viernes, 7 de agosto de 2020

Te desposaré conmigo, para siempre

Del Cántico espiritual dé san Juan de la Cruz, presbítero

En la transformación que el alma tiene en esta vida, pasa la misma aspiración de Dios al alma y del alma a Dios con mucha frecuencia, con subidísimo deleite de amor en el alma, aunque no en revelado y manifiesto grado, como en la otra. Porque esto es lo que entiendo quiso decir san Pablo cuando dijo: Por cuanto sois hijos de Dios, envió Dios en vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, clamando al Padre. Lo cual en los beatíficos de la otra vida y en los perfectos de ésta es en las dichas maneras.
Y no hay que tener por imposible que el alma pueda una cosa tan alta, que el alma aspire en Dios como Dios aspira en ella por modo participado. Porque dado que Dios le haga merced de unirla en la Santísima Trinidad, en que el alma se hace deiforme y Dios por participación, ¿qué increíble cosa es que obre ella también su obra de entendimiento, noticia y amor, o, por mejor decir, la tenga obrada en la Trinidad juntamente con ella como la misma Trinidad?
Y cómo esto sea, no hay más saber ni poder para decirlo, sino dar a entender cómo el Hijo de Dios nos alcanzó este alto estado y nos mereció este subido puesto de poder ser hijos de Dios, como dice san Juan, y así lo pidió al Padre diciendo: Padre, quiero que los que me has dado, que donde yo estoy también ellos estén conmigo, para que vean la claridad que me diste; es a saber, que hagan por participación en nosotros la misma obra que yo por naturaleza, que es aspirar el Espíritu Santo. Y dice más: No ruego, Padre, solamente por estos presentes, sino también por aquellos que han de creer por su doctrina en mí; que todos ellos sean una misma cosa. Y yo la claridad que me has dado he dado a ellos para que sean una misma cosa, como nosotros somos una misma cosa, yo en ellos y tú en mí, porque sean perfectos en uno; porque conozca el mundo que tú me enviaste, y los amaste como me amaste a mí, que es comunicándoles el mismo amor que al Hijo, aunque no naturalmente como al Hijo, sino, como habemos dicho, por unidad y transformación de amor. Como tampoco se entiende aquí quiere decir el Hijo al Padre, que sean los santos una cosa esencial y naturalmente como lo son el Padre y el Hijo; sino que lo sean por unión de amor, como el Padre y el Hijo están en unidad de amor.
De donde las almas esos mismos bienes poseen por participación que él por naturaleza; por lo cual verdaderamente son dioses por participación, iguales y compañeros suyos de Dios. De donde san Pedro dijo: Gracia y paz sea cumplida y perfecta en vosotros en el conocimiento de Dios y de Jesucristo nuestro Señor, de la manera que nos son dadas todas las cosas de su divina virtud para la vida y la piedad, por el conocimiento de aquel que nos llamó con su propia gloria y virtud, por el cual muy grandes y preciosas promesas nos dio, para que por estas cosas seamos hechos compañeros de la divina naturaleza. Hasta aquí son palabras de san Pedro, en las cuales da claramente a entender que el alma participará al mismo Dios, que será obrando en él, acompañadamente con él, la obra de la Santísima Trinidad, de la manera que habemos dicho, por causa de la unión sustancial entre el alma y Dios. Lo cual, aunque se cumple perfectamente en la otra vida, todavía en ésta, cuando se llega al estado perfecto, como decimos ha llegado aquí el alma, se alcanza gran rastro y sabor de ella.
¡Oh, almas criadas para estas grandezas y para ellas llamadas!, ¿qué hacéis?, ¿en qué os entretenéis? ¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma; pues para tanta luz estáis ciegos y para tan grandes voces sordos!

 

jueves, 6 de agosto de 2020

Que bien estaría quedarnos aquí

Del Sermón de Anastasio Sinaíta, obispo, en el día de la Transfiguración del Señor.

    El misterio que hoy celebramos lo manifestó Jesús a sus discípulos en el monte Tabor. En efecto, después de haberles hablado, mientras iba con ellos, acerca del reino y de su segunda venida gloriosa, teniendo en cuenta que quizá no estaban muy convencidos de lo que les había anunciado acerca del reino y deseando infundir en sus corazones una firmísima e intima convicción, de modo que por lo presente creyeran en lo futuro, realizó ante sus ojos aquella admirable manifestación, en el monte Tabor, como una imagen prefigurativa del reino de los cielos. Era como si les dijese: «El tiempo que ha de transcurrir antes de que se realicen mis predicciones no ha de ser motivo de que vuestra fe se debilite, y por esto, ahora mismo, en el tiempo presente, os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán, sin haber visto al Hijo del hombre presentarse con la gloria de su Padre.»
    Y el evangelista, para mostrar que el poder de Cristo estaba en armonía con su voluntad, añade: Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un alto monte, y se transfiguró en su presencia; su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz, Y se aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
    Éstas son las maravillas de la presente solemnidad, éste es el misterio, saludable para nosotros, que ahora se ha cumplido en el monte, ya que ahora nos reúne la muerte y, al mismo tiempo, la festividad de Cristo. Por esto, para que podamos penetrar, junto con los elegidos entre los discípulos inspirados por Dios, el sentido profundo de estos inefables y sagrados misterios, escuchemos la voz divina y sagrada que nos llama con insistencia desde lo alto, desde la cumbre del monte.
    Debemos apresurarnos a ir hacia allí -así me atrevo a decirlo- como Jesús, que allí en el cielo es nuestro guía y precursor, con quien brillaremos con nuestra mirada espiritualizada, renovados en cierta manera en los trazos de nuestra alma, hechos conformes a su imagen, y, como él, transfigurados continuamente y hechos participes de la naturaleza divina, y dispuestos para los dones celestiales.
    Corramos hacia allí, animosos y alegres, y penetremos en la intimidad de la nube, a imitación de Moisés y Elías, o de Santiago y Juan. Seamos como Pedro, arrebatado por la visión y aparición divina, transfigurado por aquella hermosa transfiguración, desasido del mundo, abstraído de la tierra; despojémonos de lo carnal, dejemos lo creado y volvámonos al Creador, al que Pedro, fuera de si, dijo: Señor, qué bien estaría quedamos aquí.
    Ciertamente, Pedro, en verdad qué bien estaría quedarnos aquí con Jesús, y permanecer aquí para siempre. ¿Hay algo más dichoso, más elevado, más importante que estar con Dios, ser hechos conformes con él, vivir en la luz? Cada uno de nosotros, por el hecho de tener a Dios en sí y de ser transfigurado en su imagen divina, tiene derecho a exclamar con alegría: Qué bien estaría quedamos aquí, donde todo es resplandeciente, donde está el gozo, la felicidad y la alegría, donde el corazón disfruta de absoluta tranquilidad, serenidad y dulzura, donde vemos a (Cristo) Dios, donde él, junto con el Padre, pone su morada y dice, al entrar: Hoy ha venido la salud a esta casa, donde con Cristo se hallan acumulados los tesoros de los bienes eternos, donde hallamos reproducidas, como en un espejo, las imágenes de las realidades futuras.

miércoles, 5 de agosto de 2020

Qué grande es tu fe!

"Ella se acercó y se postró ante él diciendo:
«Señor, ayúdame».
Él le contestó:
«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
¡Qué hirientes que han sonada las palabras de Jesús! ¿Cómo puede decir algo así a una mujer necesitada, a alguien que viene a pedir algo que realmente necesita, y, sobre todo, algo que le hace doler el corazón pues es la salud de su hija?
Es lo que muchas veces nos preguntamos acerca de nosotros mismos o de situaciones que suceden a nuestro alrededor: ¿Cómo puede ser que Dios permita esto o tal cosa? ¿Cómo pude ser que no escuche lo que le estoy pidiendo? ¿Cómo puede ser que los malos estén bien y yo no?
No ha sido, ni será el proyecto de Dios quitar el dolor y la enfermedad y la muerte del mundo. No fue esa la misión de Jesús. Pero tampoco está fuera de su corazón aliviar el dolor y la enfermedad y la muerte. Pero sí, sobre todo, quiere sanar el corazón alejado de Él para que vuelva a tener la vida que necesita, porque la salvación no está en si me curo o si no muero, sino en la Fe que tengo para saber llevar adelante la Cruz que el Señor me está pidiendo.
"Pero ella repuso:
«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».
Jesús le respondió:
«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».
Jesús no sólo quería hacer nacer la Fe en esa mujer, que no era judía, sino quería mostrar que es la Fe lo que sana el corazón del hombre. Una fe que levanta de la postración del dolor, de la angustia, del sin sentido, de la desesperanza, del desconsuelo, de la soledad, del dolor, de la oscuridad y de tantos otros males que andan rondando al hombre de todos los tiempos.
Nuestra vida terrenal tiene un principio y un final, pero sabemos, por la Gracia de Dios, que los que hemos sido configurados con Cristo Resucitado por el bautismo, tenemos la Gracia de la vida sobrenatural y podemos llegar a gozar de la Vida Eterna, si nos mantenemos unidos a Él, si somos capaces de permanecer fieles a la Voluntad de Dios aquí en la tierra como en el Cielo, entonces podremos llegar a alcanzar la Vida tan esperada, pero, mientras tanto, debemos seguir construyendo en la tierra el Reino de los Cielos, y se construye con nuestra perseverancia y constancia, con nuestros constantes actos de fe en la Provincia y la confianza en el Amor que el Padre nos tiene.
¿Cómo lo hacemos? No desperdiciando, como dice el evangelio, las migajas que caen de la misa de los hijos. Nosotros somos los hijos de Dios, pero no siempre nos acercamos a la Mesa a alimentarnos del Pan del Cielo, sino que dejamos que el Pan quede en la mesa, y así, ni nos alimentamos nosotros, ni alimentamos a los que lo necesitan, porque el Pan del Cielo es un alimento para nuestra vida espiritual, pero que, también, es un Pan que alimenta, por medio de nuestra vida, la vida de los demás que no tienen la posibilidad de acercarse a la Mesa del Banquete Celestial. Por eso mismo, no desperdiciemos el Alimento que el Padre nos da, así nuestra fe seguirá madurando y seremos capaces de alimentar el Hambre de muchos hermanos que lo necesitan.

martes, 4 de agosto de 2020

Obligación del hombre: orar y amar

De la catequesis de san Juan María Vianney, presbítero

    Consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro.
    El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo.
    La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable. En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre creatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión.
    Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada. 
    Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración es una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo. En la oración hecha debidamente; se funden las penas como la nieve ante el sol.
    Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y, creedme, que el tiempo se me hacía corto.
    Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con él, del mismo modo que hablamos entre nosotros.
    Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que incluso parece como si le dijeran al buen Dios: «Sólo dos palabras, para deshacerme de ti ... » Muchas veces pienso que, cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro.

lunes, 3 de agosto de 2020

La Nueva Ley

De la carta llamada de Bernabé

    Dios invalidó los sacrificios de la ley antigua, para que la nueva ley de nuestro Señor Jesucristo, que no está sometida al yugo de la necesidad, tuviera una oblación no hecha por mano de hombre. Por esto les dice también: Cuando saqué a vuestros padres de Egipto, no les ordené ni les hablé de holocaustos y sacrificios; ésta: fue la orden que les di: «Que nadie medite en su corazón daños contra el prójimo; no améis jurar en falso.»
    Debemos, pues, comprender, si somos sensatos, los sentimientos de bondad de nuestro Padre; él nos habla, enseñándonos cómo debemos acercarnos a él, porque no quiere que lo busquemos por caminos desviados, como ellos. A nosotros, pues, nos dice: Sacrificio para el Señor es un espíritu quebrantado; olor de suavidad para el Señor es el corazón que glorifica al que lo ha plasmado. Por tanto, hermanos, debemos investigar diligentemente acerca de nuestra salvación, para que el maligno seductor no se introduzca furtivamente entre nosotros y nos aparte de la vida verdadera.
    Les dice también, acerca de estas cosas: No ayunéis como ahora, haciendo oír en el cielo vuestras voces. ¿Es ése el ayuno que el Señor desea para el día en que el hombre se mortifica? A nosotros, en cambio, nos dice: El ayuno que yo quiero es éste -oráculo del Señor-: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo.
    Evitemos, pues, toda obra vana, odiemos de corazón el camino de la iniquidad. No os repleguéis sobre vosotros mismos, no viváis para vosotros solos, pensando que ya estáis justificados, sino reuníos para indagar juntos lo que es provechoso para todos. Dice, en efecto, la Escritura: ¡Ay de los que se tienen por sabios y se creen perspicaces! Hagámonos espirituales, hagámonos un templo perfecto para Dios. En lo que dependa de nosotros, no olvidemos el temor de Dios y esforcémonos en guardar sus mandamientos, para que su voluntad sea nuestra delicia.
    El Señor sin acepción de personas juzgará al mundo. Cada cual recibirá el pago de sus obras: si ha obrado bien, su justicia le precederá; si mal, el castigo de su maldad irá ante él; no nos abandonemos con la confianza de que somos de los llamados, no sea que nos durmamos en nuestros pecados, y el príncipe de maldad apoderándose de nosotros, nos aparte del reino del Señor.
    Considerad aún esto, hermanos míos: pues vemos que los israelitas, a pesar de todas las señales y prodigios que Dios obró en su presencia, fueron rechazados, vigilemos para que en nosotros no se cumpla aquella sentencia evangélica: Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos.

domingo, 2 de agosto de 2020

Con un poco hace mucho

"Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle:
«Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida».
Muchas veces nos presentamos ante el Señor o ante nuestros padres (o ante quien sea) sólo para presentarle el problema que nos ha surgido. Nos hemos malacostumbrado a no saber resolver problemas, o, mejor dicho, a que otros nos resuelvan los problemas.
Bueno, en realidad, quizás la generación de nuestros mayores están acostumbrados a arreglárselas solos, porque así crecieron, pero los que somos más jóvenes, quizás, estamos acostumbrados a que nuestros mayores nos "saquen las papas del fuego", porque así nos han acostumbrado, y, qué más quiere el gorrino que le den de comer.
Pero eso también les pasó a los apóstoles, vieron que llegaba la noche, y no tuvieron mejor idea que plantearle el problema a Jesús. Era Jesús quien tenía que resolver el problema, sin embargo Él le replicó:
«No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer».
Seguramente Jesús sabía lo que iba a hacer y cómo lo haría, pero no quería que fuer Él quien tuviera que dar la respuesta al problema, sino que ellos pensaran un poco más para ver qué podían hacer con el problema, porque, en algunos momentos, la solución la tenemos en nuestras manos, pero como no nos ponemos a pensar no la encontramos.
En otros momentos Jesús sabe que la solución no está en nuestras manos, pero por lo menos quiere que intentemos dar una respuesta a nuestros problemas, que haya una disposición a ofrecer alguna solución o a saber esperar por una solución.
Por eso, ante la réplica de Jesus ellos contestaron:
«Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces».
Veis, ya hay algo con lo que se puede hacer algo. No es que no tuvieran nada con lo que poder hacer frente al problema, había algo. Ese poco en manos de Dios puede ser mucho, y desde ahí se comienza a construir algo muy grande.
Lo mismo pasa con nuestra vida: el Señor no nos quiere perfectos de entrada, pues sabe que nuestra perfección viene de su Gracia, conoce nuestras debilidades e imperfecciones, sabe de los errores que cometemos y de los que vamos a cometer, pero sabe, también, que Él ha puesto muchos dones y talentos en nuestras vidas como para que podamos, si pensamos, y los ponemos en sus Manos, que pueden salir grandes cosas:
"porque Él ha mirado la humiladad de su esclava", "porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas". ¿Nos suenan esas palabras?
María sabía y conocía su pequeñez, y aún así, se hizo más pequeña, se hizo esclava de la Voluntada de Dios, y Dios, con su pequeñez hizo grandes obras, pero para hacerlo necesito la disponibilidad absoluta de María. Y eso mismo quiere de nosotros, que estemos totalmente disponibles para que Él pueda hacer grandes cosas con nuestras vidas.

sábado, 1 de agosto de 2020

Solo la Verdad os hará libres

"En aquellos días, los sacerdotes y los profetas dijeron a los magistrados y a la gente:
«Este hombre es reo de muerte, porque ha profetizado contra esta ciudad, como lo habéis podido oír vosotros mismos».
Jeremías respondió a los magistrados y a todos los presentes:
«El Señor me ha enviado a profetizar contra este templo y esta ciudad todo lo que acabáis de oír.
Ahora bien, si enmendáis vuestra conducta y vuestras acciones y escucháis la voz del Señor vuestro Dios, el Señor se arrepentirá de la amenaza que ha pronunciado contra vosotros..."
"Sólo la verdad os hará libres", nos dijo el Señor. Y así lo vivió el profeta Jeremías cuando querían, los sacerdotes y los profetas darle muerte por profetizar contra el Templo. Sin embargo la verdad de las palabras de Jeremías convencieron a los magistrados y logró la conversión del pueblo.
No siempre estamos dispuestos a buscar la Verdad, muchas veces nos movemos con medias verdades que no son la Verdad, y por eso, no siempre podemos dar el testimonio claro y concreto que el Señor nos pide dar, porque, nosotros como Jeremías, también hemos sido ungidos como profetas el día de nuestro bautismo.
Sí, una realidad que no siempre tenemos en cuenta en nuestras vidas de cristianos: somos profetas porque fuimos ungidos como tal en nuestro bautismo. Y como profetas debemos llevar la Palabra de Dios al mundo, para que el mundo se salve por medio de la Palabra. Pero si el Profeta no escucha la Palabra de Dios sino que se deja cautivar por el palabra del mundo, entonces su anuncio no vale, porque esa palabra no salva, sino que confunde y conduce al pecado y a la muerte.
No siempre será fácil predicar y anunciar la Verdad, pero siempre será el mejor camino que nos conduza a la libertad, y por ella a la Vida, pues será el Señor quien nos de la Gracia para decir lo que corresponde en el momento adecuado. Porque cuando el profeta anuncia sólo palabra del mundo y vive como el mundo quiere, produce el escándalo que san Pablo nos anunciaba: "cuidado con escadalizar a judíos, a griegos o a la misma iglesia de Dios", porque el profeta debe llevar a la gente hacia Dios y, en cambio, si no escucha a Dios, si no le obedece, sólo lo lleva por el mismo camino que él está recorriendo y no es camino de salvación.
Vivimos tiempos donde todos queremos tener la razón y donde, pareciera que todos sabemos de todos y podemos hablar de todo, por eso mismo, tenemos que tener el oído más cercano a la Voz de Dios para saber no sólo hablar de Dios, sino aprender a escuchar qué cosas son de Dios y qué cosas no son de Dios, pues no sólo es hablar, sino también vivir como verdadero Profeta del Señor.