«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.
El 2º Domingo de Pascua fue elegido por San Juan Pablo II como el Domingo de la Divina Misericordia, haciendo referencia a la advocación de Jesús de la Divina Misericordia, pero, sobre todo al Evangelio que se escucha en la liturgia dominical.
En este Evangelio Jesús le otorga a los apóstoles el poder de perdonar los pecados, lo que nos habla de la Misericordia de Dios para nosotros, sus hijos, cuando caemos y, con su Gracia, nos levantamos de la postración del pecado.
La Misericordia Divina es el mejor de los regalos que Jesús nos hizo, un Don que no siempre sabemos apreciarlo, porque no sólo habla del Amor de Dios, sino que es el Amor de Dios que se derrama en nuestro corazones primeramente por el Espíritu Santo el día de nuestro bautismo, y, después, cada vez que llegamos al Sacramento de la Reconciliación (confesión de los pecados) en la absolución del sacerdote se renueva el Amor a Dios y Él derrama su Misericordia en nuestros corazones.
Muchas veces escuchamos: hoy ya no hay que confesarse, hoy ha pasado de moda el confesar los pecados a un hombre. Errores que nos hacen creer los espíritus del mundo y que, nosotros, por pereza, nos los creemos. Sin embargo, el sacramento de la reconciliación es el sacramento de la misericordia divina pues es cuando, arrepentidos de corazón, recibimos el abrazo del Padre que nos devuelve la gracia bautismal y transforma y renueva nuestro deseo de ser fieles a la vida que Jesús nos regaló con su muerte y resurrección.
¿Cómo podría dejar de existir el sacramento de la misericordia? ¿Cómo podría dejar de derramar el Padre su misericordia en nosotros sus hijos? Por eso, no tengas pereza ni vergüenza, pues no es a un hombre a quién le confiesas tus pecados, sino que es Jesús en la persona del sacerdote quien te escucha, quien te abrazo y quien derrama sobre ti Su Misericordia.
Evitar, constantemente, este hermoso sacramento es dejar de confiar en el Amor de Dios por nosotros, y, sobre todo, es permanecer con el corazón esclavo de nuestros pecados, ya sean pequeños o grandes. Dios no mira nuestro pecado, es cierto, porque mira la pobreza que hay en nosotros y quiere, por eso mismo, derramar toda la riqueza de Su Corazón en nuestros corazones, para que siempre podamos imitar a Su Hijo Jesucristo.
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