"Uno le preguntó: «Señor, ¿son pocos los que se salven?».
Él les dijo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán"…
Hay en un monasterio, creo, o algo parecido, una puerta estrecha para entrar que hace que si alguno de los monjes se excede de kilos no pueda entrar, así que todos los que quieran entrar o salir de ese lugar tienen que mantener el físico y no engordar más de lo debido. Esa imagen me hizo pensar este evangelio y surge la pregunta ¿qué es lo que hace “engordar mi YO”?
Son muchas cosas las que nos hacen engordar el espíritu: la vanidad, la soberbia, el orgullo, la desunión, la discordia, la infidelidad al Señor, la incoherencia en la vida cristiana. Pero, no nos tenemos que olvidar que, en el plano espiritual, también existen: la soberbia espiritual, la vanidad espiritual, la falsa humildad, el falso cristiano, etc. etc.
A veces pensamos que ser cristiano es fácil porque nos hemos acostumbrado a que ya sabemos las cosas y que todo lo que hacemos es bueno, pero no basta con que lo que hagamos o digamos sea bueno, ese es el primer escalón. Y bueno sería que un cristiano no piense bien las cosas antes de hacerlas o decirlas, eso es lo mínimo que tenemos que hacer.
Los cristianos no estamos llamados a ser sólo buenos, sino a buscar la santidad, y a vivir de acuerdo con la Voluntad de Dios. Porque por el hecho de creer que somos más cristianos que los demás ya hemos caído en la vanidad espiritual que nos distancia de los demás hijos de Dios, y al comparar nuestra fe o nuestras obras de fe con los demás, ya estamos haciéndonos o creyéndonos mejores que los demás, sin saber cómo o qué les está pidiendo Dios a mis hermanos.
La soberbia o vanidad espiritual es mirar a los demás con desprecio por lo que están viviendo o no viviendo, como aquella parábola del Señor:
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido». ¿Lo entiendes?
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