lunes, 15 de enero de 2018

La obedeciencia vale más que el sacrificio

"Samuel exclamó:
-«¿Le complacen al Señor los sacrificios y holocaustos tanto como obedecer su voz?. La obediencia vale más que el sacrificio, y la docilidad, más que la grasa de carneros. Pues pecado de adivinación es la rebeldía y la obstinación, mentira de los terafim".
Siempre el hombre ha sabido argumentar a su favor excusas de todo tipo cuando no hacía la voluntad de Dios, y una de las más grandes excusas para dejar tranquila la conciencia han sido y son las "promesas" externas que hacemos ante algo que queremos. Le ofrecemos al Señor sacrificios que valen poco o le prometemos largas peregrinaciones o cansancios que, para Él, no son nada pues nada cambia en el interior del corazón del hombre.
Si leemos bien el pasaje de Samuel de hoy quizás nos asombremos por el enfado del Señor pues Saúl ha cumplido con lo mandado por el Señor, pero Saúl es el representante de su pueblo y su pueblo no obedeció al Señor, sino que hizo lo que quería. Y para "tapar" lo mal que había obrado le ofeció sacrificios y holocaustos de aquellos que había ganado con su desobediencia.
Todos los actos litúrgicos, las procesiones, las peregrinaciones, los sacrificios, los ayunos, los rezos de rosarios y via crucis, todo eso sólo es de utilidad si me ayuda a convertir el corazón a la Voluntad de Dios. Si todos los actos de devoción me fortalecen para renunciar a mi YO y ponerme, cada día, más a disposición del Señor, entonces puedo alegrarme porque estoy siendo Fiel a lo que hago, pero si todo lo que hago me "resbala" en el alma y no me convierto a la Voluntad de Dios, si cada día no maduro en el espíritu y en el Amor a Dios y al prójimo, entonces han sido palabras tiradas al viento y actos realizados sin sentido.
Por eso vemos cómo en el evangelio se nos presenta a Jesús con los apóstoles comiendo en un día de ayuno, porque no era necesario en ese momento ese sacrificio, porque el Esposo estaba con ellos y aún, quizás, les faltaba mucho para poder entender el sentido tan profundo de lo que Jesús nos invita a vivir. Los actos religiosos y nuestras oraciones son el Espíritu Nuevo que el Señor nos quiere dar y nos da, pero si ese Espíritu no "cae" dentro de alguien con la disposición a ser un Hombre Nuevo de nada sirve. Cuando tengamos la dispsoición para ser verdaderamente Fieles a la Voluntad de Dios, entonces el Espíritu nos fortalecerá y ayudará a crecer y a vivir como Hombres Nuevos,

domingo, 14 de enero de 2018

Escuchar en silencio

"En aquellos días, Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el Arca de Dios.
Entonces el Señor llamó a Samuel. Este respondió:
«Aquí estoy.»
Corrió adonde estaba Elí y le dijo:
«Aquí estoy, porque me has llamado».
Samuel aún no conocía al Señor, aunque sí vivía en el Templo del Señor, pero aún no conocía su Voz y su forma de actuar, por eso ante la Voz que lo llamaba corrió hacia quien sí conocía: Elí.
Siempre hay, dentro nuestro, una voz que nos llama, que nos invita a buscar algo más que le de sentido a nuestra vida, algo que nos llene el vacío con el que vamos creciendo si no conocemos bien para lo que hemos venido. Necesitamos tener algo y alguien que nos motive para seguir adelante, para alcanzar los más altos ideales, para volar hacia las alturas del ser.
Pero para escuchar esa Voz interior que nos habla debemos hallar el valor para hacer silencio en nuestro interior y en el exterior, pues la Voz del Señor sólo la escuchamos en el silencio, en el diálgo íntimo con el Señor, estando con Él en su casa que es nuestro propio corazón.
Por eso hoy en día somos incapaces de hacer silencio. Nos aturdimos con cualquier ruido o con cualquier actividad, para no pensar, para no descubrir que aún está vacío ese lugar de nuestro interior y que no sabemos cómo llenarlo, o, en otros casos, no estamos dispuestos a buscar a Quien pueda llenarlo y darle plenitud.
Samuel pudo tener quien le ayudar a escuchar y a entender esa Voz, y así como corría prontamente hacia Elí a buscar respuesta, abrió su corazón a la Voz del Señor y le dijo, sin miedo:
"¡Habla que tu siervo escucha!".
Y así comenzó la Vida Nueva del Profeta Samuel.
Y algo parecido sucedió con los discípulos de Juan Bautista que, escuchando las palabras de Juan, siguieron a Jesús y fueron con Él a su casa, para ver "donde vivía". Fueron a descubrir si era real lo que decía Juan y escuchar lo que tenía que decirles Jesús, pero más que nada necesitaban saber cómo vivía, para sabe si esa vida era también posible para ellos.
Y sí, la vida de Jesús era posible para ellos y ahí descubrieron que las palabras de Juan sobre Jesús era veraderas, compartiendo con Él unas horas pudieron encontrar a Quien les llenaba el corazón y al Maestro que era el Mesías esperado. Ese encuentro los llenó tanto de gozo que salieron convencidos a buscar a otros para que tuvieran el mismo encuentro que ellos, así Andrés fue a buscar a su hermano y lo llevó hacia el Señor.
Este también tiene que ser el itinerario de nuestra vida: encontrarnos en la intimidad con el Señor para que, convencidos y enamorados, salgamos a testimoniar lo que hemos hallado, lo que nos ha llenado el corazón de gozo y plenitud: "hemos encontrado al Mesías, el Señor".

sábado, 13 de enero de 2018

Reyes e instrumentos de Dios

"Tomó entonces Samuel el frasco del óleo, lo derramó sobre su cabeza (la de Saúl) y lo besó, diciendo:
«El Señor te unge como jefe de su heredad. Tú regirás al pueblo del Señor y lo librarás de la mano de los enemigos que lo rodean».
Así fue cuando el Señor cumpliendo el pedido del pueblo de Israel elegió a Saúl para que lo gobernase. Y así, también, sin nosotros saberlo nos ungió como reyes el día de nuestro bautismo. Digo sin saberlo pues la mayoría de nosotros hemos sido bautizados siendo aún muy pequeños, y, por eso, sin conciencia de lo que hacían sobre nosotros. Pero quienes nos llevaron a ungirnos sí lo sabían, como Samuel que ungió a Saúl.
Dios es así: Él elige y unge y después nos va dando "pistas" sobre el sentido de nuestra vida, sentido que elegimos seguir o no, tenemos la libertad de optar. Si optamos por aceptar el llamado a lal vida en santidad entonces tenemos que comenzar a entender o comprender el sentido de nuestra unción, y creo que en las palabras de Samuel a Saúl está una parte del sentido de nuestra unción como reyes del Pueblo de Dios, o del Reino de los Cielos en la Tierra: regir, gobernar, hacer crecer el Reino que ha venido a nosotros y defenderlo de los enemigos que lo atacan.
Claro que este Reino tiene, se podría decir, como dos jurisdicciones: una interna y otra externa. La primera a regir es la interna, es el Reino que habita en mi corazón es el primero que tengo que regir y defender de los enemigos que lo atacan. Y para poder regirlo tengo que conocer qué significa ese Reino en mí, por eso leo las escrituras y dialogo con el Rey que me ungió para conocer y saber cómo regir.
Y así cuando "pongo en orden" el Reino que habita en mí puedo comenzar a llevarlo, muchas veces sin querer, a donde el Señor me envíe pues enviado suyo soy.
Así vemos en el evangelio que el Señor después de elegir a Leví (Mateo) irá a su casa a cenar con él, ahí comenzará el diálogo donde le dará a conocer el Reino que comienza a vivir en él. Necesitamos sentarnos a la Mesa con el Señor para alimentar el Reino que vive en nosotros, para poder escucharlo mientras nos habla y renueva nuestros deseos de seguirlo. Y, sobre todo, purifica nuestro corazón y nuestra mente con sus palabras, porque, aunque ungidos con su Espíritu y Renovados por su Sangre, seguimos día a día enfermando a causa del pecado que vive en nosotros, y por eso necesitamos constantemente de su Gracia sanadora para que al sanarnos y perdonardonarnos nos fortalezca con su Amor, con su Misericordia y así, como Él, podamos nosotros también llevar con Amor el Reino de los Cielos a nuestra tierra, y ser instrumentos y apóstoles del Señor.

viernes, 12 de enero de 2018

Las heridas del orgullo

Si leemos atentamente la primer lectura del libro de Samuel nos vamos a dar cuenta de cómo somos los hijos de Dios, o, mejor dicho, todos, cuando nos encaprichamos con algo: no nos importa los riesgos que nos digan que vamos a correr, o los peligros que nos están avisando que tendremos que pasar, lo que nos importa es lo que queremos y nada más.
Asi le pasó al pueblo de Israel al querer tener un Rey humano en lugar de tener a Dios como autoridad primera. Las advertencias que Dios le hacía la Pueblo no eran mentira pero estaban convencidos que lo mejor era la que ellos pensaban, no importaba nada más que su propio pensamiento y su propia visión de su pobre realidad.
En nuestras vidas sucede algo parecido: conocemos los límites que nos pone el Señor para que nuestra vida no sufra las consecuencias del pecado, pero nos encaprichamos, muchas veces, en hacer lo que queremos o lo que todo el mundo hace, sin ponernos a pensar los riesgos de lo que estamos haciendo o viviendo.
Y, claro, cuando sucede lo que nos han avisado o cuando vemos que Dios ya no está a nuestro lado, entonces volvemos a clamar al Cielo porque Él nos ha dejado, porque nadie me ha ayudado, porque esto y porque lo otro, pero muy pocas veces hacemos el examen claro de decir que todo ha sido culpa mía por no haber escuchado y obedecido a lo que me decían. Y, así, muchas veces, nuestros caprichos se pagan caro o los pagamos caro, porque no sabemos cómo salir de semejante lugar o cómo hacer para volver a retomar el camino. No porque no podamos retomar el camino sino porque el pecado ha sido de orgullo y el orgullo es muy difícil de disuadir, cuando me doy cuenta que lo que hice ha sido de orgulloso que soy, no me da la cara o no quiero, muchas veces, reconocer que me he equivocado que a pesar de lo que me habían dicho y avisado seguí haciendo mis propios planes.
Pero tiene que llegar un momento en mi vida en que pueda tener la fuerza suficiente y la capacidad de razonar tal que pueda enmendar lo que he hecho. Tiene que llegar el momento en que, también, me pueda dejar llevar hasta el Señor para pedir perdón, para renovar el deseo de seguir siendo de Dios y vivir según sus Leyes, descubrir que el mejor Camino a recorrer en mi vida es el que Él mismo prepraró para mí porque su Amor es por mí y para mí.
Como en el Evangelio tenemos que ser o tenemos que encontrar esos amigos que nos lleven hasta el Señor, haciendo lo que sea para que pueda Él mismo sanar mi corazón herido o enfermo, pues sólo el perdón del Amor puede sanar nuestros corazones, no sólo por la relación con el Señor, sino, también y sobre todo, en la relación conmigo mismo y con los demás, pues cuando el orgullo invade nuestras decisioines no sólo destruimos nuestra relación con Dios, sino también con quienes queremos y con uno mismo cuando nos damos cuenta de lo que hemos hecho.

jueves, 11 de enero de 2018

Para que sirva de testimonio

"La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.
Él lo despidió, encargándole severamente:
-«No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu, purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio ».
Pero, cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a el de todas partes".
Hoy me resultaron interesante dos cosas en este pequeño párrafo del evangelio: la insistencia de Jesús para que los milagros no sean divulgados; y, por otro lado, que hagan la ofrenda que correspondía para que "sirva de testimonio".
En el evangelio de ayer Jesús le decía a los apóstoles, cuando ellos insistían en quedarse en ese lugar porque venían muchos a buscar milagros, que tenía que irse a predicar a otras aldeas "porque para eso he salido". Jesús tiene muy en cuenta su misión "evangelizadora", salió del Padre para anunciar la llegada del Reino de Dios, la conversión de los corazones del Hombre hacia el Padre, hacia su Palabra, para que el Hombre vuelva a ser lo que el Padre quiso en el principio de la creación. Los milagros, se podría decir, son un hecho secundario en la misión de Jesús, pero muchos lo seguían "porque hacía milagros o porque les saciaba el hambre con los panes y los peces", pero porque su Palabra convertía sus corazones y les daba otro enfoque de sus vidas.
Y aún hoy nos pasa lo mismo: son muchos los que buscan el milagro y no el Don de la FE, buscan la sanación del cuerpo y no la liberación del pecado. Sí, nos quedamos en lo anecdótico y no vamos a lo esencial de nuestra fe. Por eso mismo, en muchos casos, nos alejamos de Dios porque tal cura o tal obispo o tal religioso no dan testimonio, y nos perdemos la oportunidad del encuentro con el Señor que es lo que realmente importa en mi vida de Fe.
Y por qué agegaba "para que les sirva de testimonio"? Porque era importante que descubrieran que la Gracia de Dios purificaba el cuerpo y el alma, pues en esa época se unía la impureza del cuerpo a la impureza del alma, y Dios puede purificar tanto el alma como el cuerpo, pero si el alma está purificada nada importa cómo esté el cuerpo. Es el Don de la Fe, la Esperanza y el Amor lo que sostiene nuestra vida y, aunque nuestro cuerpo sufra la enfermedad, el envejecimiento del cuerpo, si el alma está unida a la Vida de Dios siempre estará con ánimo de seguir entregándose y dándose en sacrificio de Amor.
Pero al vivir en una sociedad que se fija tanto en lo externo y en lo superficial, lo único que vemos, como en aquella época es que estamos en desgracia por una enfermedad, por una cruz, por tal o cual cosa, que ya no estamos en las manos de Dios y, en realidad, somos nosotros los que nos hemos soltado de sus Manos en lugar de aferrarnos a Él para poder vivir con esperanza la Cruz que nos toca cada día. Y en esa esperanza está la fortaleza para "dar testimonio" que la Cruz no es una desgracia, sino que es el medio por el cual la Gracia llega a nosotros y nos fortalece el alma para aceptar y llegar hasta el final sin perder la fe.

miércoles, 10 de enero de 2018

Escuchar y responder en todo momento

Hay lecturas que marcan un acontecimiento en tu vida o que las asociamos a alguna fecha en particular y cuando las vuelves a leer, vuelven a surgir los mismos sentimientos y las mismas palabras que ese día se escucharon. Para mí esta lectura del llamado de Samuel es muy clara, fue la lectura de la misa del día en que ingresé en el seminario (15.1.1986) ¡Cuánto tiempo! Pero fue un día donde comenzó una nueva etapa en la vida y donde en realidad, después de mucho tiempo se pudo cumplir, quizás, la misma imagen: encontrar a alguien que me ayudó, como a Samuel, a escuchar al Señor.
Y eso es lo que hoy pensaba al volver a leerla: no siempre vamos a preguntar a quien corresponde. Es decir, sentimos en nuestro corazón un llamado y creemos que ese llamado es para tal o cual cosa, y sin decir nada más nos lanzamos a la carrera hacia eso que sentimos. Pero ¿será verdad eso que hemos sentido? Samuel por tres veces corrió hacia Elí, creyendo que era él quien lo llamaba. Elí tampoco sabía lo que estaba pasando pues creía que podría estar soñando Samuel y por eso lo volvia a la cama, a hacer lo que estaba haciendo.
Alguna vez nos puede pasar lo mismo: vamos detrás de algo que no nos dice nada, y porque no es lo que yo creía vuelvo a hacer lo mismo que estaba haciendo. Como que lo que he escuchado es un sueño o una voz falsa que no me dice nada.
En nosotros pueden ocurrir dos cosas: como ya sabemos cómo son los llamados del Señor, a veces nos hacemos los sordos porque no queremos responder al Señor y por eso seguimos "adormilados" en nuestro lugar y haciendo nuestra vida, aunque siempre tenemos ese "cosquilleo" en nuestro interior de insatisfacción, de querer hacer algo o vivir algo que aún no ha llegado, y por eso o vivimos algo parecido que va "llenando" ese vacío aparentemente; o rechazamos de lleno al Señor y vamos viviendo todo lo contrario para no tener que pensar en lo que hemos perdido.
Pero también se dan otras situaciones, y tomando el ejemplo de Samuel y Elí, en que Elí pueda no comprender lo que pasa pero que igual responde a la situación y no ayuda a que la persona escuche verdaderamente el llamado del Señor y nos vaya guiándo erróneamente.
Y ¿cómo sabemos cuál es el camino? ¿Cómo responder ante estas situaicones? Creo, sin ser un gran especialista en todo esto, que lo primero que hay que saber es la disposición que tenemos, cada uno, para escuchar al Señor. Porque puede ser que el Señor hable y que quien me ayude en la vida espiritual sea bueno, pero si no quiero disponerme a su llamado nunca podré responder como es debido, y seguiré haciéndome el sordo siempre.
Y cuando está la disposición no sólo para escuchar, sino también para responder, entonces lo que me invade el corazón es la Paz que nos da el Señor en el momento de mi respuesta. Puede ser sí que lo que el Señor me pida no sea lo que estaba en mis planes, pero si respondo libremente y con un corazón dispuesto Él me llena de Paz para poder, como María dar mi Sí a su Voluntad.
Y no creamos que el Señor nos llama sólo una vez en la vida, sino que en todo momento nos está llamando para hacer su Voluntad, no es que Él quiera cambiar los planes constantemente, sino que la historia necesita que demos respuesta según el Proyecto del Padre, y como nos hemos puesto en Sus Manos para ser sus Instrumentos, entonces, siempre habrá cosas nuevas y diferentes, quizás, para hacer. Por eso necesitamos estar siempre con el corazón dispuesto para que Él pueda conducirme por donde más lo necesite.

martes, 9 de enero de 2018

De Jueces y castigadores

"Mientras insistía implorando ante el Señor, Elí observaba su boca. Ana hablaba para sí en su corazón; solo sus labios se movían, más su voz no se oía. Elí la creyó borracha.
Entonces le dijo:
-«¿Hasta cuándo vas a seguir borracha? Echa el vino. que llevas dentro».
A veces nos creemos muy valientes al juzgar a alguien por una apariencia y mucho más valientes somos cuando por ese juicio vamos al otro y le "cantamos unas cuantas". Eso le pasó a Elí, le pareció que Ana estaba borracha y fue a decírselo. Eso no es valentía, sino que es una mala actitud pues antes de juzgar tengo que averiguar qué está pasando y si lo que realmente están viendo mis ojos es la verdad o sólo me están engañando por un concepto ya previo que tengo en mi cabeza.
Porque muchas veces las apariencias engañan y otras veces me dejo engañar por las apariencias, y cuando intento "ayudar" con mi juicio a alguien solamente lo estoy estropeando todo pues juzgo injustamente, sin conocer y sin saber, y muchas veces sin amor. Y al ir a "cantarle las cuarenta" a alguien por lo que he visto o me han dicho, puedo hacer mucho daño y en lugar de ayudar hago todo lo contrario.
Frente al error de Elí, quien tuvo más valor fue Ana quien no se quedó con lo que Elí le dijo sino que le dijo la verdad de lo que estaba pasando:
"Pero Ana tomó la palabra y respondió:
-«No, mi Señor, yo soy una mujer de espíritu tenaz. No he bebido vino ni licor, solo desahogaba mi alma ante el Señor. No trates a tu sierva como a una perdida, pues he hablado así por mi gran congoja y aflicción.»
Y eso ha sido un gran paso para ella pues pudo salir de su sorpresa, y muchas veces de nuestra indignación por lo que dicen de uno, o por lo que me han venido a decir. Pues cuando somos injustamente juzgados nos da mucha bronca y el dolor nos enceguece y, en algunos caso, o respondemos de muy malos modo y en otros hacemos silencio y dejamos que todo pase. Y no tiene que ser así. Tenemos que tener la actitud de Ana de poder decir lo que estamos viviendo y por qué lo estamos viviendo, para que quien dice que quiere ayudarme lo haga en realidad.
Así fue como la voz de Ana transformó le prejuicio que se había hecho Elí en una ayuda para Ana:
"Elí le dijo:
-«Vete en paz y que el Dios de Israel te conceda el favor que le has pedido.»
Ella respondió:
-«Que tu sierva encuentre gracia a tus ojos .»
Es evidente que Elí supo escuchar y abrir su corazón a la situación de Ana, y eso es algo de mucho valor, porque saber escuchar y rectificar lo que he dicho o hecho es de alguien valiente y de mucho corazón. Porque no siempre tenemos el valor y la fuerza para rectificarnos, para pedir disculpas y, sobre todo, para tender la mano para ayudar al otro a levantarse de su situación.
Nos gusta más salir a "cantar las cuarenta" pero no a tender la mano para ayudar a levantarse a alguien de su situación, o sobre todo, a abrir el corazón y los oídos para saber qué es lo que está viviendo o sucediendo en su vida. Ser Juez y Castigador es lo que más fácil es para hacer, sin embargo eso sin amor y compasión no sirve de nada para construir el Reino de los Cielos.