domingo, 29 de junio de 2025

Tú eres Pedro

“Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”.

Jesús le respondió: «¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo”.
El Don de la Fe no es producto de la sangre ni la carne, sino que es un Don del Cielo para aquellos que tienen el corazón dispuesto y abierto a la Gracia. La Fe no se consigue con esfuerzo humano sino con la disposición al misterio, a creer sin ver, a esperar sin conocer, y ese fue el salto “ilógico” que dio Pedro ante la pregunta de Jesús.
Un salto en la fe, una locura de su parte creer que ese que tenía delante, ese hombre que había conocido hacía poco tiempo podría ser el hijo de Dios:
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».
Es el mismo salto que damos, cada día, nosotros, también, el creer en el Hijo de Dios vivo, en Jesús de Nazaret como el Mesías el Señor, el que con su muerte y resurrección nos ha dado una vida nueva por la Gracia de su propia Espíritu.
Es el salto en la fe que damos al creer que Pedro y sus sucesores son el Vicario de Cristo en la Tierra, aquellos que, por la Gracia del Espíritu Santo, son ungidos para discernir la Voluntad de Dios para la vida del Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia.
Es el mismo salto en la fe que damos al acercarnos, cada día, al Sagrario y al altar para hablar y recibir a Jesús mismo en la Eucaristía.
Y es, sobre todo, el salto en la fe que debemos dar para saber que nuestra vida, nuestras palabras, nuestras obras son las que llevan al mundo la vida de Jesús, que muestras ante las tinieblas del pecado la Luz del Evangelio y dan a los que lo necesitan paz, esperanza, alegría, confianza y, sobre todo, muestran y regalan el Amor de Dios.
Gracias al Espíritu Santo que sigue habitando y sostiene a la Iglesia es que recibimos, constantemente, su Gracia por medio de los sacramentos los que nos sostienen, renuevan, fortalecen para que, cada día, sigamos recorriendo el Camino de la Vida que nos lleva hacia la Casa del Padre, pero que, mientras tanto, van sembrando Su Vida con nuestras vidas.

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