma, les resultará más fácil a los creyentes captar claramente el abstruso y recóndito misterio del amor.
Tomó, pues, el bienaventurado Abrahán al muchacho y se fue de prisa al lugar que Dios le había indicado. El muchacho era conducido al sacrificio por su padre, como símbolo y confirmación de que no debe atribuirse al poder humano o a la maldad de los enemigos el hecho de que Jesucristo, nuestro Señor, fuera conducido a la cruz, sino a la voluntad del Padre, el cual permitió —de acuerdo con una decisión previamente pactada— que él sufriese la muerte en beneficio de todos. Es lo que en un momento dado el mismo Jesús dio a entender a Pilato: No tendrías —dijo — ninguna autoridad sobre mí, si no te lo hubieran dado de lo alto; y en otro momento, dirigiéndose a su Padre del cielo, se expresó así: Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz; pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.
Abrahán tomó la leña para el sacrificio, y se lo cargó a su hijo Isaac. Igualmente los judíos, sin vencer ni coaccionar el poder de la naturaleza divina que eventualmente les fuera contrario, sino permitiéndolo así el eterno Padre en cumplimiento de un acuerdo anteriormente tomado y al que en cierto modo ellos servían sin saberlo, cargaron la cruz sobre los hombros del Salvador. Como testigo de ello — un testigo ajeno a cualquier sospecha de mentira—, podemos aducir al profeta Isaías, que se expresa de este modo: Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él nuestra iniquidad.
Cuando finalmente el patriarca llegó al sitio que le había dicho Dios, con mucha destreza y arte construyó un altar; sin duda para darnos con esto a entender, que la cruz impuesta a nuestro Salvador y que los hombres tenían por un simple leño, a los ojos del Padre común de la humanidad era considerada como un grandioso y excelso altar, erigido para la salvación del mundo e impregnado del incienso de una víctima santa y purísima.
Por eso Cristo, mientras su cuerpo era flagelado y al mismo tiempo escupido por los atrevidísimos judíos, decía, por el profeta Isaías, estas palabras: Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. Pues el Padre es un solo Dios, y Jesucristo, un solo Señor: ¡bendito él por siempre! El cual, desdeñando la ignominia por nuestra salvación, y hecho obediente al Padre, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, para que habiendo el Salvador dado su vida por nosotros y en nuestro lugar, pudiera a su vez resucitarnos de entre los muertos, vivificados por el Espíritu Santo; situarnos en el domicilio celestial, abiertas de par en par las puertas del cielo y colocar en la presencia del Padre y ante sus ojos, aquella naturaleza humana, que desde tiempo inmemorial se le había sustraído huyendo de él por el pecado.
Amados hermanos, que por estas egregias hazañas de nuestro Salvador, prorrumpan las bocas de todos en alabanza, y que todas las lenguas se afanen en componer cantos de alabanza en su honor, haciendo suyo aquel dulcísimo cántico: Dios asciende entre aclamaciones, el Señor, al son de trompetas. Asciende una vez consumada la obra de la salvación humana. Y no sólo sube, sino que: subiste a la cumbre llevando cautivos, te dieron tributo de hombres.

domingo, 6 de abril de 2025

En adelante no peques más

Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor».
Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

Alguna que otra vez he escuchado: “ya no se usa más el confesarse, ¿verdad?”. No se usa porque no se confiesas, pero es un sacramento que nunca dejará de ser necesario en la vida del cristiano, porque hasta el último momento necesitaremos la Gracia del Perdón, la Gracia de la Reconciliación.
Lo que pasa es que nos hemos olvidado de que no somos ángeles, somos humanos y como tales siempre caemos en la misma piedra, y, por eso necesitamos confesarnos. Pero antes necesitamos, también, tener conciencia de pecado, porque es lo que, también, nos falta en estos tiempos.
El ejemplo del Evangelio de este domingo nos lo aclara: Jesús no condena a muerte a la mujer adúltera, pero le dice: “en adelante no peques más”. Porque, en realidad, es el pecado el que mata nuestra alma, nos va quitando poco a poco la Gracia santificantes y nos va cerrando el camino hacia el Cielo, que a dónde, con la ayuda del Espíritu y la misericordia del Padre, anhelamos llegar.
Y ese es otro tema que no tenemos en cuenta en nuestra vida de fe: volver a la Casa del Padre, alcanzar la vida eterna tendría que ser el deseo de todo hijo de Dios, poder, un día, vivir en la plenitud del Amor junto al Padre en el Cielo que el Hijo abrió para nosotros con su Muerte, Resurrección y Ascensión. Pero, parece ser que tampoco es un tema que lo tenemos muy “metido” en nuestra vida de fe.
Hoy por hoy escuchamos o leemos, cuando alguien muere: “en el lugar dónde estés”, “vuela alto”, “que la tierra te sea leve”, pero pocos hablan del Cielo, de la Vida Nueva en Dios, del compartir con los santos y elegidos la Vida en la Casa del Padre. Pareciera que decir esas cosas está mal o que han desaparecido de la conciencia de los cristianos.
“Vete y no peques más”, es el deseo de Jesús para nosotros, no que nos juzguemos y condenemos unos a otros, sino que nos ayudemos a vivir en santidad, a alejarnos del pecado y alcanzar, cada día, la Gracia necesaria para ser fieles a la Voluntad de Dios. No hay mayor deseo del Padre, como en la parábola del hijo pródigo, que volvamos arrepentidos a sus brazos a buscar el consuelo y la fortaleza que sólo el Padre puede darle a aquellos que, con arrepentimiento de corazón, siguen intentando alcanzar la santidad, vivir en la libertad sana que nos da el ser hijos de Dios.

sábado, 5 de abril de 2025

Contemplar la Pasión

De los sermones de San Léon Magno, papa y doctor de la Iglesia.

El verdadero venerador de la pasión del Señor tiene que contemplar de tal manera, con la mirada del corazón, a Jesús crucificado, que reconozca en él su propia carne.
Toda la tierra ha de estremecerse ante el suplicio del Redentor: las mentes infieles, duras como la piedra, han de romperse, y los que están en los sepulcros, quebradas las losas que los encierran, han de salir de sus moradas mortuorias. Que se aparezcan también ahora en la ciudad santa, esto es, en la Iglesia de Dios, como un anuncio de la resurrección futura, y lo que un día ha de realizarse en los cuerpos, efectúese ya ahora en los corazones.
A ninguno de los pecadores se le niega su parte en la cruz, ni existe nadie a quien no auxilie la oración de Cristo. Si ayudó incluso a sus verdugos ¿cómo no va a beneficiar a los que se convierten a él?
Se eliminó la ignorancia, se suavizaron las dificultades, y la sangre de Cristo suprimió aquella espada de fuego que impedía la entrada en el paraíso de la vida. La obscuridad de la vieja noche cedió ante la luz verdadera.
Se invita a todo el pueblo cristiano a disfrutar de las riquezas del paraíso, y a todos los bautizados se les abre la posibilidad de regresar a la patria perdida, a no ser que alguien se cierre a sí mismo aquel camino que quedó abierto, incluso, ante la fe del ladrón arrepentido.
No dejemos, por tanto, que las preocupaciones y la soberbia de la vida presente se apoderen de nosotros, de modo que renunciemos al empeño de conformarnos a nuestro Redentor, a través de sus ejemplos, con todo el impulso de nuestro corazón. Porque no dejó de hacer ni sufrir nada que fuera útil para nuestra salvación, para que la virtud que residía en la cabeza residiera también en el cuerpo.
Y, en primer lugar, el hecho de que Dios acogiera nuestra condición humana, cuando la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros» ¿a quién excluyó de su misericordia, sino al infiel? ¿Y quién no tiene una naturaleza común con Cristo, con tal de que acoja al que a su vez lo ha asumido a él, puesto que fue regenerado por el mismo Espíritu por el que él fue concebido? Y además, ¿quién no reconocerá en él sus propias debilidades? ¿Quién dejará de advertir que el hecho de tomar alimento, buscar el descanso y el sueño, experimentar la solicitud de la tristeza y las lágrimas de la compasión, es fruto de la condición humana del Señor?
Y como, desde antiguo, la condición humana esperaba ser sanada de sus heridas y purificada de sus pecados, el que era Unigénito Hijo de Dios quiso hacerse también hijo de hombre, para que no le faltara ni la realidad de la naturaleza humana, ni la plenitud de la naturaleza divina.
Nuestro es lo que por tres días yació exánime en el sepulcro, y al tercer día resucitó; lo que ascendió sobre todas las alturas de los cielos hasta la diestra de la majestad paterna: para que también nosotros, si caminamos tras sus mandatos y no nos avergonzamos de reconocer lo que, en la humildad del cuerpo, tiene que ver con nuestra salvación, seamos llevados hasta la compañía de su gloria; puesto que habrá de cumplirse lo que manifiestamente proclamó: Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo.

viernes, 4 de abril de 2025

Aceptó su sacerdocio

De las cartas de San Ambrosio, obispo y doctor de la Iglesia.

El médico bueno, que cargó con nuestras enfermedades, sanó nuestras dolencias, y sin embargo, no se arrogó la dignidad de sumo sacerdote; pero el Padre, dirigiéndose a él, le dijo: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy. Y en otro lugar le dice también: Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec. Y como había de ser el tipo de todos los sacerdotes, asumió una carne mortal, para, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentar oraciones y súplicas a Dios Padre. Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer, para enseñarnos a ser obedientes y así convertirse para nosotros en autor de salvación. Y de este modo, consumada la pasión y, llevado él mismo a la consumación, otorgó a todos la salud y cargó con el pecado de todos.
Por eso se eligió a Aarón como sacerdote, para que en la elección sacerdotal no prevaleciera la ambición humana, sino la gracia de Dios; no el ofrecimiento espontáneo ni la propia usurpación, sino la vocación celestial, de modo que ofrezca sacrificios por los pecados, el que pueda comprender a los pecadores, por estar él mismo -dice- envuelto en debilidades. Nadie debe arrogarse este honor; Dios es quien llama, como en el caso de Aarón; por eso Cristo no se arrogó el sacerdocio: lo aceptó.
Finalmente, como la sucesión aaronítica efectuada de acuerdo con la estirpe, tuviera más herederos de la sangre, que partícipes de la justicia, apareció -según el tipo de aquel Melquisedec de que nos habla el antiguo Testamento- el verdadero Melquisedec, el verdadero rey de la paz, el verdadero rey de la justicia, pues esto es lo que significa el nombre: sin padre, sin madre, sin genealogía; no se menciona el principio de sus días ni el fin de su vida. Esto puede decirse igualmente del Hijo de Dios, que no conoció madre en aquella divina generación, ni tuvo padre en el nacimiento de la virgen María; nacido antes de los siglos únicamente de Padre, nacido de sola la Virgen en este siglo, ni sus días pudieron tener comienzo, él que existía desde el principio. Y ¿cómo podría tener fin la vida de quien es el autor de la vida de todos? Él es el principio y el fin de todas las cosas. Pero es que, además, esto lo aduce como ejemplo. Pues el sacerdote debe ser como quien no tiene ni padre ni madre: en él no debe mirarse la nobleza de su cuna, sino la honradez de sus costumbres y la prerrogativa de las virtudes.
Debe haber en él fe y madurez de costumbres: no lo uno sin lo otro, sino que ambas cosas coincidan en la misma persona juntamente con las buenas obras y acciones. Por eso el apóstol Pablo nos quiere imitadores de aquellos que, por la fe y la paciencia, poseen en herencia las promesas hechas a Abrahán, quien, por la paciencia, mereció recibir y poseer la gracia de bendición que se le había prometido. El profeta David nos advierte que debemos ser imitadores del santo Aarón, a quien para nuestra imitación, colocó entre los santos del Señor, diciendo: Moisés y Aarón con sus sacerdotes, Samuel con los que invocan su nombre.

jueves, 3 de abril de 2025

Nos dio el perdón

Del Comentario sobre la carta a los Romanos de Orígnes, presbítero

Examinemos ahora cada uno de los nombres que se le han dado al Salvador y consideremos con mayor diligencia el porqué y el significado de cada uno de estos atributos. Así caerás en la cuenta de que ciertamente en él quiso Dios que residiera toda la plenitud de la divinidad corporalmente, de que él mismo es el lugar de la expiación, el pontífice y el sacrificio que se ofrece por el pueblo.
Sobre su calidad de pontífice habla claramente David en el salmo y el apóstol Pablo escribiendo a los Hebreos. Que sea también sacrificio, lo atestigua Juan cuando dice: Este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. En su calidad de sacrificio, se convierte, por su sangre, en víctima de propiciación por los pecados del pasado; esta propiciación llega, por el camino de la fe, a cada uno de los creyentes. Si no nos otorgara la remisión de los pecados del pasado, no tendríamos la prueba de que la redención se ha operado ya.
Ahora bien: constándonos de la remisión de los pecados, es seguro que se ha llevado a cabo la propiciación mediante la efusión de su preciosa sangre: pues sin derramamiento de sangre —como dice el Apóstol— no hay perdón de los pecados.
Pero para que no creas que Pablo es el único en dar a Cristo el título de víctima de propiciación, escucha cómo también Juan está
perfectamente de acuerdo en este tema, cuando dice: Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero. Así pues, por la renovada propiciación de la sangre de Cristo se opera la remisión de los pecados del pasado, con la tolerancia de Dios, en la espera de mostrar su justicia salvadora.
La tolerancia de Dios radica en que el pecador no es inmediatamente castigado cuando comete el pecado, sino que, como el Apóstol dice en el mismo lugar, por la paciencia, Dios le empuja a la conversión; y se nos dice que en esto manifiesta Dios su justicia. Y con razón añade: en este tiempo; pues la justicia de Dios consiste, en este tiempo presente, en la tolerancia; la del futuro, en la retribución.

martes, 1 de abril de 2025

Quieres sanar?

"Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.
Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice:
«¿Quieres quedar sano?».
Hoy, también, es una pregunta que Jesús nos puede hacer a muchos y a todos: "quieres sanar?". Y nos podríamos preguntar ¿de qué tendría que sanar? Quizás no tenga nada que sanar en mi corazón o quizás sí, pero es una pregunta que nos lleva a mirarnos con sinceridad, algo que, por lo visto, está muy en decadencia en nuestra sociedad: la sinceridad, pues todo lo hacemos para las redes sociales y por eso "modificamos" nuestra manera de presentarnos a la sociedad, y eso, lamentablemente, incluye a mi interior pues termino creyéndome que soy así como me muestro.
Es ahí donde tengo que volver a mirarme pero en el verdadero espejo de mi alma que es Jesús, Su Palabra, Su Evangelio y el proyecto que Dios tiene para mí.
La falta de sinceridad de la sociedad nos "obliga" a andar buscando soluciones fáciles a lo que me preocupa o las contingencias de la vida, haciendo que todo me "resbale" y parezca que nada me hace daño. O, quizás, al contrario, cuanto más me muestro como víctima más recibo de la gente. Pero, la realidad nos golpea cuando nos encontramos solos ante paredes vacías o casas sin ruido, porque es en la soledad de nuestra habitación y de nuestra realidad donde nos descubrimos tal cual somos, e, inmediatamente ponemos la música a todo volumen o nos "enchufamos" los cascos o auriculares para alejarnos de esa realidad que nos asusta.
En realidad es el pecado que habita en nosotros el que nos va dañando, el que nos va quitando vida y lo dejamos actuar porque no sabemos cómo sanar, pues, primero no nos reconocemos pecadores, no reconocemos nuestros errores sino que culpamos a los demás de lo que nos sucede y de lo que nos obligan a hacer o a no hacer. Y así vamos acumulando heridas del pecado que se van haciendo callo en el alma y nos impiden encontrarnos con la hermosa misericordia de Dios que quiere venir a sanarnos y a darnos una Vida Nueva que nace de la verdad, del amor, de la sinceridad que, aunque nos duela, es lo que nos hará libre y nos ayudará a encontrar el verdadero sentido de nuestra vida.