Del Diálogo sobre la divina Providencia de Santa Catalina de Siena, virgen
¡Oh Deidad eterna, oh eterna Trinidad, que por la unión de la naturaleza divina diste tanto valor a la sangre de tu Hijo unigénito! Tú, Trinidad eterna, eres como un mar profundo en el que cuanto más busco, más encuentro, y cuanto más encuentro, más te busco. Tú sacias al alma de una manera en cierto modo insaciable, pues en tu insondable profundidad sacias al alma de tal forma que siempre queda hambrienta y sedienta de ti, Trinidad eterna, con el deseo ansioso de verte a ti, la luz, en tu misma luz.
Con la luz de la inteligencia gusté y vi en tu luz tu abismo, eterna Trinidad, y la hermosura de tu criatura, pues, revistiéndome yo misma de ti, vi que sería imagen tuya, ya que tú, Padre eterno, me haces partícipe de tu poder y de tu sabiduría, sabiduría que es propia de tu Hijo unigénito. Y el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, me ha dado la voluntad que me hace capaz para el amor.
Tú, Trinidad eterna, eres el Hacedor y yo la hechura, por lo que, iluminada por ti, conocí, en la recreación que de mí hiciste por medio de la sangre de tu Hijo unigénito, que estás amoroso de la belleza de tu hechura.
¡Oh abismo, oh Trinidad eterna, oh Deidad, oh mar profundo!: ¿podías darme algo más preciado que tú mismo? Tú eres el fuego que siempre arde sin consumir; tú eres el que consumes con tu calor los amores egoístas del alma. Tú eres también el fuego que disipa toda frialdad; tú iluminas las mentes con tu luz, en la que me has hecho conocer tu verdad.
En el espejo de esta luz te conozco a ti, bien sumo, bien sobre todo bien, bien dichoso, bien incomprensible, bien inestimable, belleza sobre toda belleza, sabiduría sobre toda sabiduría; pues tú mismo eres la sabiduría, tú, el pan de los ángeles, que por ardiente amor te has entregado a los hombres.
Tú, el vestido que cubre mi desnudez; tú nos alimentas a nosotros, que estábamos hambrientos, con tu dulzura, tú que eres la dulzura sin amargor, ¡oh Trinidad eterna!
martes, 29 de abril de 2025
Gusté y ví
lunes, 28 de abril de 2025
Todo tuyo
Del Tratado «De la verdadera devoción a la Santísima Virgen» de San Luis M. Griñón de Montfort, presbítero
Siendo así que la cumbre de nuestra perfección consiste en estar identificados, unidos y consagrados a Jesucristo, la mejor devoción es, sin duda, la que más perfectamente nos identifica con Cristo, nos une y nos consagra a él. Y pues María es entre todas las criaturas la más plenamente conforme con su Hijo, de ahí que entre todas las devociones, la que más consagra e identifica a una persona con nuestro Señor es la devoción a la Santísima Virgen, su Madre; y cuanto más se consagre la persona a María, más consagrada estará a Jesucristo.
Por tanto, la consagración perfecta a Jesucristo no es sino la suma y plena consagración de sí mismo a la Santísima Virgen. Y ésta es la devoción que enseño.
Esta forma de devoción se puede llamar muy bien una perfecta renovación de los votos y promesas del bautismo. Pues en ella, el fiel cristiano se entrega todo entero a la Santísima Virgen, y así, por María es todo de Cristo.
De donde resulta que una persona, a la vez queda consagrada a la Santísima Virgen y a Jesucristo: a la Virgen María porque es el camino más apto que el mismo Jesús escogió para unirse a nosotros y unirnos a él; y a Jesús, el Señor, nuestro fin último, es al que debemos todo cuanto somos como a nuestro Redentor y nuestro Dios.
Además, hay que tener en cuenta que toda persona cuando recibe el Bautismo, por sus propias palabras o las del padrino o madrina renuncia solemnemente a Satanás, a sus tentaciones y sus obras, y escoge a Jesucristo como su Maestro y supremo Señor, dispuesto a obedecerle como esclavo de amor. Pues bien, esto es lo que se realiza en la presente devoción. El cristiano renuncia al demonio, al mundo, al pecado y a sí mismo, y se entrega todo entero a Jesucristo por manos de María.
En el Bautismo, no se da uno -al menos expresamente- a Jesucristo por manos de María, ni se hace al Señor entrega del mérito de las buenas obras. Y después del Bautismo, queda todavía el cristiano totalmente libre para aplicar estos méritos a los demás o retenerlos en favor propio. En cambio, con esta devoción el fiel cristiano explícitamente se da a nuestro Señor por manos de María y le entrega totalmente el valor de sus buenas obras.
domingo, 27 de abril de 2025
Usar la Misericordia
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.
El 2º Domingo de Pascua fue elegido por San Juan Pablo II como el Domingo de la Divina Misericordia, haciendo referencia a la advocación de Jesús de la Divina Misericordia, pero, sobre todo al Evangelio que se escucha en la liturgia dominical.
En este Evangelio Jesús le otorga a los apóstoles el poder de perdonar los pecados, lo que nos habla de la Misericordia de Dios para nosotros, sus hijos, cuando caemos y, con su Gracia, nos levantamos de la postración del pecado.
La Misericordia Divina es el mejor de los regalos que Jesús nos hizo, un Don que no siempre sabemos apreciarlo, porque no sólo habla del Amor de Dios, sino que es el Amor de Dios que se derrama en nuestro corazones primeramente por el Espíritu Santo el día de nuestro bautismo, y, después, cada vez que llegamos al Sacramento de la Reconciliación (confesión de los pecados) en la absolución del sacerdote se renueva el Amor a Dios y Él derrama su Misericordia en nuestros corazones.
Muchas veces escuchamos: hoy ya no hay que confesarse, hoy ha pasado de moda el confesar los pecados a un hombre. Errores que nos hacen creer los espíritus del mundo y que, nosotros, por pereza, nos los creemos. Sin embargo, el sacramento de la reconciliación es el sacramento de la misericordia divina pues es cuando, arrepentidos de corazón, recibimos el abrazo del Padre que nos devuelve la gracia bautismal y transforma y renueva nuestro deseo de ser fieles a la vida que Jesús nos regaló con su muerte y resurrección.
¿Cómo podría dejar de existir el sacramento de la misericordia? ¿Cómo podría dejar de derramar el Padre su misericordia en nosotros sus hijos? Por eso, no tengas pereza ni vergüenza, pues no es a un hombre a quién le confiesas tus pecados, sino que es Jesús en la persona del sacerdote quien te escucha, quien te abrazo y quien derrama sobre ti Su Misericordia.
Evitar, constantemente, este hermoso sacramento es dejar de confiar en el Amor de Dios por nosotros, y, sobre todo, es permanecer con el corazón esclavo de nuestros pecados, ya sean pequeños o grandes. Dios no mira nuestro pecado, es cierto, porque mira la pobreza que hay en nosotros y quiere, por eso mismo, derramar toda la riqueza de Su Corazón en nuestros corazones, para que siempre podamos imitar a Su Hijo Jesucristo.
sábado, 26 de abril de 2025
Alimentos de salvación
Catequesis de Jerusalén de San Cirilo de Jerusalén, obispo.
Nuestro Señor Jesucristo, en la noche en que iban a entregarlo tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomad, comed; esto es mi cuerpo». Y, después de tomar el cáliz y pronunciar la acción de gracias, dijo: «Tomad, bebed; ésta es mi sangre». Si fue él mismo quien dijo sobre el pan: Esto es mi cuerpo, ¿quién se atreverá en adelante a dudar? Y si él fue quien aseguró y dijo: Esta es mi sangre, ¿quién podrá nunca dudar y decir que no es su sangre?
Por lo cual estamos firmemente persuadidos de que recibimos como alimento el cuerpo y la sangre de Cristo. Pues bajo la figura del pan se te da el cuerpo, y bajo la figura del vino, la sangre; para que al tomar el cuerpo y la sangre de Cristo, llegues a ser un solo cuerpo y una sola sangre con él. Así, al pasar su cuerpo y su sangre a nuestros miembros, nos convertimos en portadores de Cristo. Y como dice el bienaventurado Pedro, nos hacemos partícipes de la naturaleza divina.
En otro tiempo Cristo, disputando con los judíos, dijo: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tenéis vida en vosotros. Pero como no lograron entender el sentido espiritual de lo que estaban oyendo, se hicieron atrás escandalizados, pensando que se les estaba invitando a comer carne humana.
En la antigua alianza existían también los panes de la proposición: pero se acabaron precisamente por pertenecer a la antigua alianza. En cambio, en la nueva alianza, tenemos un pan celestial y una bebida de salvación, que santifican alma y cuerpo. Porque del mismo modo que el pan es conveniente para la vida del cuerpo, así el Verbo lo es para la vida del alma.
No pienses, por tanto, que el pan y el vino eucarísticos son elementos simples y comunes: son nada menos que el cuerpo y la sangre de Cristo, de acuerdo con la afirmación categórica del Señor; y aunque los sentidos te sugieran lo contrario, la fe te certifica y asegura la verdadera realidad.
La fe que has aprendido te da, pues, esta certeza: lo que parece pan no es pan, aunque tenga gusto de pan, sino el cuerpo de Cristo; y lo que parece vino no es vino, aún cuando así lo parezca al paladar, sino la sangre de Cristo; por eso ya en la antigüedad, decía David en los salmos: El pan da fuerzas al corazón del hombre y el aceite da brillo a su rostro; fortalece, pues, tu corazón comiendo ese pan espiritual, y da brillo al rostro de tu alma.
Y que con el rostro descubierto y con el alma limpia, contemplando la gloria del Señor como en un espejo, vayamos de gloria en gloria, en Cristo Jesús, nuestro Señor, a quien sea dado el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
viernes, 25 de abril de 2025
La uncióon del Espíritu
Catequesis de Jerusalén de San Cirilo de Jerusalén, obispo
Bautizados en Cristo y revestidos de Cristo, habéis sido hechos semejantes al Hijo de Dios. Porque Dios nos predestinó para la adopción nos hizo conformes al cuerpo glorioso de Cristo. Hechos, por tanto, partícipes de Cristo (que significa Ungido), con toda razón os llamáis ungidos; y Dios mismo dijo de vosotros: No toquéis a mis ungidos.
Fuisteis convertidos en Cristo al recibir el anticipo del Espíritu Santo: pues con relación a vosotros todo se realizó en símbolo e imagen; en definitiva, sois imágenes de Cristo.
Por cierto que él, cuando fue bautizado en el río Jordán, comunicó a las aguas el fragante perfume de su divinidad y, al salir de ellas, el Espíritu Santo descendió substancialmente sobre el como un igual sobre su igual.
Igualmente vosotros, después que subisteis de la piscina, recibisteis el crisma, signo de aquel mismo Espíritu Santo con el que Cristo fue ungido. De este Espíritu dice el profeta Isaías en una profecía relativa a sí mismo, pero en cuanto que representaba al Señor: el Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido; me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren.
Cristo, en efecto, no fue ungido por los hombres ni su unción se hizo con óleo o ungüento material, sino que fue el Padre quien lo ungió al constituirlo Salvador del mundo, y su unción fue el Espíritu Santo tal como dice San Pedro: Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, y anuncia también el profeta David: Tu trono, oh Dios, permanece para siempre; cetro de rectitud es tu cetro real. Has amado la justicia y odiado la impiedad: por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus compañeros.
Cristo fue ungido con el óleo espiritual de la alegría, es decir, con el Espíritu Santo, que se llama aceite de júbilo, porque es el autor y la fuente de toda alegría espiritual, pero vosotros, al ser ungidos con ungüento material, habéis sido hechos partícipes y consortes del mismo Cristo.
Por lo demás no se te ocurra pensar que se trata de un simple y común ungüento. Pues, de la misma manera que, después de la invocación del Espíritu Santo, el pan de la Eucaristía no es ya un simple pan, sino el cuerpo de Cristo, así aquel sagrado aceite, después de que ha sido invocado el Espíritu en la oración consecratoria, no es ya un simple aceite ni un ungüento común, sino el don de Cristo y fuerza del Espíritu Santo, ya que realiza, por la presencia de la divinidad, aquello que significa. Por eso, este ungüento se derrama simbólicamente sobre la frente y los demás sentidos, para que mientras se unge el cuerpo con un aceite visible, el alma quede santificada por el Santo y vivificante Espíritu.
martes, 22 de abril de 2025
Era necesario que padeciera
Del Sermón de San Anastasio de Antioquía, obispo
Después que Cristo se había mostrado, a través de sus palabras y sus obras, como Dios verdadero y Señor del universo, decía a sus discípulos, a punto ya de subir a Jerusalén: Mirad, estamos subiendo a Jerusalén y el Hijo del hombre va a ser entregado a los gentiles y a los sumos sacerdotes y a los escribas, para que lo azoten, se burlen de él y lo crucifiquen. Esto que decía estaba de acuerdo con las predicciones de los profetas, que habían anunciado de antemano el final que debía tener en Jerusalén. Las sagradas Escrituras habían profetizado desde el principio la muerte de Cristo y todo lo que sufriría antes de su muerte; como también lo que había de suceder con su cuerpo, después de muerto; con ello predecían que este Dios, al que tales cosas acontecieron, era impasible e inmortal; y no podríamos tenerlo por Dios, si, al contemplar la realidad de su encarnación, no descubriésemos en ella el motivo justo y verdadero para profesar nuestra fe en ambos extremos; a saber, en su pasión y en su impasibilidad; como también el motivo por el cual el Verbo de Dios, por lo demás impasible, quiso sufrir la pasión: porque era el único modo como podía ser salvado el hombre. Cosas, todas éstas, que sólo las conoce él y aquellos a quienes él se las revela; él, en efecto, conoce todo lo que atañe al Padre, de la misma manera que el Espíritu sondea la profundidad de los misterios divinos.
El Mesías, pues, tenía que padecer, y su pasión era totalmente necesaria, como él mismo lo afirmó cuando calificó de hombres sin inteligencia y cortos de entendimiento a aquellos discípulos que ignoraban que el Mesías tenía que padecer para entrar en su gloria. Porque él, en verdad, vino para salvar a su pueblo, dejando aquella gloria que tenía junto al Padre antes que el mundo existiese; y esta salvación es aquella perfección que había de obtenerse por medio de la pasión, y que había de ser atribuida al guía de nuestra salvación, como nos enseña la carta a los Hebreos, cuando dice que él es el guía de nuestra salvación, perfeccionado y consagrado con sufrimientos. Y vemos, en cierto modo, cómo aquella gloria que poseía como Unigénito, y a la que por nosotros había renunciado por un breve tiempo, le es restituida a través de la cruz en la misma carne que había asumido; dice, en efecto, san Juan, en su evangelio, al explicar en qué consiste aquella agua que dijo el Salvador que manaría como un torrente de las entrañas del que crea en él. Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado; aquí el evangelista identifica la gloria con la muerte en cruz. Por eso el Señor, en la oración que dirige al Padre antes de la pasión, le pide que lo glorifique con aquella gloria que tenía junto a él, antes que el mundo existiese.
jueves, 17 de abril de 2025
Dos misterios de nuestra Fe
Comenzamos el Santo Triduo Pascual con la liturgia de la Cena del Señor, un momento hermoso para recordar y, sobre todo, para seguir meditando todo el año. La Última Cena está llena de contenido y lo que relatan los Evangelio nos ayudará, siempre, a meditar sobre nuestra vida cristiana.
En la Última Cena hay dos grandes misterios que el Señor quiere instituir siendo que los dos existen unidos, pues uno sin el otro no tiene sentido: la Eucaristía y el Orden Sacerdotal (sacerdocio ministerial)
Al celebrar con los apóstoles la Última Cena el Señor quiso quedarse como alimento verdadero para nuestra vida espiritual, por eso la Eucaristía es un alimento que nos da Vida y Vida en abundancia, es lo esencial y central de nuestra vida cristiana, pues sin la Eucaristía el cristiano no tiene forma de perfeccionar su vida espiritual pues no se alimenta de Cristo.
En esto me viene a la memoria un breve relato que una vez leí por aquí: una madre invitaba a su hijo a ir a Misa, y el hijo le decía "la miro por la TV", y entonces la madre, muy sabiamente, le contestó: "pues bien, cuando tengas hambre pon Masterchef".
No somos conscientes, muchas veces, y muchos cristianos, que no podemos vivir un cristianismo verdadero si no nos acercamos a comulgar, si no nos alimentamos con el Cuerpo de Cristo. Nuestra vida cristiana se queda sin el alimento esencial y propio que es el mismo Jesús, el mismo Cristo, quien se nos da en la Eucaristía. ¡Ese es el gran misterio de nuestra fe!
Y, por otro lado, el Señor en la Última Cena instituyó el sacerdocio ministerial. Quiso Él mismo quedarse en una persona para que cada día se pueda volver a celebrar aquella Cena, así por las palabras y la imposición de las manos de un hombre pudiera volver a vivirse aquél momento en el cual Él mismo, Jesús en la persona del sacerdote, confeccionara la Sagrada Eucaristía, y en ese mismo momento Él volviera a entregarse en la Cruz y Resucitar para darnos Vida Nueva por medio de su propia Vida hecha Pan y Vino.
Dos misterios que son parte esencial de nuestra vida y que Jesús quiso dejarnos para que siempre pudiésemos tener la fortaleza necesaria para vivir su espíritu en cada etapa de nuestra vida, y, como Él ser siempre Fieles a la Voluntad de Dios, ser siempre Fieles a la Vida que Él desde la Cruz nos entregó.