sábado, 31 de mayo de 2025

Maria proclama la Grandeza de Dios

De las homilías de San Beda el Venerable, presbítero

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador. Con estas palabras, María reconoce en primer lugar los dones singulares que le han sido concedidos, pero alude también a los beneficios comunes con que Dios no deja nunca de favorecer al género humano.
Proclama la grandeza del Señor el alma de aquel que consagra todos sus afectos interiores a la alabanza y al servicio de Dios y, con la observancia de los preceptos divinos, demuestra que nunca echa en olvido las proezas de la majestad de Dios.
Se alegra en Dios, su salvador, el espíritu de aquel cuyo deleite consiste únicamente en el recuerdo de su creador, de quien espera la salvación eterna.
Estas palabras, aunque son aplicables a todos los santos, hallan su lugar más adecuado en los labios de la Madre de Dios, ya que ella, por un privilegio único, ardía en amor espiritual hacia aquel que llevaba corporalmente en su seno.
Ella con razón pudo alegrarse, más que cualquier otro santo, en Jesús, su salvador, ya que sabía que aquel mismo al que reconocía como eterno autor de la salvación había de nacer de su carne, engendrado en el tiempo, y había de ser, en una misma y única persona, su verdadero hijo y Señor.
Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo. No se atribuye nada a sus méritos, que toda su grandeza la refiere a la libre donación de aquel que es por esencia poderoso y grande, y que tiene por norma levantar a sus fieles de su pequeñez y debilidad para hacerlos grandes y fuertes.
Muy acertadamente añade: Su nombre es santo, para que los que entonces la oían y todos aquellos a los que habían de llegar sus palabras comprendieran que la fe y el recurso a este nombre había de procurarles, también a ellos, una participación en la santidad eterna y en la verdadera salvación, conforme al oráculo profético que afirma: Cuantos invoquen el nombre del Señor se salvarán, ya que este nombre se identifica con aquel del que antes ha dicho: Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador.
Por esto se introdujo en la Iglesia la hermosa y saludable costumbre de cantar diariamente este cántico de María en la salmodia de la alabanza vespertina, ya que así el recuerdo frecuente de la encarnación del Señor enardece la devoción de los fieles y la meditación repetida de los ejemplos de la Madre de Dios los corrobora en la solidez de la virtud. Y ello precisamente en la hora de Vísperas, para que nuestra mente, fatigada y tensa por el trabajo y las múltiples preocupaciones del día, al llegar el tiempo del reposo, vuelva a encontrar el recogimiento y la paz del espíritu.

viernes, 30 de mayo de 2025

La vida un santo deseo

Del Tratado sobre la primera carta de san Juan de San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues, ¡lo somos! Pues quienes se llaman y no son, ¿de qué les aprovecha el nombre si no responde a la realidad? ¡Cuántos se llaman médicos y no saben curar! ¡Cuántos se llaman serenos y se pasan la noche durmiendo! Igualmente abundan los que se llaman cristianos cuya conducta no rima con su nombre, pues no son lo que dicen ser: en la vida, en las costumbres, en la fe, en la esperanza, en el amor. Todo el mundo es cristiano, y todo el mundo es impío; hay impíos por todo el mundo, y por todo el mundo hay píos: unos y otros no se reconocen entre sí. Por eso el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. El mismo Señor Jesús caminaba, en la carne era Dios, oculto en la debilidad de la carne. Y ¿por qué no fue reconocido? Porque reprochaba a los hombres todos sus pecados. Ellos, amando los deleites del pecado, no reconocían a Dios; amando lo que la fiebre de las pasiones les sugería, injuriaban al médico. Y nosotros, ¿qué? Hemos ya nacido de él; pero como vivimos bajo la economía de la esperanza, dijo: Queridos, ahora somos hijos de Dios. ¿Ya desde ahora? Entonces, ¿qué es lo que esperamos, si somos ya hijos de Dios? Y aún -dice- no se ha manifestado lo que seremos. ¿Es que seremos otra cosa que hijos de Dios? Oíd lo que sigue: Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es. ¿Qué es lo que se nos ha prometido? Seremos semejantes a él porque le veremos tal cual es. La lengua ha expresado lo que ha podido; lo restante ha de ser meditado por el corazón. En comparación de aquel que es, ¿qué pudo decir el mismo Juan? ¿Y qué podemos decir nosotros, que tan lejos estamos de igualar sus méritos?
Volvamos, pues, a aquella unción de Cristo, volvamos a aquella unción que nos enseña desde dentro lo que nosotros no podemos expresar, y, ya que ahora os es imposible la visión, sea vuestra tarea el deseo. Toda la vida del buen cristiano es un santo deseo. Lo que deseas no lo ves todavía, mas por tu deseo te haces capaz de ser saciado cuando llegue el momento de la visión.
Deseemos, pues, hermanos, ya que hemos de ser colmados. Ved de qué manera Pablo ensancha su deseo, para hacerse capaz de recibir lo que ha de venir. Dice, en efecto: No es que ya haya conseguido el premio, o que ya esté en la meta; hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. ¿Qué haces, pues, en esta vida, si aún no has conseguido el premio? Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta para ganar el premio, al que Dios desde arriba me llama.
Afirma de sí mismo que está lanzado hacia lo que está por delante y que va corriendo hacia la meta final. Es porque se sentía demasiado pequeño para captar aquello que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar. Tal es nuestra vida: ejercitarnos en el deseo. Ahora bien: este santo deseo está en proporción directa de nuestro desasimiento de los deseos que suscita el amor del mundo. Ensanchemos, pues, nuestro corazón, para que, cuando venga, nos llene, ya que seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

jueves, 29 de mayo de 2025

Es necesario conocer al hombre

 De las Homilías de San Pablo VI, papa

Gracias a este Concilio, la concepción teológica y teocéntrica de la naturaleza humana y del hombre ha atraído sobre sí la atención de todos como desafiando a aquellos que piensan que es ajena y extraña a nuestro tiempo; y ha asumido pretensiones que ciertamente el mundo juzgará en un primer momento absurdas, pero que confiamos que después reconocerá como mucho más humanas, sabias y saludables: a saber, que Dios existe siempre, existe realmente, vive, es personal, es providente, es infinitamente bueno, no solo en sí, sino también infinitamente bueno para con nosotros; es nuestro creador, nuestra verdad, nuestra felicidad; de modo que el hombre, cuando se esfuerza en fijar en Dios su corazón y su mente, en la contemplación realiza el acto espiritual que debe ser considerado como el más noble y perfecto de todos; un acto que también en nuestro tiempo puede y debe jerarquizar los innumerables campos de la actividad humana.
La Iglesia, reunida en Concilio, ha dirigido realmente su atención —además de hacia sí misma y la relación que la une con Dios— hacia el hombre, el hombre tal como se presenta actualmente: el hombre que vive; el hombre que está totalmente entregado a sí mismo; el hombre que no solo se considera el único centro de todo su interés, sino que se atreve a afirmar que él es el principio y razón de todas las cosas. Todo el hombre fenoménico —para utilizar una palabra reciente—, revestido de sus innumerables circunstancias, se ha presentado ante los Padres conciliares, también ellos hombres, todos pastores y hermanos, atentos y amorosos; el hombre que se queja con pasión de su trágico destino, el hombre que tanto ayer como hoy piensa que los otros son inferiores a él, y por ello es siempre frágil y falso, egoísta y feroz; el hombre descontento de sí, que ríe y que llora; el hombre versátil, dispuesto a representar cualquier papel; el hombre dedicado exclusivamente a la investigación científica; el hombre que, como tal, piensa, ama, trabaja, está siempre a la expectativa de algo, como aquel «hijo que florece»; un hombre que debe considerarse con cierta religión sagrada por la inocencia de su infancia, el misterio de su pobreza, la piedad a la que mueven sus debilidades; el hombre individualista y social; el hombre que «alaba al tiempo pasado al mismo tiempo que espera el futuro, soñando que será más feliz»; el hombre pecador y el hombre santo, y así sucesivamente.
Aquel interés profano y laico de la humanidad se ha mostrado finalmente en su cruel magnitud y ha desafiado, por así decirlo, al Concilio. La religión, es decir, el culto a Dios que quiso hacerse hombre, y la religión —pues así debe ser considerada—, esto es, el culto al hombre que quiere hacerse Dios, se han encontrado. ¿Qué ha sucedido? ¿Una lucha, un choque, un anatema?
Podía haberse dado, pero está claro que no sucedió así. Aquella antigua historia del buen samaritano ha sido el ejemplo y la norma según la cual se ha regido la espiritualidad de nuestro Concilio. Además, un amor inmenso a los hombres lo ha llenado totalmente. Las necesidades humanas conocidas y meditadas de nuevo, que son tanto más penosas cuanto más crece el hijo de la tierra, absorbieron toda la atención de este Sínodo nuestro. Vosotros, humanistas modernos que negáis las verdades que trascienden la naturaleza de las cosas, conceded al menos este mérito al Concilio y reconoced nuestro nuevo humanismo, pues también nosotros, nosotros más que nadie, somos cultivadores del hombre.
Siendo así las cosas, hay que afirmar, en verdad, que la religión católica y la vida humana están unidas entre sí por una alianza amiga y ambas persiguen al mismo tiempo un único bien ciertamente humano; es decir, la religión católica es para la humanidad y es, en cierto modo, la vida del género humano. Se debe decir la vida por la doctrina excelsa y totalmente perfecta que ella misma transmite sobre el hombre —¿no es el hombre, abandonado a sí mismo, un misterio para sí mismo?—; doctrina que transmite porque la extrae de la ciencia que tiene de Dios. Pues para conocer al hombre, al hombre verdadero, al hombre íntegro, es necesario conocer antes a Dios.
Y si recordamos todos los que estáis aquí presentes, que en el rostro de todo hombre, especialmente si se ha hecho transparente por las lágrimas y dolores, debemos reconocer el rostro de Cristo, el Hijo del hombre; y si en el rostro de Cristo debemos reconocer el rostro del Padre celestial, según aquello: «El que me ve, ve al Padre», nuestro modo de considerar las cosas humanas se transforma en cristianismo que está completamente vuelto hacia Dios como a su centro; tanto que podemos enunciar el hecho de esta manera: es necesario conocer al hombre para conocer a Dios.

miércoles, 28 de mayo de 2025

Sin perder la esperanza

"Al oír «resurrección de entre los muertos», unos lo tomaban a broma, otros dijeron:
«De esto te oiremos hablar en otra ocasión».
Así salió Pablo de en medio de ellos. Algunos se le juntaron y creyeron, entre ellos Dionisio el areopagita, una mujer llamada Dámaris y algunos más con ellos".
No siempre todos los que escuchan el mensaje de la Salvación lo aceptan, así como no lo aceptaron de Jesús, tampoco de Pablo o de los demás apóstoles, tampoco lo aceptarán, muchas veces, de nosotros. Y por eso no tenemos que dejar de predicar, de anunciar, de vivir lo que creemos y lo que, sobre todo, da sentido a nuestras vidas.
Como dicen estos párrafos de los Hechos de los apóstoles, no siempre el corazón del hombre está dispuesto a creer, y, más que nada, no siempre está dispuesto a renunciar a lo que cree o cómo lo cree. Y eso lo vemos mucho en nuestras comunidades, o en nuestras familias y sociedad. El Evangelio de Jesucristo no es algo que todos quieran vivir, claro que muchos dicen creer en él, pero no todos lo quieren vivir, pues no renuncian a su estilo de vida o a su forma de "creer" en Cristo.
Es muy fácil, hoy en día, decir que creo en Cristo pero no ser cristiano, ir a misa pero no comulgar con el Evangelio, llevar una cruz al pecho pero no aceptar la que me da el Padre. Lo que se llama coherencia de vida hoy está muy en desuso pues no queremos aceptar las exigencias del Evangelio de Jesucristo, porque, según algunos están fuera de época, otros que son cosas de curas, otros que... siempre tenemos una excusa "barata" para no acepar lo que es Voluntad de Dios para los que se dicen ser sus hijos.
Pero nada de eso, si estuvieran viviendo en estos tiempos, les quitarían las ganas de seguir predicando a los apóstoles, sin embargo no siempre tenemos, nosotros, el mismo entusiasmo por anunciar la Salvación a los hombres. La misión que Jesús nos pide, cada día, es la misma que tuvieron los apóstoles pero no nos sentimos con ese mismo entusiasmo y el fuego del Espíritu, por eso tenemos que buscar una constante relación con el Espíritu Santo para que nos ayude a aceptar, primero, el Evangelio de Jesús, después su misión para mi vida, y así poder anunciar con la palabra y la vida la alegría de haber sido llamado y elegido.

lunes, 26 de mayo de 2025

Estar alegres en el Señor

San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia

El Apóstol nos manda alegrarnos, pero en el Señor, no en el mundo. Pues, como afirma la Escritura: El que quiere ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios. Pues del mismo modo que un hombre no puede servir a dos señores, tampoco puede alegrarse en el mundo y en el Señor.
Que el gozo en el Señor sea el triunfador, mientras se extingue el gozo en el mundo. El gozo en el Señor siempre debe ir creciendo, mientras que el gozo en el mundo ha de ir disminuyendo hasta que se acabe. No afirmamos esto como si no debiéramos alegrarnos mientras estamos en este mundo, sino en el sentido de que debemos alegrarnos en el Señor también cuando estamos en este mundo.
Pero alguno puede decir: «Estoy en el mundo, por tanto, si me alegro, me alegro allí donde estoy». ¿Pero es que por estar en el mundo no estás en el Señor? Escucha al apóstol Pablo cuando habla a los atenienses, según refieren los Hechos de los apóstoles, y afirma de Dios, Señor y creador nuestro: En él vivimos, nos movemos y existimos. El que está en todas partes, ¿en dónde no está? ¿Acaso no nos exhortaba precisamente a esto? El Señor está cerca; nada os preocupe.
Gran cosa es ésta: el mismo que asciende sobre todos los cielos está cercano a quienes se encuentran en la tierra. ¿Quién es éste, lejano y próximo, sino aquel que por su benignidad se ha hecho próximo a nosotros?
Aquel hombre que cayó en manos de unos bandidos, que fue abandonado medio muerto, que fue desatendido por el sacerdote y el levita y que fue recogido, curado y atendido por un samaritano que iba de paso, representa a todo el género humano. Así, pues, como el Justo e Inmortal estuviese lejos de nosotros, los pecadores y mortales, bajó hasta nosotros para hacerse cercano quien estaba lejos.
No nos trata como merecen nuestros pecados pues somos hijos. ¿Cómo lo probamos? El Hijo unigénito murió por nosotros para no ser el único hijo. No quiso ser único quien, único, murió por todos. El Hijo único de Dios ha hecho muchos hijos de Dios. Compró a sus hermanos con su sangre, quiso ser reprobado para acoger a los réprobos, vendido para redimirnos, deshonrado para honrarnos, muerto para vivificarnos.
Por tanto, hermanos, estad alegres en el Señor, no en el mundo: es decir, alegraos en la verdad, no en la iniquidad; alegraos con la esperanza de la eternidad, no con las flores de la vanidad. Alegraos de tal forma que sea cual sea la situación en la que os encontréis, tengáis presente que el Señor está cerca; nada os preocupe.

domingo, 25 de mayo de 2025

Guardar Su Palabra

«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió”.

¿Qué significa “guardar la Palabra”? Por supuesto que no es lo que hacemos, muchas veces, con la Biblia: la guardamos en una estantería y se va llenando de polvo y algún que otro día la vamos limpiando, o la ponemos en un estante en algún lugar visible de la casa para que todos vean lo bello que es el libro. Eso se puede hacer con cualquier libro. Y lo que Jesús quiere es que guardemos en el corazón la Palabra, pero al estilo del sembrador que “guarda” la semilla en el corazón de la tierra para que echando raíces comience a crecer y dar fruto.
Así es el amor a Jesús: escucharlo y dejar que Su Palabra eche raíces en nuestro corazón para que nuestro corazón se vaya llenando de Su Palabra, y así nuestros labios hablarán de Él y de su Evangelio, pues “de la abundancia del corazón hablan los labios”. Serán los frutos de esa Palabra anidada en nuestro corazón los que hablen de quienes somos nosotros, de qué alimentamos nuestra vida y de cómo nos vamos configurando, cada día más, con Cristo.
Por supuesto que no podemos hacer una elección de qué palabra guardamos, sino que debemos ir meditando, todos los días, Su Palabra, y dejar que Ella nos cuestione, nos exhorte, nos anime y nos ayude a santificarnos, pues Su Palabra es Vida y, como dice la carta a los Hebreos: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón. Nada se le oculta; todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas”.
Cuando elegimos qué palabra escuchar o qué palabra guardar en el corazón, no le permitimos a Dios que nos ayude a crecer, a madurar, a santificarnos, porque no dejamos que toda Su Palabra sea parte de nuestra vida. A veces por temor, a veces por rencor vamos “utilizando” la Palabra no para crecer sino para juzgar, para señalar o castigar a otros sin darnos cuenta de que ese no es el sentido de la Palabra para nuestra vida, sino que primero hemos de dejar que Ella nos convierta a nosotros y será Él quien haga lo mismo con nuestros hermanos: “mira primero la viga que tienes en tu ojo”. Así será la Palabra vivida la que cuestione y no mi deseo, rencor, egoísmo o vanidad la que cuestione la vida de los demás.

jueves, 22 de mayo de 2025

Permaneced en Mí

De los tratados sobre el evangelio de san Juan de San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia

Jesucristo dice: Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que queráis y os sucederá. Si permanecen en Cristo, ¿qué pueden querer sino lo que conviene a Cristo? Si permanecen en el Salvador, ¿qué pueden querer sino lo que no es ajeno a la salvación? Unas cosas las queremos porque estamos en Cristo, y otras cosas las queremos porque todavía estamos en este mundo. Por permanecer en este mundo, algunas veces se nos desliza la petición de algo cuya inconveniencia desconocemos. Pero no suceda esto en nosotros si permanecemos en Cristo que, cuando le pedimos, no hace sino lo que nos conviene.
Así pues, permaneciendo en Él cuando sus palabras permanecen en nosotros, pediremos lo que queramos y nos sucederá. Porque si lo pedimos y no sucede, no hemos pedido lo que permanece en Él ni lo que encierran sus palabras que permanecen en nosotros, sino que encierran la pasión y la debilidad de la carne que no está en Él y en la que no permanecen sus palabras. Con sus palabras concuerda la oración que Él mismo nos enseñó y en la que decimos: Padre nuestro que estás en los cielos. En nuestras peticiones no nos apartemos de las palabras y el sentido de esta oración, y lo que pidamos sucederá.
Sólo entonces, cuando hagamos lo que mandó y amemos lo que prometió, se debe decir que sus palabras permanecen en nosotros; cuando sus palabras permanecen en la memoria pero no se encuentran en la manera de vivir, el sarmiento no cuenta para la vid, porque no recibe la vida de la raíz. A esta diferencia se puede aplicar lo que se dice en la Escritura: En la memoria guardan sus mandamientos para cumplirlos. Muchos los guardan en la memoria para despreciarlos o incluso para ridiculizarlos y atacarlos. Las palabras de Cristo no permanecen en quienes de algún modo tienen contacto con ellas, pero no están adheridos a ellas; por lo tanto, no les resultarán beneficiosas, sino que serán usadas como testimonio en su contra. Y porque están en ellos de modo tal que no permanecen en ellos, las tienen para ser condenados por ellas.

miércoles, 21 de mayo de 2025

Impulsados por el Espíritu

"En aquellos días, unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme al uso de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé".
En estos días que vamos leyendo del libro de los Hechos de los Apóstoles cómo han sido los primeros momentos de la Iglesia, vemos que siempre han habido disputas, divisiones, y gente que se ponía en contra unos de otros. Y, seguramente, que todos lo hacían con muy buena intención, porque desde las persecuciones de los primeros cristianos se hacían con buenas intenciones, pero no desde la Voluntad de Dios.
Aquí, como vemos, unos discípulos comenzaron a predicar según lo que sabían, tanto del judaísmo como de la vida nueva en Cristo, poniendo como condición para ser cristiano ser primero judío. Y es ahí donde se produce la discusión con Pablo (que no nos olvidemos que él era un judío muy celoso de su fe) que no veía necesario tener que circuncidar a los paganos para que después sean bautizados.
A veces nos "agarramos" a lo que hemos hecho siempre o lo que hemos vivido siempre y no nos abrimos a lo que Dios pueda mostrar en este momento o para el futuro. Somos, y perdón por la comparación, animalitos de costumbres que no les gusta cambiar o modificar un estilo de vida o una tradición que no es más que eso.
Esta discusión entre Pablo y los demás llevaron al primer concilio de Jerusalén donde tuvieron que discernir a la Luz del Espíritu Santo qué es lo que Dios quería. Y esa es la parte que, muchas veces, nos falta a los cristianos: discernir a la Luz del Espíritu Santo qué es lo que Dios quiere para este momentos, para mi vida, para mi familia, para mi comunidad, para tal o cual momento.
A veces nos aferramos a lo que siempre hemos hecho o cómo lo hemos vivido, y no nos damos cuenta que, en definitiva, estamos siendo infieles a la Voluntad de Dios porque no hemos renunciado a nuestros criterios y gustos, sino que nos quedamos parados en nuestros quince y no damos un paso para no perder de vista lo que tenemos o el lugar que ocupamos.
Y Dios nos invita, cada día, a buscar, con el Espíritu, su Voluntad para poder ser Fieles a la Vida que Él nos pida vivir.

martes, 20 de mayo de 2025

Luz de los predicadores

San Bernardino de Siena, presbítero - Sermón 49, Sobre el glorioso nombre de Jesucristo

El nombre de Jesús es la luz de los predicadores, pues es su resplandor el que hace anunciar y oír su palabra. ¿Por qué crees que se extendió tan rápidamente y con tanta fuerza la fe por el mundo entero, sino por la predicación del nombre de Jesús? ¿No ha sido por esta luz y por el gusto de este nombre como nos llamó Dios a su luz maravillosa? Iluminados todos y viendo ya la luz en esta luz, puede decirnos el Apóstol: En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor; caminad como hijos de la luz.
Es preciso predicar este nombre para que resplandezca y no quede oculto. Pero no debe ser predicado con el corazón impuro o la boca manchada, sino que hay que guardarlo y exponerlo en un vaso elegido.
Por esto dice el Señor, refiriéndose al Apóstol: Ese hombre es un vaso elegido por mi para dar a conocer mi nombre a pueblos, reyes, y a los israelitas. Un vaso -dice- elegido por mi, como aquellos vasos elegidos en que se expone a la venta una bebida de agradable sabor, que el brillo y esplendor del recipiente invite a bebe de ella; para dar a conocer -dice- mi nombre.
Pues igual que con el fuego se limpian los campos, se consumen los hierbajos, las zarzas y las espinas inútiles, e igual también que cuando sale el sol y, disipadas las tinieblas, huyen los ladrones, los atracadores y los que andan errantes por la noche, así también cuando hablaba Pablo a la gente era como el fragor de un trueno, o como un incendio crepitante, o como el sol que de pronto brilla con más claridad, y consumía la incredulidad, lucía la verdad y desaparecía el error como la cera que se derrite en el fuego.
Pablo hablaba del nombre de Jesús en sus cartas, en sus milagros y ejemplos. Alababa y bendecía el nombre de Jesús.
El Apóstol llevaba este nombre, como una luz, a pueblos, reyes y a los israelitas, y con él iluminaba las naciones, proclamando por doquier aquellas palabras: La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Mostraba a todos la lámpara que arde y que ilumina sobre el candelero, anunciando en todo lugar a Jesús, y éste crucificado.
Por eso la Iglesia, esposa de Cristo, basándose en su testimonio, salta de júbilo con el Profeta, diciendo: Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas, es decir, siempre. El Profeta le honra igualmente en este sentido: Cantad al Señor, bendecid su nombre, proclamad día tras día su salvación, es decir, Jesús, el Salvador que él ha enviado.

lunes, 19 de mayo de 2025

Se su plentiud recibimos todos

Del Comentario sobre el salmo 118 de San Ambrosio, obispo y doctor de la Iglesia

Mira cómo amo tus decretos; Señor, por tu misericordia dame vida. También aquí invita el salmista al Señor a que examine atentamente el pleno afecto de su caridad. Nadie dice: Mira, sino el que juzga que ha de agradar, de ser contemplado. Y bellamente dice: Mira, y lo dice en conformidad con la ley, pues la ley manda que cada israelita se presente tres veces al año ante el Señor. El santo diariamente se ofrece a sí mismo, diariamente aparece ante el Señor, y no se presenta con las manos vacías, pues no está vacío quien ha recibido de su plenitud.
No estaba vacío David cuando decía: La boca se nos llenaba de risas, pues el gozo es uno de los frutos del Espíritu Santo. Y como -según dice san Juan- de la plenitud del Verbo todos hemos recibido, así también el Espíritu Santo llenó de su plenitud toda la tierra. No estaba vacío Zacarías que, lleno del Espíritu Santo, profetizaba la llegada del Señor Jesús. No estaba vacío Pablo, que evangelizaba «en la abundancia»; y estaba rebosante al recibir de los efesios el sacrificio fragante, una hostia agradable a Dios. No estaban vacíos los corintios, en los que abundaba la gracia de Dios, según el testimonio del propio Apóstol.
Por eso David se ofrecía diariamente a Dios, y no se ofrecía vacío, él que podía decir: Abro la boca y respiro. Y por eso decía: Mira cómo amo tus decretos. Escucha en qué debes ofrecerte a Cristo. No en las cosas visibles, sino en las ocultas y en lo escondido, para que tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pague y remunere tu fiel afecto. Amo —dice— tus decretos. No dice: observo; ni tampoco: guardo, pues los imprudentes no observaron los preceptos del Señor.
En cambio, el que es perfecto en la inteligencia, perfecto en la sabiduría, éste ama, que es mucho más que guardar; pues guardar es muchas veces fruto de la necesidad o del temor; mientras que amar es fruto de la caridad. Guarda quien evangeliza; pero el que voluntariamente evangeliza, recibe su merecido. ¡Cuánto mayor no será la recompensa del que ama! Podemos en efecto no amar lo que queremos, pero imposible no querer lo que amamos. Pero aun cuando espere el premio de la caridad perfecta, pide además el socorro de la misericordia divina, para ser vivificado en ella por el Señor. No es, pues, el arrogante exactor de la recompensa debida, sino el modesto suplicante de la divina misericordia.

domingo, 18 de mayo de 2025

11º Mandamiento

 “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros».

Muchas veces, en las homilías, he preguntado ¿cuántos mandamientos hay? Y, por supuesto, todos responden 10. Y es verdad los Mandamientos de Dios son 10. Pero, teniendo en cuenta el Evangelio de hoy, siempre respondo que hay 11, porque nuestro Dios, Jesucristo, siguiendo la Voluntad del Padre, dijo: “os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”.
Por eso no podemos decir que sólo hay 10 mandamientos, sino que el que nos impuso Jesús es el que resume y da plenitud a los 10, por lo que San Agustín pudo decir: “Ama y haz lo que quieras: si callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor. Exista dentro de ti la raíz de la caridad; de dicha raíz no puede brotar sino el bien”.
“En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros”, y claro, es comprensible, es el mandamiento que menos tenemos en la memoria y en el corazón, aunque, siempre, lo proclamamos para que nos amen a nosotros, pero, más de una vez, nosotros no amamos como queremos que nos amen.
Y, a cuenta de esto, también nos dijo Jesús: “Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas”. Que también lo podemos pensar en “no hagas a los demás lo que no te gustan que hagan contigo”.
Pero, en definitiva, todo está supeditado a nuestro crecimiento en el amor, pero el amor, no en el amor sensible o sentimental, sino el verdadero amor: “como Yo os he amado”, dijo el Señor. Un amor activo que no ama simplemente porque lo aman, sino porque debe amar, pues así lo dijo el Señor: “Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo”.
Por estas razones es que el Señor, nuestro Dios, se quedó en la Eucaristía para alimentar nuestra vida de amor con Su Propia Vida, y cuando no nos acercamos dignamente y con un corazón dispuesto a hacer Su Voluntad, entonces no podremos vivir y amar como Él nos lo pide. Y debemos tener en cuenta que es Su Mandamiento y no el de los hombres.

sábado, 17 de mayo de 2025

La Eucaristía vínculo de paz y unidad

Del breve apostólico Providentissimus de León XIII, papa

Para animar a los católicos a profesar valientemente su fe y a practicar las virtudes cristianas, ningún medio es más eficaz que el que consiste en alimentar y aumentar la piedad del pueblo hacia aquella admirable prenda de amor, vínculo de paz y de unidad, que es el sacramento de la eucaristía.
Ahora bien, entre aquellos cuya piedad para con este sublime misterio de la fe se manifestó con más vívido fervor, Pascual Bailón ocupa el primer lugar. Dotado por naturaleza de muy delicada afición a las cosas celestiales, después de haber pasado santamente la juventud en la guarda de su rebaño, abrazó una vida más severa en la Orden de Frailes Menores de la estricta observancia, y mereció por sus meditaciones sobre el convite eucarístico adquirir la ciencia relativa a él; hasta el punto de que aquel hombre, desprovisto de nociones y aptitudes literarias, resultó capaz de responder a preguntas sobre las más difíciles materias de fe, y hasta de escribir libros piadosos. Pública y abiertamente profesó la verdad de la eucaristía entre los herejes y, por ello, tuvo que pasar por graves pruebas. Émulo del mártir Tarsicio, fue varias veces amenazado con la muerte.
Creemos, pues, que las asociaciones eucarísticas no pueden ser confiadas a mejor patronazgo. Llenos de confianza, hacemos votos porque los ejemplos de este santo den por fruto el aumento de aquellos que, en el pueblo cristiano, dirigen cada día su celo, sus intenciones y su amor a Cristo Salvador, principio el más alto y el más augusto de toda salvación.

viernes, 16 de mayo de 2025

A la Casa del Padre

«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
En la Última Cena es cuando Jesús le revela a los apóstoles algunos de los misterios de nuestra vida de Fe, y, uno de ellos, el que más nos cuesta es el de la Vida después de la muerte, o, mejor dicho, el aceptar la muerte corporal, la muerte física.
Ya les había revelado que Su Hora había llegado y por eso quería darles todo lo que sabía o todo lo que podía contarles acerca de lo que iba a suceder, no sólo a Él sino en la vida de cada uno de nosotros.
Por eso les habla de la Casa del Padre, y de ese modo nos ayuda a descubrir o a vivir con la esperanza de la eternidad, de saber que nuestra vida no termina en la muerte sino que continúa en la eternidad, junto al Padre, al Hijo y la Espíritu y con todos los que han vivido junto a Dios.
Para algunos la esperanza de la vida eterna es una idea de chiquillos para quedar tranquilos y para suavizar la idea de la muerte, pero para los que tenemos Fe sabemos que sólo es una puerta que se abre para volver a la Casa del Padre, lo que nos ayuda en ese paso tan difícil pero necesario que un día daremos, con la Gracia de Dios.
Esta revelación de Jesús nos abre a la esperanza de la Vida, pero no nos quita el dolor de la separación, ni la tristeza de saber que ya no estaremos con los que amamos, por eso, el mismo Jesús, quiso darnos testimonio de que el dolor de la separación es más fuerte que la certeza de la Vida eterna, pues Él mismo lloró ante la tumba de su amigo Lázaro.
Por eso, aunque las lágrimas manifiesten nuestro dolor por la separación y la angustia del momento, no nos quitan la esperanza de saber que los que vuelven o los que volveremos a la Casa del Padre seguiremos viviendo junto a Él y a todos los que Él ha llamado a la Vida. Así, caminando junto a Jesús nos preparamos para ese día, el nuestro y el de los que amamos, para saber que de Su Mano podremos alcanzar la Vida Verdadera, y que su Amor nos ayudará a seguir el mismo sendero de fe, esperanza y amor, para alcanzar un día el Verdadero Amor junto al Padre.

martes, 13 de mayo de 2025

María abraza a todo el universo

San Efrén de Nísibe, diácono

María fue hecha cielo en favor nuestro al llevar la divinidad que Cristo, sin dejar la gloria del Padre, encerró en los angostos límites de un seno para conducir a los hombres a una dignidad mayor. Eligió a ella sola entre toda la asamblea de las vírgenes para que fuese instrumento de nuestra salvación.
En ella encontraron su culmen los vaticinios de todos los justos y profetas. De ella nació aquella brillantísima estrella bajo cuya guía vio una gran luz el pueblo, que caminaba en tinieblas.
María puede ser denominada de forma adecuada con diversos títulos. Ella es el templo del Hijo de Dios, que salió de ella de manera muy distinta a como había entrado, porque, aunque había entrado en su seno sin cuerpo, salió revestido de un cuerpo.
Ella es el nuevo cielo místico, en el que el Rey de reyes habitó como en su morada. De él bajó a la tierra mostrando ostensiblemente una forma y semejanza terrena.
Ella es la vid que da como fruto un suave olor. Su fruto, como difería absolutamente por la naturaleza del árbol, necesariamente cambiaba su semejanza por causa del árbol.
Ella es la fuente que brota de la casa del Señor, de la que fluyeron para los sedientos aguas vivas que, si alguien las gusta aunque sea con la punta de los labios, jamás sentirá sed.
Amadísimos, se equivoca quien piensa que el día de la renovación de María puede ser comparado con otro día de la creación. En el inicio fue creada la tierra; por medio de ella es renovada. En el inicio fue maldita en su actividad por el pecado de Adán, por medio de ella le es devuelta la paz y la seguridad. En el inicio, la muerte se extendió a todos los hombres por el pecado de los primeros padres, pero ahora hemos sido trasladados de la muerte a la vida. En el inicio, la serpiente se adueñó de los oídos de Eva, y el veneno se extendió a todo el cuerpo; ahora María acoge en sus oídos al defensor de la perpetua felicidad. Lo que fue instrumento de muerte, ahora se alza como instrumento de vida.
El que se sienta sobre los Querubines es sostenido ahora por los brazos de una mujer; Aquel al que todo el orbe no puede abarcar, María sola lo abraza; Aquel al que temen los Tronos y las Dominaciones, una joven lo protege; Aquel cuya morada es eterna, se sienta en las rodillas de una virgen; Aquel que tiene la tierra por escabel de sus pies, la pisa con pies de niño.

lunes, 12 de mayo de 2025

El Espíritu dador de vida

Libro sobre el Espíritu Santo de San Basilio Magno, obispo y doctor de la Iglesia

El Señor, que nos da la vida, estableció con nosotros la institución del bautismo, en el que hay un símbolo y principio de muerte y de vida: la imagen de la muerte nos la proporciona el agua, la prenda de la vida nos la ofrece el Espíritu.
En el bautismo se proponen como dos fines, a saber, la abolición del cuerpo de pecado, a fin de que no fructifique para la muerte, y la vida del Espíritu, para que abunden los frutos de santificación; el agua representa la muerte, haciendo como si acogiera al cuerpo en el sepulcro; mientras que el Espíritu es el que da la fuerza vivificante, haciendo pasar nuestras almas renovadas de la muerte del pecado a la vida primera.
Esto es, pues, lo que significa nacer de nuevo del agua y del Espíritu: puesto que en el agua se lleva a cabo la muerte y el Espíritu crea la nueva vida nuestra. Por eso precisamente el gran misterio del bautismo se efectúa mediante tres inmersiones y otras tantas invocaciones, con el fin de expresar la figura de la muerte, y para que el alma de los que se bautizan quede iluminada con la infusión de la luz divina.
Porque la gracia que se da por el agua no proviene de la naturaleza del agua, sino de la presencia del Espíritu, pues el bautismo no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de Dios una conciencia pura
Por el Espíritu Santo se nos concede de nuevo la entrada en el paraíso, la posesión del reino de los cielos, la recuperación de la adopción de hijos: se nos da la confianza de invocar a Dios como Padre, la participación de la gracia de Cristo, el podernos llamar hijos de la luz, el compartir la gloria eterna, y para decirlo todo de una sola vez, el poseer la plenitud de las bendiciones divinas, así en este mundo como en el futuro; pues al esperar por la fe los bienes prometidos, contemplamos ya, como en un espejo y como si estuvieran presentes, los bienes de que disfrutaremos.
Y si tal es el anticipo ¿cuál no será la realidad? Y si tan grandes son las primicias ¿cuál no será la plena realización?

domingo, 11 de mayo de 2025

Ser pastores

 «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano”.

Domingo del Buen Pastor en el que nos alegramos de tener dos buenos pastores que han comenzado su misión en la Iglesia: el Papa León XIV para la Iglesia Universal, y Don Ángel Román Idígoras para nuestra Iglesia Particular de Albacete, por quienes tenemos que seguir rezando para que siempre puedan dejarse guiar por el Espíritu del Buen Pastor que los ayude a conducir al Pueblo de Dios por las sendas de la Voluntad del Padre.
En estos días con las elecciones del Papa y la consagración episcopal de Don Ángel se han escuchado muchas voces, muchos deseos y súplicas de que sean portadores de Buenas Nuevas, de que puedan guiar a la Iglesia por senderos nuevos, de que esto y de lo otro, y, sobre todo para el Papa que haga crecer a la Iglesia.
En realidad, son muy buenos deseos y todos salen de corazones que sienten que ellos nos ayudan a caminar por el sendero de la Santidad, pero si no escuchamos la Voz del Buen Pastor y no obedecemos a sus mandatos, poco pueden hacer nuestros “líderes espirituales”, porque los que formamos la Iglesia somos todos, y los que iluminamos el camino de los que no creen somos todos, y los que debemos madurar en amor y unidad somos todos, y los que han de ser obedientes a la Voluntad de Dios somos todos.
Sino miremos lo que ocurre en las familias: los padres pueden ser los mejores del mundo, pero si los hijos no siguen el ejemplo de los padres ¿quién tiene la culpa? Los que eligieron otro camino.
Así sucede con los Papas y los Obispos, pueden ser los mejores del mundo, pero nosotros, los que formamos, también, la Iglesia y vivimos insertos en el mundo del trabajo, de la familia, de las cosas cotidiana no somos fieles al Evangelio y hacemos lo que se nos da la gana y, en muchos casos, vamos en contra de la Voluntad de Dios, por más que quieran ellos que seamos muchos… nunca lo seremos porque nuestro ejemplo no es el de Cristo.
Una vez decía en una parroquia a la que había llegado recién y la gente me pedía que trajera gente joven a la Iglesia, yo les decía: intentaré traerlos, acercarlos, pero vosotros sois quienes tenéis que acogerlos y permitirles que den una nueva opinión y no empecéis con “aquí siempre se hizo esto así” y nunca dejéis que los nuevos puedan dar lo que el Espíritu les enseñe. Nuestro ejemplo será quien atraiga a los hombres a Cristo, por eso debemos escucharlo, obedecerle y alimentarnos con Él.

sábado, 10 de mayo de 2025

El amor del Hijo mira al Padre

San Juan de Ávila, presbítero

La fuente que más mueve nuestro corazón al amor de Dios es la consideración profunda del amor que nos tuvo él, y con él, su Hijo muy bendito, nuestro Señor. Esto mueve más el corazón a amar que los beneficios; porque el que hace a otro el bien, le da algo de lo que tiene; pero el que ama, se da a sí mismo con todo lo que tiene, sin que le quede nada por dar.
Veamos ahora, Señor, si tú nos amas; y si es que nos amas así, ¡qué grande es el amor que nos tienes!
Los padres aman mucho a los hijos, pero ¿acaso nos amas tú como padre? Nosotros, no hemos entrado en lo íntimo de tu corazón, Dios mío, para descubrir esto; pero tu Unigénito, que descendió desde ti y nos dio signos de esa intimidad, nos mandó que te llamásemos «Padre» por la grandeza del amor que nos tenías; y, sobre todo, nos enseñó que no llamásemos a nadie en esta tierra padre, porque solo tú eres nuestro Padre. Porque así como solo tú eres bueno por la eminencia de tu infinita bondad, así solo tú eres Padre. Y tanto lo eres y tales obras haces que, en comparación de tus entrañas paternales, no hay nadie que pueda llamarse así.
Y si todavía eres incrédulo a este amor, considera todos los beneficios que Dios ha realizado, porque todos ellos son signo y testimonio de ese amor.
Calcula cuántos son todos ellos y hallarás que todo cuanto hay en el cielo y en la tierra, y todo lo que hay en tu cuerpo, huesos y sentidos, y todas las horas y momentos que vives en la vida, todos son beneficios del Señor. Considera también cuántas buenas inspiraciones has recibido y cuántos beneficios has tenido en esta vida; de cuántos peligros te ha librado y cuántas enfermedades y desastres podrías haber sufrido si él no te hubiera librado. Todo esto son señales y demostraciones de amor. Y finalmente, pon los ojos en todo este mundo, hecho para ti por solo amor; todo él y todas las innumerables cosas que contiene significan amor, predican amor, y te demandan amor.
Y ahora veamos qué grande fue el amor que nos tuvo ese Hijo que nos diste. ¡No hay lengua alguna que abarque a decirlo! Algunos en su ignorancia y necedad no alcanzan a comprender la grandeza de este amor, porque el amor de ellos nace de la perfección de la cosa amada.
Pero el amor de Cristo no nace de la perfección que hay en nosotros, sino de lo que él es y posee, que es su propia contemplación en el eterno Padre.

viernes, 9 de mayo de 2025

Su Cuerpo nos da Vida

Del Comentario sobre el evangelio de san Juan de San Cirilo de Alejandría, obispo

»Por todos muero, dice el Señor, para vivificarlos a todos y redimir con mi carne la carne de todos. En mi muerte morirá la muerte y conmigo resucitará la naturaleza humana de la postración en que había caído.
«Con esta finalidad me he hecho semejante a vosotros y he querido nacer de la descendencia de Abrahán para asemejarme en todo a mis hermanos».
San Pablo, al comprender esto, dijo: Los hijos de una misma familia son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también él; así, muriendo, aniquiló al tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo.
Si Cristo no se hubiera entregado por nosotros a la muerte, él solo por la redención de todos, nunca hubiera podido ser destituido el que tenía el dominio de la muerte, ni hubiera sido posible destruir la muerte, pues él es el único que está por encima de todos.
Por ello se aplica a Cristo aquello que se dice en un lugar del libro de los salmos, donde Cristo aparece ofreciéndose por nosotros a Dios Padre: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y en cambio me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio, entonces yo dije: «Aquí estoy».
Cristo fue, pues, crucificado por todos nosotros, para que habiendo muerto uno por todos, todos tengamos vida en él. Era, en efecto, imposible que la vida muriera o fuera sometida a la corrupción natural. Que Cristo ofreciese su carne por la vida del mundo es algo que deducimos de sus mismas palabras: Padre santo, dijo, guárdalos. Y luego añade: Por ellos me consagro yo.
Cuando dice consagro debe entenderse en el sentido de «me dedico a Dios» y «me ofrezco como hostia inmaculada en olor de suavidad». Pues según la ley se consagraba o llamaba sagrado lo que se ofrecía sobre el altar. Así Cristo entregó su cuerpo por la vida de todos, y a todos nos devolvió la vida. De qué modo lo realizó, intentaré explicarlo, si puedo.
Una vez que la Palabra vivificante hubo tomado carne, restituyó a la carne su propio bien, es decir, le devolvió la vida y, uniéndose a la carne con una unión inefable, la vivificó, dándole parte en su propia vida divina.
Por ello podemos decir que el cuerpo de Cristo da vida a los que participan de él: si los encuentra sujetos a la muerte, aparta la muerte y aleja toda corrupción, pues posee en sí mismo el germen que aniquila toda podredumbre.

jueves, 8 de mayo de 2025

La Salvación por la Cruz

De los sermones sobre nuestro Señor de San Efrén de Nísibe, diácono


Nuestro Señor fue conculcado por la muerte, pero él, a su vez, conculcó la muerte, pasando por ella como si fuera un camino. Se sometió a la muerte y la soportó deliberadamente para acabar con la obstinada muerte. En efecto, nuestro Señor salió cargado con su cruz, como deseaba la muerte; pero desde la cruz gritó, llamando a los muertos a la resurrección, en contra de lo que la muerte deseaba.

La muerte le mató gracias al cuerpo que tenía; pero él, con las mismas armas, triunfó sobre la muerte. La divinidad se ocultó bajo los velos de la humanidad; sólo así pudo acercarse a la muerte, y la muerte le mató, pero él, a su vez, acabó con la muerte. La muerte, en efecto, destruyó la vida natural, pero luego fue destruida, a su vez, por la vida sobrenatural.

La muerte, en efecto, no hubiera podido devorarle si él no hubiera tenido un cuerpo, ni el infierno hubiera podido tragarle si él no hubiera estado revestido de carne; por ello quiso el Señor descender al seno de una virgen para poder ser arrebatado en su ser carnal hasta el reino de la muerte. Así, una vez que hubo asumido el cuerpo, penetró en el reino de la muerte, destruyó sus riquezas y desbarató sus tesoros.

Porque la muerte llegó hasta Eva, la madre de todos los vivientes. Eva era la viña, pero la muerte abrió una brecha en su cerco, valiéndose de las mismas manos de Eva; y Eva gustó el fruto de la muerte, por lo cual la que era madre de todos los vivientes se convirtió en fuente de muerte para todos ellos.

Pero luego apareció María, la nueva vid que reemplaza a la antigua; en ella habitó Cristo, la nueva Vida. La muerte, según su costumbre, fue en busca de su alimento y no advirtió que, en el fruto mortal, estaba escondida la Vida, destructora de la muerte; por ello mordió sin temor el fruto, pero entonces liberó a la vida, y a muchos juntamente con ella.

El admirable hijo del carpintero llevó su cruz a las moradas de la muerte, que todo lo devoraban, y condujo así a todo el género humano a la mansión de la vida. Y la humanidad entera, que a causa de un árbol había sido precipitada en el abismo inferior, por otro árbol, el de la cruz, alcanzó la mansión de la vida. En el árbol, pues, en que había sido injertado un esqueje de muerte amarga, se injertó luego otro de vida feliz, para que confesemos que Cristo es Señor de toda la creación.

¡A ti la gloria, a ti que con tu cruz elevaste como un puente sobre la misma muerte, para que las almas pudieran pasar por él desde la región de la muerte a la región de la vida!

¡A ti la gloria, a ti que asumiste un cuerpo mortal e hiciste de él fuente de vida para todos los mortales!

Tú vives para siempre; los que te dieron muerte se comportaron como los agricultores: enterraron la vida en el sepulcro, como el grano de trigo se entierra en el surco, para que luego brotara y resucitara llevando consigo a otros muchos.

Venid, hagamos de nuestro amor una ofrenda grande y universal; elevemos cánticos y oraciones en honor de aquel que, en la cruz, se ofreció a Dios como holocausto para enriquecernos a todos.

miércoles, 7 de mayo de 2025

La Eucaristía

Del Tratado contra las herejías de San Ireneo, Obispo y doctor de la Iglesia

Si la carne no se salva, entonces el Señor no nos ha redimido con su sangre, ni el cáliz de la eucaristía es participación de su sangre, ni el pan que partimos es participación de su cuerpo. Porque la sangre procede de las venas y de la carne y de toda la substancia humana, de aquella substancia que asumió el Verbo de Dios en toda su realidad y por la que nos pudo redimir con su sangre, como dice el Apóstol: Por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados
Y, porque somos sus miembros y quiere que la creación nos alimente, nos brinda sus criaturas, haciendo salir el sol y dándonos la lluvia según le place; y también porque nos quiere miembros suyos, aseguró el Señor que el cáliz, que proviene de la creación material, es su sangre derramada, con la que enriquece nuestra sangre, y que el pan, que también proviene de esta creación, es su cuerpo, que enriquece nuestro cuerpo.
Cuando la copa de vino mezclado con agua y el pan preparado por el hombre reciben la Palabra de Dios, se convierten en la eucaristía de la sangre y del cuerpo de Cristo y con ella se sostiene y se vigoriza la substancia de nuestra carne, ¿cómo pueden, pues, pretender los herejes que la carne es incapaz de recibir el don de Dios, que consiste en la vida eterna, si esta carne se nutre con la sangre y el cuerpo del Señor y llega a ser parte de este mismo cuerpo?
Por ello bien dice el Apóstol en su carta a los Efesios: Somos miembros de su cuerpo, hueso de sus huesos y carne de su carne. Y esto lo afirma no de un hombre invisible y mero espíritu -pues un espíritu no tiene carne y huesos-, sino de un organismo auténticamente humano, hecho de carne, nervios y huesos; pues es este organismo el que se nutre con la copa, que es la sangre de Cristo y se fortalece con el pan, que es su cuerpo.
Del mismo modo que el esqueje de la vid, depositado en tierra, fructifica a su tiempo, y el grano de trigo, que cae en tierra y muere, se multiplica pujante por la eficacia del Espíritu de Dios que sostiene todas las cosas, y así estas criaturas trabajadas con destreza se ponen al servicio del hombre, y después cuando sobre ellas se pronuncia la Palabra de Dios, se convierten en la eucaristía, es decir, en el cuerpo y la sangre de Cristo; de la misma forma nuestros cuerpos, nutridos con esta eucaristía y depositados en tierra, y desintegrados en ella, resucitarán a su tiempo, cuando la Palabra de Dios les otorgue de nuevo la vida para la gloria de Dios Padre. Él es, pues, quien envuelve a los mortales con su inmortalidad y otorga gratuitamente la incorrupción a lo corruptible, porque la fuerza de Dios se realiza en la debilidad.

martes, 6 de mayo de 2025

Justificados por la Gracia

Del Comentario sobre el evangelio san Juan de San Juan Crisóstomo, obispo

Si todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de los astros, ¿cómo no va a ser también un don de la diestra del Padre el conocimiento de Cristo? ¿Cómo no considerar la comprensión de la verdad superior a cualquier otra gracia? El Padre ciertamente no otorga el conocimiento de Cristo a los impuros, ni infunde la utilísima gracia del Espíritu en los que se obstinan en correr tras una incurable incredulidad: no es efectivamente decoroso derramar en el fango el precioso ungüento.
De ahí que el santo profeta Isaías manda a quienes desean acercarse a Cristo que se purifiquen primero dedicándose a cualquier obra buena. Dice en efecto: Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón.
Fíjate cómo primero nos dice que hay que abandonar los viejos caminos y renunciar a los criminales proyectos, para así conseguir el perdón de los pecados, indudablemente por la fe en Cristo. Pues somos justificados, no por la observancia de la ley, sino por la gracia que nos viene de él y por la abolición de los pecados que nos viene de arriba.
Pero quizá alguno objete: ¿Qué se oponía a relegar al olvido y conceder a los judíos y a Israel la remisión de los pecados lo mismo que a nosotros? Este parecería ser el comportamiento adecuado de quien es bueno a carta cabal.
Pero se le puede responder: ¿Cómo entonces mostrarse veraz, cuando nos dijo: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores para que hagan penitencia?
¿Qué objetar a esto? La gracia del Salvador estaba destinada primeramente a solos los israelitas: pues —como él mismo afirma— sólo fue enviado a las ovejas descarriadas de la casa de Israel. Y ciertamente a los que quisieren aceptar la fe, les estaba igualmente permitido caminar decididos a la vida eterna. Todo el que se portaba honestamente y buscaba la verdad era destinado a salvarse por la fe, ayudado por la gracia de Dios Padre; en cambio los arrogantes fariseos y, con ellos, los pontífices y ancianos de dura cerviz se obstinaban en no creer, por más que habían sido con anterioridad instruidos por Moisés y los profetas.
Mas, habiéndose hecho —a causa de su perversidad— totalmente indignos de la vida eterna, no recibieron la iluminación que procede de Dios Padre. De esto tenemos un precedente en el antiguo Testamento. Lo mismo que se negó la entrada en la tierra prometida a los que en el desierto dudaron de Dios, así también a los que, por la incredulidad, desprecian a Cristo, se les niega el ingreso en el reino de los cielos, del que la tierra prometida era figura.

lunes, 5 de mayo de 2025

Sacerdocio real

Del comentario a la primera carta de San Pedro 2 de San Beda el Venerable, presbítero.

Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real. Este título honorífico fue dado por Moisés en otro tiempo al antiguo pueblo de Dios, y ahora con todo derecho Pedro lo aplica a los gentiles, puesto que creyeron en Cristo, el cual, como piedra angular, reunió a todos los pueblos en la salvación que, en un principio, había sido destinada a Israel.
Y los llama raza elegida a causa de la fe, para distinguirlos de aquellos que, al rechazar la piedra angular, se hicieron a sí mismos dignos de rechazo.
Y sacerdocio real porque están unidos al cuerpo de aquel que es rey soberano y verdadero sacerdote, capaz de otorgarles su reino como rey, y de limpiar sus pecados como pontífice con la oblación de su sangre. Los llama sacerdocio real para que no se olviden nunca de esperar el reino eterno y de seguir ofreciendo a Dios el holocausto de una vida intachable.
Se les llama también nación consagrada y pueblo adquirido por Dios, de acuerdo con lo que dice el apóstol Pablo comentando el oráculo del Profeta: Mi justo vivirá de la fe; pero si se arredra, le retiraré mi favor. Pero nosotros, dice , no somos gente que se arredra para su perdición, sino hombres de fe para salvar el alma. Y en los Hechos de los Apóstoles dice: El Espíritu Santo os ha encargado guardar el rebaño, como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con la sangre de su Hijo. Nos hemos convertido, por tanto, en pueblo adquirido por Dios en virtud de la sangre de nuestro Redentor, como en otro tiempo el pueblo de Israel fue redimido de Egipto por la sangre del cordero. Por esto Pedro recuerda en el versículo siguiente el sentido misterioso del antiguo relato, y nos enseña que éste tendrá su cumplimiento pleno en el nuevo pueblo de Dios: Para proclamar sus hazañas
Porque así como los que fueron liberados por Moisés de la esclavitud egipcia cantaron al Señor un canto triunfal después que pasaron el mar Rojo, y el ejército del Faraón se hundió bajo las aguas, así también nosotros, después de haber recibido en el bautismo la remisión de los pecados, hemos de dar gracias por estos beneficios celestiales.
En efecto, los egipcios, que afligían al pueblo de Dios, y cuyo nombre significa tinieblas y aflicción, representan adecuadamente los pecados que nos perseguían, pero que quedan borrados en el bautismo.
La liberación de los hijos de Israel, lo mismo que su marcha hacia la patria prometida, representa también adecuadamente el misterio de nuestra redención: Caminamos hacia la luz de la morada celestial, iluminados y guiados por la gracia de Cristo. Esta luz de la gracia quedó prefigurada también por la nube y la columna de fuego; la misma que los defendió, durante todo su viaje, de las tinieblas de la noche, y los condujo, por un sendero inefable, hasta la patria prometida.

domingo, 4 de mayo de 2025

Vuelve al lugar

"Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis».
La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces.
Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro: «Es el Señor».

Jesús resucitado se vuelve a aparecer a los apóstoles y una vez más les ofrece el milagro de la pesca. Se podría pensar que no era necesario hacer ese milagro, pero sí lo era para los apóstoles y, quizás, también para nosotros.
A veces nos suele suceder que estamos como solos en la noche del alma, que, aunque, sabemos de la resurrección y de que Dios está vivo no lo sentimos en nuestras vidas. Por eso necesitamos volver al lugar donde Él nos encontró.
Quizás el deseo de Pedro al irse de nuevo al mar en su barca a pescar fue un deseo inconsciente de volver a encontrarse con Jesús, como en aquél primer milagro donde el Señor lo llamó a seguirle.
Volver al comienzo siempre es bueno para sentir aquel impulso, aquella sensación que, con el tiempo, parece perderse en lo ordinario de la rutina diaria. Sin embargo, necesitamos, siempre, volver, como dice el Apocalipsis, al Primer Amor. A aquél primer momento cuando sentimos que, verdaderamente, el Señor estaba a nuestro lado, en el momento en que sentimos que Jesús estaba vivo y que nos llamaba, y que nos demostraba su profundo amor por nosotros, por mí. Y era ese fuego del Amor el que nos hizo decidirnos a seguirle, a dejar todo de lado y a vivir con radicalidad Su Palabra.
No. No estoy hablando de la llamada a la vida sacerdotal ni consagrada, sino que estoy hablando de la llamada a la santidad que Jesús nos hace a cada uno, pues ese es el camino que Él quiere que recorramos, pero no lo podremos recorrer si no descubrimos que todo depende de nuestra entrega a Él. Dejar todo no es sólo para los que se consagran de modo especial al Señor, sino para todos los que, desde el bautismo, reconocer que Él es el Señor de nuestras vidas.
Así nos lo hace saber el Evangelio: cuando Juan dice ¡Es el Señor! Pedro salta al mar y va en busca de Jesús, no duda de la palabra de Juan, pues sabe que él puede reconocerlo aún en la oscuridad.
Por eso necesitamos, siempre, esos amigos que nos ayuden a identificar al Señor y que nos estimulen a seguirle, a saltar al mar y nadar hasta su Encuentro, porque Él es quien les da sentido a nuestras vidas, es Él quien vuelve a iluminarnos y a alimentarnos con su propia Vida. Dejar todo para seguirlo es la mejor decisión que podemos tomar en nuestra vida. No lo dudemos.

sábado, 3 de mayo de 2025

La misión apostólica

Del Tratado de sobre la prescripción de los herejes de Tertuliano, presbítero

Cristo Jesús, nuestro Señor, durante su vida terrena, iba enseñando por sí mismo quién era él, qué había sido desde siempre, cuál era el designio del Padre que él realizaba en el mundo, cuál ha de ser la conducta del hombre para que sea conforme a este mismo designio; y lo enseñaba unas veces abiertamente ante el pueblo, otras aparte a sus discípulos, principalmente a los doce que había elegido para que estuvieran junto a él, y a los que había destinado como maestros de las naciones.
Y así, después de la defección de uno de ellos, cuando estaba para volver al Padre, después de su resurrección, mandó a los otros once que fueran por el mundo a adoctrinar a los hombres y bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Los apóstoles -palabra que significa «enviados»-, después de haber elegido a Matías, echándolo a suertes, para sustituir a Judas y completar así el número de doce (apoyados para esto en la autoridad de una profecía contenida en un salmo de David), y después de haber obtenido la fuerza del Espíritu Santo para hablar y realizar milagros, como lo había prometido el Señor, dieron primero en Judea testimonio de la fe en Jesucristo e instituyeron allí Iglesias, después fueron por el mundo para proclamar a las naciones la misma doctrina y la misma fe.
De modo semejante, continuaron fundando Iglesias en cada población, de manera que las demás Iglesias fundadas posteriormente, para ser verdaderas Iglesias, tomaron y siguen tomando de aquellas primeras Iglesias el retoño de su fe y la semilla de su doctrina. Por esto también aquellas Iglesias son consideradas apostólicas, en cuanto que son descendientes de las Iglesias apostólicas.
Es norma general que toda cosa debe ser referida a su origen. Y, por esto, toda la multitud de Iglesias son una con aquella primera Iglesia fundada por los apóstoles, de la que proceden todas las otras. En este sentido son todas primeras y todas apostólicas, en cuanto que todas juntas forman una sola. De esta unidad son prueba la comunión y la paz que reinan entre ellas, así como su mutua fraternidad y hospitalidad. Todo lo cual no tiene otra razón de ser que su unidad en una misma tradición apostólica.
El único medio seguro de saber qué es lo que predicaron los apóstoles, es decir, qué es lo que Cristo les reveló, es el recurso a las Iglesias fundadas por los mismos apóstoles, las que ellos adoctrinaron de viva voz y, más tarde, por carta.
El Señor había dicho en cierta ocasión: Muchas cosas quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas ahora; pero añadió a continuación: Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena; con estas palabras demostraba que nada habían de ignorar, ya que les prometía que el Espíritu de la verdad les daría el conocimiento de la verdad plena. Y esta promesa la cumplió, ya que sabemos por los Hechos de los apóstoles que el Espíritu Santo bajó efectivamente sobre ellos.

viernes, 2 de mayo de 2025

La encarnación del Verbo

Del Sermón sobre la encarnación del Verbo de San Atanasio de Alejandría, obispo y doctor de la Iglesia

El Verbo de Dios, incorpóreo, incorruptible e inmaterial, vino a nuestro mundo, aunque tampoco antes se hallaba lejos, pues nunca parte alguna del universo se hallaba vacía de él, sino que lo llenaba todo en todas partes, ya que está junto a su Padre.
Pero él vino por su benignidad hacia nosotros, y en cuanto se nos hizo visible. Tuvo piedad de nuestra raza y de nuestra debilidad y, compadecido de nuestra corrupción, no soportó que la muerte nos dominase, para que no pereciese lo que había sido creado, con lo que hubiera resultado inútil la obra de su Padre al crear al hombre, y por esto tomó para si un cuerpo como el nuestro, ya que no se contentó con habitar en un cuerpo ni tampoco en hacerse simplemente visible. En efecto, si tan sólo hubiese pretendido hacerse visible, hubiera podido ciertamente asumir un cuerpo más excelente; pero él tomó nuestro mismo cuerpo.
En el seno de la Virgen, se construyó un templo, es decir, su cuerpo, y lo hizo su propio instrumento, en el que había de darse a conocer y habitar; de este modo habiendo tomado un cuerpo semejante al de cualquiera de nosotros, ya que todos estaban sujetos a la corrupción de la muerte, lo entregó a la muerte por todos, ofreciéndolo al Padre con un amor sin límites; con ello, al morir en su persona todos los hombres, quedó sin vigor la ley de la corrupción que afectaba a todos, ya que agotó toda la eficacia de la muerte en el cuerpo del Señor, y así ya no le quedó fuerza alguna para ensañarse con los demás hombres, semejantes a él; con ello, también hizo de nuevo incorruptibles a los hombres, que habían caído en la corrupción, y los llamó de muerte a vida, consumiendo totalmente en ellos la muerte, con el cuerpo que había asumido y con el poder de su resurrección, del mismo modo que la paja es consumida por el fuego.
Por esta razón, asumió un cuerpo mortal: para que este cuerpo, unido al Verbo que está por encima de todo, satisficiera por todos la deuda contraída con la muerte; para que, por el hecho de habitar el Verbo en él, no sucumbiera a la corrupción; y, finalmente, para que, en adelante, por el poder de la resurrección, se vieran ya todos libres de la corrupción.
De ahí que el cuerpo que él había tomado, al entregarlo a la muerte como una hostia y víctima limpia de toda mancha, alejó al momento la muerte de todos los hombres, a los que él se había asemejado, ya que se ofreció en lugar de ellos.
De este modo, el Verbo de Dios, superior a todo lo que existe, ofreciendo en sacrificio su cuerpo, templo e instrumento de su divinidad, pagó con su muerte la deuda que habíamos contraído, y, así, el Hijo de Dios, inmune a la corrupción, por la promesa de la resurrección, hizo partícipes de esta misma inmunidad a todos los hombres, con los que se había hecho una misma cosa por su cuerpo semejante al de ellos.
Es verdad, pues, que la corrupción de la muerte no tiene ya poder alguno sobre los hombres, gracias al Verbo, que habita entre ellos por su encarnación.

jueves, 1 de mayo de 2025

Sobre la actividad humana

Concilio Vaticano II - Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual

Con su trabajo y su ingenio el hombre se ha esforzado siempre por mejorar su vida; pero hoy, gracias a la ayuda de la ciencia y de la técnica, ha desarrollado y sigue desarrollando su dominio sobre casi toda la naturaleza y, gracias sobre todo a las múltiples relaciones de todo tipo establecidas entre las naciones, la familia humana se va reconociendo y constituyendo progresivamente como una única comunidad en todo el mundo. De donde resulta que muchos bienes que el hombre esperaba alcanzar de las fuerzas superiores, hoy se los procura con su propio trabajo.
Ante este inmenso esfuerzo, que abarca ya a todo el género humano, el hombre no deja de plantearse numerosas preguntas: ¿Cuál es el sentido y el valor de esa actividad? ¿Cómo deben ser utilizados todos estos bienes? Los esfuerzos individuales y colectivos ¿qué fin intentan conseguir?
La Iglesia, que guarda el depósito de la palabra de Dios, de la que se deducen los principios en el orden moral y religioso, aunque no tenga una respuesta preparada para cada pregunta, intenta unir la luz de la revelación con el saber humano para iluminar el nuevo camino emprendido por la humanidad.
Para los creyentes es cierto que la actividad humana individual o colectiva o el ingente esfuerzo realizado por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios.
Pues el hombre, creado a imagen de Dios, recibió el mandato de que, sometiendo a su dominio la tierra y todo cuanto ella contiene, gobernase el mundo con justicia y santidad, y de que, reconociendo a Dios como creador de todas las cosas, dirija su persona y todas las cosas a Dios, para que, sometidas todas las cosas al hombre, el nombre de Dios sea admirable en todo el mundo.
Esta verdad tiene su vigencia también en los trabajos más ordinarios. Porque los hombres y mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y sus familias, disponen su trabajo de tal forma que resulte beneficioso para la sociedad, con toda razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen con su trabajo personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia.
Los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están por el contrario convencidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio.
Cuanto más aumenta el poder del hombre, tanto más grande es su responsabilidad, tanto individual como colectiva.
De donde se sigue que el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo, ni los lleva a despreocuparse del bien de sus semejantes, sino que más bien les impone esta colaboración como un deber.