martes, 19 de enero de 2021
Vivir con la mirada puesta en la Promesa del Señor
lunes, 18 de enero de 2021
Vínculo de la caridad divina
De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios.
El que posee la caridad de Cristo que cumpla sus mandamientos. ¿Quién será capaz
de explicar debidamente el vínculo que la caridad divina establece? ¿Quién podrá
dar cuenta de la grandeza de su hermosura? La caridad nos eleva hasta unas
alturas inefables. La caridad nos une a Dios, la caridad cubre la multitud de
los pecados, la caridad lo aguanta todo, lo soporta todo con paciencia; nada
sórdido ni altanero hay en ella; la caridad no admite divisiones, no promueve
discordias, sino que lo hace todo en la concordia; en la caridad hallan su
perfección todos los elegidos de Dios y sin ella nada es grato a Dios. En la
caridad nos acogió el Señor: por su caridad hacia nosotros, nuestro Señor
Jesucristo, cumpliendo la voluntad del Padre, dio su sangre por nosotros, su
carne por nuestra carne, su vida por nuestras vidas.
Ya veis, amados hermanos, cuán grande y admirable es la caridad y cómo es
inenarrable su perfección. Nadie es capaz de practicarla adecuadamente, si Dios
no le otorga este don. Oremos, por tanto, e imploremos la misericordia divina,
para que sepamos practicar sin tacha la caridad, libres de toda parcialidad
humana. Todas las generaciones anteriores, desde Adán hasta nuestros días,
han pasado; pero los que por gracia de Dios han sido perfectos en la caridad
obtienen el lugar destinado a los justos y se manifestarán el día de la visita
del reino de Cristo. Porque está escrito: Anda, pueblo mío, entra en
los aposentos y cierra la puerta por dentro; escóndete un breve instante
mientras pasa la cólera; y me acordaré del día bueno y os haré salir de vuestros
sepulcros.
Dichosos nosotros, amados hermanos, si cumplimos los mandatos del Señor en la
concordia de la caridad, porque esta caridad nos obtendrá el perdón de los pecados.
Está escrito: Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han
sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito y
en cuyo espíritu no hay falsedad. Esta proclamación de felicidad atañe a los que,
por Jesucristo nuestro Señor, han sido elegidos por Dios, al cual sea la gloria
por los siglos de los siglos. Amén.
domingo, 17 de enero de 2021
En la concordia de la unidad
De la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Efesios
Es justo que vosotros glorifiquéis de todas las maneras a Jesucristo, que os ha glorificado a vosotros, de modo que, unidos en una perfecta obediencia, sumisos a vuestro obispo y al colegio presbiteral, seáis en todo santificados. No os hablo con autoridad, como si fuera alguien. Pues, aunque estoy encarcelado por el nombre de Cristo, todavía no he llegado a la perfección en Jesucristo. Ahora, precisamente, es cuando empiezo a ser discípulo suyo y os hablo como a mis condiscípulos. Porque lo que necesito más bien es ser fortalecido por vuestra fe, por vuestras exhortaciones, vuestra paciencia, vuestra ecuanimidad. Pero, como el amor que os tengo me obliga a hablaros también acerca de vosotros, por esto me adelanto a exhortaros a que viváis unidos en el sentir de Dios. En efecto, Jesucristo, nuestra vida inseparable, expresa el sentir del Padre, como también los obispos, esparcidos por el mundo, son la expresión del sentir de Jesucristo.Por esto debéis estar acordes con el sentir de vuestro obispo, como ya lo hacéis. Y en cuanto a vuestro colegio presbiteral, digno de Dios y del nombre que lleva, está armonizado con vuestro obispo como las cuerdas de una lira. Este vuestro acuerdo y concordia en el amor es como un himno a Jesucristo. Procurad todos vosotros formar parte de este coro, de modo que, por vuestra unión y concordia en el amor, seáis como una melodía que se eleva a una sola voz por Jesucristo al Padre, para que os escuche y os reconozca, por vuestras buenas obras, como miembros de su Hijo. Os conviene, por tanto, manteneros en una unidad perfecta, para que seáis siempre partícipes de Dios.
Si yo, en tan breve espacio de tiempo, contraje con vuestro obispo tal familiaridad, no humana, sino espiritual, ¿cuánto más dichosos debo consideraros a vosotros, que estáis unidos a él como la Iglesia a Jesucristo y como Jesucristo al Padre, resultando así en todo un consentimiento unánime? Nadie se engañe: quien no está unido al altar se priva del pan de Dios. Si tanta fuerza tiene la oración de cada uno en particular, ¿cuánto más la que se hace presidida por el obispo y en unión con toda la Iglesia?
sábado, 16 de enero de 2021
El Amigo de los hombres se ha hecho Hombre en María
De los sermones de san Proclo de Constantinopla, obispo
Alégrense los cielos, y las nubes destilen la justicia, porque el Señor se ha
apiadado de su pueblo. Alégrense los cielos, porque, al ser creados en el
principio, también Adán fue formado de la tierra virgen por el Creador,
mostrándose como amigo y familiar de Dios. Alégrense los cielos, porque ahora,
de acuerdo con el plan divino, la tierra ha sido santificada por la encarnación
de nuestro Señor, y el género humano ha sido liberado del culto idolátrico. Las
nubes destilen la justicia, porque hoy el antiguo extravío de Eva ha sido
reparado y destruido por la pureza de la Virgen María y por el que de ella ha
nacido, Dios y hombre juntamente. Hoy el hombre, cancelada la antigua condena,
ha sido liberado de la horrenda noche que sobre él pesaba.
Cristo ha nacido de la Virgen, ya que de ella ha tomado carne, según la libre
disposición del plan divino: La Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros;
por esto la Virgen ha venido a ser madre de Dios. Y es virgen y madre al mismo
tiempo, porque ha dado a luz a la Palabra encarnada, sin concurso de varón; y
así, ha conservado su virginidad por la acción milagrosa de aquel que de este
modo quiso nacer. Ella es madre, con toda verdad, de la naturaleza humana de
aquel que es la Palabra divina, ya que en ella se encarnó, de ella salió a la
luz del mundo, identificado con nuestra naturaleza, según su sabiduría y
voluntad con las que obra semejantes prodigios. De ellos según la carne procede
Cristo, como dice san Pablo.
En efecto, él fue, es y será siempre el mismo; mas por nosotros se hizo hombre;
el amigo de los hombres se hizo hombre sin sufrir por eso menoscabo alguno en su
divinidad. Por mí se hizo semejante a mí, se hizo lo que .no era aunque
conservando lo que era. Finalmente, se hizo hombre para cargar sobre sí el
castigo por nosotros merecido y hacernos de esta manera capaces de la adopción
filial y otorgamos aquel reina, del cual pedimos que nos haga dignos la gracia y
misericordia del Señor Jesucristo, al cual junto con el Padre y el Espíritu
Santo, pertenece la gloria, el honor y el poder, ahora y siempre y por los
siglos de los siglos. Amén.
miércoles, 13 de enero de 2021
El Padre es conocido por el Hijo
Del Tratado de san Ireneo, obispo, Contra las herejías
Nadie puede conocer al Padre sin el Verbo de Dios, esto es, si no se lo revela el Hijo, ni conocer al Hijo sin el beneplácito del. Padre. El Hijo es quien cumple este beneplácito del Padre; el Padre, en efecto, envía, mientras que el Hijo es enviado y viene. Y el Padre, aunque invisible e inconmensurable por lo que a nosotros respecta, es conocido por su Verbo, y, aunque inexplicable, el mismo Verbo nos lo ha expresado. Recíprocamente, sólo el Padre conoce a su Verbo; así nos lo ha enseñado el Señor. Y por esto el Hijo nos revela el conocimiento del Padre por la manifestación de sí mismo, ya que el Padre es conocido por la manifestación del Hijo: todo es manifestado por obra del Verbo.Para esto el Padre reveló al Hijo, para darse a conocer a todos a través de él, y para que todos los que creyesen en él mereciesen ser recibidos en la incorrupción y en el lugar del eterno consuelo (porque creer en él es hacer su voluntad).
Ya por el mismo hecho de la creación el Verbo revela a Dios creador, por el hecho de la existencia del mundo al Señor que lo ha fabricado, por la materia modelada al artífice que la ha modelado y a través del Hijo al Padre que lo ha engendrado; sobre esto hablan todos de manera semejante, pero no todos creen de manera semejante. También el Verbo se anunciaba a sí mismo y al Padre a través de la ley y de los profetas; y todo el pueblo lo oyó de manera semejante, pero no todos creyeron de manera semejante. Y el Padre se mostró a sí mismo, hecho visible y palpable en la persona del Verbo, aunque no todos creyeron por igual en él; sin embargo, todos vieron al Padre en la persona del Hijo, pues la realidad invisible que veían en el Hijo era el Padre, y la realidad visible en la que veían al Padre era el Hijo.
El Hijo, pues, cumpliendo la voluntad del Padre, lleva a perfección todas las cosas desde el principio hasta el fin, y sin él nadie puede conocer a Dios. El conocimiento del Padre es el Hijo, y el conocimiento del Hijo está en poder del Padre y nos lo comunica por el Hijo. En este sentido decía el Señor: Nadie conoce al Hijo sino el Padre, como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar. Las palabras se lo quiere revelar no tienen sólo un sentido futuro, como si el Verbo hubiese empezado a manifestar al Padre al nacer de María, sino que tienen un sentido general que se aplica a todo tiempo. En efecto, el Padre es revelado por el Hijo, presente ya desde el comienzo en la creación, a quienes quiere el Padre, cuando quiere y como quiere el Padre. Y por esto, en todas las cosas y a través de todas las cosas, hay un solo Dios Padre, un solo Verbo, el Hijo, y un solo Espíritu, como hay también una sola salvación para todos los que creen en él.
martes, 12 de enero de 2021
Tenemos una fuerza que nos capacita para amar
De la Regla monástica mayor de san Basilio Magno, obispo
El amor de Dios no es algo que pueda aprenderse con unas normas y preceptos. Así
como nadie nos ha enseñado a gozar de la luz, a amar la vida, a querer a
nuestros padres y educadores, así también, y con mayor razón, el amor de Dios no
es algo que pueda enseñarse, sino que desde que empieza a existir este ser vivo
que llamamos hombre es depositada en él una fuerza espiritual, a manera de
semilla, que encierra en sí misma la facultad y la tendencia al amor. Esta
fuerza seminal es cultivada diligentemente y nutrida sabiamente en la escuela de
los divinos preceptos y así, con la ayuda de Dios, llega a su perfección.
Por eso nosotros, dándonos cuenta de vuestro deseo por llegar a esta perfección,
con la ayuda de Dios y de vuestras oraciones, nos esforzaremos, en la medida en
que nos lo permita la luz del Espíritu Santo, por avivar la chispa del amor
divino escondida en vuestro interior.
Digamos en primer lugar que Dios nos ha dado previamente la fuerza necesaria
para cumplir todos los mandamientos que él nos ha impuesto, de manera que no
hemos de apenarnos como si se nos exigiese algo extraordinario, ni hemos de
enorgullecernos como si devolviésemos a cambio más de lo que se nos ha dado. Si
usamos recta y
adecuadamente de estas energías que se nos han otorgado, entonces llevaremos con
amor una vida llena de virtudes; en cambio, si no las usamos debidamente,
habremos viciado su finalidad.
En esto consiste precisamente el pecado, en el uso desviado y contrario a la
voluntad de Dios de las facultades que él nos ha dado para practicar el bien;
por el contrario, la virtud, que es lo que Dios pide de nosotros, consiste en
usar de esas facultades con recta conciencia, de acuerdo con los designios del
Señor.
Siendo esto así, lo mismo podemos afirmar de la caridad. Habiendo recibido el
mandato de amar a Dios, tenemos depositada en nosotros, desde nuestro origen,
una fuerza que nos capacita para amar; y ello no necesita demostrarse con
argumentos exteriores, ya que cada cual puede comprobarlo por sí mismo y en sí
mismo. En efecto, un impulso natural nos inclina a lo bueno y a lo bello, aunque
no todos coinciden siempre en lo que es bello y bueno; y, aunque nadie nos lo ha
enseñado, amamos a todos los que de algún modo están vinculados muy de cerca a
nosotros, y rodeamos de benevolencia, por inclinación espontánea, a aquellos que
nos complacen y nos hacen el bien.
Y ahora yo pregunto, ¿qué hay más admirable que la belleza de Dios? ¿Puede
pensarse en algo más dulce y agradable que la magnificencia divina? ¿Puede
existir un deseo más fuerte e impetuoso que el que Dios infunde en el alma
limpia de todo pecado y que dice con sincero afecto: Desfallezco de amor? El
resplandor de la belleza divina es algo absolutamente inefable e inenarrable.
lunes, 11 de enero de 2021
El Verbo de Dios fuente de Sabiduría Celestial
De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios
No cesamos de pedir y de rogar para que el Artífice de todas las cosas conserve
íntegro en todo el mundo el número de sus elegidos, por mediación de su amado
siervo Jesucristo, por quien nos llamó de las tinieblas a la luz, de la
ignorancia al conocimiento de la gloria de su nombre. Haz que esperemos en tu
nombre, tú que eres el origen de todo lo creado; abre los ojos de nuestro
corazón, para que te conozcamos a ti, el solo altísimo en las alturas, el
santo que reposa entre los santos; que terminas con la soberbia de los
insolentes, que deshaces los planes de las naciones, que ensalzas a los humildes
y humillas a los soberbios, que das la pobreza y la riqueza, que das la muerte,
la salvación y la vida, el solo bienhechor de los espíritus y Dios de
toda carne; tú que sondeas los abismos, que ves todas nuestras acciones, que
eres ayuda de los que están en peligro, que eres salvador de los desesperados,
que has creado todo ser viviente y velas sobre ellos; tú que multiplicas las
naciones sobre la tierra y eliges de entre ellas a los que te aman por
Jesucristo, tu Hijo amado, por quien nos has instruido, santificado y honrado.
Te pedimos, Señor, que seas nuestra ayuda y defensa. Libra a aquellos de entre
nosotros que se hallan en tribulación, compadécete de los humildes, levanta a
los caídos, socorre a los necesitados, cura a los enfermos, haz volver a los
miembros de tu pueblo que se han desviado; da alimento a los que padecen hambre,
libertad a nuestros cautivos, fortaleza a los débiles, consuelo a los pusilánimes;
que todos los pueblos de la tierra sepan que tú eres Dios y no hay otro,
y que Jesucristo es tu siervo, y que nosotros somos tu pueblo, el rebaño que
tú guías.
Tú has dado a conocer la ordenación perenne del mundo, por medio de las fuerzas
que obran en él; tú, Señor, pusiste los cimientos de la tierra, tú eres fiel por
todas las generaciones, justo en tus juicios, admirable por tu fuerza y
magnificencia, sabio en la creación y providente en el gobierno de las cosas
creadas, bueno en estos dones visibles y fiel para los que en ti confían,
benigno y misericordioso; perdona nuestras iniquidades e injusticias, nuestros
pecados y delitos.
No tomes en cuenta todos los pecados de tus siervos y siervas, antes purifícanos
en tu verdad y asegura nuestros pasos, para que caminemos en la piedad, la
justicia y la rectitud de corazón, y hagamos lo que es bueno y aceptable ante ti
y ante los que nos gobiernan.
Más aún, Señor, ilumina tu rostro sobre nosotros, para que gocemos del bienestar
en la paz, para que seamos protegidos con tu mano poderosa, y tu brazo extendido
nos libre de todo pecado y de todos los que nos aborrecen sin motivo.
Da la concordia y la paz a nosotros y a todos los habitantes del mundo, como la
diste a nuestros padres, que piadosamente te invocaron con fe y con verdad. A
ti, el único que puedes concedernos estos bienes y muchos más, te ofrecemos
nuestra alabanza por Jesucristo, pontífice y abogado de nuestras almas, por
quien sea a ti la gloria y la majestad, ahora y por todas las generaciones, por
los siglos de los siglos. Amén.