"Ahora bien, ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído?; ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar?; y ¿cómo oirán hablar de él sin nadie que anuncie?; y ¿cómo anunciarán si no los envían? Según está escrito:
«¡Qué hermosos los pies de los que anuncian la Buena Noticia del bien!».
¿Quiénes son los que anuncian la Buena Noticia del bien? Sí, estás en lo cierto, debemos (aunque a veces no) ser todos nosotros, pero no nosotros los curas, sino todos nosotros los bautizados, por que todos nosotros los bautizados fuimos ungidos como profetas del Señor. Y esa es nuestra misión: anunciar la Buena Noticia del Bien.
Es cierto que para anunciar la Buena Noticia no debemos ser estudiosos del Evangelio, sino que, primero y únicamente debemos ser verdaderos creyentes del Evangelio. Porque estudiosos de la Palabra puede haber muchos, pero creyentes que vivan el Evangelio no son tantos. Porque hay un gran viaje desde la cabeza al corazón, y se puede saber mucho pero también se puede vivir poco, y no hay mejor mensaje que se comprenda que el que nace del testimonio vital del cristiano.
Claro que, también es cierto que no siempre se escucha el mensaje, pero eso ya no es culpa nuestra, sino del que recibe el mensaje, pues no hay peor sordo que el que no quiere oir. Pero eso no nos debe impedir seguir predicando y anunciando la Palabra a tiempo y a destiempo (se dice así, bueno, pero lo entendeis)
"Pero no todos han prestado oído al Evangelio. Pues Isaías afirma:
«Señor, ¿quién ha creído nuestro mensaje?»
Así, pues, la fe nace del mensaje que se escucha, y viene a través de la palabra de Cristo.
Pero digo yo: «¿Es que no lo han oído? Todo lo contrario:
«A toda la tierra alcanza su pregón, y hasta los confines del orbe sus palabras».
Pues sí, nosotros debemos cumplir con la misión de anunciar, con nuestra vida y con nuestras palabras, el mensaje de Salvación, la alegría del Evangelio, y después "quien quiera oir que oiga", no lo que decimos nosotros, sino lo que el Señor quiere decir por medio de nuestras palabras y de nuestra vida.
Ser Fieles a la Vida que el Señor nos ha regalado con el bautismo es vivir el Evangelio y anunciarlo a todo el quiera escucharlo, para que la Buena Noticia llegue a todos lados y todos puedan tener la oportunidad de seguir el Camino de la Salvación.
miércoles, 30 de noviembre de 2022
Anunciamos al Buena Noticia
martes, 29 de noviembre de 2022
La alegría de los niños en Dios
"Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte:
«¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron».
Que alegría nos da cuando Jesús nos llama Bienaventurados. ¿Os dais cuenta que en esta frase habla de nosotros y nos ayuda a alegrarnos por lo que somos?
Sí, porque nuestros ojos, por el Don de la Fe, ven lo que otros no pueden ver. Por ejemplo: sólo los que tenemos el Don de la Fe (y lo intentamos madurar cada día) podemos ver a Jesús en la Eucaristía, podemos ver a Jesús en nuestros hermanos, podemos ver la Voluntad de Dios en los acontecimientos de la vida diaria. Y, sobre todo, podemos oír la Voz del Señor en las cosas de todos los días, podemos oírlo en la voz de nuestros hermanos y de aquellos que viven, como nosotros, el Don de la Fe. Y, lo más importante, como dice San Juan, "no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos realmente", aunque muchas veces no lo demostramos claramente.
Y, (perdonad por tantas Y... jajaja) fundamentalmente, tenemos que dar Gracias porque Jesús nos ha invitado, y nos pide, que sólo podemos ver y oír todas estas cosas por algo muy especial, en la cual tenemos que seguir creciendo día a día: el espíritu de niños.
"Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien".
Los que se creen sabios y maduros son los que ponen trabas al Don de la Fe, buscan en lo intelectual una respuesta que sólo está en el corazón de aquellos que pueden abrirse a lo increíble, a lo que Dios día a día nos va mostrando y nos asombra con sus respuesta y, sobre todo, nos da la Gracia para poder ver y oír lo que los sabios y prudente no pueden.
Sí, somos los hijos pequeños de Dios, por eso nos equivocamos, erramos y muchas veces tropezamos y nos caemos, pero en todo momento confiamos en la Divina Misericordia y tendemos nuestras manos pequeñas al Padre de los Cielos para que nos levante, para que nos ayude a seguir caminando, para que nos consuele en los momentos de tribulación y nos ilumine en las dudas.
Sí, cada día debemos dar Gracias por tener la fuerza para seguir creciendo en nuestra infancia espiritual, y así poder vivir con alegría el ser hijos de un Dios que nos ama tanto que envió a su Unigénito para darnos Vida Nueva.
lunes, 28 de noviembre de 2022
Sobre el Adviento
De las Cartas pastorales de san Carlos Borromeo, obispo
Ha llegado, amadísimos hermanos, aquel tiempo tan importante y solemne, que,
como dice el Espíritu Santo, es tiempo favorable, día de la salvación, de la paz
y de la reconciliación; el tiempo que tan ardientemente desearon los patriarcas
y profetas y que fue objeto de tantos suspiros y anhelos; el tiempo que Simeón
vio lleno de alegría, que la Iglesia celebra solemnemente y que también nosotros
debemos vivir en todo momento con fervor, alabando y dando gracias al Padre
eterno por la misericordia que en este misterio nos ha manifestado. El Padre,
por su inmenso amor hacia nosotros, pecadores, nos envió a su Hijo único, para
libramos de la tiranía y del poder del demonio, invitamos al cielo e
introducimos en lo más profundo de los misterios de su reino, manifestarnos la
verdad, enseñamos la honestidad de costumbres, comunicarnos el germen de las
virtudes, enriquecemos con los tesoros de su gracia y hacemos sus hijos
adoptivos y herederos de la vida eterna.
La Iglesia celebra cada año el misterio de este amor tan grande hacia nosotros,
exhortándonos a tenerlo siempre presente. A la vez nos enseña que la venida de
Cristo no sólo aprovechó a los que vivían en el tiempo del Salvador, sino que
su eficacia continúa y aún hoy se nos comunica si queremos recibir, mediante la.
fe y los sacramentos, la gracia que él nos prometió, y si ordenamos nuestra
conducta conforme a sus mandamientos.
La Iglesia desea vivamente hacernos comprender que así como Cristo vino una vez
al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver en cualquier
momento, para habitar espiritualmente en nuestra alma con la abundancia de sus
gracias, si nosotros, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo.
Por eso, durante este tiempo, la Iglesia, como madre amantísima y celosísima de
nuestra salvación, nos enseña, a través de himnos, cánticos y otras palabras del
Espíritu Santo y de diversos ritos, a recibir convenientemente y con un corazón
agradecido este beneficio tan grande, a enriquecemos con su fruto y a preparar
nuestra alma para la venida de nuestro Señor Jesucristo con tanta solicitud como
si hubiera él de venir nuevamente al mundo. No de otra manera nos lo enseñaron
con sus palabras y ejemplos los patriarcas del antiguo Testamento para que en
ello los imitáramos.
domingo, 27 de noviembre de 2022
Adviento
"Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor".
Creo que el Adviento puede ser uno de los mejores tiempos litúrgicos, dentro de la Iglesia, porque es el tiempo de la Espera del Salvador.
Así como la madre espera con alegría el nacimiento de su hijo, así nosotros nos preparamos, dentro de la liturgia de la Iglesia, para celebrar la Navidad.
Está claro que hay muchas cosas alrededor de la Navidad y, por algún tiempo, se va perdiendo lo esencial, por eso somos nosotros a quienes nos toca la parte fundamental de volver a vivir la Navidad como corresponde a cristianos.
Lo primero que debemos tener en cuenta es este tiempo hermoso de preparación: el Adviento. Un tiempo de cuatro semanas que nos van invitando a tener diferentes momentos de reflexión y conversión. Sí, también es un tiempo de conversión, porque algo nuevo está por llegar y tenemos que preparar el corazón para vivir con la mayor de las alegrías.
Otra cosilla a tener en cuenta es que no nos dejemos “invadir” por las compras y los arreglos superficiales de estos días. Las compras y los regalos del famoso Papa Noel nos van quitando la verdadera imagen de Quien es el que viene a nuestras vidas: Nuestro Salvador, el Niño Jesús que nace pobre y humilde en el Portal de Belén.
Y, sobre todo, poder participar de las celebraciones que se hagan en la parroquia, en nuestras comunidades, y, si es posible (hay que intentarlo) llevarlas al seno de nuestra familia. Rezar en familia en este tiempo de Adviento nos ayuda a poder comenzar, también, un nuevo tiempo en nuestras vidas. Como decía algún santo: “la familia que reza unida permanece unida”, y si rezamos sabemos Quién está entre nosotros, porque “cuando dos o más se reúnen en Mi Nombre Yo estaré en medio de ellos”. Y ¿qué más queremos que el Señor del Universo, Aquél que nace en Belén, también esté en nuestra casa, entre nosotros cuando nos disponemos a preparar el corazón para Su Venida?
sábado, 26 de noviembre de 2022
Vivir embotados
"Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra".
¡Tened cuidado de vosotros mismos!
Tengamos cuidado de nosotros mismos porque, en realidad, somos los más peligrosos contra nosotros mismos, así como también somos los más buenos con nosotros mismos. Los dos extremos, también, están en nosotros mismos.
Pero, sobre todo, hay que tener cuidado de nosotros porque el pecado aún reside en nosotros, y, parece que, a veces, no somos conscientes de ellos. Vivimos como si fuéramos ángeles y como todo (en este mundo) está bien, hoy vivimos embotados por muchas cosas, pero nunca nos dejamos embotar por la Voluntad de Dios.
"No sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida".
Alguna de estas cosas nos han embotado alguna vez. O quizás haya algún otro listado de cosas que embotan, pero seguramente, hoy por hoy, las inquietudes del día a día, no nos dejan mirar para arriba y buscar la Voluntad de Dios para mi vida.
Y ahí está nuestro peligro: no buscar la Voluntad de Dios. Porque cuando no buscamos la Voluntad de Dios o hacemos lo que más nos guste o hacemos lo que el mundo quiere, pero algo nos mueve y nos motiva, y todo depende de dónde he puesto la mirada y lo que he analizado o discernido, y, sobre todo, la lucidez que he tenido al hacerlo.
Es claro que el ritmo que nos imprime el mundo de hoy es un ritmo que no nos da tiempo para ponernos a pensar en qué es lo que debemos hacer, y, por lo tanto, vamos tomando decisiones a lo loco porque los días pasan aprisa. Pero ¿es eso lo que Dios quiere que hagas? ¿Es eso lo que Dios quiere para tí?
Y así el ritmo rápido y loco de los días son los que nos embotan y con la excusa de que todo va rápido, rápida son mis decisiones aunque nunca se si son las que Dios quiere para mí...
En suma vivimos embotados y no nos damos cuenta que no alcanzamos lo que anehlamos sino que nos conformamos con lo que nos dan...
viernes, 25 de noviembre de 2022
Rechacemos el temor a la muerte
Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la muerte
Nunca debemos olvidar que nosotros no hemos de cumplir nuestra propia voluntad,
sino la de Dios, tal .como el Señor nos mandó pedir en nuestra oración
cotidiana. ¡Qué contrasentido y qué desviación es no someterse inmediatamente al
imperio de la voluntad del Señor, cuando él nos llama para salir de este mundo!
Nos resistimos y luchamos, somos conducidos a la presencia del Señor como unos
siervos rebeldes, con tristeza y aflicción, y partimos de este mundo forzados
por una ley necesaria, no por la sumisión de nuestra voluntad; y pretendemos que
nos honre con el premio celestial aquel a cuya presencia llegamos por la fuerza.
¿Para qué rogamos y pedimos que venga el reino de los cielos, si, tanto nos
deleita la cautividad terrena? ¿Por qué pedimos con tanta insistencia la pronta
venida del día del reino, si nuestro deseo de servir en este mundo al diablo
supera al deseo de reinar con Cristo?
Si el mundo odia al cristiano, ¿por qué amas al que te odia, y no sigues más bien
a Cristo, que te ha redimido y te ama? Juan, en su carta, nos exhorta con palabras
bien elocuentes a que no amemos el mundo ni sigamos las apetencias de la carne:
No améis al mundo -dice- ni lo que hay en el mundo. Quien ama al mundo
no posee el amor del Padre, porque todo cuanto hay en el mundo es concupiscencia
de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida. El mundo pasa y sus
concupiscencias con él. Pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre.
Procuremos más bien, hermanos muy queridos, con una mente íntegra, con una fe firme, con
una virtud robusta, estar dispuestos a cumplir la voluntad de Dios, cualquiera que ésta
sea; rechacemos el temor a la muerte con el pensamiento de la inmortalidad que la sigue.
Demostremos que somos lo que creemos.
Debemos pensar y meditar, hermanos muy amados, que hemos renunciado al mundo y
que mientras vivimos en él somos como extranjeros y peregrinos. Deseemos con
ardor aquel día en que se nos asignará nuestro propio domicilio, en que se nos
restituirá al paraíso y al reino, después de habernos arrancado de las ataduras
que en este mundo nos retienen. El que está lejos de su patria es natural que
tenga prisa por volver a ella. Para nosotros, nuestra patria es el paraíso; allí
nos espera un gran número de seres queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo
de nuestros padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos
aún de la nuestra. Tanto para ellos como para nosotros significará una gran
alegría el poder llegar a su presencia y abrazarlos; la felicidad plena y sin
término la hallaremos en el reino celestial, donde no existirá ya el temor a la
muerte, sino la vida sin fin.
Allí está el coro celestial de los apóstoles, la multitud exultante de los
profetas, la innumerable muchedumbre de los mártires, coronados por el glorioso
certamen de su pasión; allí las vírgenes triunfantes, que con el vigor de su
continencia dominaron la concupiscencia de su carne y de su cuerpo; allí los que
han obtenido el premio de su misericordia, los que practicaron el bien,
socorriendo a los necesitados con sus bienes, los que, obedeciendo el consejo
del Señor, trasladaron su patrimonio terreno a los tesoros celestiales. Deseemos
ávidamente,
hermanos muy amados, la compañía de todos ellos. Que Dios vea estos nuestros
pensamientos, que Cristo contemple este deseo de nuestra mente y de nuestra fe,
ya que tanto mayor será el premio de su amor, cuanto mayor sea nuestro deseo de
él.
jueves, 24 de noviembre de 2022
La fortaleza de los mártires
De la carta de san Pablo Le-Bao-Tinh a los alumnos del seminario de Ke-Vinh, enviada el año mil ochocientos cuarenta y tres.
Yo, Pablo, encarcelado por el nombre de Cristo, os quiero explicar las tribulaciones en que me veo sumergido cada día, para que, enfervorizados en el amor a Dios, alabéis conmigo al Señor, porque es eterna su misericordia. Esta cárcel es un verdadero infierno: a los crueles suplicios de toda clase, como son grillos, cadenas de hierro y ataduras, hay que añadir el odio, las venganzas, las calumnias, palabras indecentes, peleas, actos perversos, juramentos injustos, maldiciones y, finalmente, angustias y tristeza. Pero Dios, que en otro tiempo libró a los tres jóvenes del horno de fuego, está siempre conmigo y me libra de estas tribulaciones y las convierte en dulzura, porque es eterna su misericordia.
En medio de estos tormentos, que aterrorizarían a cualquiera, por la gracia de Dios estoy lleno de gozo y alegría, porque no estoy solo, sino que Cristo está conmigo.
Él, nuestro maestro, aguanta todo el peso de la cruz, dejándome a mí solamente la parte más pequeña e insignificante. Él, no sólo es espectador de mi combate, sino que toma parte en él, vence y lleva a feliz término toda la lucha. Por esto en su cabeza lleva la corona de la victoria, de cuya gloria participan también sus miembros.
¿Cómo resistir este espectáculo, viendo cada día cómo los emperadores, los mandarines y sus cortesanos blasfeman tu santo nombre, Señor, que te sientas sobre querubines y serafines? ¡Mira, tu cruz es pisoteada por los paganos! ¿Dónde está tu gloria? Al ver todo esto, prefiero, encendido en tu amor, morir descuartizado, en testimonio de tu amor.
Muestra, Señor, tu poder, sálvame y dame tu apoyo, para que la fuerza se manifieste en mi debilidad y sea glorificada ante los gentiles, ya que, si llegara a vacilar en el camino, tus enemigos podrían levantar la cabeza con soberbia.
Queridos hermanos, al escuchar todo esto, llenos de alegría, tenéis que dar gracias incesantes a Dios, de quien procede todo bien; bendecid conmigo al Señor, porque es eterna su misericordia. Proclame mi alma la grandeza del Señor, se alegre mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su siervo y desde ahora me felicitarán todas las generaciones futuras, porque es eterna su misericordia.
Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos, porque lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder, y lo despreciable, lo que no cuenta, lo ha escogido Dios para humillar lo elevado. Por mi boca y mi inteligencia humilla a los filósofos, discípulos de los sabios de este mundo, porque es eterna su misericordia.
Os escribo todo esto para que se unan vuestra fe y la mía. En medio de esta tempestad echo el ancla hasta el trono de Dios, esperanza viva de mi corazón.
En cuanto a vosotros, queridos hermanos, corred de manera que ganéis el premio, haced que la fe sea vuestra coraza y empuñad las armas de Cristo con la derecha y con la izquierda, como enseña san Pablo, mi patrono. Más os vale entrar tuertos o mancos en la vida que ser arrojados fuera con todos los miembros.
Ayudadme con vuestras oraciones para que pueda combatir como es de ley, que pueda combatir bien mi combate y combatirlo hasta el final, corriendo así hasta alcanzar felizmente la meta; en esta vida ya no nos veremos, pero hallaremos la felicidad en el mundo futuro, cuando, ante el trono del Cordero inmaculado, cantaremos juntos sus alabanzas, rebosantes de alegría por el gozo de la victoria para siempre. Amén.