martes, 29 de abril de 2025

Gusté y ví

Del Diálogo sobre la divina Providencia de Santa Catalina de Siena, virgen

¡Oh Deidad eterna, oh eterna Trinidad, que por la unión de la naturaleza divina diste tanto valor a la sangre de tu Hijo unigénito! Tú, Trinidad eterna, eres como un mar profundo en el que cuanto más busco, más encuentro, y cuanto más encuentro, más te busco. Tú sacias al alma de una manera en cierto modo insaciable, pues en tu insondable profundidad sacias al alma de tal forma que siempre queda hambrienta y sedienta de ti, Trinidad eterna, con el deseo ansioso de verte a ti, la luz, en tu misma luz.
Con la luz de la inteligencia gusté y vi en tu luz tu abismo, eterna Trinidad, y la hermosura de tu criatura, pues, revistiéndome yo misma de ti, vi que sería imagen tuya, ya que tú, Padre eterno, me haces partícipe de tu poder y de tu sabiduría, sabiduría que es propia de tu Hijo unigénito. Y el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, me ha dado la voluntad que me hace capaz para el amor.
Tú, Trinidad eterna, eres el Hacedor y yo la hechura, por lo que, iluminada por ti, conocí, en la recreación que de mí hiciste por medio de la sangre de tu Hijo unigénito, que estás amoroso de la belleza de tu hechura.
¡Oh abismo, oh Trinidad eterna, oh Deidad, oh mar profundo!: ¿podías darme algo más preciado que tú mismo? Tú eres el fuego que siempre arde sin consumir; tú eres el que consumes con tu calor los amores egoístas del alma. Tú eres también el fuego que disipa toda frialdad; tú iluminas las mentes con tu luz, en la que me has hecho conocer tu verdad.
En el espejo de esta luz te conozco a ti, bien sumo, bien sobre todo bien, bien dichoso, bien incomprensible, bien inestimable, belleza sobre toda belleza, sabiduría sobre toda sabiduría; pues tú mismo eres la sabiduría, tú, el pan de los ángeles, que por ardiente amor te has entregado a los hombres.
Tú, el vestido que cubre mi desnudez; tú nos alimentas a nosotros, que estábamos hambrientos, con tu dulzura, tú que eres la dulzura sin amargor, ¡oh Trinidad eterna!

lunes, 28 de abril de 2025

Todo tuyo

Del Tratado «De la verdadera devoción a la Santísima Virgen» de San Luis M. Griñón de Montfort, presbítero

Siendo así que la cumbre de nuestra perfección consiste en estar identificados, unidos y consagrados a Jesucristo, la mejor devoción es, sin duda, la que más perfectamente nos identifica con Cristo, nos une y nos consagra a él. Y pues María es entre todas las criaturas la más plenamente conforme con su Hijo, de ahí que entre todas las devociones, la que más consagra e identifica a una persona con nuestro Señor es la devoción a la Santísima Virgen, su Madre; y cuanto más se consagre la persona a María, más consagrada estará a Jesucristo.
Por tanto, la consagración perfecta a Jesucristo no es sino la suma y plena consagración de sí mismo a la Santísima Virgen. Y ésta es la devoción que enseño.
Esta forma de devoción se puede llamar muy bien una perfecta renovación de los votos y promesas del bautismo. Pues en ella, el fiel cristiano se entrega todo entero a la Santísima Virgen, y así, por María es todo de Cristo.
De donde resulta que una persona, a la vez queda consagrada a la Santísima Virgen y a Jesucristo: a la Virgen María porque es el camino más apto que el mismo Jesús escogió para unirse a nosotros y unirnos a él; y a Jesús, el Señor, nuestro fin último, es al que debemos todo cuanto somos como a nuestro Redentor y nuestro Dios.
Además, hay que tener en cuenta que toda persona cuando recibe el Bautismo, por sus propias palabras o las del padrino o madrina renuncia solemnemente a Satanás, a sus tentaciones y sus obras, y escoge a Jesucristo como su Maestro y supremo Señor, dispuesto a obedecerle como esclavo de amor. Pues bien, esto es lo que se realiza en la presente devoción. El cristiano renuncia al demonio, al mundo, al pecado y a sí mismo, y se entrega todo entero a Jesucristo por manos de María.
En el Bautismo, no se da uno -al menos expresamente- a Jesucristo por manos de María, ni se hace al Señor entrega del mérito de las buenas obras. Y después del Bautismo, queda todavía el cristiano totalmente libre para aplicar estos méritos a los demás o retenerlos en favor propio. En cambio, con esta devoción el fiel cristiano explícitamente se da a nuestro Señor por manos de María y le entrega totalmente el valor de sus buenas obras.

domingo, 27 de abril de 2025

Usar la Misericordia

 «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.

El 2º Domingo de Pascua fue elegido por San Juan Pablo II como el Domingo de la Divina Misericordia, haciendo referencia a la advocación de Jesús de la Divina Misericordia, pero, sobre todo al Evangelio que se escucha en la liturgia dominical.
En este Evangelio Jesús le otorga a los apóstoles el poder de perdonar los pecados, lo que nos habla de la Misericordia de Dios para nosotros, sus hijos, cuando caemos y, con su Gracia, nos levantamos de la postración del pecado.
La Misericordia Divina es el mejor de los regalos que Jesús nos hizo, un Don que no siempre sabemos apreciarlo, porque no sólo habla del Amor de Dios, sino que es el Amor de Dios que se derrama en nuestro corazones primeramente por el Espíritu Santo el día de nuestro bautismo, y, después, cada vez que llegamos al Sacramento de la Reconciliación (confesión de los pecados) en la absolución del sacerdote se renueva el Amor a Dios y Él derrama su Misericordia en nuestros corazones.
Muchas veces escuchamos: hoy ya no hay que confesarse, hoy ha pasado de moda el confesar los pecados a un hombre. Errores que nos hacen creer los espíritus del mundo y que, nosotros, por pereza, nos los creemos. Sin embargo, el sacramento de la reconciliación es el sacramento de la misericordia divina pues es cuando, arrepentidos de corazón, recibimos el abrazo del Padre que nos devuelve la gracia bautismal y transforma y renueva nuestro deseo de ser fieles a la vida que Jesús nos regaló con su muerte y resurrección.
¿Cómo podría dejar de existir el sacramento de la misericordia? ¿Cómo podría dejar de derramar el Padre su misericordia en nosotros sus hijos? Por eso, no tengas pereza ni vergüenza, pues no es a un hombre a quién le confiesas tus pecados, sino que es Jesús en la persona del sacerdote quien te escucha, quien te abrazo y quien derrama sobre ti Su Misericordia.
Evitar, constantemente, este hermoso sacramento es dejar de confiar en el Amor de Dios por nosotros, y, sobre todo, es permanecer con el corazón esclavo de nuestros pecados, ya sean pequeños o grandes. Dios no mira nuestro pecado, es cierto, porque mira la pobreza que hay en nosotros y quiere, por eso mismo, derramar toda la riqueza de Su Corazón en nuestros corazones, para que siempre podamos imitar a Su Hijo Jesucristo.

sábado, 26 de abril de 2025

Alimentos de salvación

Catequesis de Jerusalén de San Cirilo de Jerusalén, obispo.

Nuestro Señor Jesucristo, en la noche en que iban a entregarlo tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomad, comed; esto es mi cuerpo». Y, después de tomar el cáliz y pronunciar la acción de gracias, dijo: «Tomad, bebed; ésta es mi sangre». Si fue él mismo quien dijo sobre el pan: Esto es mi cuerpo, ¿quién se atreverá en adelante a dudar? Y si él fue quien aseguró y dijo: Esta es mi sangre, ¿quién podrá nunca dudar y decir que no es su sangre?
Por lo cual estamos firmemente persuadidos de que recibimos como alimento el cuerpo y la sangre de Cristo. Pues bajo la figura del pan se te da el cuerpo, y bajo la figura del vino, la sangre; para que al tomar el cuerpo y la sangre de Cristo, llegues a ser un solo cuerpo y una sola sangre con él. Así, al pasar su cuerpo y su sangre a nuestros miembros, nos convertimos en portadores de Cristo. Y como dice el bienaventurado Pedro, nos hacemos partícipes de la naturaleza divina.
En otro tiempo Cristo, disputando con los judíos, dijo: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tenéis vida en vosotros. Pero como no lograron entender el sentido espiritual de lo que estaban oyendo, se hicieron atrás escandalizados, pensando que se les estaba invitando a comer carne humana.
En la antigua alianza existían también los panes de la proposición: pero se acabaron precisamente por pertenecer a la antigua alianza. En cambio, en la nueva alianza, tenemos un pan celestial y una bebida de salvación, que santifican alma y cuerpo. Porque del mismo modo que el pan es conveniente para la vida del cuerpo, así el Verbo lo es para la vida del alma.
No pienses, por tanto, que el pan y el vino eucarísticos son elementos simples y comunes: son nada menos que el cuerpo y la sangre de Cristo, de acuerdo con la afirmación categórica del Señor; y aunque los sentidos te sugieran lo contrario, la fe te certifica y asegura la verdadera realidad.
La fe que has aprendido te da, pues, esta certeza: lo que parece pan no es pan, aunque tenga gusto de pan, sino el cuerpo de Cristo; y lo que parece vino no es vino, aún cuando así lo parezca al paladar, sino la sangre de Cristo; por eso ya en la antigüedad, decía David en los salmos: El pan da fuerzas al corazón del hombre y el aceite da brillo a su rostro; fortalece, pues, tu corazón comiendo ese pan espiritual, y da brillo al rostro de tu alma.
Y que con el rostro descubierto y con el alma limpia, contemplando la gloria del Señor como en un espejo, vayamos de gloria en gloria, en Cristo Jesús, nuestro Señor, a quien sea dado el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

viernes, 25 de abril de 2025

La uncióon del Espíritu

Catequesis de Jerusalén de San Cirilo de Jerusalén, obispo

Bautizados en Cristo y revestidos de Cristo, habéis sido hechos semejantes al Hijo de Dios. Porque Dios nos predestinó para la adopción nos hizo conformes al cuerpo glorioso de Cristo. Hechos, por tanto, partícipes de Cristo (que significa Ungido), con toda razón os llamáis ungidos; y Dios mismo dijo de vosotros: No toquéis a mis ungidos.
Fuisteis convertidos en Cristo al recibir el anticipo del Espíritu Santo: pues con relación a vosotros todo se realizó en símbolo e imagen; en definitiva, sois imágenes de Cristo.
Por cierto que él, cuando fue bautizado en el río Jordán, comunicó a las aguas el fragante perfume de su divinidad y, al salir de ellas, el Espíritu Santo descendió substancialmente sobre el como un igual sobre su igual.
Igualmente vosotros, después que subisteis de la piscina, recibisteis el crisma, signo de aquel mismo Espíritu Santo con el que Cristo fue ungido. De este Espíritu dice el profeta Isaías en una profecía relativa a sí mismo, pero en cuanto que representaba al Señor: el Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido; me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren.
Cristo, en efecto, no fue ungido por los hombres ni su unción se hizo con óleo o ungüento material, sino que fue el Padre quien lo ungió al constituirlo Salvador del mundo, y su unción fue el Espíritu Santo tal como dice San Pedro: Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, y anuncia también el profeta David: Tu trono, oh Dios, permanece para siempre; cetro de rectitud es tu cetro real. Has amado la justicia y odiado la impiedad: por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus compañeros.
Cristo fue ungido con el óleo espiritual de la alegría, es decir, con el Espíritu Santo, que se llama aceite de júbilo, porque es el autor y la fuente de toda alegría espiritual, pero vosotros, al ser ungidos con ungüento material, habéis sido hechos partícipes y consortes del mismo Cristo.
Por lo demás no se te ocurra pensar que se trata de un simple y común ungüento. Pues, de la misma manera que, después de la invocación del Espíritu Santo, el pan de la Eucaristía no es ya un simple pan, sino el cuerpo de Cristo, así aquel sagrado aceite, después de que ha sido invocado el Espíritu en la oración consecratoria, no es ya un simple aceite ni un ungüento común, sino el don de Cristo y fuerza del Espíritu Santo, ya que realiza, por la presencia de la divinidad, aquello que significa. Por eso, este ungüento se derrama simbólicamente sobre la frente y los demás sentidos, para que mientras se unge el cuerpo con un aceite visible, el alma quede santificada por el Santo y vivificante Espíritu.

martes, 22 de abril de 2025

Era necesario que padeciera

Del Sermón de San Anastasio de Antioquía, obispo

Después que Cristo se había mostrado, a través de sus palabras y sus obras, como Dios verdadero y Señor del universo, decía a sus discípulos, a punto ya de subir a Jerusalén: Mirad, estamos subiendo a Jerusalén y el Hijo del hombre va a ser entregado a los gentiles y a los sumos sacerdotes y a los escribas, para que lo azoten, se burlen de él y lo crucifiquen. Esto que decía estaba de acuerdo con las predicciones de los profetas, que habían anunciado de antemano el final que debía tener en Jerusalén. Las sagradas Escrituras habían profetizado desde el principio la muerte de Cristo y todo lo que sufriría antes de su muerte; como también lo que había de suceder con su cuerpo, después de muerto; con ello predecían que este Dios, al que tales cosas acontecieron, era impasible e inmortal; y no podríamos tenerlo por Dios, si, al contemplar la realidad de su encarnación, no descubriésemos en ella el motivo justo y verdadero para profesar nuestra fe en ambos extremos; a saber, en su pasión y en su impasibilidad; como también el motivo por el cual el Verbo de Dios, por lo demás impasible, quiso sufrir la pasión: porque era el único modo como podía ser salvado el hombre. Cosas, todas éstas, que sólo las conoce él y aquellos a quienes él se las revela; él, en efecto, conoce todo lo que atañe al Padre, de la misma manera que el Espíritu sondea la profundidad de los misterios divinos.
El Mesías, pues, tenía que padecer, y su pasión era totalmente necesaria, como él mismo lo afirmó cuando calificó de hombres sin inteligencia y cortos de entendimiento a aquellos discípulos que ignoraban que el Mesías tenía que padecer para entrar en su gloria. Porque él, en verdad, vino para salvar a su pueblo, dejando aquella gloria que tenía junto al Padre antes que el mundo existiese; y esta salvación es aquella perfección que había de obtenerse por medio de la pasión, y que había de ser atribuida al guía de nuestra salvación, como nos enseña la carta a los Hebreos, cuando dice que él es el guía de nuestra salvación, perfeccionado y consagrado con sufrimientos. Y vemos, en cierto modo, cómo aquella gloria que poseía como Unigénito, y a la que por nosotros había renunciado por un breve tiempo, le es restituida a través de la cruz en la misma carne que había asumido; dice, en efecto, san Juan, en su evangelio, al explicar en qué consiste aquella agua que dijo el Salvador que manaría como un torrente de las entrañas del que crea en él. Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado; aquí el evangelista identifica la gloria con la muerte en cruz. Por eso el Señor, en la oración que dirige al Padre antes de la pasión, le pide que lo glorifique con aquella gloria que tenía junto a él, antes que el mundo existiese.

jueves, 17 de abril de 2025

Dos misterios de nuestra Fe

Comenzamos el Santo Triduo Pascual con la liturgia de la Cena del Señor, un momento hermoso para recordar y, sobre todo, para seguir meditando todo el año. La Última Cena está llena de contenido y lo que relatan los Evangelio nos ayudará, siempre, a meditar sobre nuestra vida cristiana.
En la Última Cena hay dos grandes misterios que el Señor quiere instituir siendo que los dos existen unidos, pues uno sin el otro no tiene sentido: la Eucaristía y el Orden Sacerdotal (sacerdocio ministerial)
Al celebrar con los apóstoles la Última Cena el Señor quiso quedarse como alimento verdadero para nuestra vida espiritual, por eso la Eucaristía es un alimento que nos da Vida y Vida en abundancia, es lo esencial y central de nuestra vida cristiana, pues sin la Eucaristía el cristiano no tiene forma de perfeccionar su vida espiritual pues no se alimenta de Cristo.
En esto me viene a la memoria un breve relato que una vez leí por aquí: una madre invitaba a su hijo a ir a Misa, y el hijo le decía "la miro por la TV", y entonces la madre, muy sabiamente, le contestó: "pues bien, cuando tengas hambre pon Masterchef".
No somos conscientes, muchas veces, y muchos cristianos, que no podemos vivir un cristianismo verdadero si no nos acercamos a comulgar, si no nos alimentamos con el Cuerpo de Cristo. Nuestra vida cristiana se queda sin el alimento esencial y propio que es el mismo Jesús, el mismo Cristo, quien se nos da en la Eucaristía. ¡Ese es el gran misterio de nuestra fe!
Y, por otro lado, el Señor en la Última Cena instituyó el sacerdocio ministerial. Quiso Él mismo quedarse en una persona para que cada día se pueda volver a celebrar aquella Cena, así por las palabras y la imposición de las manos de un hombre pudiera volver a vivirse aquél momento en el cual Él mismo, Jesús en la persona del sacerdote, confeccionara la Sagrada Eucaristía, y en ese mismo momento Él volviera a entregarse en la Cruz y Resucitar para darnos Vida Nueva por medio de su propia Vida hecha Pan y Vino.
Dos misterios que son parte esencial de nuestra vida y que Jesús quiso dejarnos para que siempre pudiésemos tener la fortaleza necesaria para vivir su espíritu en cada etapa de nuestra vida, y, como Él ser siempre Fieles a la Voluntad de Dios, ser siempre Fieles a la Vida que Él desde la Cruz nos entregó.

miércoles, 16 de abril de 2025

Dios me libre...

De los sermones del Beato Guerrico de Igny, abad

En estos días en que se celebra solemnemente el aniversario memorial de la pasión y cruz del Señor, ningún tema de predicación más apropiado -según creo - que Jesucristo, y éste crucificado. E incluso en cualquier otro día, ¿puede predicarse algo más conforme con la fe? ¿Hay algo más saludable para el auditorio o más apto para sanear las costumbres? ¿Hay algo tan eficaz como el recuerdo del Crucificado para destruir el pecado, crucificar los vicios, nutrir y robustecer la virtud?
Hable, pues, Pablo entre los perfectos una sabiduría misteriosa, escondida; hábleme a mí, cuya imperfección perciben hasta los hombres, hábleme de Cristo crucificado, necedad ciertamente para los que están en vías de perdición, pero para mí y para los que están en vías de salvación es fuerza de Dios y sabiduría de Dios; para mí es una filosofía altísima y nobilísima, gracias a la cual me río yo de la infatuada sabiduría tanto del mundo como de la carne.
¡Cuán perfecto me consideraría, cuán aprovechado en la sabiduría si llegase a ser por lo menos un idóneo oyente del crucificado, a quien Dios ha hecho para nosotros no sólo sabiduría, sino también justicia, santificación y redención! Si realmente estás crucificado con Cristo, eres sabio, eres justo, eres santo, eres libre. ¿O no es sabio quien, elevado con Cristo sobre la tierra, saborea y busca los bienes de allá arriba? ¿Acaso no es justo aquel en quien ha quedado destruida su personalidad de pecador y él libre de la esclavitud al pecado? ¿Por ventura no es santo el que a sí mismo se presenta como hostia viva, santa, agradable a Dios? ¿O no es verdaderamente libre aquel a quien el Hijo liberó, quien, desde la libertad de la conciencia, confía hacer suya aquella libre afirmación del Hijo: Se acerca el Príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí? Realmente del Crucificado viene la misericordia, la redención copiosa, que de tal modo redimió a Israel de todos sus delitos, que mereció salir libre de las calumnias del Príncipe de este mundo.
Que lo confiesen, pues, los redimidos por el Señor, los que él rescató de la mano del enemigo, los que reunió de todos los países; que lo confiesen, repito, con la voz y el espíritu de su Maestro; Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.

lunes, 14 de abril de 2025

Déjate tiempo

"Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa".
El encuentro final con los amigos, con los que te han acompañado, quizás desde la distancia, pero con una unidad de corazón que hace que siempre estén contigo aunque estén lejos. La necesidad del corazón humano de Jesús, antes de que llegue Su Hora, estar con sus amigos, con los que lo quieren de verdad.
Una mesa, una comida, una charla entre amigos, sin pensar en lo que vendrá sino alimentarse del compartir sereno y alegre, es lo que, seguramente quería llevarse antes de ir al tormento.
A veces no tenemos tiempo para estar con los amigos. A veces no tenemos tiempo para estar con la familia. A veces no tenemos tiempo para... y el tiempo se nos pasa de largo y nos quedamos siempre quejándonos de que no tenemos tiempo, y, sin embargo, el tiempo siempre está a nuestra disposición, pero no sabemos usarlo por lo gastamos en cosas que no son esenciales, sino que nos parecen importantes.
Jesús sabía que su Hora esta llegando y que ya había llegado, por eso, deja de predicar, de hacer milagros, y se queda con los que ama. Y, aunque los evangelios no lo digan, seguramente, también, ha estado con María, pues la Madre es el verdadero sostén de su vida y su amor incondicional, pues, Ella también habría ido para la Fiesta de la Pascua.
Ya comenzamos una Semana importante y esencial en nuestra vida espiritual, por esto prepara tu tiempo para aprovechar el silencio, para estar con los que quieres y compartir desde el corazón los momentos más importantes, y, sobre todo, déjate llevar por Jesús a escuchar Su Palabra, a estar con Él en el silencio de la oración, en el silencio de la contemplación donde Él quiere estar contigo.
Sí, en estos días déjate tiempo para estar con el Amigo que aceptando la Voluntad del Padre se ofrece a tí para que tengas vida y Vida en abundancia.

domingo, 13 de abril de 2025

Comienza la Pasión

 “…la multitud de los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto, diciendo: “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas”.

Con el Domingo de Ramos comenzamos la Semana más fuere e importante de nuestra vida cristiana: la Semana Santa. Pero ¿qué es la Semana Santa para nosotros? ¿Qué significan los Ramos, las procesiones, las celebraciones?
Dice el Evangelio que la multitud de los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios, nosotros somos, hoy, esa multitud de discípulos que alabará a Dios, y como aquellos nosotros damos Gracias a Dios por la presencia de Jesús entre nosotros, porque hoy, como en aquellos tiempos, también podemos escuchar Su Palabra, encontrarnos con Él en la oración frente al Sagrario, en la Eucaristía poder adorarlo y recibir Su Cuerpo y Su Sangre cuando comulgamos con el Pan de Vida.
Pero, todo ello nos lleva a pensar: ¿podemos seguirlo a Jesús en todo su Camino? ¿Seremos tan valientes que seguiremos siendo fiel a pesar de lo que Dios nos pida en el día a día o renegaremos de Él cuando lo que nos pida no esté de acuerdo con lo que quiero vivir? ¿Me dejaré llevar por los gritos del mundo que piden que lo deje de lado y acepte la vida de Barrabás?
En la alegría de la entrada de Jesús en Jerusalén comenzamos una procesión, de las Palmas, para alabar y glorificar a Dios. Y, al llegar al Templo, escucharemos la primera lectura de la Pasión y Muerte de Jesús, lo que da comienzo no sólo a la Semana Santa, sino que nos ayuda a meditar en lo que Jesús vivió, en obediencia al Padre, por amor a nosotros. Su Pasión nos tiene que llevar a pensar en el Amor de Dios que nos envió a Su Hijo para que nosotros alcancemos una Vida Nueva que nace del Amor de un Padre todopoderoso y de su Unigénito.
Y hoy, como en el evangelio les preguntó a los hijos del trueno (Juan y Santiago), nos pregunta a nosotros: “¿podéis beber el cáliz que yo he de beber, o bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?” Ellos le dijeron que sí, ¿nosotros le diremos lo mismo? ¿Cuál es el cáliz que nos toca beber todos los días? El Cáliz de la renuncia a nosotros mismos, de la aceptación de la Voluntad de Dios, del cargar con nuestra cruz de cada día, de renunciar a la ideología mundana que está en contra del Evangelio, de la moda del mundo para vivir en la moda del Evangelio…
Y, por Gracia de Dios, no lo bebemos solos sino que Él lo bebe con nosotros y nos da su fuerza para que no flaqueemos en el Camino de la Vida.

sábado, 12 de abril de 2025

Se acerca la Hora

Cuando las Bodas de Caná de Galilea, Jesús le dijo a María: "mujer, todavía no ha llegado mi Hora", y es ahora donde esa Hora comienza a llegar, y Jesús lo sabe. Él sabe cuando y cómo será su entrega al Padre, conoce los corazones y saben cómo actúan y por eso no se expone, sino que se "guarda" para esa Hora y no para ninguna otra. No deja nada al azar, sino que todo lo va haciendo de acuerdo a la Voluntad del Padre.
Por eso, ante la cercanía de la Hora, se aleja al desierto, al encuentro consigo mismo y con Su Padre, como tantas otras veces lo ha hecho. Necesita de ese encuentro para poder encontrar las fuerzas necesarias para afrontar la Hora que el Padre le había pedido vivir, y lo hace con generosidad y con Amor. Amor al Padre y amor a nosotros, que, en definitiva, es por quienes ha asumido el camino que el Padre le pidió: camino de obediencia hasta la muerte y muerte en Cruz.
"Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron:
«¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación».
Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo:
«Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera».
Aquellos que se creían los más sabios y religiosos fueron los instrumentos elegidos por el Padre para que su cumpliera el Plan de Salvación para todos los hombres. Ellos cegados por su apetito de poder y su soberbia no pudieron ver en Jesús al Enviado del Padre, sino que sólo veían a alguien que les quitaba poder, que le quitaba la gente que antes lo seguía a ellos ahora van detrás de Jesús. Y, aunque Él hiciera signos que hablaban de quién era, eso no importa.
Así, como dice el refrán: Dios escribe derecho con renglones torcidos:
"Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos".
La Hora había comenzado cuando ellos decidieron darle muerte a Jesús, y Jesús prepara su corazón para entregárselo al Padre y a nosotros. Busquemos, como Jesús, en estos días, el desierto de la oración para que podamos acompañarlo y vivir, junto a Él, esa entrega generosa que, también a nosotros, nos pide el Padre.

viernes, 11 de abril de 2025

Confianza ante las injurias

"Oía la acusación de la gente: «”Pavor-en-torno”, delatadlo, vamos a delatarlo».
Mis amigos acechaban mi traspié: «A ver si, engañado, lo sometemos y podemos vengarnos de él».
Pero el Señor es mi fuerte defensor: me persiguen, pero tropiezan impotentes. Acabarán avergonzados de su fracaso, con sonrojo eterno que no se olvidará".
El Profeta Jeremías narra su propia situación que es la situación de muchos que son atacados injustamente, aunque para los atacantes sea justo el juicio y la condena porque el profeta hablaba en contra del Pueblo que se había revelado contra Dios.
Muchas veces oímos las críticas, los insultos, las acusaciones que unos hacen contra otros y nos quedamos callados porque nos da miedo o vergüenza "meternos" a defender al inocente, sin embargo siempre estará el Señor para hacer justicia frente a la injusticia de los hombres.
La confianza que el Señor le pide al Profeta es algo divino, por eso necesitamos, siempre, no confiar en los hombres, como el mismo Dios le dice al Profeta:
«Maldito quien confía en el hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor".
Nuestra confianza está puesta en Su Providencia, en Su Amor porque los hombres hoy están y mañana se ponen en tu contra y quieren, como en el caso de la lectura, destruirte porque hablas en nombre del Señor y sus Palabras hieren sus corazones.
Lo mismo sucedía en el Evangelio:
"En aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús.
Él les replicó:
«Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?».
Los judíos le contestaron:
«No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios».
Por eso, nuestra confianza está en el Señor.
"Dios mío, peña mía, refugio mío,
escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos".

jueves, 10 de abril de 2025

Mi canto de joy

 De Santa Teresita de Lisieux.


Mi canto de hoy

Mi vida es un instante, una efímera hora, mi vida es sólo un día volandero y fugaz : Tú lo sabes, Dios mío, ¡para amarte aquí abajo no tengo más que hoy ! ¡Oh, Jesús, yo te amo, hacia ti mi alma tiende, sé por un solo día mi dulce protección, ven y reina en mi pecho y dame tu sonrisa ¡nada más que (...)

Vivir de Amor

"La noche del Amor, ya sin parábolas, Jesús decía :"si alguien quiere amarme, toda su vida guarde mi palabra ; y le visitaremos yo ¡y mi Padre ! Viniendo a él, por siempre lo amaremos, ¡su corazón será nuestra mansión… ! ¡Queremos que él esté, lleno de paz, en nuestro Amor…" ! Vivir de amor quiere (...)

Mi alegria

¡Oh, cuántas almas hay aquí en la tierra que andan en vano en busca de la dicha ! En cuanto a mí, mi caso es el contrario : en mi interior yo encuentro la alegría. Mi alegría no es algo pasajero, pues que yo la poseo de por vida ; como rosa que se abre a la mañana, me sonríe sin quiebra día a (...)

Por que te amo, ¡oh Maria !

Cantar, Madre, quisiera : ¡por qué te amo , María !, por qué tu dulce nombre de alegría estremece mi corazón, por qué de tu suma grandeza la idea no le inspira temores a mi mente. Si yo te contemplase en tu sublime gloria eclipsando el fulgor de todo el cielo junto, No podría creer que yo soy (...)

miércoles, 9 de abril de 2025

Buscar el Camino

Frente a la amenaza de martirio del Rey los hermanos respondieron así:
"Sidrac, Misac y Abdénago contestaron al rey Nabucodonosor:
«A eso no tenemos por qué responder. Si nuestro Dios a quien veneramos puede librarnos del horno encendido, nos librará, oh rey, de tus manos. Y aunque no lo hiciera, que te conste, majestad, que no veneramos a tus dioses ni adoramos la estatua de oro que has erigido».
La confianza depositada en Dios es tan grande que no sólo esperaban que los librara del martirio, sino que les bastaba no ser infieles a Dios. El testimonio de ellos pudo contra la maldad del Rey y contra su soberbia de querer ser el único dios, por eso viendo la fortaleza de la fe de los hermanos y la ayuda que Dios les dio, dijo:
«Bendito sea el Dios de Sidrac, Misac y Abdénago, que envió un ángel a salvar a sus siervos que, confiando en él, desobedecieron el decreto real y entregaron sus cuerpos antes que venerar y adorar a otros dioses fuera del suyo».
Es la confianza y el testimonio que hoy tenemos dar los que creemos en Cristo, los que creemos en Dios. Nuestra conversión y la de aquellos que no creen, dependen en cierto modo de nuestro testimonio vital.
Porque vemos, en estos días, cómo somo tantos los cristianos que veneramos a muchos dioses y, sobre todo, que nuestra vida no es testimonio claro de lo que creemos, sino que nos dejamos convencer y llevar por otros dioses mundanos que nos quitan la confianza en nuestro Dios y Señor.
Hoy no somos amenazados por ningún rey o emperador para que renunciemos a nuestra fe, ni que rechacemos el credo, sino que, simplemente, el mundo nos convence de que es mejor dejarse llevar por el poder del príncipe de este mundo que nos engaña sutilmente y nos convence de que podemos vivir siendo infieles a la Voluntad de Dios.
Y hoy, Jesús nos vuelve a repetir:
"En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos que habían creído en él:
«Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres».
¿Cuál es la verdad? ¿Cuál es mi verdad? ¿Cuál es mi Camino? Sólo en el silencio de la oración y la reflexión de la Palabra de Dios encontraré la Verdad, el Camino y la Vida que, en definitiva, es el mismo Jesús a quien digo seguir, pero que lo dejo de lado cuando me convence el mundo de que hay otro camino mejor.

lunes, 7 de abril de 2025

Por nosotros obedeció

De las homilías pascuales de san Cirilo de Alejandría, obispo

Esta es la historia de todo lo ocurrido que, consignada en los Libros sagrados, describe, como en un cuadro, el misterio del Salvador, consumado hasta en sus más ínfimos detalles. Es incumbencia nuestra adaptar la luz espléndida de la verdad a los acontecimientos que sucedieron en figura, y explicar con mayor claridad y uno por uno todos los sucesos que hemos propuesto. De esta forma, les resultará más fácil a los creyentes captar claramente el abstruso y recóndito misterio del amor.
Tomó, pues, el bienaventurado Abrahán al muchacho y se fue de prisa al lugar que Dios le había indicado. El muchacho era conducido al sacrificio por su padre, como símbolo y confirmación de que no debe atribuirse al poder humano o a la maldad de los enemigos el hecho de que Jesucristo, nuestro Señor, fuera conducido a la cruz, sino a la voluntad del Padre, el cual permitió —de acuerdo con una decisión previamente pactada— que él sufriese la muerte en beneficio de todos. Es lo que en un momento dado el mismo Jesús dio a entender a Pilato: No tendrías —dijo — ninguna autoridad sobre mí, si no te lo hubieran dado de lo alto; y en otro momento, dirigiéndose a su Padre del cielo, se expresó así: Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz; pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.
Abrahán tomó la leña para el sacrificio, y se lo cargó a su hijo Isaac. Igualmente los judíos, sin vencer ni coaccionar el poder de la naturaleza divina que eventualmente les fuera contrario, sino permitiéndolo así el eterno Padre en cumplimiento de un acuerdo anteriormente tomado y al que en cierto modo ellos servían sin saberlo, cargaron la cruz sobre los hombros del Salvador. Como testigo de ello — un testigo ajeno a cualquier sospecha de mentira—, podemos aducir al profeta Isaías, que se expresa de este modo: Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él nuestra iniquidad.
Cuando finalmente el patriarca llegó al sitio que le había dicho Dios, con mucha destreza y arte construyó un altar; sin duda para darnos con esto a entender, que la cruz impuesta a nuestro Salvador y que los hombres tenían por un simple leño, a los ojos del Padre común de la humanidad era considerada como un grandioso y excelso altar, erigido para la salvación del mundo e impregnado del incienso de una víctima santa y purísima.
Por eso Cristo, mientras su cuerpo era flagelado y al mismo tiempo escupido por los atrevidísimos judíos, decía, por el profeta Isaías, estas palabras: Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. Pues el Padre es un solo Dios, y Jesucristo, un solo Señor: ¡bendito él por siempre! El cual, desdeñando la ignominia por nuestra salvación, y hecho obediente al Padre, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, para que habiendo el Salvador dado su vida por nosotros y en nuestro lugar, pudiera a su vez resucitarnos de entre los muertos, vivificados por el Espíritu Santo; situarnos en el domicilio celestial, abiertas de par en par las puertas del cielo y colocar en la presencia del Padre y ante sus ojos, aquella naturaleza humana, que desde tiempo inmemorial se le había sustraído huyendo de él por el pecado.
Amados hermanos, que por estas egregias hazañas de nuestro Salvador, prorrumpan las bocas de todos en alabanza, y que todas las lenguas se afanen en componer cantos de alabanza en su honor, haciendo suyo aquel dulcísimo cántico: Dios asciende entre aclamaciones, el Señor, al son de trompetas. Asciende una vez consumada la obra de la salvación humana. Y no sólo sube, sino que: subiste a la cumbre llevando cautivos, te dieron tributo de hombres.

domingo, 6 de abril de 2025

En adelante no peques más

Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor».
Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

Alguna que otra vez he escuchado: “ya no se usa más el confesarse, ¿verdad?”. No se usa porque no se confiesas, pero es un sacramento que nunca dejará de ser necesario en la vida del cristiano, porque hasta el último momento necesitaremos la Gracia del Perdón, la Gracia de la Reconciliación.
Lo que pasa es que nos hemos olvidado de que no somos ángeles, somos humanos y como tales siempre caemos en la misma piedra, y, por eso necesitamos confesarnos. Pero antes necesitamos, también, tener conciencia de pecado, porque es lo que, también, nos falta en estos tiempos.
El ejemplo del Evangelio de este domingo nos lo aclara: Jesús no condena a muerte a la mujer adúltera, pero le dice: “en adelante no peques más”. Porque, en realidad, es el pecado el que mata nuestra alma, nos va quitando poco a poco la Gracia santificantes y nos va cerrando el camino hacia el Cielo, que a dónde, con la ayuda del Espíritu y la misericordia del Padre, anhelamos llegar.
Y ese es otro tema que no tenemos en cuenta en nuestra vida de fe: volver a la Casa del Padre, alcanzar la vida eterna tendría que ser el deseo de todo hijo de Dios, poder, un día, vivir en la plenitud del Amor junto al Padre en el Cielo que el Hijo abrió para nosotros con su Muerte, Resurrección y Ascensión. Pero, parece ser que tampoco es un tema que lo tenemos muy “metido” en nuestra vida de fe.
Hoy por hoy escuchamos o leemos, cuando alguien muere: “en el lugar dónde estés”, “vuela alto”, “que la tierra te sea leve”, pero pocos hablan del Cielo, de la Vida Nueva en Dios, del compartir con los santos y elegidos la Vida en la Casa del Padre. Pareciera que decir esas cosas está mal o que han desaparecido de la conciencia de los cristianos.
“Vete y no peques más”, es el deseo de Jesús para nosotros, no que nos juzguemos y condenemos unos a otros, sino que nos ayudemos a vivir en santidad, a alejarnos del pecado y alcanzar, cada día, la Gracia necesaria para ser fieles a la Voluntad de Dios. No hay mayor deseo del Padre, como en la parábola del hijo pródigo, que volvamos arrepentidos a sus brazos a buscar el consuelo y la fortaleza que sólo el Padre puede darle a aquellos que, con arrepentimiento de corazón, siguen intentando alcanzar la santidad, vivir en la libertad sana que nos da el ser hijos de Dios.

sábado, 5 de abril de 2025

Contemplar la Pasión

De los sermones de San Léon Magno, papa y doctor de la Iglesia.

El verdadero venerador de la pasión del Señor tiene que contemplar de tal manera, con la mirada del corazón, a Jesús crucificado, que reconozca en él su propia carne.
Toda la tierra ha de estremecerse ante el suplicio del Redentor: las mentes infieles, duras como la piedra, han de romperse, y los que están en los sepulcros, quebradas las losas que los encierran, han de salir de sus moradas mortuorias. Que se aparezcan también ahora en la ciudad santa, esto es, en la Iglesia de Dios, como un anuncio de la resurrección futura, y lo que un día ha de realizarse en los cuerpos, efectúese ya ahora en los corazones.
A ninguno de los pecadores se le niega su parte en la cruz, ni existe nadie a quien no auxilie la oración de Cristo. Si ayudó incluso a sus verdugos ¿cómo no va a beneficiar a los que se convierten a él?
Se eliminó la ignorancia, se suavizaron las dificultades, y la sangre de Cristo suprimió aquella espada de fuego que impedía la entrada en el paraíso de la vida. La obscuridad de la vieja noche cedió ante la luz verdadera.
Se invita a todo el pueblo cristiano a disfrutar de las riquezas del paraíso, y a todos los bautizados se les abre la posibilidad de regresar a la patria perdida, a no ser que alguien se cierre a sí mismo aquel camino que quedó abierto, incluso, ante la fe del ladrón arrepentido.
No dejemos, por tanto, que las preocupaciones y la soberbia de la vida presente se apoderen de nosotros, de modo que renunciemos al empeño de conformarnos a nuestro Redentor, a través de sus ejemplos, con todo el impulso de nuestro corazón. Porque no dejó de hacer ni sufrir nada que fuera útil para nuestra salvación, para que la virtud que residía en la cabeza residiera también en el cuerpo.
Y, en primer lugar, el hecho de que Dios acogiera nuestra condición humana, cuando la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros» ¿a quién excluyó de su misericordia, sino al infiel? ¿Y quién no tiene una naturaleza común con Cristo, con tal de que acoja al que a su vez lo ha asumido a él, puesto que fue regenerado por el mismo Espíritu por el que él fue concebido? Y además, ¿quién no reconocerá en él sus propias debilidades? ¿Quién dejará de advertir que el hecho de tomar alimento, buscar el descanso y el sueño, experimentar la solicitud de la tristeza y las lágrimas de la compasión, es fruto de la condición humana del Señor?
Y como, desde antiguo, la condición humana esperaba ser sanada de sus heridas y purificada de sus pecados, el que era Unigénito Hijo de Dios quiso hacerse también hijo de hombre, para que no le faltara ni la realidad de la naturaleza humana, ni la plenitud de la naturaleza divina.
Nuestro es lo que por tres días yació exánime en el sepulcro, y al tercer día resucitó; lo que ascendió sobre todas las alturas de los cielos hasta la diestra de la majestad paterna: para que también nosotros, si caminamos tras sus mandatos y no nos avergonzamos de reconocer lo que, en la humildad del cuerpo, tiene que ver con nuestra salvación, seamos llevados hasta la compañía de su gloria; puesto que habrá de cumplirse lo que manifiestamente proclamó: Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo.

viernes, 4 de abril de 2025

Aceptó su sacerdocio

De las cartas de San Ambrosio, obispo y doctor de la Iglesia.

El médico bueno, que cargó con nuestras enfermedades, sanó nuestras dolencias, y sin embargo, no se arrogó la dignidad de sumo sacerdote; pero el Padre, dirigiéndose a él, le dijo: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy. Y en otro lugar le dice también: Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec. Y como había de ser el tipo de todos los sacerdotes, asumió una carne mortal, para, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentar oraciones y súplicas a Dios Padre. Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer, para enseñarnos a ser obedientes y así convertirse para nosotros en autor de salvación. Y de este modo, consumada la pasión y, llevado él mismo a la consumación, otorgó a todos la salud y cargó con el pecado de todos.
Por eso se eligió a Aarón como sacerdote, para que en la elección sacerdotal no prevaleciera la ambición humana, sino la gracia de Dios; no el ofrecimiento espontáneo ni la propia usurpación, sino la vocación celestial, de modo que ofrezca sacrificios por los pecados, el que pueda comprender a los pecadores, por estar él mismo -dice- envuelto en debilidades. Nadie debe arrogarse este honor; Dios es quien llama, como en el caso de Aarón; por eso Cristo no se arrogó el sacerdocio: lo aceptó.
Finalmente, como la sucesión aaronítica efectuada de acuerdo con la estirpe, tuviera más herederos de la sangre, que partícipes de la justicia, apareció -según el tipo de aquel Melquisedec de que nos habla el antiguo Testamento- el verdadero Melquisedec, el verdadero rey de la paz, el verdadero rey de la justicia, pues esto es lo que significa el nombre: sin padre, sin madre, sin genealogía; no se menciona el principio de sus días ni el fin de su vida. Esto puede decirse igualmente del Hijo de Dios, que no conoció madre en aquella divina generación, ni tuvo padre en el nacimiento de la virgen María; nacido antes de los siglos únicamente de Padre, nacido de sola la Virgen en este siglo, ni sus días pudieron tener comienzo, él que existía desde el principio. Y ¿cómo podría tener fin la vida de quien es el autor de la vida de todos? Él es el principio y el fin de todas las cosas. Pero es que, además, esto lo aduce como ejemplo. Pues el sacerdote debe ser como quien no tiene ni padre ni madre: en él no debe mirarse la nobleza de su cuna, sino la honradez de sus costumbres y la prerrogativa de las virtudes.
Debe haber en él fe y madurez de costumbres: no lo uno sin lo otro, sino que ambas cosas coincidan en la misma persona juntamente con las buenas obras y acciones. Por eso el apóstol Pablo nos quiere imitadores de aquellos que, por la fe y la paciencia, poseen en herencia las promesas hechas a Abrahán, quien, por la paciencia, mereció recibir y poseer la gracia de bendición que se le había prometido. El profeta David nos advierte que debemos ser imitadores del santo Aarón, a quien para nuestra imitación, colocó entre los santos del Señor, diciendo: Moisés y Aarón con sus sacerdotes, Samuel con los que invocan su nombre.

jueves, 3 de abril de 2025

Nos dio el perdón

Del Comentario sobre la carta a los Romanos de Orígnes, presbítero

Examinemos ahora cada uno de los nombres que se le han dado al Salvador y consideremos con mayor diligencia el porqué y el significado de cada uno de estos atributos. Así caerás en la cuenta de que ciertamente en él quiso Dios que residiera toda la plenitud de la divinidad corporalmente, de que él mismo es el lugar de la expiación, el pontífice y el sacrificio que se ofrece por el pueblo.
Sobre su calidad de pontífice habla claramente David en el salmo y el apóstol Pablo escribiendo a los Hebreos. Que sea también sacrificio, lo atestigua Juan cuando dice: Este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. En su calidad de sacrificio, se convierte, por su sangre, en víctima de propiciación por los pecados del pasado; esta propiciación llega, por el camino de la fe, a cada uno de los creyentes. Si no nos otorgara la remisión de los pecados del pasado, no tendríamos la prueba de que la redención se ha operado ya.
Ahora bien: constándonos de la remisión de los pecados, es seguro que se ha llevado a cabo la propiciación mediante la efusión de su preciosa sangre: pues sin derramamiento de sangre —como dice el Apóstol— no hay perdón de los pecados.
Pero para que no creas que Pablo es el único en dar a Cristo el título de víctima de propiciación, escucha cómo también Juan está
perfectamente de acuerdo en este tema, cuando dice: Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero. Así pues, por la renovada propiciación de la sangre de Cristo se opera la remisión de los pecados del pasado, con la tolerancia de Dios, en la espera de mostrar su justicia salvadora.
La tolerancia de Dios radica en que el pecador no es inmediatamente castigado cuando comete el pecado, sino que, como el Apóstol dice en el mismo lugar, por la paciencia, Dios le empuja a la conversión; y se nos dice que en esto manifiesta Dios su justicia. Y con razón añade: en este tiempo; pues la justicia de Dios consiste, en este tiempo presente, en la tolerancia; la del futuro, en la retribución.

martes, 1 de abril de 2025

Quieres sanar?

"Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.
Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice:
«¿Quieres quedar sano?».
Hoy, también, es una pregunta que Jesús nos puede hacer a muchos y a todos: "quieres sanar?". Y nos podríamos preguntar ¿de qué tendría que sanar? Quizás no tenga nada que sanar en mi corazón o quizás sí, pero es una pregunta que nos lleva a mirarnos con sinceridad, algo que, por lo visto, está muy en decadencia en nuestra sociedad: la sinceridad, pues todo lo hacemos para las redes sociales y por eso "modificamos" nuestra manera de presentarnos a la sociedad, y eso, lamentablemente, incluye a mi interior pues termino creyéndome que soy así como me muestro.
Es ahí donde tengo que volver a mirarme pero en el verdadero espejo de mi alma que es Jesús, Su Palabra, Su Evangelio y el proyecto que Dios tiene para mí.
La falta de sinceridad de la sociedad nos "obliga" a andar buscando soluciones fáciles a lo que me preocupa o las contingencias de la vida, haciendo que todo me "resbale" y parezca que nada me hace daño. O, quizás, al contrario, cuanto más me muestro como víctima más recibo de la gente. Pero, la realidad nos golpea cuando nos encontramos solos ante paredes vacías o casas sin ruido, porque es en la soledad de nuestra habitación y de nuestra realidad donde nos descubrimos tal cual somos, e, inmediatamente ponemos la música a todo volumen o nos "enchufamos" los cascos o auriculares para alejarnos de esa realidad que nos asusta.
En realidad es el pecado que habita en nosotros el que nos va dañando, el que nos va quitando vida y lo dejamos actuar porque no sabemos cómo sanar, pues, primero no nos reconocemos pecadores, no reconocemos nuestros errores sino que culpamos a los demás de lo que nos sucede y de lo que nos obligan a hacer o a no hacer. Y así vamos acumulando heridas del pecado que se van haciendo callo en el alma y nos impiden encontrarnos con la hermosa misericordia de Dios que quiere venir a sanarnos y a darnos una Vida Nueva que nace de la verdad, del amor, de la sinceridad que, aunque nos duela, es lo que nos hará libre y nos ayudará a encontrar el verdadero sentido de nuestra vida.