viernes, 13 de febrero de 2015

Su poder y nuestra libertad

La serpiente replicó a la mujer:
-“No moriréis. Bien sabe Dios que cuando comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal.”
La mujer vio que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable, porque daba inteligencias; tomó del fruto, comió y ofreció a su marido, el cual comió".
"Seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal", a todos nos es atrayente esa realidad, porque todos llevamos dentro los genes de nuestro Padre Eterno, y todos queremos ser cómo Él, anhelamos ser nuestros propios dioses, queremos ser nuestros propios padres, porque no queremos que nadie nos diga qué hacer, cuándo hacerlo y cómo hacerlo.
Ya lo dice San Pablo a los Gálatas: "Hermanos, vuestra vocación es la libertad; no una libertad para que se aproveche la carne..."
Ser libres, nuestro más grande y ferviente anhelo. Ser Dios libres el culmen de nuestra vida.
Pero ¿somos capaces de usar el conocimiento del bien y el mal para actuar libremente? ¿Conocemos cuáles son nuestros límites y las fronteras para no invadir la vida de los demás? ¿Cómo hacemos para que en nuestra libertad seamos justos con la vida de los demás? ¿Cómo frenar nuestros impulsos de libertad cuando no conocemos o valoramos el alcance real de nuestros actos y palabras?
Es que ser Dios es un problema, tener tanto poder y usarlo sólo para uno mismo, para poder alcanzar sólo que yo quiero sin que me importen los demás...
Por eso Dios mismo nos dio prueba que su poder era para compartirlo, compartirlo con la creación. Pero no nos bastó, queríamos ser como Él.
Y vino su Hijo, Su Hijo Único para mostrarnos que aunque se tenga todo el poder y todo el conocimiento, hay que ponerlo al servicio de los demás, mostrar un camino de servicio, de amor, de respeto. Por eso nos envió Su Espíritu para que sea Él quien nos guíe por ese Camino del Amor y la Obediencia al Padre, porque nadie sabe mejor cómo usar la libertad y el conocimiento del bien y el mal, sino quien nos lo dio.
Y así, el mismo San Pablo nos sigue diciendo: "yo os lo digo: andad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Hay entre ellos un antagonismo tal que no hacéis lo que quisierais... (los frutos del) Espíritu son: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí".
Usemos el conocimiento del bien y el mal para optar cada día por la acción del Espíritu en nosotros, y así poder mostrar que, realmente, somos hijos de Dios, pues su poder y nuestra libertad, se conocen por los frutos que damos.

jueves, 12 de febrero de 2015

Lo que más importa: tú

Al terminar la creación del hombre, el texto bíblico dice:
-“No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude.”
Dios que nos creó a imagen y semejanza suya, no podía dejar que estuviéramos solos, que el hombre fuera el único ser que no tuviera alguien semejante a su lado, por que Él, un Dios Comunidad, sabía la importancia del amor, de la compañía para vivir, para alcanzar la plenitud.
No hubiese alcanzado la plenitud el hombre solo, si tenía que ser imagen y semejanza de un Dios Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo, por eso lo miró y se dio cuenta que no podía ser que estuviera solo.
Dirá algún filósofo somos ser-con-los-demás, con los demás, con el otro, con un tú nos vamos realizando, necesitamos del otro para poder descubrirnos, para poder acompañarnos, para poder sostenernos. Por eso es tan importante que en este mundo de hoy volvamos a descubrir nuestro ser-en-comunidad.
Así como en el relato de la creación vemos cómo Satanás tienta al hombre para desobedecer a Dios y perder lo mejor que tenía, hoy nos vuelve a tentar para que perdamos lo mejor que tenemos: nos hace individualistas y egoístas para perder nuestro ser-en-relación, para perder lo mejor del yo que es el tú, el tú humano y el Tú Divino.
Cada día que pasa nos tornamos seres más solos, aunque estemos rodeados de personas, aunque estemos comunicados por montones de servicios y redes no compartimos nuestras vidas, aunque podamos acercarnos de una manera rápida y eficaz no vamos al encuentro del otro, aunque nos sea fácil encontrar el silencio para el Encuentro vivimos en el ruido para no encontrarnos.
Cada día que pasa vamos perdiendo a alguien importante, y no es porque Dios lo lleve a la Casa Eterna, sino porque nuestro silencio va deteriorando una amistad, una relación, un encuentro, porque siempre hay cosas más importantes que encontrarnos con quien necesito o con quien me puede necesitar. Porque no hace falta que el otro me grite ¡auxilio! para ir a su encuentro, no hace falta que el otro esté grave para visitarlo, con el otro soy cada día más yo, con el otro cada día crezco más, con el otro plenifico el amor.
No dejemos que hoy el tentador nos haga comer la manzana de la soledad, del egoísmo y del individualismo, busquemos el Pan de la Vida que nos lleva al Encuentro para poder encontrarnos, y así, juntos viviendo como hermanos podamos construir el Reino aquí en la tierra, y alcanzar, cada uno la plenitud de nuestro que se perfecciona, que alcanza su felicidad haciendo feliz al tú que Dios ha puesto a mi lado.

miércoles, 11 de febrero de 2015

El paraíso perdido

La visión paradisíaca del comienzo de la creación, el colocar al hombre en el centro de ese paraíso es el más hermoso de los relatos, porque es el deseo de todo hombre que vive oculto en su corazón, porque es su origen, está en el centro de su ser, y por eso lo recuerda, lo desea, lo busca. Buscamos el paraíso, pero no lo encontramos. Deseamos el paraíso, pero no lo alcanzamos. Necesitamos el paraíso, pero no lo compramos.
Y ese paraíso está en nuestro interior, está en el corazón del hombre que ha descubierto al Creador, está en el hombre que sabe que es hijo, que tiene un Padre y que conoce el Camino: El reino de Dios ha llegado a vosotros... convertíos y creed en el Evangelio.
Por eso, en el evangelio hoy Jesús nos hace ver que, cuando el hombre no ha recibido el Espíritu Santo que lo purifica, y que deja actuar a ese mismo Espíritu en su interior, todo lo que sale del hombre está teñido del pecado original, sólo pueden salir actitudes que dañan al hombre y que lo alejan cada día más del paraíso anhelado.
No le tiremos las culpas al de al lado, porque nada de lo que el otro hace puede obligarme a mí a hacer lo mismo, sólo yo tengo la decisión de hacer lo que está bien o lo que está mal, lo que me santifique o no, lo que me acerque más al Paraíso soñado o me aleje más de él. Es mi corazón quien purifica o no, o mejor dicho es el Espíritu Santo que habita en mí quien, si lo dejo actuar, purifica mis pensamientos, mis deseos, me fortalece en mis decisiones y me enciende en la búsqueda constante de este Reino que es el Paraíso soñado, anhelado, esperado.
"El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén, para que lo guardara y lo cultivara", pero que lo hiciera según sus planes, sus proyectos, porque Él sabía hacía dónde quería llevar esa creación de Sus Manos. Pero el hombre, se dejó tentar y llevó según su antojo a la creación a este estado en el que está.
Volvamos a confiar en el proyecto de Dios, volvamos a creer que Él tiene el plano fundamental que nos permite llegar al Paraíso que hemos perdido. Dejemos que Él nos guía pues Él es el Camino que nos enseña, nos conduce y nos lleva a encontrar el Paraíso perdido. Si es lo que sueña nuestro corazón, renunciemos a nosotros mismos y dejemos que Su Mano Poderosa nos guía por el recto sendero de la salvación.

martes, 10 de febrero de 2015

Y vio que todo era bueno

Y volvamos a creer... Y Dios vio que todo era bueno...
Aunque nos resulte un relato infantil, sabemos que nadie, salvo la Trinidad, estuvo en esos momentos de la Creación. ¿Quién sabe cómo fue? Pero sí es hermoso (para quienes tenemos fe) creer que Dios lo fue creando todo de la nada, que todo lo hizo por Amor y que, al final, nos puso a nosotros, al hombre, varón y mujer, como centro de esa creación para que la hiciéramos producir y la lleváramos a la plenitud total.
Y Dios vio que todo era bueno.
Y todo es bueno cuando lo miramos desde Dios, cuando miramos con el corazón de Dios, que es un corazón de Amor, podemos ver que todo es bueno, que todo lo vale la pena y que, por eso mismo, le pidió a Su Hijo Único que nos entregara, por Amor, su Vida en la Cruz.
Él sigue creyendo que es posible que el Hombre vuelve a su belleza original, que vuelva a encontrarse con su Creador y viva en armonía con la creación. Por eso el Hijo, mientras caminó entre nosotros, nos dio las pautas para alcanzar esta armonía que tanto ansía el hombre: Yo soy el Camino, nos dijo.
Pero hoy nos pasa lo de ayer: no queremos obedecer, no queremos darnos cuenta de nuestra creciente inmadurez de hacernos grandes, de creernos dioses y no llegamos nunca a esa armonía que anhelamos, que pensamos, que soñamos. Siempre buscamos un camino alternativo cuando tenemos el Verdadero Camino que nos conduce a la Vida. Y después no sabemos por qué no llegamos a dónde queríamos, y muchas veces vemos cómo algunos se dan contra una gran pared...
¿Qué nos impide volver a creer? ¿Qué nos impide volver a confiar? Pero no es creer en los hombres, no es confiar en los hombres, es creer y confiar en el Creador, porque más allá de nosotros, cuando después del horizonte no vemos nada, ahí está Él pero está tan lejano que se hace presente en cada momento, en cada amanecer, en cada anochecer, en cada hermano, en cada palabra, en Su Palabra, sólo basta que abras tus ojos a la fe para que Él te muestre el Camino.
Si no miremos a nuestro alrededor ¿encuentra el hombre la paz que busca? ¿encuentra el hombre la felicidad que anhela? No es todo demasiado pasajero y efímero, ¿sirve de algo destrozar todo para hacer algo nuevo? ¿No es más fácil volver a nacer para ser nuevos?
Y eso es lo que le dijo Jesús a Nicodemo: "hay que volver a nacer... nacer de lo alto".

lunes, 9 de febrero de 2015

Hoy puede ser un gran día

Hoy la liturgia nos lleva a los principios de la creación, a recordar el proceso de la creación, pero sobre todo a recordar las Manos del Creador. Es imposible, sobre todo en estos días, en estos hermosos lugares, no poder mirar sin pensar en el Creador, en su maravillosa mano que ha creado inmensidad de cosas, y dentro de todas esas maravillas nos puso a nosotros como protagonistas y sucesores de Su Obra.
Cada vez que salgo por estas sierras, o tengo la oportunidad de ir por cualquier otro lugar, no me canso de mirar y asombrarme por la creación ¡es una obra maravillosa! Y, si egoísmos y con mucho amor, el Padre la puso en nuestras manos, nos dejó a nosotros, sus hijos, encargados de conservarla y llevarla plenitud.
¿Tanto confía Dios en el hombre? ¿Tanto confía en mí?
Sí, cada día el Padre pone su confianza en el hombre creador por Él, por que nos creó a su imagen y semejanza, y por eso cree que nosotros podemos llevar a plenitud su Obra Creadora. Para eso nos ha dado todos los elementos necesarios para conocer Sus Planes y llevarlos a la práctica. Aunque algo que el Padre hizo sin egoísmos, nosotros no podemos, quizás, quitarnos el egoísmo de nuestro corazón y por eso, aún, como dice San Pablo: la creación entera gime como dolores de parto esperando...
Pero comencemos una semana con el Espíritu fuerte, elevado, buscando en la inmensidad del Amor de Dios que se manifiesta en la creación, cuál es Su Plan para nosotros, cuál es su Querer hoy para mí, qué es lo que Él quiere que haga, porque cada día, cuando los primeros rayos de sol tocan nuestras vidas, son los mismos rayos de Luz del Espíritu que viene a anunciarnos que el Padre vuelve a confiar, vuelve a darnos Su Luz para que iluminados por Él llevemos a cabo la Obra de Salvación.
Hoy, como dice la canción, ¡puede ser un gran día! depende de nuestra disposición al Espíritu cómo comenzarlo, cómo continuarlo y cómo finalizarlo. Seguramente algo no nos saldrá tan bien, o algo nos saldrá mal, pero pongamos todo en Sus Manos, no dejemos que nada se escape de la Luz de Su Gracia, para que todo nuestro sea consagrado a Él, para que todo nuestro día esté iluminado por esos rayos de Luz del Espíritu, para que todo lo que hagamos lo iluminemos con los Dones que el mismo Espíritu nos ha concedido, los dones de la alegría, de la verdad, del amor, de la paz, del consuelo, de la esperanza. Así la creación no perderá nunca su brillo original y nosotros seguiremos colmados con la Gracia del Padre que, día a día, tiene preparada para aquellos que son Fieles a la Vida que Él nos regaló.

domingo, 8 de febrero de 2015

Si no predicara...

Hoy (y siempre) me siento identificado con esta carta de Pablo a los Corintios, más que nada con esta pequeña frase:
"El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!"
Desde que ingresé en el seminario ese fue mi problema, el predicar. Pero gracias a mi formador que tenía más confianza y sabiduría que yo, me hizo comprender que Dios no me había elegido por mis dones de palabra, sino porque Él es quien tiene la Palabra, y es Su Espíritu (si lo dejamos actuar) quien habla por nuestro intermedio.
Claro que para eso hay que dejar lugar al Espíritu Santo y no querer ser uno el protagonista de la misión, y, en verdad, se nota cuando dejamos lugar al Espíritu actuar, porque las cosas salen mejor y duran más.
Igualmente, lo decía anoche en la homilía en la parroquia, la misión de predicar no es sólo para nosotros los sacerdotes, sino que es para todos los que hemos sido ungido profetas en el bautismo, porque todos tenemos la misión de anunciar el Evangelio a todos los hombres.
Y, especialmente, ponía como ejemplo a los padres de familia (madres y padres, claro) ellos tienen la misión de anunciar, de predicar, con las palabras y con las obras, tienen la misión de formar a sus hijos, de indicarles el camino a seguir, de ayudarles a madurar como personas, de marcarles los límites de la vida, de conocer el bien y el mal, y sus consecuencias. Por eso, tener autoridad en la palabra y las obras, es una gran misión, que nos toca a todos, y no podemos quitárnosla de encima porque a alguien no le guste.
Muchas veces he tenido la intención de no predicar, de no decir nada, pero no se puede, hay algo que te lleva a tener que orientar, sobre todo en las Misas cuando se nota más la misión del Orden Sagrado, pues ahí actuamos y llevamos a la práctica el llamado de Jesús. Como los padres de familia intentamos iluminar el camino, ayudamos a madurar en la fe, indicar los límites que nos ha mostrado el Señor para nuestro camino, conocer Su Voluntad y encontrar el Espíritu para que nos ayude a alcanzar la santidad.
No. No es fácil predicar. O mejor dicho no es fácil predicar con conciencia, sabiendo que, quizás, alguien te escuche y te haga caso (porque también es cierto que no todos escuchan lo que decimos) La misión que nos ha confiado el Señor es grande, y sí, no somos tan perfectos ni tan santos como deberíamos, pero lo intentamos (y no habla sólo de los sacerdotes) sino de todos los que tenemos esta misión de anunciar el Evangelio, con la palabra y la vida.
Por eso, cada día más necesitamos de nuestro Buen Pastor que nos convoca, que nos reúne y nos alimenta con Su Palabra y Su Vida, porque muchas veces creemos que son otros los que necesitan del Pastor , pero todos necesitamos del Buen Pastor, y es una lástima que algunos anden como ovejas sin pastor porque o no quieren al pastor o no quieren a las otras ovejas.
No me cansaré nunca de insistir que siempre tengamos puesta nuestra mirada en el Buen Pastor porque Él es el único que puede guiarnos hacia los mejores pastos, es el único que nos puede dar un alimento verdadero. Si quitamos nuestra mirada del Buen Pastor todo nos parece extraño a nuestra vida, y todo nos da igual porque nos alimentamos de pastos que no son los mejores, sino que no sólo no alimentan sino que nos van quitando la Vida.

sábado, 7 de febrero de 2015

Sacrificios diarios

"Por medio de Jesús, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que profesan su nombre.
No os olvidéis de hacer el bien y de ayudaros mutuamente; ésos son los sacrificios que agradan a Dios".
La palabra sacrificio se puede entender, por lo menos, de dos maneras:
- renuncio a algo para hacer otra cosa, es decir sacrifico algo que me gusta o no, hago un mayor esfuerzo para algo
- y, por otro lado, hago que lo ordinario de todos los días tenga una valor sobrenatural, lo hago sagrado porque lo ofrezco al Señor.
En este párrafo de la carta a los Hebreos, el escritor nos habla de sacrificios y nos habla de cuáles con los que "agradan a Dios", y son claro está los que exigen de parte nuestra un serio esfuerzo, y que, como fruto hacen que no sólo yo mismo crezca, sino que crezca mi hermano y mi comunidad.
Claro que hay sacrificios que son muy duros, pero muchas veces los sacrificios son externos a nosotros y por eso no dan frutos de conversión. Es decir, hemos visto muchas veces a gente que ofrece una larga procesión, ofrece cortarse el cabello o dejarselo largo, ofrece una donación o tal cosa. Pero lo que más agrada a Dios son los sacrificios que implican una donación de uno mismo, un sacrificar mi yo para conseguir un bien mayor, que "aproveche" a mi conversión.
"Ofrezcamos el fruto de unos labios que profesan su nombre", nuestros labios hablan de la abundancia de nuestro corazón, dice el Señor, pues si nuestro corazón está lleno de Dios, y, por eso lleno de los frutos de su Espíritu, entonces nuestros labios serán constructores de relaciones de amor, de paz, de alegría, de fraternidad, buscando siempre la Voluntad de Dios.
"No os olvidéis de hacer el bien", ¿qué bien? ¿cuál bien? ¿el que a mí me parece? ¿el que a mí me gusta? No, el Bien que procede de Dios, el Bien que Dios quiere para tí, el Bien que Dios quiere para tu hermano, para tu familia. Si buscamos el Bien absoluto, buscaremos a Dios, buscaremos Su Voluntad para poder llevarla a cabo. Buscaremos no sólo sentirnos bien, sino hacer que la Bondad sea un valor en nuestra vida, y que nuestra vida sea un camino de bien para mis hermanos, pues siempre seré instrumento del Bien en todo lugar que esté.
"Y de ayudaros mutuamente", claro que al vivir en una sociedad individualista y egoísta, salvo en situación de catástrofes, cada uno busca su propio estar bien. Aunque tenemos una conciencia de ayudarnos, no es lo que prima a la hora de pensar en el día a día, pues primero estoy yo y después si me queda tiempo haré algo por alguien. En cambio, cuando el corazón está lleno de Dios, y conoce el valor del agradecimiento, no da de lo que le sobra sino que busca entregar de lo que tiene para ayudar a quien lo necesita. Y no sólo hablo de bienes materiales, que, generalmente, abundan más de lo que pensamos, sino de nuestros bienes espirituales que son los que más, hoy en día, se necesitan.