Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor».
Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».
Alguna que otra vez he escuchado: “ya no se usa más el confesarse, ¿verdad?”. No se usa porque no se confiesas, pero es un sacramento que nunca dejará de ser necesario en la vida del cristiano, porque hasta el último momento necesitaremos la Gracia del Perdón, la Gracia de la Reconciliación.
Lo que pasa es que nos hemos olvidado de que no somos ángeles, somos humanos y como tales siempre caemos en la misma piedra, y, por eso necesitamos confesarnos. Pero antes necesitamos, también, tener conciencia de pecado, porque es lo que, también, nos falta en estos tiempos.
El ejemplo del Evangelio de este domingo nos lo aclara: Jesús no condena a muerte a la mujer adúltera, pero le dice: “en adelante no peques más”. Porque, en realidad, es el pecado el que mata nuestra alma, nos va quitando poco a poco la Gracia santificantes y nos va cerrando el camino hacia el Cielo, que a dónde, con la ayuda del Espíritu y la misericordia del Padre, anhelamos llegar.
Y ese es otro tema que no tenemos en cuenta en nuestra vida de fe: volver a la Casa del Padre, alcanzar la vida eterna tendría que ser el deseo de todo hijo de Dios, poder, un día, vivir en la plenitud del Amor junto al Padre en el Cielo que el Hijo abrió para nosotros con su Muerte, Resurrección y Ascensión. Pero, parece ser que tampoco es un tema que lo tenemos muy “metido” en nuestra vida de fe.
Hoy por hoy escuchamos o leemos, cuando alguien muere: “en el lugar dónde estés”, “vuela alto”, “que la tierra te sea leve”, pero pocos hablan del Cielo, de la Vida Nueva en Dios, del compartir con los santos y elegidos la Vida en la Casa del Padre. Pareciera que decir esas cosas está mal o que han desaparecido de la conciencia de los cristianos.
“Vete y no peques más”, es el deseo de Jesús para nosotros, no que nos juzguemos y condenemos unos a otros, sino que nos ayudemos a vivir en santidad, a alejarnos del pecado y alcanzar, cada día, la Gracia necesaria para ser fieles a la Voluntad de Dios. No hay mayor deseo del Padre, como en la parábola del hijo pródigo, que volvamos arrepentidos a sus brazos a buscar el consuelo y la fortaleza que sólo el Padre puede darle a aquellos que, con arrepentimiento de corazón, siguen intentando alcanzar la santidad, vivir en la libertad sana que nos da el ser hijos de Dios.
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