domingo, 14 de diciembre de 2014

Es nuestra alegría

"Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión: ésta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros
No apaguéis el espíritu, no despreciéis el don de profecía; sino examinadlo todo, quedándoos con lo bueno".
Hoy, tercer domingo de adviento, es el domingo de la Alegría, el domingo del Gozo, pues estamos prontos a la Navidad, a la Noche tan esperada a lo largo de los siglos que ha venido a iluminar las oscuridades del hombre, una Noche que ha partido la historia de la humanidad, del hombre, en dos partes, un antes y un después de Cristo.
Por eso, antes de celebrar el nacimiento la liturgia nos invita a la alegría, a una alegría cierta y verdadera que nos da el sabernos libres del pecado y santificados por aquél Niño que nació una noche en Belén. Un Niño que cada día nace en nosotros si, como dice San Pablo, somos constantes en el orar, porque es la única forma que tiene el Niño de nacer en nuestro corazón. 
Si oramos, y más si oramos cada mañana al levantarnos, el Niño vuelve a nacer, volvemos a nacer como niños al gozo de sabernos amados y salvados, salvados por amor, amados para nuestra salvación. Del modo que pongamos las palabras siempre terminamos en la misma frase: por Amor el Padre envió a Su Hijo Único nacido de mujer, para que nosotros volviésemos a participar de su familia, y, por el Hijo, ser también sus hijos.
Ese gozo de ser sus hijos llena el alma de alegría, una alegría que no puede ser ocultada, o, mejor dicho, que no debemos ocultar (como dice el dicho: aunque vengan degollando) Porque la alegría de sabernos hijos de Dios es la profecía que tenemos que anunciar todos los días, la alegría de la libertad de los hijos de Dios. El gozo de sabernos amados y salvados, el gozo de vivir cada día la Gracia de la Navidad que nos lleva a dejarnos estar, como niños pequeños, guiados por la Mano de Aquél que nos tejió en el seno de nuestras madres, y nos destinó a que fuésemos santos e irreprochables en su presencia por el amor, desde antes de la creación del mundo.
Por eso, cada día que nacemos a esta Vida Nueva, desde la oración examinamos todo en nuestra vida "quedándonos con lo bueno" y tirando de nuestra vida todo lo malo, buscando, con la Gracia del Espíritu, el camino de la perfección en el amor, el camino de la perfección en la Obediencia a Dios. Porque cada día que volvemos nacer es María quien, como Madre amantísima nos toma de nuestras manos y nos lleva hasta el Padre, para que sea Él quien oriente nuestra vida, para que sea Él quien nos llene de las Gracias suficientes para seguir los pasos del Hijo para mostrar al mundo el Gozo de no sólo llamarnos, sino de ser hijos de Dios.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Un martirio, una vida

Aquí el bautismo proclama
su voz de gloria y de muerte.
Aquí la unción se hace fuerte
contra el cuchillo y la llama.

Hermosa estrofa del Himno sobre el martirio. Hoy Santa Lucía nos abre una nueva puerta para preparar el corazón al Nacimiento de Jesús: la puerta de la entrega total de toda nuestra vida, alma, mente y corazón a la Voluntad de Dios.
Si en el Evangelio de ayer el Señor nos decía que éramos una generación que no se conformaba con nada, pero que tampoco sabía lo que quería, hoy nos muestra la persona de Santa Lucía, una adolescente que sí sabía a Quién amaba, y Qué es lo que deseaba en su vida.
Abrió su corazón de par en par a Jesús y se dejó conquistar por Él, de tal modo que ya nada era para ella de valor, sino que, como dice San Pablo: todo lo tenía por pérdida en este mundo con tal de ganar a Cristo y a Cristo crucificado.
Estamos a medio camino de la Navidad y ¿sabemos qué es lo que buscamos en el Pesebre de Belén? ¿Sabemos, como los Pastores, qué vamos a encontrar acostado entre pajas y vestido con pañales?
Es cierto, muchas veces no sabemos qué es lo que queremos y, mucho menos, sabemos qué es lo que quiere Dios de nosotros. Por eso, en el Camino hacia la Vida el Señor nos pone mojones que nos vayan guiando, pero debemos saber mirar, saber leer entre líneas y para eso, primero, debemos tener los ojos abiertos a ver, la mente despejada para entender y el corazón libre para disponernos a hacer Su Voluntad.
Él nace para que nosotros nazcamos, Él se hace hombre para que nosotros nos hagamos hijos de Dios, Él se hace pequeño para que nosotros maduremos como niños, Él viene a nosotros para que nosotros vayamos a Él, Él nace para darnos Vida Nueva para que nosotros muramos y tengamos Vida Divina.
Nuestro morir al hombre viejo, al hombre del mundo, es un morir constante, así como el nacer es un nacer constante, porque Navidad es cada día del año, aunque una vez al año nos preparemos para recordar por qué cada día celebramos Navidad. Por qué cada día necesitamos resucitar como Niños a la esperanza cierta de que el Padre nos ha llamado y nos ha dado un Camino para alcanzar nuestro Ideal, para construir a cada paso un Hombre Nuevo que sea capaz de entregar cada día toda su vida para transformar el mundo.
Hoy, Santa Lucía, nos invita a recuperar el gozo de alcanzar al Bienaventuranza porque su amor por el Señor le llevo a vivir: Bienaventurados los de corazón puro porque verán a Dios.
Que su vida nos lleve a encontrar el camino de la pureza para que nuestra vida también ilumine lasa tinieblas de este mundo para que muchos encuentren el sentido de vivir la vida en Dios.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Adolescentes o niños?

Parece como que el Señor se enfada muchas veces, y, en realidad, más que enfadarse está dolido. Dolido porque no nos damos cuenta que nos perdemos lo mejor de nuestra vida de fe: el saber por dónde ir y hacia dónde ir.
Por lo que nos dicen las lecturas de hoy me hace pensar en la adolescencia, sí, porque en la adolescencia adolecemos de una realidad en la que no sabemos qué hacer, cómo hacerlo, pero lo que sí sabemos es que queremos hacerlo solos. Nuestros padres nos van diciendo a cada instante lo que debemos hacer, cómo hacerlo, pero ¡no! ¡que nadie me venga a poner límites o a decir lo que debo hacer!
Y así me parece que el hombre de hoy está en plena adolescencia.
Y Dios se nos planta en el medio del camino y, como a nuestros padres, le negamos autoridad, le negamos sabiduría, le negamos palabras de verdad, porque para nuestra edad él ya está viejo, y no sabe cómo tenemos que vivir en estos tiempos.
Por eso, muchas veces, viene y nos dice: te das cuenta? Yo te lo dije, ahora no vengas con llantos. Si no quisiste escucharme yo no tengo la culpa, por izquierda y por derecha te le dije, pero ¡no! tú querías hacerlo tú solito porque sabías lo que hacías...
Y sí! Dios sigue siendo Padre tengamos la edad que tengamos, y, por esa misma razón, nosotros seguimos siendo hijos, tengamos la edad que tengamos.
Si escuchamos la Palabra de Dios con oídos de hijos que necesitan consejo para alcanzar la meta, y dejamos de ponerle excusas para desautorizarlo, vamos a tener más luz para caminar, descubriremos que son Palabras de sabiduría, de amor, que, aunque nos pongan límites y nos exijan, son por amor a nosotros los hijos pequeños, pues siempre seremos pequeños para nuestro Padre.
No nos hagamos los adultos que saben siempre por dónde tienen que ir, hagámonos niños necesitados de consejo, de cariño, de abrazos, de palabras de consuelo y palabras de sabiduría que llenen mi vida de luz, de calma, de seguridad porque confío en mi Padre que sabe hacía dónde va mi vida, que sabe por qué camino es mejor conducirme que, aunque sea el más difícil, es el más seguro para alcanzar lo que soñó Su Corazón cuando me llamó a la Vida.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Creamos...

"El que tenga oídos que escuche", dice Jesús al finalizar su exhortación.
El refranero popular nos dice: que no hay peor sordo que el que no quiere oír, es muy parecido. Y si lo analizamos desde la primera lectura Isaías sigue dando pautas para que el pueblo vuelva a creer en su creador, pero no todos creen en lo evidente, no todos aceptan las pruebas, sino que siguen buscando una respuesta que satisfaga sus propios deseos.
Y no se encuentra.
Por eso Jesús nos presenta una sencilla respuesta a esta inquietud del hombre, pues porque muchos buscan grandeza, viven una carrera para alcanzar grandes puestos y considerarse los más fuertes y poderosos, e intentan "fabricarse" un cielo a su medida, un Dios a su antojo, y buscan por todos los medios adecuar La Palabra a sus vidas.
Muchos quieren arrebatar por medio de la violencia el Reino de los Cielos, pero el Reino no se arrebata con violencia, sino haciéndonos violencia para no dejarnos vencer por el mundo, por nuestra carne. La violencia que debemos hacer es en la lucha por ganarle al mundo, en la lucha por ganarle al egoísmo, a la vanidad, al falso orgullo y a la falsa humildad. En la lucha por no querer ser los mejores sino en alcanzar la santidad.
La violencia que nos tenemos que hacer es por querer día a día adaptar nuestra vida a la Palabra de Dios, por dejar que Dios venza en nuestro corazón y poder así crecer cada día en un espíritu de niños que nos permita escuchar y vivir de acuerdo a lo que somos: hijos de Dios, hermanos de los hombres, instrumentos de paz, sembradores de verdad, trabajadores del Reino de los Cielos.
Por eso en este tiempo de Adviento en donde aún el pesebre no está lleno con la presencia del Niño, trabajemos nosotros por ser ese Niño que nace en Belén, que cada día nuestro corazón trabaje para hacerse niño, para dejarse llevar en brazos de la Madre por le Camino de la Voluntad de Dios, para que como Ella también nosotros seamos capaces de entregarnos a Su Plan, a Su Proyecto, y así, siendo Niños en sus brazos alcanzar el Sueño del Padre que es nuestro sueño y nuestra felicidad.
Creamos, aceptemos y vivamos...

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Te sigo esperando

Y Dios sigue diciendo por medio de Isaías:
"Por qué andas hablando, Jacob, y diciendo, Israel:
«Mi suerte está oculta al Señor, mi Dios ignora mi causa»?
¿Acaso no lo sabes, es que no lo has oído?
El Señor es un Dios eterno y creó los confines del orbe.
No se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligencia".
Y me traía a la cabeza algo que hablaba hace unos días con alguien, porque me decían: "y yo lo llamé tantas veces y no me llamó, no se si estará enojado conmigo o qué le pasa", "y no me ha llamado para nada, ¿será que no le importo?" "Y por eso yo no lo llamo, porque no me llama".
Santa Teresita nos decía que en el amor no existen las matemáticas, porque cuando las usamos comenzamos a perder amor, porque siempre estamos contando cuantas veces me llamó, cuantas lo llamé, si hice esto por aquél o aquello por ésta, y siempre, gracias a nuestro egoísmo los demás están en deuda, y así nos vamos alejando del amor, y de quienes queremos.
Y así nos pasa con Dios, porque no nos habla, porque no lo sentimos, porque no nos da lo que pedimos, porque le pedimos un signo y no nos da nada...
¿No será que no me he acercado cuanto he podido? Porque Dios siempre está en el mismo lugar, siempre está a la misma distancia, con el mismo tiempo. ¿No será que yo me he alejado, que no lo escucho, que no me acerco?
Porque es Él quien me ha dicho (y está en el Evangelio de hoy):
"Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera"-
Fíjate porque, a veces, reclamamos algo que ya tenemos, pero que no hemos descubierto pues buscamos sin mirar, pedimos sin saber, reclamamos sin dar. Y, como el ejemplo de antes, el otro está a la misma distancia que yo, y si yo necesito de él deberé dar el paso, dejar de lado mi orgullo y vanidad, mi egoísmo y matemáticas, e ir a su encuentro, porque lo que necesito es encontrarme.
Porque además se que lo que me dice Isaías también es verdad:
"Él da fuerza al cansado, acrecienta el vigor del inválido; se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan; pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse".
No lo dudes, no hagas cuentas, deja todo y ve al lugar al que encuentras el mejor de los abrazos, la mejor de las sonrisas y la Vida verdadera.

martes, 9 de diciembre de 2014

Consolad a mi pueblo dice el Señor

«Consolad, consolad a mi pueblo -dice vuestro Dios-; hablad al corazón de Jerusalén", nos dice el Señor por boca del profeta Isaías. Un pedido que llega hasta hoy con la misma intensidad que hace tantos siglos: consolad a mi pueblo.
Y, también, con la misma intensidad surge la pregunta del profeta:
"¿Qué debo gritar?", porque a mi, por lo menos, me surge aquello que decía Jesús a su gente:
"Os parecéis a esos jóvenes que estaban en la plaza: les tocamos la flauta y no bailaron, le cantamos cantos fúnebres y no lloraron..."
Es una hermosa misión consolar, es hermoso lo que nos pide el Señor. Pero sabemos que el consuelo no es la simple caricia en el hombre, sino que lo que nos dice el Señor es "consolad al corazón de Jerusalén", es decir en lo más profundo, en lo esencial del pueblo, en lo esencial del hombre.
Y hoy más que nunca el hombre ha perdido lo esencial, ha perdido su dignidad de hombre, los valores naturales del hombre ya no son los mismos, o mejor dicho, cambian de persona a persona y por eso te das cuenta que lo que está dañado es el corazón del hombre. ¿Es posible, entonces, consolarlo?
Sí que es posible. Pero para ello hemos de ser nosotros, los que escuchamos la Voz del Señor, quienes comencemos a reconstruir nuestro corazón, quienes comencemos a restaurar el hombre original, el hijo de Dios que pensó el Padre desde antes de la creación del mundo, porque, como nos decía San Pablo. El Padre ha querido que fuésemos sus hijos y por ese nos bendijo con toda clase de bienes espirituales y celestiales, para alcanzar nuestra plenitud, para vivir la originalidad de ser hombres, hijos de Dios.
Por eso, nuestro grito al corazón del hombres de nuestra propia vida: si volvemos a nuestros orígenes, si recuperamos nuestros valores originales de hombres, de hijos de Dios, si transformamos nuestra humanidad en santidad, si iluminamos nuestra vida con la alegría del evangelio seremos los nuevos heraldos, los nuevos profetas que griten al corazón del pueblo, que le muestren el camino del consuelo y la salvación.
Este adviento nos invita a transformar nuestra vida, a que los signos que mostremos de la Navidad no sean gorros de Papá Noel, trineos y gnomos, sino que sea el rostro del Hijo de Dios que nace en un portal para que nosotros nazcamos como hijos de Dios, en el portal de nuestra vida cotidiana.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Vivir como María

Creo que muy poco nos dice el título de este día, porque más nos dice a quién recordamos en este día, y, para la mayoría, este día es el día de la Virgen, el día de María, es el día dedicado a Nuestra Madre del Cielo. Y ese es el título más agradable y perfecto para María: Madre.
Madre porque no sólo concibió a Jesús en su ceno, sino porque dejó que la Palabra de Dios se hiciera carne en su vida, y, por eso pudo ser la Madre de Dios y nuestra Madre.
Madre porque su vida es un libro abierto que nos enseña el valor de la obediencia y de la fidelidad, que en todo momento, sea oscuridad o plena luz, nunca dejó de confiar y de ser fiel.
Madre porque sin comprender ni entender aceptó lo increíble, el milagro, el gozo y la cruz.
Madre porque su corazón se abrió de par y derramó todo su Amor a toda la humanidad.
Y hoy, en este tiempo de tanta oscuridad, de tanta tiniebla Ella asoma como faro de Luz, no porque sea la Luz, sino porque no lleva a la Luz. María, Nuestra Madre, quiere llevar a Su Hijo, quiere que conozcamos a Su Hijo, porque sabe que así como Ella creyó  también nosotros podemos creer, que como Ella aceptó también nosotros podemos aceptar, que como Ella permaneció de pie ante la Cruz también nosotros podremos, porque Ella conoce el Corazón de Su Hijo, conoce el Camino porque es Su Hijo, y sabe que la única Vida que tiene sentido es la que nos da Su Hijo.
Hoy, Madre, necesitamos de tus abrazos, de tus caricias, de tus palabras porque no sabemos o no queremos vivir como Tu Hijo nos pide, y tú nos sigues repitiendo, una y otra vez: "Haced lo que él os diga", porque eso es lo que has vivido Tú y sabes que es el único Camino que nos lleva ala Vida:
"María contestó:
-«Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»