miércoles, 7 de octubre de 2020

Conviene meditar los misterios de la salvación

 De los sermones de san Bernardo, abad

    El hijo, en ti engendrado, será santo, será Hijo de Dios. ¡La fuente de la sabiduría, la Palabra del Padre en las alturas! Esta Palabra, por tu mediación, Virgen santa, se hará carne, de manera que el mismo que afirma: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mi podrá afirmar igualmente: Procedo y vengo del Padre.
    Ya al comienzo de las cosas -dice el Evangelio- existía la Palabra. Manaba ya la fuente, pero hasta entonces sólo dentro de sí misma. Y continúa el texto sagrado: Y la Palabra estaba con Dios, es decir, morando en la luz inaccesible; y el Señor decía desde el principio: Mis designios son de paz y no de aflicción. Pero tus designios están escondidos en ti, y nosotros no los conocemos; porque, ¿quién había penetrado la mente del Señor? o ¿quién había sido su consejero?
    Pero llegó el momento en que estos designios de paz se convirtieron en obra de paz: La Palabra se hizo carne y ha puesto ya su morada entre nosotros; ha puesto ciertamente su morada por la fe en nuestros corazones, ha puesto su morada en nuestra memoria, ha puesto su morada en nuestro pensamiento y desciende hasta la misma imaginación. En efecto, ¿qué idea de Dios hubiera podido antes formarse el hombre, que no fuese un ídolo fabricado por su corazón? Era incomprensible e inaccesible, invisible y superior a todo pensamiento humano; pero ahora ha querido ser comprendido, visto, accesible a nuestra inteligencia.
    ¿De qué modo?, te preguntarás. Pues yaciendo en un pesebre, reposando en el regazo virginal, predicando en la montaña, pasando la noche en oración; o bien pendiente de la cruz, en la lividez de la muerte, libre entre los muertos y dominando sobre el poder de la muerte, comO también resucitando al tercer día y mostrando a los apóstoles la marca de los clavos, como signo de victoria, y subiendo finalmente ante la mirada de ellos hasta lo más íntimo de los cielos.
    ¿Hay algo de esto que no sea objeto de una verdadera, piadosa y santa meditación? Cuando medito en cualquiera de estas cosas, mi pensamiento va hasta Dios y, a través de todas ellas, llego hasta mi Dios. A esta meditación la llamo sabiduría, y para mí la prudencia consiste en ir saboreando en la memoria la dulzura que la vara sacerdotal infundió tan abundantemente en estos frutos, dulzura de la que María disfruta con toda plenitud en el cielo y la derrama abundantemente sobre nosotros.

martes, 6 de octubre de 2020

Déjate llevar...

"Habéis oído hablar de mi pasada conducta en el judaísmo: con qué saña perseguía a la Iglesia de Dios y la asolaba, y aventajaba en el judaísmo a muchos de mi edad y de mi raza como defensor muy celoso de las tradiciones de mis antepasados".
Con cuánta sinceridad le habla san Pablo a los Gálatas, mostrando no sólo su nueva conducta sino su anterior pecado. Haciéndonos ver que lo que en un momento nos parecía lógico y voluntad de Dios, en otro momento no lo es tanto, y no porque hayamos estado equivocados en la decisión o en el discernimiento, sino porque Dios ha mostrado otro camino.
El celo de Saulo por las tradiciones judaicas lo llevó a un fanatismo religioso que le hizo perseguir a la iglesia de Cristo, pero cuando Dios se dignó mostrarle el verdadero rostro de Jesús y le hizo ver el Camino que El había soñado desde siempre, entonces no dudó en seguir el Nuevo Camino, y así pasar de ser Saulo de Tarso a ser san Pablo de Tarso, el apóstol de los gentiles.
Claro que para eso se necesita un corazón dispuesto a confiar, a creer y a aceptar la Voluntad de Dios. Por eso, a esta conversión de san Pablo, la liturgia une el evangleio de Marta y María, pues cuando llegamos al conocimiento de Jesús, necesitamos sentarnos a sus pies para escucharlo, para conocerlo mejor y así poder amar sus Palabras y su Vida, una Vida y unas Palabras que darán sentido a nuestras vidas, y nos llevarán a recorrer, como Pablo, un nuevo Camino: el Camino de la Vida.
Pero, también, podemos ver otra cosa en san Pablo: que Dios no escatima esfuerzos cuando quiere a alguien para alguna misión extraordinaria. Siempre se las "arregla" para que el elegido encuentre la "señal", vea el "camino", u "oiga" su Voz que le está señalando, mostrando o diciendo qué es lo que tiene que hacer o cómo tiene que vivir. Por eso necesitamos, o mejor dicho, neceista el Señor, corazones sencillos y dispuestos a creer y confiar que Su Voluntad es el mejor camino para alcanzar nuestra realización personal, para lograr la plenitud de nuestro ser y vivir.
¿Nuestro pecado? ¿Nuestro errores pasado? Todo eso quedará blanco como la nieve en las Manos del Señor: "aunque tu pecado sea rojo como la grana, yo lo dejaré blanco como la nieve", dice el Señor. No te preocupes por tu pasado, pues Dios te ha elegido para hacer un nuevo futuro, para construir algo nuevo, no sólo en tí, sino que a través nuestro en nuestra familia, en nuestra sociedad, en nuestro mundo. Porque, aunque tú te veas pequeñito, eres un granito de arena que hace falta en la construcción que Dios quiere hacer. Sólo déjate conducir por la Mano del Señor, y verás las maravillas que Él puede hacer.

 

lunes, 5 de octubre de 2020

Hay que orar por todo el Cuerpo de Cristo

Del Tratado de san Ambrosio, obispo, Sobre Caín y Abel

    Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza, cumple tus votos al Altísimo. Alabar a Dios es lo mismo que hacer votos y cumplirlos. Por eso se nos dio a todos como modelo aquel samaritano que, al verse curado de la lepra juntamente con los otros nueve leprosos que obedecieron la palabra del Señor, volvió de nuevo al encuentro de Cristo y fue el único que glorificó a Dios, dándole gracias. De él dijo Jesús: No ha vuelto ninguno a dar gloria a Dios, sino este extranjero. Levántate -le dijo- y vete; tu fe te ha salvado.
    Con esto el Señor Jesús en su enseñanza divina te mostró, por una parte, la bondad de Dios Padre y, por otra, te insinuó la conveniencia de orar con intensidad y frecuencia: te mostró la bondad del Padre haciéndote ver cómo se complace en darnos sus bienes para que con ello aprendas a pedir bienes al que es el mismo bien; te mostró la conveniencia de orar con intensidad y frecuencia no para que tú repitas sin cesar y mecánicamente fórmulas de oración, sino para que adquieras el espíritu de orar asiduamente. Porque con frecuencia las largas oraciones van acompañadas de vanagloria y la oración continuamente interrumpida tiene como compañera la desidia.
    Luego te amonesta también el Señor a que pongas el máximo interés en perdonar a los demás cuando tú pides perdón de tus propias culpas; con ello tu oración se hace recomendable por tus obras. El Apóstol afirma, además, que se ha de orar alejando primero las controversias y la ira, para que así la oración se vea acompañada de la paz del espíritu y no se entremezcle con sentimientos ajenos, a la plegaria. Además, también se nos enseña que conviene orar en todas partes: así lo afirma el Salvador cuando dice, hablando de la oración: Entra en tu aposento.
    Pero, entiéndelo bien, no se trata de un aposento rodeado de paredes, en el cual tu cuerpo se encuentra como encerrado, sino más bien de aquella habitación que hay en tu mismo interior, en la cual habitan tus pensamientos y moran tus deseos. Este aposento para la oración va contigo a todas partes, y en todo lugar donde te encuentres continúa siendo un lugar secreto, cuyo solo y único árbitro es Dios.
    Se te dice también que has de orar especialmente por el pueblo de Dios, es decir, por todo el cuerpo, por todos los miembros de tu madre la Iglesia, que viene a ser como un sacramento del amor mutuo. Si sólo ruegas por ti, también tú serás el único que suplica por ti. Y si todos ruegan solamente por sí mismos, la gracia que obtendrá el pecador será, sin duda, menor que la que obtendría del conjunto de los que interceden si éstos fueran muchos. Pero, si todos ruegan por todos, habrá que decir también que todos ruegan por cada uno.
    Concluyamos, por tanto, diciendo que, si oras solamente por ti, serás, como ya hemos dicho, el único intercesor en favor tuyo. En cambio, si tú oras por todos, también la oración de todos te aprovechará a ti, pues tú formas también parte del todo. De esta manera obtendrás una gran recompensa, pues la oración de cada miembro del pueblo se enriquecerá con la oración de todos los demás miembros. En lo cual no existe ninguna arrogancia, sino una mayor humildad y un fruto más abundante.
 

domingo, 4 de octubre de 2020

La Viña del Señor

 "La viña del Señor del universo es la casa de Israel y los hombres de Judá su plantel preferido.Esperaba de ellos derecho, y ahí tenéis: sangre derramada; esperaba justicia, y ahí tenéis: lamentos"

El profeta Isaías, o mejor dicho, Dios a través del profeta, dice claramente a quién se está refiriendo con su parábola.
Y Jesús, al finalizar su parábola, también habla claramente a quién se refiere con ella:
"Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos".
Es claro que luego de tantas parábolas acerca del Reino de los Cielos, de la misericordia del Padre, nos tenía que llamar la atención y hacer conocer, también, la justicia de Dios. Porque, muchas veces, creemos que tenemos derecho a todo y por eso pedimos y pedimos, pero nunca pensamos que también tenemos que dar frutos y frutos abundantes que son los que espera el Padre por la siembra que ha hecho en nosotros.
También puede ser cierto que pensemos que esas parábolas y advertencias eran sólo para el Pueblo de Israel, pero, también, podemos transportarlas a nuetros tiempos: a nuestra iglesia, a nuestra comunidad, a nuestra familia, e, incluso, a nuestro corazón.
¿Cuántos talentos me ha dado el Señor? ¿Cuánto ha hecho Dios por mí? ¿Cuánto fruto he dado? ¿He dado frutos del Espíritu o he dado malos frutos? Son preguntas que nos tenemos que hacer para saber si hemos actuado como Dios quería o cómo los que alquilaban las viñas de las que nos hablaba Isaías y Jesús?
No estamos libres de actuar como los que alquilaban las viñas de las parábolas, y por eso tenemos que saber que Dios no sólo podrá perdonar nuestros errores y pecados, sino que también actuará con justicia si nosotros no hemos sabido ser justos con lo que se nos ha otorgado. Porque, recordemos que no estamos libres de ser egoístas y egocénricos creyendo que todo es nuestro y que no le debemos nada a nadie...

sábado, 3 de octubre de 2020

Creo porque me habló

Job respondió al Señor:
«Reconozco que lo puedes todo, que ningún proyecto te resulta imposible.
Dijiste:
“¿Quién es ese que enturbia mis designios sin saber siquiera de qué habla?”
Es cierto, hablé de cosas que ignoraba, de maravillas que superan mi comprensión.
Te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos; por eso, me retracto y me arrepiento, echado en el polvo y la ceniza».
Los diálogos de Job con el Señor, son muy parecidos a los que hemos realizado o escuchado alguna vez. Y me parece maravilloso el poder hacer ese cambio de mentalidad, porque no es que no creemos, sino que no podemos creer por lo que nos dicen, sino que tenemos que hacer una propia experiencia de Dios.
Es cierto que la primera aproximación a la fe en Dios viene por el anuncio que alguien nos hizo o que escuchamos, pero la aceptación o no de la fe en Dios Padre se da cuando hacemos una experiencia verdadera y real con el Padre.
Nuestra ignorancia, como dice Job, muchas veces, es muy grande acerca de Dios, pues lo hemos conocido en nuestra niñez o sólo de oídas de alguien que nos habló en su momento de Él. Y, después, con el tiempo, hemos identificado la imagen del Padre Dios con la imagen de una iglesia de hombres, sin poder distinguir la imperfección de una institución y la Perfección de un Dios.
Aunque nosotros, los cristianos, somos la Iglesia de Dios, pero todos, sea la jerarquía que sea, somos humanos y tenemos nuestros pecados e imperfecciones, pero, igualmente, Jesús, nos llamó a mostrar el rostro de Dios, el rostro de la misericordia, de la justicia, de la verdad, pero, sobre todo, el rostro del Amor en la Unidad: "sed uno como el Padre y yo somos uno, para que el mundo crea".
Ese rostro tan humano que, a veces o siempre, mostramos: dividido y empecatado, es el que la gente ve y, por eso, no puede llegar a creer en el Padre Dios, pues sus hijos no viven como hermanos.
Es así que, cada uno, tiene que volver su mirada hacia el Padre, hacia la Palabra y descubrir en qué estamos fallando; no solamente quienes creemos, sino quienes quieren creer en Dios, y no pueden por las imperfecciones humanas. Así, como Job, podremos llegar al arrepentimiento y encontrarnos con el Verdadero rostro del Padre y creer, no sólo de oídas, sino de verdad porque he abierto mi corazón a su Palabra y Él me ha cautivado con su Amor por mí.

 

viernes, 2 de octubre de 2020

Que te guarden en tus caminos

 De los Sermones de san Bernardo, abad

    A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Den gracias y digan entre los gentiles: «El Señor ha estado grande con ellos.» Señor, ¿qué es el hombre para que le des importancia, para que te ocupes de él? Porque te ocupas ciertamente de él, demuestras tu solicitud y tu interés para con él. Llegas hasta enviarle tu Hijo único, le infundes tu Espíritu, incluso le prometes la visión de tu rostro. Y, para que ninguno de los seres celestiales deje de tomar parte en esta solicitud por nosotros, envías a los espíritus bienaventurados para que nos sirvan y nos ayuden, los constituyes nuestros guardianes, mandas que sean nuestros ayos.
    A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Estas palabras deben inspirarte una gran reverencia, deben infundirte una gran devoción y conferirte una gran confianza. Reverencia por la presencia de los ángeles, devoción por su benevolencia, confianza por su custodia. Porque ellos están presentes junto a ti, y lo están para tu bien. Están presentes para protegerte, lo están en beneficio tuyo. Y, aunque lo están porque Dios les ha dado esta orden, no por ello debemos dejar de estarles agradecidos, pues que cumplen con tanto amor esta orden y nos ayudan en nuestras necesidades, que son tan grandes.
    Seamos, pues, devotos y agradecidos a unos guardianes tan eximios; correspondamos a su amor, honrémoslos cuanto podamos y según debemos. Sin embargo, no olvidemos que todo nuestro amor y honor ha de tener por objeto a aquel de quien procede todo, tanto para ellos como para nosotros, gracias al cual podemos amar y honrar, ser amados y honrados.
    En él, hermanos, amemos con verdadero afecto a sus ángeles, pensando que un día hemos de participar con ellos de la misma herencia y que, mientras llega este día, el Padre los ha puesto junto a nosotros, a manera de tutores y administradores. En efecto, ahora somos ya hijos de Dios, aunque ello no es aún visible, ya que, por ser todavía menores de edad, estamos bajo tutores y administradores, como si en nada nos distinguiéramos de los esclavos.
    Por lo demás, aunque somos menores de edad y aunque nos queda por recorrer un camino tan largo y tan peligroso, nada debemos temer bajo la custodia de unos guardianes tan eximios. Ellos, los que nos guardan en nuestros caminos, no pueden ser vencidos ni engañados, y menos aún pueden engañarnos. Son fieles, son prudentes, son poderosos: ¿por qué espantarnos? Basta con que los sigamos, con que estemos unidos a ellos, y viviremos así a la sombra del Omnipotente.

jueves, 1 de octubre de 2020

En el corazón de la Iglesia yo seré el amor

 De la Narración de la vida de santa Teresa del Niño Jesús, virgen, escrita por ella misma.

    Teniendo un deseo inmenso del martirio, acudí a las caro tas de san Pablo, para tratar de hallar una respuesta. Mis ojos dieron casualmente con los capítulos doce y trece de la primera carta a los Corintios, y en el primero de ellos leí que no todos pueden ser al mismo tiempo apóstoles, profetas y doctores, que la Iglesia consta de diversos miembros y que el ojo no puede ser al mismo tiempo mano. Una respuesta bien clara, ciertamente, pero no suficiente para satisfacer mis deseos y darme la paz.
    Continué leyendo sin desanimarme, y encontré esta consoladora exhortación: Aspirad a los dones más excelentes; yo quiero mostraros un camino todavía mucho mejor. El Apóstol, en efecto, hace notar cómo los mayores dones sin la caridad no son nada y cómo esta misma caridad es el mejor camino para llegar a Dios de un modo seguro. Por fin había hallado la tranquilidad.
    Al contemplar el cuerpo místico de la Iglesia, no me había reconocido á mi misma en ninguno de los miembros que san Pablo enumera, sino que lo que yo deseaba era más bien verme en todos ellos. En la caridad descubrí el quicio de mi vocación. Entendí que la Iglesia tiene un cuerpo resultante de la unión de varios miembros, pero que en este cuerpo no falta el más necesario y noble de ellos: entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este corazón está ardiendo en amor. Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia y que, si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre. Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno.
    Entonces, llena de una alegría desbordante, exclamé:
    «Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo y mi deseo se verá colmado.»