Del Sermón de san León Magno, papa, Sobre las bienaventuranzas
Después de haber encomiado el Señor la bienaventuranza de la pobreza, prosiguió diciendo: Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. El llanto al que aquí se promete el consuelo eterno nada tiene que ver con la tristeza de este mundo, ni hay que creer que las lágrimas que derraman los hijos de los hombres, cuando en su tristeza lloran, a nadie hagan feliz. Es muy distinta la razón de las lágrimas de las que aquí se habla, muy otra la causa de este llanto de los santos. La tristeza religiosa es la que llora los pecados propios o bien las faltas ajenas; esta tristeza no es ni tan sólo la que se lamenta ante el castigo con que Dios nos amenaza, sino que se duele simplemente ante la iniquidad que los hombres cometen, pues sabe que es mucho más digno de compasión el que hace el mal que quien lo sufre, porque el inicuo, con su pecado, se hace reo de castigo, en cambio, el justo, con su paciencia, merece la gloria.
A continuación el Señor añadió: Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Aquí se promete la posesión de la tierra a los sufridos y mansos, a los humildes y modestos, y a los que están dispuestos a soportar toda clase de injurias. No se debe estimar pequeña o de baja calidad esta herencia, como si fuera algo diverso del reino de los cielos, pues, en realidad, aquí se trata de aquellos que van a entrar en el reino de Dios. En efecto, la tierra prometida a los sufridos, y cuya posesión se dará a los mansos, no es otra sino los propios cuerpos de los santos, los cuales, como premio de su humildad, serán transformados en la resurrección feliz y se verán revestidos de una gloriosa inmortalidad. Esta carne, revestida así de inmortalidad, en nada contrariará ya al espíritu, antes bien, vivirá siempre en unidad perfecta y en consentimiento pleno con el querer del alma. Entonces realmente el hombre exterior será la posesión pacífica e inmutable del hombre interior.
Esta tierra, pues, la poseerán los sufridos con una paz perfecta y sin que nada disminuya nunca el gozo de esta posesión, pues, entonces, esto corruptible se vestirá de incorrupción, y esto mortal se vestirá de inmortalidad; de este modo el castigo se habrá convertido en premio y lo que era carga se habrá tornado honor.
sábado, 7 de septiembre de 2024
Felicidad en el Reino
viernes, 6 de septiembre de 2024
La fidelidad del Servidor
Como siempre a las carta de san Pablo hay que desmenuzarlas y sacarles bien el jugo que tienen, pues nos dan pautas para nuestra vida cotidiana, no sólo en relación con los demás, sino, también, en relación con nosotros mismos. Y eso es lo que intentaré, aunque sé que pueden quedar muchas cosas por reflexionar, pero eso lo hará, cada uno, en su corazón y con el Señor.
"Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, lo que se busca en los administradores es que sean fieles".
Pablo habla de sí mismo como Servidor de Cristo, lo mismo que cada uno de los apóstoles, y, también (no nos quitemos el sayo) todos los que hemos decidido seguir a Jesús, somos discípulos y misioneros, servidores de Su Palabra. Y ¿qué se nos pide? No buscar la fama para nosotros mismos, sino ser fieles servidores de la Palabra de Dios.
Y ¿qué significa esto? No mirar lo que nos gustaría hacer sino lo que Dios quiere que hagamos, no ver cómo agradar al mundo sino cómo agradar a Dios, no intentar adecuar la Palabra al mundo sino llevar el mundo a Dios, no permitir que el mundo nos transforme sino transformar el mundo, y, por eso recordar que Quien nos llamó a una misión concreta es el Señor y no el príncipe de este mundo, por eso hemos de vivir en la Luz y no en las tinieblas.
Así, lo que el Servidor buscará será la Fidelidad a la Voluntad de Dios y no la fidelidad a sí mismo, no la fidelidad a las ideologías del mundo sino a la Palabra de Dios, no la Fidelidad a la muerte que nos propone el mundo sino la Fidelidad a la Vida que nos trajo Jesús.
Por eso, en cada paso que vamos dando, lo que tenemos que examinar es nuestra Fidelidad a la Voluntad de Dios, no dejarnos llevar por los juicios de los hombres, sino por el juicio que pueda hacer el Señor de nuestra vida, de nuestros actos, de nuestra fidelidad a Su Amor. Sabiendo que Él conoce mejor nuestro corazón y nuestras intenciones, por eso, encomendándonos a Su Misericordia intentaremos, cada día, ser Fieles a la Vida que Él nos dio y nos pide vivir.
"Para mí, lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor".
jueves, 5 de septiembre de 2024
Confía en la Sabiduría
"Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: «Él caza a los sabios en su astucia». Y también: «El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos».
«Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».
Una frase de San Pablo y otra de San Pedro, los dos desconfiaron de la propia sabiduría y se dejaron guiar por la Sabiduría de Dios, y, por eso, son dos columnas de nuestra Iglesia, de nuestra vida de fe, pero, así y todo, todavía no aprendemos que tenemos que dejarnos guiar por la Sabiduría de Dios que es más sabia que la sabiduría, no de los hombres, sino de la mía que creo que todo lo que pienso es lo que es bueno y sabio sin tener en cuenta que no siempre pienso desde Dios.
"Así, pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es vuestro: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios".
Nos ponemos, muchas veces, del lado de nuestros pensamientos o de los del mundo (quizás sin darnos cuenta) pero dejamos de lado lo que Dios nos está mostrando, y, así nos dejamos llevar por pensamientos que no son buenos para nuestra vida de fe, para nuestra vida en santidad.
Creemos, otras veces, que lo que nos está pidiendo Dios es imposible para vivir, que eso que Él me pide no puedo hacerlo o que me quita la libertad o la dignidad, que no me deja ser yo mismo, pero me voy detrás de tantas ideología vanas que hoy están y mañana desaparecen, y, encima, creyendo que soy original me hacen ser copia de otros que no aceptan quien soy si no soy igual que ellos. Sin embargo, la Sabiduría Divina no quiere que yo sea una copia de algo o alguien, sino que quiere que vuelva a tener mi dignidad y belleza original.
A esa belleza y dignidad original, en la iglesia, la llamamos santidad, y, para ello, debemos remar mar adentro de nuestra alma, pues en ese mar tempestuoso es donde está el Señor esperándome para calmar mi ansiedad, esa ansiedad que me presenta el mundo cuando me dice que haga lo que siento, sin embargo el Señor me calma y me hace ver qué es lo que debo ser y cuál es el camino para alcanzar mi plenitud y alegría.
No permitamos que la vana y mentirosa sabiduría del mundo nos quite nuestra belleza original, sino que aceptando el desafío que nos presenta Cristo, dejemos lo que estamos viviendo y dispongamos nuestro corazón para vivir lo que Él nos pide, que aunque "seamos pecadores" Él nos hará santos.
miércoles, 4 de septiembre de 2024
El templo de su cuerpo
Orígenes, presbítero
Comentario sobre el evangelio de san Juan.
Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. Los amadores de su propio cuerpo y de los bienes materiales -se deja entender que hablamos aquí de los judíos-, los que no aguantaban que Cristo hubiera expulsado a los que convertían en mercado la casa de su Padre, exigen que les muestre un signo para obrar como obra. Así podrán juzgar si obra bien o no el Hijo de Dios, a quien se niegan a recibir. El Salvador, como si hablara en realidad del templo, pero hablando de su propio cuerpo, a la pregunta: ¿Qué signos nos muestras para obrar así?», responde: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.
Sin embargo, creo que ambos, el templo y el cuerpo de Jesús, según una interpretación unitaria, pueden considerarse figuras de la Iglesia, ya que ésta se halla construida de piedras vivas, hecha templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, construido sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular el mismo Cristo Jesús que, a su vez, también es templo. En cambio, si tenemos en cuenta aquel otro pasaje: Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro, parece que la unión y conveniente disposición de las piedras en el templo se destruye y descoyunta, como sugiere el salmo veintiuno, al decir en nombre de Cristo: Tengo los huesos descoyuntados. Descoyuntados por los continuos golpes de las persecuciones y tribulaciones, y por la guerra que levantan los que rasgan la unidad del templo; pero el templo será restaurado, y el cuerpo resucitará el día tercero; tercero, porque viene después del amenazante día de la maldad, y del día de la consumación que seguirá.
Porque llegará ciertamente un tercer día, y en él nace un cielo nuevo y una tierra nueva, cuando estos huesos, es decir, la casa toda de Israel, resucitarán en aquel solemne y gran domingo en el que la muerte será definitivamente aniquilada. Por ello, podemos afirmar que la resurrección de Cristo, que pone fin a su cruz y a su muerte, contiene y encierra ya en sí la resurrección de todos los que formamos el cuerpo de Cristo. Pues, de la misma forma que el cuerpo visible de Cristo, después de crucificado y sepultado, resucitó, así también acontecerá con el cuerpo total de Cristo formado por todos sus santos: crucificado y muerto con Cristo, resucitará también como él. Cada uno de los santos dice, pues, como Pablo: Lo que es a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo.
Por ello, de cada uno de los cristianos puede no sólo afirmarse que ha sido crucificado con Cristo para el mundo, sino también que con Cristo ha sido sepultado, pues, si por nuestro bautismo fuimos sepultados con Cristo, como dice san Pablo, con él también resucitaremos, añade, como para insinuarnos ya las arras de nuestra futura resurrección.
martes, 3 de septiembre de 2024
Cuando hablo de Cristo
San Gregorio Magno, papa
homilías sobre el libro del profeta Ezequiel
Hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel. Fijémonos cómo el Señor compara sus predicadores a un atalaya. El atalaya está siempre en un lugar alto para ver desde lejos todo lo que se acerca. Y todo aquel que es puesto como atalaya del pueblo de Dios debe, por su conducta, estar siempre en alto, a fin de preverlo todo y ayudar así a los que tiene bajo su custodia.
Estas palabras que os dirijo resultan muy duras para mí, ya que con ellas me ataco a mí mismo, puesto que ni mis palabras ni mi conducta están a la altura de mi misión.
Me confieso culpable, reconozco mi tibieza y mi negligencia. Quizá esta confesión de mi culpabilidad me alcance el perdón del Juez piadoso. Porque, cuando estaba en el monasterio, podía guardar mi lengua de conversaciones ociosas y estar dedicado casi continuamente a la oración. Pero desde que he cargado sobre mis hombros la responsabilidad pastoral, me es imposible guardar el recogimiento que yo querría, solicitado como estoy por tantos asuntos.
Me veo, en efecto, obligado a dirimir las causas, ora de las diversas Iglesias, ora de los monasterios, y a juzgar con frecuencia de la vida y actuación de los individuos en particular; otras veces tengo que ocuparme de asuntos de orden civil, otras, de lamentarme de los estragos causados por las tropas de los bárbaros y de temer por causa de los lobos que acechan al rebaño que me ha sido confiado. Otras veces debo preocuparme de que no falte la ayuda necesaria a los que viven sometidos a una disciplina regular, a veces tengo que soportar con paciencia a algunos que usan de la violencia, otras, en atención a la misma caridad que les debo, he de salirles al encuentro.
Estando mi espíritu disperso y desgarrado con tan diversas preocupaciones, ¿cómo voy a poder reconcentrarme para dedicarme por entero a la predicación y al ministerio de la palabra? Además, muchas veces, obligado por las circunstancias, tengo que tratar con las personas del mundo, lo que hace que alguna vez se relaje la disciplina impuesta a mi lengua. Porque, si mantengo en esta materia una disciplina rigurosa, sé que ello me aparta de los más débiles, y así nunca podré atraerlos adonde yo quiero. Y esto hace que, con frecuencia, escuche pacientemente sus palabras, aunque sean ociosas. Pero, como yo también soy débil, poco a poco me voy sintiendo atraído por aquellas palabras ociosas, y empiezo a hablar con gusto de aquello que había empezado a escuchar con paciencia, y resulta que me encuentro a gusto postrado allí mismo donde antes sentía repugnancia de caer.
¿Qué soy yo, por tanto, o qué clase de atalaya soy, que no estoy situado, por mis obras, en lo alto de la montaña, sino que estoy postrado aún en la llanura de mi debilidad? Pero el Creador y Redentor del género humano es bastante poderoso para darme a mí, indigno, la necesaria altura de vida y eficacia de palabra, ya que por su amor, cuando hablo de él, ni a mí mismo me perdono.
lunes, 2 de septiembre de 2024
Yo instruí a los profetas
Del libro de la Imitación de Cristo
Escucha, hijo mío, mis palabras, palabras suavísimas, que trascienden toda la ciencia de los filósofos y letrados de este mundo. Mis palabras son espíritu y son vida, y no se pueden ponderar partiendo del criterio humano. No deben usarse con miras a satisfacer la vana complacencia, sino oírse en silencio, y han de recibirse con humildad y gran afecto del corazón. Y dije: Dichoso el hombre a quien tú educas, al que enseñas tu ley, dándole descanso tras los años duros, para que no viva desolado aquí en la tierra. Yo -dice el Señor- instruí a los profetas desde antiguo, y no ceso de hablar a todos hasta hoy; pero muchos se hacen sordos a mi palabra y se endurecen en su corazón. Los más oyen de mejor grado al mundo que a Dios, y más fácilmente siguen las apetencias de la carne que el beneplácito divino. Ofrece el mundo cosas temporales y efímeras, y, con todo, se le sirve con ardor. Yo prometo lo sumo y eterno, y los corazones de los hombres languidecen presa de la inercia. ¿Quién me sirve y obedece a mí con tanto empeño y diligencia como se sirve al mundo y a sus dueños? Sonrójate, pues, siervo indolente y quejumbroso, de que aquellos sean más solícitos para la perdición que tú para la vida. Más se gozan ellos en la vanidad que tú en la verdad. Y, ciertamente, a veces quedan fallidas sus esperanzas; en cambio, mi promesa a nadie engaña ni deja frustrado al que funda su confianza en mí. Yo daré lo que tengo prometido, lo que he dicho lo cumpliré. Pero a condición de que mi siervo se mantenga fiel hasta el fin. Yo soy el remunerador de todos los buenos, así como el fuerte el que somete a prueba a todos los que llevan una vida de intimidad conmigo. Graba mis palabras en tu corazón y medítalas una y otra vez con diligencia, porque tendrás gran necesidad de ellas en el momento de la tentación. Lo que no entiendas cuando leas lo comprenderás el día de mi visita. Porque de dos medios suelo usar para visitar a mis elegidos: la tentación y la consolación. Y dos lecciones les doy todos los días: una consiste en reprender sus vicios, otra en exhortarles a progresar en la adquisición de las virtudes. El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue en el último día.
domingo, 1 de septiembre de 2024
Lejos del Señor
"Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos."
Hemos finalizado una semana de fiestas y festejos de nuestro Santos Patronos y estamos al inicio de la Novena del Cristo de la Misericordia, no podemos decir que en nuestro Pueblo no hay fiestas religiosas que nos llevan a reavivar las raíces de nuestra Fe.
Y, por eso mismo, el evangelio de este domingo nos viene tan bien para poder analizarnos a la luz de lo que decimos creer. Es decir, como Jesús le decía al Pueblo de Israel, también nosotros podemos caer en el mismo saco, pues, aunque tengamos muchas fiestas religiosas ¿nuestro corazón está cerca de Dios?
Por supuesto, dirán muchos, ¿cómo puede decir que nuestro corazón no está cerca de Dios? Es cierto, nuestros corazones están cerca de Dios, pero… ¿nuestra vida está en Dios? ¿vivimos según lo que Dios nos pide en el Evangelio? ¿Amamos como Jesús nos amó? ¿Damos frutos que sean del Espíritu Santo? Etc., etc.
Porque, también, un día le dijo Jesús a un fariseo que le había respondido muy bien a las preguntas: “tú no estás lejos del Reino de Dios”, lo que quiere decir que tampoco estás en él, sino que todavía falta camino por recorrer.
Y así, nuestra vida, aunque es cristiana, y estamos convencido de lo que somos, no siempre actuamos según los criterios del Evangelio, sino que nos dejamos llevar por nuestros instintos y nuestro pecado personal, además de unir nuestros pensamientos a los del mundo actual.
Cuando no estamos completamente unidos a Dios, lo cual no quiere decir que tengamos que ser monjes o curas, sino que nuestra vida tenga un sustento y un alimento en la Palabra y los sacramentos, entonces es cuando nos dejamos llevar por los vientos mundanos. Son esos momentos en los cuales me dejo llevar por el egoísmo, por la vanidad, por el egocentrismo, y, sobre todo cuando no veo en mi conducta malas acciones hacia los demás, y, siempre pienso que son los demás los que actúan mal.
La falta de conciencia de mi propio pecado es lo que me aleja de la Gracia de Dios, y así, poco a poco, no es que reniegue de Dios, sino que mi vida ya no es testimonio de una vida cristiana, sino que mi ejemplo desdice todo lo que digo creer. Por eso, no te quedes viviendo en los laureles de que eres cristiano y vas a misa o rezas, sino que examina tu forma de actuar y verás si estás o no estás en Dios.