Al finalizar el tiempo de Pascua con la Solemnidad de Pentecostés, volvemos al tiempo Ordinario en la liturgia de la Iglesia Católica, aunque son diferencias que sólo quienes están más metidos dentro de liturgia pueden apreciar, porque en lo exterior sólo se ve el cambio de colores en los ornamentos litúrgicos. Pero tiene todo un sentido propio para nuestra espiritualidad el tiempo litúrgico y que se ve identificado con la lecturas propias de cada tiempo, y que, por la Gracia de Dios, nos llevan a meditar en modo diferente sobre la vida y la espiritualidad del cristiano.
Celebrábamos el domingo la Venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y María reunidos en oración, el lunes la Fiesta de María, Madre de la Iglesia, pues en Pentecostés nació nuestra Iglesia, comenzó el tiempo de evangelización de llevar a cabo la misión encomendada por Jesús a los apóstoles: "id al mundo entero y predicad mi Evangelio". Y así, con la efusión del Espíritu Santo, los apóstoles comenzaron a llevar a cabo la misión evangelizadora que llega hasta nuestros tiempos.
Es ese mismo Espíritu que nos ha sido dado en nuestro bautismo para que podamos, como los apóstoles, cada uno según su propia vocación, seguir con la misión evangelizadora. Y así nos lo dijo Jesús:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».
Pero teniendo en cuenta que todo esto lo somos porque el Espíritu está en nosotros, y somos portadores de la Buena Noticia de la Salvación, y no porque seamos los mejores del mundo, sino porque se nos ha elegido y ungido para una misión determinada anunciando al Salvador y no siendo nosotros los salvadores del mundo.
Y ese es el problema que nos trae aparejado el pecado original: hacernos creer que somos los salvadores del mundo, y no los instrumentos utilizados por Dios para llevar el mensaje de Salvación. El pecado hace que nos pongamos delante de Dios haciéndonos o creyéndonos no los mensajeros, sino los salvadores.
Por eso necesitamos, como María, tener siempre nuestro corazón abierto al Espíritu para que sea él quien nos vaya transformando, convirtiendo, sanando de la enfermedad del pecado para que nuestra vida sea una imagen fiel de lo que anunciamos y creemos, sabiéndonos, también, necesitados de conversión y salvación.
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