domingo, 13 de enero de 2019

Bautismo del Señor

Con la Fiesta del Bautismo del Señor finalizamos el tiempo de Navidad y damos comienzo al tiempo ordinario durante el año, en lo que respecta a la liturgia católica. Un tiempo que estará marcado por pocas cosas, pero con mucha intensidad pues Dios nos invita a recordar lo "especial" que somos. Digo que somos especiales porque Dios nos ha ungido con su Espíritu Santo, y podemos ver en la imagen que nos presenta Lucas en el evangelio cómo el mismo Espíritu descendió en forma corporal en Jesús y se oyó la Voz del Padre, para afirmar que Él era su Hijo, el Amado.
Una imagen que también la tenemos que transportar a nuestras vidas, aunque en nosotros no hemos sido sumergidos como Jesús en las aguas del Jordan, ni descendió la paloma sobre nosotros, ni escuchamos la voz del Padre; pero sí descendió el agua bautismal sobre nuestras cabezas, el Espíritu Santo fue infundido en nuestras almas, y le sacerdote nos bautizó en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, dándonos así, por la Gracia de Dios, la dignidad de hijos de Dios.
Y eso nos hace "especiales": ser hijos de Dios, pero también nos da una misión y una responsabilidad: la misión de ser sal, luz y fermento en la masa del mundo, llevando la Buena Noticia de la Salvación; y una responsabilidad porque nos tenemos que hacer responsables (saber responder) de la vida nueva que se nos ha dado, somos nosotros mismos quienes tenemos que formarnos y madurar en la fe, para poder dar respuestas de lo que creemos y mostrar con alegría el Camino de la santidad que el Padre nos invita a recorrer.
Así, en la liturgia el Padre nos invita a no sólo a meditar sobre le Bautismo del Señor, sino a tomar conciencia que nosotros, como Él, somos hijos amados y tenemos que seguir los pasos de nuestro Hermano Mayor, Jesús, que vino a mostrarnos cómo vivir como hijos de Dios.

sábado, 12 de enero de 2019

Ser quien Dios quiere

"Contestó Juan (el Bautista):
«Nadie puede tomarse algo para sí si no se lo dan desde el cielo. Vosotros mismos sois testigos de que yo dije: “Yo no soy el Mesías, sino que me han enviado delante de él." El que tiene la esposa es el esposo; en cambio, el amigo del esposo, que asiste y lo oye, se alegra con la voz del esposo; pues esta alegría mía está colmada. Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar».
¡Cuánta claridad que tenía Juan! Realmente en las obras y en las palabras uno puede percibir quién es del Espíritu y quien no. Además, Juan Bautista, vive en una real conciencia de sí misma que no deja que nada, ni nadie le haga "crecer en vanidad" por lo que hace, ni tan siquiera creerse más que "el que ha de venir".
Estas son dos virtudes que las da el Espíritu a los que se esfuerzan para trabajar su propio espíritu por medio de la oración, de las ascesis y de la entrega cotidiana. La oración nos ayuda a ponernos en relación con Dios y recibir de Él la Gracia para comprender cuál es Su Voluntad para nuestra vida. La ascesis, el sacrificio constante, el "llevar nuestro carne a esclavitud" (como decía san Pablo) nos ayuda a "pelear" contra las cosas que no son del Espíritu y a dejar de lado los frutos de la carne: vanidad, egoísmo, orgullo, envidia, etc. Y así la entrega en la vida diaria no es por vanidad ni queriendo pasar por encima de nadie, sino intentando ser Fiel a la Vida que el Señor quiere que vivamos, a la Vida que Él nos dio para que seamos "santos e irreprochables, ante Él, por el amor".
El mundo nos invita, constantemente, a tener que estar más arriba de los demás, a querer "ganar" a toda costa, un lugar privilegiado frente a los demás, y por eso, muchas veces, gastammos en vano nuestras vidas pues no tenemos nada qué dar el mundo, salvo nuestro pecado de orgullo y vanidad, de que hemos dejado de lado los verdaderos valores para alcanzar valores que no son reales porque son pura apariencia y hoy pueden estar y mañana desaparecer.
Busquemos, como dice el Señor, los bienes del cielo y todo lo demás vendrá por añadidura, por eso san Juan nos dice en su carta:
"En esto consiste la confianza que tenemos en el Hijo de Dios, en que si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha. Y si sabemos que nos escucha en lo que le pedimos, sabemos que tenemos conseguido lo que le hayamos pedido".

viernes, 11 de enero de 2019

Nuestro Credo

Dice san Juan en su carta:
"Si aceptamos el testimonio humano, mayor es el testimonio de Dios. Pues este es el testimonio de Dios, que ha dado testimonio acerca de su Hijo. El que cree en el Hijo de Dios tiene el testimonio en sí mismo".
¿Cuántas cosas creemos de nuestra fe y cuántas cosas creemos del mundo? ¿Qué quiere decir esto? Voy a poner ejemplos: creemos en los horóscopos, creemos en los que tiran las cartas, en los que leen las manos, en los que leen la borra del café, en la reencarnación, en... pero nos cuesta confiar en la Providencia de Dios, no creemos en la Eucaristía (porque si creyéramos iríamos más seguido a Misa), no creemos en el poder de la oración...
Cuando se cree en las cosas humanas es porque no se tiene confianza en la cosas divinas, en las cosas espirituales. Si reallmente creyéramos en lo que decimos creer (Credo) y en la Palabra de Dios, entonces nuestra vida sería más cristiana, pero siempre dejamos un lugar para "algo nuevo" que pueda salir, pues me convencen más los falsos profetas que la Palabra de Dios.
Claro está que no voy detrás de las cosas humanas porque reniegue de Dios, no digo eso. Lo que digo es lo que dice san Juan en su carta: "no hemos creído en el testimonio de Dios", porque aún seguimos buscando respuestas a muchas cosas, sobre todo al futuro, en lugares donde no está, sino que todo está en el Corazón de Dios, y Él, por su Hijo nos ha dicho: "cada día tiene su propio afán", no te aflijas por el mañana, ocúpate del hoy, y de la Fidelidad a la Palabra de Dios, la fidelidad a los que crees y todo vendrá por añadidura.
Por eso mismo decía el Señor en otra parte: "no se puede servir a dos señores, porque se amará a uno y se aborrecerá al otro", o "estaís conmigo o contra mí, o recoges conmigo o desparramas". Porque somos nosotros mismos los que damos un testimonio equívoco, porque decimos: "Creo en Dios Padre Todopoderoso creador de Cielo y Tierra", pero finalmente a la hora de tener que dejar mis cosas en sus Manos, no... prefiero ser yo mismo quien hace todo, o cuando viene una cruz que no me gusta me desespero, me quiebro y hasta dejo de creer. O, por el contrario comienzo a dejar las cosas en manos de Buda, de los dioses egipcios, de estos y de los otros... como dice algún refrán popular: le enciendo a cada santo una vela y al diablo el candelero... por las dudas.
Nuestra Fe tiene que estar firmentente acentada en la Roca Sólida que es Cristo, por eso necesitamos, cada día, ir a su Encuentro. Así como relata el Evangelio acerca de Jesús:
"Él, por su parte, solía retirarse a despoblado y se entregaba a la oración".
Constantemente hacía eso: retirarse a orar, porque sabía que su humanidad podía no llevarlo por el camino de la Voluntad del Padre, y para estar en perfecta relación con el Padre necesitaba la oración. Si eso lo hacía Jesús que es Dios ¡cuánto más nosotros que somos tan humanos? debemos seguir su ejemplo para que nuestro ser hijo de Dios no desaparezca con tantas otras creencias que andan dando vuelta a nuestro alrededor.

jueves, 10 de enero de 2019

La efusión del Espíritu Santo

Del Comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo, sobre el evangelio de san Juan

    El Hacedor del universo determinó instaurar con admirable perfección todas las cosas en Cristo y restituir la naturaleza humana a su estado primitivo; para este fin prometió darle en abundancia, junto con los demás bienes, el Espíritu Santo, condición necesaria para reintegrarla a una pacífica y estable posesión de sus bienes.
    Así pues, habiendo establecido el tiempo en que había de bajar sobre nosotros el Espíritu Santo, esto es, en el tiempo de la venida de Cristo, lo prometió diciendo: En aquellos días -a saber, en los del Salvador-, derramaré mi Espíritu sobré toda carne.
    Por consiguiente, cuando llegó el tiempo de tan gran munificencia y liberalidad -y puso a nuestra disposición en el mundo al Unigénito hecho carne, es decir, a aquel hombre nacido de mujer de que hablan las Escrituras-, nuestro Dios y Padre nos dio también el Espíritu, y Cristo fue el primero en recibirlo, como primicias de la naturaleza restaurada. Así lo atestigua Juan Bautista con aquellas palabras: Vi al Espíritu Santo bajar del cielo y posarse sobre él.
    Se afirma de Cristo que recibió el Espíritu en cuanto que se hizo hombre y en cuanto que convenía que lo recibiera el hombre; y, del mismo modo -aunque es Hijo de Dios Padre, engendrado de su misma substancia ya antes de la encarnación, más aún, desde toda la eternidad-, no pone objeción al escuchar a Dios Padre que proclama, después que se ha hecho hombre: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy.
    De aquel que era Dios, engendrado por el Padre desde toda la eternidad, dice que lo ha engendrado hoy, para significar que en su persona hemos sido adoptados como hijos, ya que toda la naturaleza está incluida en la persona de Cristo, en cuanto que es hombre; en el mismo sentido se afirma que él Padre comunica al Hijo su propio Espíritu, ya que en Cristo alcanzamos nosotros la participación del Espíritu. Precisamente por esto se hizo hijo de Abraham, como está escrito, y fue semejante en todo a sus hermanos.
    Por lo tanto, el Unigénito recibe el Espíritu Santo no para sí mismo, ya que él lo posee como algo propio y, en él y por él se comunica a los demás, como ya dijimos antes, sino que lo recibe en cuanto que, al hacerse hombre, recapitula en sí toda la naturaleza para restaurarla', y restituirle su integridad primera. Es fácil, pues, de como prender, por lógica natural y por el testimonio de la Escritura, que Cristo recibió en su persona el Espíritu, no para sí mismo, sino más bien para nosotros, ya que por él nos vienen también todos los demás bienes.

miércoles, 9 de enero de 2019

Amar en las tempestades

"Viéndolos fatigados de remar, porque tenían viento contrario, a eso de la cuarta vigilia de la madrugada, fue hacia ellos andando sobre el mar, e hizo ademán de pasar de largo.
Ellos, viéndolo andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y dieron un grito, porque todos lo vieron y se asustaron.
Pero él habló enseguida con ellos y les dice:
«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo».
Lo mismo que sucedió con la multiplicación de los panes, Jesús se compadeció de las dificultades que tenían los apóstoles. Pareciera que quiere ir hacia ellos pero dice el evangelio: "hizo además de de pasar de largo". Pero no fue porque quisiera dejarlos solos remando, sino que quería ver si ellos podían reconocerlo. Y, no, no lo reconocieron sino todo lo contrario: "viéndolo andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y dieron un grito". Bueno, por un lado es lógico, ¿a quien se le ocurre ir caminando sobre las aguas? Sólo a Jesús, que Él haría cualquier cosa para estar al lado del que está sufriendo...
Sí, haría cualquier cosa y hace todo lo que puede para estar compadeciéndose del que sufre, del hambriento, del sediento, pero a veces nos sucede que no lo recnocemos cuando viene hacia nosotros. No sólo que nos asustamos cuando se acerca, sino que otras veces no tenemos lugar en nuestra barca para que Él suba. Y, otras tantas, ni siquiera tenemos tiempo, o tenemos tanto orgullo, que no reconocemos a ese Jesús que viene a darnos una mano, pues creemos que solos podemos contra viento y marea.
Ante el temor de lo que nos ocurre, Él siempre tiene las mismas palabras: "ánimo, soy yo, no tengáis miedo". Nos alienta siempre, en todo momento, pero, claro, no siempre nos alienta como nosotros esperamos, pues el ánimo es espiritual y ese es el tiempo que no siempre tenemos para escucharlo. Animarnos es fortalecer nuestra alma para que no se sienta derrotada, desesperada, sin esperanza, sin fuerzas para seguir remando aún cuando la tempestad sea muy brava. Porque, como dice alguien o algún refrán: los buenos capitanes se conocen en las grandes tempestades.
Y, claro, he aquí la cuestión, los buenos capitanes saben confiar en su tripulación, en quien tienen a su lado, pero, a veces, nosotros nos quedamos solos, o no dejamos que nadie conozca nuestras tempestades y pretendemos adentrarnos en solitario frente a un gran tifón.
Y aquí podríamos incorporar la carta de San Juan donde nos habla del amor de Dios y de nuestro amor. ¿Qué tiene que ver lo que estamos hablando con el amor? Mucho, porque cuando no ha tejido verdaderas relaciones de amor, con Dios o con los hermanos, entonces me es difícil confiar en ellos, porque para confiar primero tengo que conocer y amar, saber con quién estoy y, sobre todo, saber que quien está a mi lado me ayudará en todo lo que necesite, siempre me dará ánimos para saber hacer frente a las tempestades. Pero cuando el amor es sólo hacia mí mismo, entonces no confío en nadie más que en mí mismo, y por eso, en las tempestades o me hundo en medio de ellas, o pierdo todas las esperanzas de poder salir de ellas, o finalmente gasto todas mis energías y no consigo salir fortalecido, sino todo lo contrario.
La confianza que viene del que ama es la fortaleza para dejarme ayudar en los momentos de tempestades, pues siempre necesitaré una mano amiga que me ayude a sostener el timón del la barca de la vida.

martes, 8 de enero de 2019

No plantees sólo el problema

"Cuando se hizo tarde se acercaron sus discípulos a decirle:
«Estamos en despoblado, y ya es muy tarde. Despídelos, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer».
Cuando se nos presentan situaciones problemáticas, muchas veces, no sabemos qué hacer y la mejor forma de solucionarlas es dejar que se vayan solas, es decir, no buscamos solución. Lo más rápido posible que nos quitemos los problemas de encima mejor, y si lo que sucede es tener que solucionar los problemas de otros, miramos para otro lado y que lo solucionen solos.
Es lo que les pasó a los apóstoles: vieron una situación problemática y ¿cuál era la solución? que vayan a buscarla ellos, nosotros no podemos hacernos cargo de eso. O sea: nos lavamos las manos y quedamos tan tranquilos en conciencia porque ya no es problema nuestro.
Y ¿cuál fue la respuesta de Jesús ante eso?
"El les replicó:
«Dadles vosotros de comer».
Nos hemos acostumbrado a esa realidad de "patear para otro lado" los problemas, y, en cambio, Jesús nos pide a nosotros mismos que los solucionemos. Que busquemos, por lo menos, una forma para poder solucionarlos, que hagamos el esfuerzo de pensar una solución y no sólo de plantear un problema. "No me traigas sólo el problema, ponte a pensar una posible solución y lo vemos juntos".
"Ellos le preguntaron:
«¿Vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?».
Él les dijo:
«¿Cuántos panes tenéis? Id a ver».
Cuando lo averiguaron le dijeron:
«Cinco, y dos peces».
Siempre se puede encontrar una solución, aunque sea pequeña. Pero Jesús sabe que lo que necesitamos no está lejos de nosotros, sino que puede estar muy cerca e incluso en nosotros. Puede ser que la solución no sea tan grave o tan costosa y, sobre todo, si contamos con su Gracia, entonces la solución será eficaz y fructífera.
Así lo fue con la multiplicación de los panes y los peces, alcanzó para todos y sobre un poco más. Y así será cuando nosotros intentemos lo mismo: no dejes pasar las cosas sin buscar una solución y ponerla en manos del Señor, Él quiere que descubras el Camino, luego Él te conducirá y te llevará. No le transmitas sólo el problema, compártelo también con alguna solución, que, aunque sea muy pequeña, seguro que Él te ayudará a ver cómo poder alcanzar una gran respuesta.

lunes, 7 de enero de 2019

Simple: convertirnos diariamente

"Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».
Recién termina la fiesta de la Navidad y ya comenzamos a pensar en nuestro interior, en nuestra forma de vivir. Finalizan lo extraordinario de las fiestas y comenzamos a vivir lo ordinario de todos los días, en donde deberá manifestarse lo que hemos vivido en estos días, lo que hemos recordado en las liturgias, lo que hemos escuchado en la Palabra, y, sobre todo, el misterio que hemos celebrado: Dios se hace Hombre para que los Hombres lleguen a Dios.
Y sí, cada día, tenemos que seguir pensando en nuestra conversión. No, no es porque seamos grandes pecadores (bueno, algunos no estamos lejos, pero... bueno) sino porque el Reino de los Cielos está cerca. Y ¿cuál es el Reino de los Cielos? Es el Reino del Amor, por eso san Juan en su carta habla una y otra vez del mismo mandamiento: el mandamiento del amor. Y por eso todos los días tenemos que buscar la conversión, porque siempre tendremos que corregirnos en el amor, es el mandamiento más difícil para vivir, por eso siempre hay que buscar la corrección.
Y no me digan: dime cuáles son los pecados contra el amor, porque no lo se... y te voy a decir: en el día "el justo peca 7 veces", dice Jesús, por lo tanto mínimo 7 veces podemos pecar contra el amor ¡en tantas cosas!
Por eso mismo, porque somos tan débiles y es tan fácil desviarnos del amor, que es mejor pensar cómo podemos vivir cada día mejor el amor, en lugar de pensar cuáles son los pecado del amor para poder evitarlos. Y para eso, como diría San Agustín, primero tenemos que amar, será entonces que tengo que pensar si lo que voy a decir, a pensar, o hacer parte del amor a Dios y al prójimo. Si mis palabras, mis pensamientos, mi actuar no tienen como primer acto el Amor a Dios y al prójimo, entonces mejor no hacerlo. Si dudas, no lo hagas.
Y ahí está nuestra conversión diaria: pensar desde Dios. Porque por lo general nos dejamos llevar por la costumbre, por el instinto. Somos "animalitos" cuando no pensamos antes de actuar, y somos solamente humanos cuando no buscamos la Voluntad de Dios antes de actuar. Porque el cristiano (como nosotros, no el Ronaldo) tiene que, como dice Jesús: primero: "niégate a tí mismo", y para eso lo mejor es pensar antes de actuar, y sobre todo pensar desde la Voluntad de Dios y desde el amor. Así vamos sobre seguro de que lo que voy a hacer, decir o pensar, no es solamente instintivo o meramente humano y del mundo.
Porque recuerda: no sólo eres humano, sino que a partir del bautismo, y, luego desde tu decisión personal, eres cristiano, es decir, has asumido vivir como Cristo en este mundo, y Cristo tuvo como alimento cotidiano hacer la Voluntad del Padre: "mi alimento es hacer la Voluntad de mi Padre".
Y ahí radica nuestra constante conversión: buscar la Voluntad de Dios para vivir el "amaos unos a otros como Yo os he amado".